Harald Beyer: “Entre 1950 y 2010, la matrícula en educación superior en Chile se multiplicó por cien”

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Harald Beyer, director del Centro de Estudios Públicos (CEP), fue uno de los comentaristas en el seminario permanente sobre Educación Superior estatal de la Universidad de Chile. El ex Ministro de Educación del gobierno de Sebastián Piñera presentó un recorrido histórico del desarrollo del sistema de Educación Superior y abogó por superar la polarización público-privado en la actual discusión educacional. Este artículo es una versión resumida de sus planteamientos.

Foto: ALEJANDRA FUENZALIDA

La investigación sobre Educación Superior está teniendo un importante desarrollo en las últimas tres a cuatro décadas. Ello no es casualidad, sino que el fruto de diversas tensiones a las que los sistemas de Educación Superior están sometidos por distintas razones, y estas tensiones marcan el rumbo de las organizaciones y también del conjunto de las políticas en la materia.

Así, en el mundo hay un creciente interés por el desarrollo de las universidades más allá del debate estrictamente coyuntural que muchas veces se ahoga por las urgencias y por asuntos financieros. Es curioso, por ejemplo, que no tengamos miradas claras respecto de cómo nos imaginamos el sistema universitario en 20 años más. Algunas universidades se han sometido a este ejercicio y han pensado para ellas plazos más largos. Pero aún hay enormes debilidades en estas reflexiones.

Por cierto, el debate se ha complejizado: hay más actores involucrados, ya no sólo son las universidades y los expertos en este debate, sino que también la ciudadanía entera. Esa ciudadanía tiene opinión, visiones y percepciones sobre cómo debe evolucionar el sistema de Educación Superior. Eso hace mucho más interesante y desafiante el debate universitario.

La discusión que se está produciendo en el mundo, a propósito de la reconfiguración de los sistemas de Educación Superior, va más allá de las ideologías e intereses que dan forma a los sistemas de Educación Superior. Es indudable que estos influyen, pero su alcance es mucho más amplio. El propio desarrollo del sistema de educación da cuenta de eso.

Hasta donde conozco, no hay -quizás con la excepción parcial de Suecia- un desarrollo como el que tuvo históricamente nuestro país previo al golpe militar de 1973: un sistema de provisión mixta con financiamiento crecientemente igualitario entre las universidades públicas y privadas. Por ejemplo, cuando se fundó el Consejo de Rectores de las Universidades Chilenas (Cruch) en 1954, se asignaron recursos públicos que se distribuyeron a lo largo de 18 años y que estaban relacionados con la matrícula de cada una de las instituciones de Educación Superior. En Chile, la política de financiamiento público de instituciones privadas ya se había consagrado presupuestariamente en 1922. Ahora, si uno mira la experiencia comparada, este tipo de desarrollo del sistema de Educación Superior es muy anormal. De todos modos, es importante consignar que esas ocho instituciones originales parecían compartir un ideal de universidad. Sin embargo, ello parece haberse desfigurado.

La universidad lleva al menos 250 años intentando representarse como la encarnación de la razón, verdad, conciencia crítica, deliberación, entre otros calificativos similares.

Como dijo Dérrida: “que yo sepa, jamás se ha fundado un proyecto de universidad en contra de la razón; se puede, consiguientemente, pensar que la razón de ser de la universidad siempre fue la razón, así como una cierta relación especial de la razón del ser”. La idea de que la universidad debería ser una institución de investigación y conocimiento se expandió rápidamente a diversas naciones. Para Ortega y Gasset, en tanto, la tarea es educar al hombre medio, aquel que adquiere las habilidades para el desempeño de condiciones especializadas, pero que al mismo tiempo es un hombre culto. Una tercera dimensión sobre el papel de la universidad tiene que ver con su función en la sociedad. Es decir, la universidad debe asumir la responsabilidad de ser la conciencia intelectual de sus estudiantes. Esta mirada ha sido muy influyente en América Latina.

Ahora, en un mundo poblado de instituciones diversas y heterogéneas, cabe preguntarse, entonces, si hay una idea que las funde, justifique o incluya a todas. O quizás habrá que aceptar con Habermas que “las organizaciones universitarias ya no materializan una idea”.

La expansión de la matrícula

Tal vez el más notable de los fenómenos del sistema universitario después de la II Guerra Mundial sea el aumento de la matrícula, pero también la expansión del gasto público en Educación Superior en términos proporcionales. En los países desarrollados pasó de cifras en torno al 0,4 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) hacia mediados de los años ‘50, a aproximadamente el doble en 20 años y al triple tres décadas después.

En cuanto a los presupuestos estatales en educación, éstos pasaron de representar menos del 10 por ciento en 1950 a cifras cercanas al 25 por ciento en la década de los ‘80 y desde ahí se han mantenido relativamente estables. El mismo fenómeno ocurrió en Estados Unidos: ahí las cifras del gasto en Educación Superior pasaron del 0,35 por ciento del PIB en 1950 a 1,3 por ciento tres décadas más tarde y, prácticamente, duplicaron su participación en el presupuesto total de educación. En Chile, en tanto, en 1972 el gasto en Educación Superior era de un 1,2 por ciento, pero cayó a 0,3 por ciento en los ‘90 y hoy ha vuelto a 0,7 por ciento. Éste es un porcentaje muy bajo respecto de lo que ocurre en el resto del mundo. Parte de ese 0,7 por ciento financia el Crédito con Aval del Estado (CAE).

Un desarrollo tan acelerado como el que ocurrió en este periodo implicaría una demanda por el buen uso de los recursos. Eso sucede con fuerza en los ‘70 en Estados Unidos, por ejemplo. En Europa, si bien el fenómeno es más acotado, igual ha estado presente. Ahora hay un debate sobre si esta agenda desarrollada desde las propias universidades busca responder a la sociedad o está dirigida más bien a los propios conflictos internos que comienzan a aparecer en torno a las tareas de las universidades, la forma de conducirlas y organizarlas y la generación de los currículums universitarios.

Producto de esta situación la demanda por recursos se ha ido traspasando crecientemente al mundo privado. Muchos países que antes descansaban sólo en recursos públicos están volcándose a incorporar recursos privados, como demuestran ejemplos en Europa y Estados Unidos, donde ha aumentado la presión por fortalecer vínculos público-privados. En suma, la estrategia parece apuntar a una combinación de recursos públicos y privados para el desarrollo de la Educación Superior.

Los países nórdicos se han abstraído de esta tendencia. Son países relativamente envejecidos, pequeños y con elevadas tasas medias de impuestos personales. Pocas naciones combinan estos tres factores.

La demanda por más recursos

Ahora, hay dos fenómenos que han estado generando esta presión por recursos adicionales: el más evidente es la masificación de la Educación Superior. Entre 1950 y 2000, en España la matrícula se ha multiplicado por 29 veces; en Portugal, por 19 veces; en Finlandia, 16 veces; en Reino Unido, 16 veces; en Austria, por 13 veces; en Estados Unidos, que tenía una de las tasas más altas, se ha multiplicado por siete veces. En Chile, en ese mismo periodo, se multiplicó por 50 veces y entre los años 2000 y 2010 se multiplicó por dos veces más. O sea, entre 1950 y 2010 la matrícula en Educación Superior en Chile se multiplicó por cien veces. Este incremento sostenido de la matrícula ha cambiado completamente el panorama en todo el mundo, pero con particular fuerza en América Latina.

Entonces, estamos enfrentando una situación realmente inédita, una situación de cambio evolutivo en el sistema de Educación Superior mundial como nunca se había estudiantes-dossier3experimentado.

Chile tiene una particularidad, que hoy es parte del debate: un 84 por ciento de la oferta es de carácter privado. Pocos países en el mundo tienen esta estructura. En nuestra región sólo El Salvador y Belice comparten esta característica. En la mayoría de América Latina predominan las universidades estatales, donde Argentina es tal vez el caso más cercano.

¿Qué hay detrás de esto? La respuesta simple es el aumento de la cobertura, pero también hay una definición del Estado que se generó sin mayor reflexión. Esto se relaciona con el gasto público en Educación Superior, que primero descendió y luego ha ido aumentando lentamente en los últimos años. Esta decisión supuso poner el foco de los recursos públicos en los niveles anteriores a la Educación Superior. Esta estrategia ahora es cuestionada, pero si uno mira en perspectiva, fue una buena decisión. La educación escolar contaba con pocos recursos y las tasas de cobertura, sobre todo en la Educación Secundaria, eran incipientes. Eso hizo crecer enormemente al sector privado: la ausencia de inversión del Estado en la Educación Superior pública y la decisión de privilegiar otros niveles escolares. Además, hay que reconocer que varias de las universidades tradicionales eran en ese entonces y siguen siendo muy selectivas. Por ejemplo, las universidades del Cruch tienen en promedio 12.300 estudiantes en sus aulas. Esa es una decisión de las universidades, pero también del diseño del sistema de financiamiento.

El segundo fenómeno que empuja la demanda por recursos en Educación Superior es la investigación y desarrollo. Los países de la OCDE invierten en la actualidad un 2,4 por ciento del PIB en investigación y desarrollo; Chile, un 0,39 por ciento. La misma cifra del año 2000, cuando el ex Presidente Ricardo Lagos prometió duplicar al año 2010 los recursos en investigación y desarrollo. Hace 40 años los países que formaban la OCDE invertían un 1,6 por ciento. Hay un evidente atraso en nuestro país en esta dirección. Por cierto, no todos los recursos en investigación y desarrollo son públicos. La realidad es heterogénea, pero alrededor de un 40 por ciento, en promedio, proviene de fondos públicos en los países de la OCDE.

En el número de investigadores por cada mil personas empleadas, controlando por el ingreso per cápita, Chile está muy por debajo del que tendría que tener: 0,79 por ciento de investigadores por cada mil empleados contratados y asalariados. Senegal tiene 0,93 por ciento. Aquí hay una fuente adicional de presión sobre el sistema de Educación Superior. La reforma chilena hay que ponerla en este contexto.

Evitar los polos público-privado

La reforma a la Educación Superior, que la presentan como un cambio de paradigma, supondría transitar de un modelo neoliberal a uno que podríamos llamar nórdico, reemplazando a un sistema de Educación Superior -que se dice- coordinado por el mercado a uno guiado y financiado por el Estado. Con ello, se argumenta, se podría acabar con la supuesta mercantilización de la Educación Superior para transformar el acceso a ésta en un derecho social y, al mismo tiempo, asegurar una mayor planificación y coordinación del Estado que vele por la gobernabilidad del sistema, su apropiada expansión y el interés público. Me parece una visión muy simplificada, donde el debate del futuro del sistema de Educación Superior se reduce a un esquema binario.

Sin embargo, como muestra la experiencia comparada y la misma presentación del profesor Pusser, el desarrollo del sistema de Educación Superior es más complejo que este esquema binario. Paradojalmente, en esta visión la idea de universidad que ha sido fundamental en los últimos 50 años pierde relevancia. Lo que se destaca, más bien, es qué tan cerca estamos de uno o del otro polo. Pero la experiencia real no es ni blanca ni negra; es una experiencia llena de matices donde los polos son poco relevantes a la hora de definir hacia dónde va a ir caminando el sistema de Educación Superior y, más importante, hacia dónde van a ir caminando cada una de las funciones.

Los desafíos de la Educación Superior chilena son diversos y sería un error reducirlos meramente a esta discusión anclada en un esquema binario, que por sí mismo no asegurará un buen desarrollo de nuestro sistema. La experiencia internacional da cuenta de las complejidades involucradas en satisfacer los distintos propósitos de la Educación Superior. Tenemos que elevar la complejidad del debate, hacernos cargo de los distintos planteamientos y evitar caer en esta discusión de polos que no conduce a ninguna parte.

 

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