LA UNIVERSIDAD DE AMÉRICA LATINA Y LO OTRO

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Por RODRIGO BAÑO, profesor titular de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile / Foto ALEJANDRA FUENZALIDA

El azar es el padre de todas las cosas, escribía un filósofo hace varios años, aunque muy pocos se quieran comprometer con esto. La frase es atractiva, poética, cargada de sentidos, evocativa y premonitoria, pero tiene un tono patriarcal y machista que actualmente no se lleva. En cambio, cuando este mismo señor plantea que la voluntad es la madre de todas las cosas hay que tomarlo en serio, porque la voluntad es la que impone la acción y define el sentido. Un florentino ya se lo había dicho al príncipe: la fortuna determina la mitad de los acontecimientos, pero sobre la otra mitad es la voluntad la determinante. Más importante aún: el que no decide por sí mismo es decidido por otro. Dejémoslo ahí, para ver si sirve para más de algo en las consideraciones sobre las universidades en América Latina.

Puede que sea cierta la leyenda de que América Latina fue un invento de los franceses para justificar la instalación de un imperio francés en México; en todo caso no tengo tiempo para verificarlo en Google. Puesto el nombre, se desarrolló una perspectiva latinoamericanista que planteaba la integridad de la región en sus problemas y en sus temas de estudio. Esto tuvo su apogeo en el siglo XX, con teorías y discursos que usaban la constante referencia a lo latinoamericano para resaltar sus rasgos comunes, así como su diferencia respecto de los otros desarrollados o subdesarrollados. Pero al final de ese siglo, lo latinoamericano fue tragado por el término globalización que, por una parte, disgregaba lo latinoamericano en un listado de países que reclamaban una originalidad que aborrecía de formulaciones regionales, mientras que por otra parte y enseguida, fundía esos países con pretensiones de originalidad en la homogeneidad de la globalización del sistema mundo, que marchaba al ritmo de los alegres acordes del fin de la historia.

En estas circunstancias, referirse a América Latina y, más específicamente, a las universidades de América Latina, parecería un anacronismo imperdonable. Pero, ¡sorpresas te da la vida!, después de las veleidades de una política adecentándose en la década de los ‘80 para ponerse a tono democrático con los países serios, y de reformas económicas encaminadas a un capitalismo de verdad, el panorama actual vuelve a mostrar los devaneos de una política de estilo propio, poco globalizada, que tiene que tratar con una economía dependiente que sigue ligada a la exportación de materias primas y a sus vaivenes. Al parecer América Latina no estaba bien enterrada. Sirva esto como justificación para volver a usar la expresión América Latina y hacer algunas consideraciones sobre sus universidades.

¿Por qué preocuparse de las universidades en América Latina si las buenas están en Europa y Estados Unidos?, pregunta el experto y se sonríe inteligentemente (aunque en realidad los expertos no sonríen y sobre la inteligencia prefiero callar piadosamente). Se me cayeron los dedos del teclado y me costó volver a encontrarlos; las neuronas no pude encontrarlas nunca más. Sólo me queda pedir clemencia, amparándome en la teoría de la relatividad.

Desde que Nietzsche extendió el certificado de defunción de Dios, las cosas se han puesto más difíciles. Ya no hay a quién recurrir para que defina sin mayor discusión lo que es bueno y lo que es malo, de manera que cada cual trata de desplegar los mejores recursos para afirmar que es bueno lo que le parece bueno y malo lo que le parece malo. Casualmente, esto suele estar contaminado con el interés personal o corporativo, de manera que se argumenta la bondad de lo que es personal o corporativamente conveniente y se descalifica lo que atenta contra aquello. Puede que no sea así, pero también puede que lo sea.

En el tema de las universidades, las argumentaciones recurren a comparaciones que permitan ordenar de mejor a peor las universidades existentes. Es el famoso ranking (usted escoja el que le parezca mejor), listado ordenado de universidades que supuestamente permitiría definir a las mejores y las peores, con números, científicamente. A partir de ahí los emoticones alegres cuando la propia universidad mejora en algún ranking y los emoticones tristes cuando baja. A partir de ahí los enormes esfuerzos desplegados para juntar los méritos que se evalúan a la hora de los rankings. A partir de ahí el látigo y las lágrimas, los incentivos y las medallas, todo para tratar de llegar a ser lo que no se es.

Pero antes, en mi infantilismo vergonzante, permítanme también hacer preguntas, naturalmente infantiles. ¿Qué miden los rankings? Los rankings, con elaborados conceptos, analíticas dimensiones y precisos indicadores, indiscutibles y objetivos, tratan de medir en general y abstracto algo que es histórico y concreto. Se hacen mediciones sobre el supuesto de que lo que es importante para unos es importante para todos y que no hay ninguna duda de que lo importante es importante. Pero siguiendo al mismo Federico, tengo la impresión de que la definición de los valores siempre implica una posición de dominación: el que manda impone sus valores; lo que es bueno y lo que es malo, lo que es bello y lo que es feo. Las denuncias que actualmente se hacen, por los críticos de siempre, contra el eurocentrismo y que más propiamente deberían dirigirse ahora respecto al estadosunidosdeaméricacentrismo, es el reconocimiento de que por estos lados la tendencia es medirse de acuerdo a los parámetros que establecen los países centrales, los dominantes en el concierto mundial, concierto en el que por aquí no tenemos pito que tocar. El complejo de no ser altos, rubios y de ojos azules sólo se puede pagar exhibiendo en publicidad figuras que se parezcan a eso. El complejo de estar colgando de los rankings universitarios se paga renegando de nuestras historias y proyectos para intentar copiar en inglés el diseño de los grandes.

No es para menos: en el famoso ranking de Shanghai no aparece ninguna universidad latinoamericana entre las cien mejores. Por otra parte, entre las cincuenta mejores universidades del mundo, 33 son de Estados Unidos y 42 de habla inglesa; entre las cien mejores universidades del mundo más de la mitad son de Estados Unidos. Interesante, diría Federico: eso de definir lo bueno y lo malo es cosa seria.

Sin embargo, los conquistadores españoles fueron bastante rápidos en establecer universidades en América, no así los portugueses, que dejaron a Brasil sin universidades hasta avanzado el siglo XX. Salamanca y Alcalá de Henares fueron los modelos hispánicos. La Universidad de Salamanca es fundada por el rey, la de Alcalá de Henares es fundada por el Cardenal Cisneros por una bula papal. Y, aunque usted no lo crea, algunos señalan que aquí estaría el origen de los dos principales tipos de universidades que germinaron aquí: universidades públicas y universidades católicas. Estos dos tipos de universidades en la actualidad están soportando la arremetida de las nuevas universidades de inspiración diversa: algunas formadoras de elites entre los que no están dispuestos a mezclarse con los aspiracionales, otras pródigas con los vulnerables que no les da para entrar a una con más pergaminos, pero sí para conseguir un préstamo. Incluso las hay que simplemente ven una oportunidad de negocio… y de dar trabajo, por supuesto.

Las universidades coloniales naturalmente no son decididas por sí mismas sino decididas por los dominantes, que mal que mal se habían dado el trabajo de conquistadores; la corona y el papado definirán las universidades que quieren y el para qué las quieren. A comienzos del siglo XIX el resentimiento criollo logra expulsar a los peninsulares y adapta las universidades a lo que le parece adecuado en esos primeros tiempos en que había que constituir una nación a toda prisa. Para ello mira hacia el faro luminoso de la Ilustración, que en aquellos tiempos definía lo bueno, imponiendo el modelo napoleónico de universidad, orientado a la preparación de los profesionales que la nación requiere. De aquí también nos queda algo, como es la importancia e independencia que adquirirán las escuelas con respecto a las universidades que las cobijan y esa tendencia profesionalizante que se irá profundizando con el paso de los años, pero que mantiene el remedo aristocrático que intentaba la oligarquía criolla.

Ya entrado el siglo XX, Revolución Mexicana y Reforma de Córdoba de 1918 mediante, las universidades latinoamericanas se mirarán a sí mismas e intentarán definirse de acuerdo a razonamientos y voluntad propios. Es el momento en que algunos llegan a hablar de un modelo latinoamericano, aunque inserta saldos y retazos del modelo napoleónico y del humboldtiano. Por cierto, esto no ocurre en el vacío; hay un contexto latinoamericano de transformación económica, social y política que está en esas modificaciones universitarias. Esto explica la rápida y extensa propagación de las ideas planteadas en la reforma cordobesa (autonomía, participación, gratuidad, función social) en toda América Latina, que será señalada como unidad de referencia. Se desarrollarán las grandes universidades públicas en la región, como la UNAM en México, la Universidad de Buenos Aires, la Universidad de la República en Uruguay, la Universidad de Chile, las universidades federales y estaduales en Brasil, para nombrar sólo algunas y sin olvidar que el desarrollo de las universidades públicas de carácter nacional se da en toda la región.

Pero como la historia es dura de matar, sigue corriendo y acumulando problemas. En América Latina estalla la crisis de los ‘60, sobreviene un tsunami dictatorial y cuando se calman las olas se contempla otro paisaje económico, social, político y, como corresponde, también universitario. Es el panorama que todavía tenemos, pero que se sigue moviendo, por impulso nuestro o de los otros.

No constituye ninguna sorpresa, pero es necesario considerarlo, que en los últimos años se ha producido un fuerte aumento de la matrícula de la educación terciaria en general y universitaria en particular en todos los países de América Latina, lo cual impacta grandemente en las posibilidades de desarrollo de los sistemas universitarios y que han sido asumidos con distintas estrategias por los diversos países. Sin temor al ridículo, algunos han sostenido que en Chile ha sido el desarrollo de las universidades privadas lo que ha permitido el fuerte aumento de las matrículas en el sector terciario, sin considerar que en todas partes y con distintos modelos, más públicos o más privados, se produjo ese mismo aumento. Pero la lógica hace tiempo que está en retirada y el principio de causalidad da para todo.

Lo que sí se puede constatar es que hay un impulso privatizador. Con exageraciones, como en el caso de Chile, o con reticencias, como en el caso de Uruguay, se implanta con fuerza la idea de que privatizar es bueno y conveniente, lo que naturalmente justifica las acciones tendientes a traspasar a la esfera privada lo que anteriormente se consideraba propio de la esfera pública. Para evitar problemas con la aureola de la palabra público (aureola que todavía permanece como residuo de la Res-pública), se corona con dicha aureola a lo privado, de manera que hablar de universidades privadas públicas ya no es una contradicción en los términos, sino una expresión elegante que se puede sostener sin temor a la carcajada. El Estado, que se las aguanta todas, es reducido a la burocracia y los edificios grises. Y toda la razón le encuentra la razón a la razón privatizadora.

La educación universitaria privada en la región es bastante antigua y su inicio, como hemos visto, está muy ligado a la pretensión de la Iglesia Católica de sostener el predominio de la única religión verdadera. Pero en el último tiempo las universidades privadas asumen también la importancia de otras orientaciones ideológicas o directamente el negocio. Esto ha llevado a que en la actualidad países como Chile, Brasil, Colombia, Costa Rica y Perú tengan una matrícula universitaria mayoritariamente privada, siendo el caso extremo Chile, que alcanza al 70 por ciento. Otros, como Uruguay, Argentina, Bolivia, Venezuela y obviamente Cuba, mantienen una matrícula universitaria privada que no supera el 20 por ciento.

Como suele ocurrir en los procesos sociales, en América Latina y en todas partes, las tendencias no se desarrollan en el vacío apropiado a los experimentos científicos, sino que son alteradas continuamente por otros procesos y acontecimientos que están ocurriendo en la economía, la sociedad y la política, de manera que avances y retrocesos se van produciendo respecto de esta tendencia. Argentina se mantiene porfiadamente defendiendo la educación pública y lo mismo ocurre con sus primos uruguayos. Brasil inicia un fuerte proceso privatizador, pero luego los gobiernos del PT se lanzan a crear universidades públicas. Paraguay se mantiene estable. Perú se privatiza. Colombia y Venezuela empiezan a privatizarse, pero luego vuelven al estatismo. Chile se privatiza y se sigue privatizando. En general, los vaivenes de la política, donde hay vaivenes, se notan.

Por cierto que los avatares de la privatización no son los únicos presentes en la actualidad universitaria latinoamericana. También incide fuertemente el atractivo de los acuerdos de Bolonia sobre reforma universitaria, que van desde los cambios en las mallas curriculares al acortamiento de carreras y énfasis profesional en consideración al mercado laboral, pasando por la adopción de nuevas metodologías de enseñanza hasta llegar al autofinanciamiento universitario y cuestionamiento a la gratuidad. Aunque, o porque, se trata de un acuerdo de los países europeos, muchos por estos lados lo acogen con deportivo entusiasmo.

Entonces volvamos al principio, eso de la voluntad y de decidir por sí mismo o ser decidido por otro. En las actuales discusiones sobre el porvenir de nuestras universidades suele tener un lugar muy destacado la comparación internacional, lo que siempre puede ser una información interesante. Pero detrás de la comparación internacional suele estar la admiración por lo otro y la adopción acrítica de los postulados planteados en otros contextos. Pareciera que lo único digno de discusión es tratar de establecer los mecanismos más adecuados para llegar a ser una universidad de las buenas, entendiéndose por buenas lo que dicen los rankings o las propuestas del acuerdo europeo. Muchas veces incluso se salta la más elemental lógica y se aboga por una privatización de las universidades porque las mejores universidades del mundo son privadas; o se rechaza toda participación de la comunidad universitaria en la elección de autoridades señalando que aquellas buenas mundialmente no tienen esas prácticas, sin reparar en que no hay ninguna relación causal en ello y que también hay malas universidades que son privadas y no eligen autoridades. Se busca la adecuación a finalidades que ni siquiera se han discutido y se perfeccionan esas medidas de productividad universitaria bajo la amenaza de caer en los rankings, sin considerar las condiciones de la región ni los objetivos que se proponen.

No es que una universidad en América Latina deje de ser una universidad para transformarse en otra cosa, sino que esa universidad se piense en América Latina, en su contexto y en sus proyectos. A veces incluso parece conveniente recordar que en América Latina no hubo Edad Media, ni tampoco es una gran potencia que constituya un poderoso imán de atracción para la fuga de cerebros de todos los continentes, ni están aquí los países con mejor distribución del ingreso, ni constituye el centro del diálogo de intelectuales, científicos y artistas. Eso no libera a la universidad latinoamericana de la obligación de tratar de ser la mejor, pero en sus sociedades, con sus problemas y sus proyectos.

Me reconozco ignorante y sé que eso no es ningún mérito, pero, más allá de los estudios históricos sobre las universidades de la región, no encuentro en la actualidad una preocupación por definir qué es una universidad en América Latina y para qué queremos esa universidad. Y naturalmente estoy hablando de universidades públicas, las que son de todos, las que responden a un proyecto social nacional, de lo cual las privadas están privadas, cualesquiera que sean sus nobles o mezquinos propósitos.

En América Latina tenemos ya una larga historia de experiencias universitarias y, más que la irrupción de las instituciones privadas, lo que más sorprende es que las universidades públicas hayan sobrevivido y no sólo sobrevivido. Esta sobrevivencia de las universidades públicas en la región no es sólo mérito de las propias universidades, es sobre todo mérito de las sociedades en que ellas se insertan, de sus fuerzas sociales y de su acción política. Las sociedades de América Latina son sociedades de América Latina y las universidades de América Latina son universidades de América Latina. Eso no es ningún descubrimiento, pero no siempre el ser en sí se transforma en ser para sí y pareciera que a veces América Latina no tiene conciencia de serlo.

Para tener voluntad hay que empezar por tener conciencia. Es lo que permite dejar de ser decididos por otros para, a partir de la propia identidad, decidir sus proyectos. Las universidades no son ni pueden ser ajenas a sus sociedades. ¿Qué quiere y puede hacer la universidad por su sociedad? ¿Qué quiere y puede hacer la sociedad por su universidad? Cualquiera podría seguir imaginando preguntas que apuntaran a establecer lo que serían los objetivos de nuestra universidad y, a partir de ahí, diseñar los mecanismos que nos parezcan adecuados. Eso tiene que ver con la voluntad. No se trata de creerse marciano y no tener nada que ver con esta globalizada Tierra, se trata de tener identidad y desde ahí entrar en ella.

La universidad no es el lugar privilegiado de la voluntad, sino el lugar privilegiado de la razón, pero la razón sin voluntad no tiene dirección posible, no tiene objetivo y se disuelve en el aire. La universidad en América Latina necesita autonomía, entendido esto en su significación más estricta, porque autonomía significa facultad para dictar sus normas, para establecer soberanamente las pautas de acción que corresponden a su propia definición de valores y principios. Tal vez los valores y normas que las universidades latinoamericanas definan como propios sean los mismos que proclaman los rankings internacionales y las declaraciones de las universidades de países hegemónicos. Tal vez no.

 

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