Leonor Arfuch: El infortunio de ser común

Share

La representación identitaria en los medios de comunicación y los márgenes dentro de los que se mueve el comportamiento social son sólo algunos de los temas que aborda la destacada investigadora en esta entrevista realizada por el académico del ICEI Carlos Ossa, durante la realización del Seminario Internacional “Imágenes políticas: sujetos, territorios y relatos”, que tuvo lugar en Chile a finales de septiembre.

POR CARLOS OSSA, Profesor Asociado del Instituto de la Comunicación e Imagen

FOTOS DIEGO MANZANO

“En medio de los vertiginosos procesos de globalización de los mercados, en el seno de una sociedad altamente mediatizada, fascinada por la incitación a la visibilidad y por el imperio de las celebridades, se percibe un desplazamiento de aquella subjetividad ‘interiorizada’ hacia nuevas formas de autoconstrucción”

Paula Sibila, La Intimidad como espectáculo (2009).

Las crisis políticas son momentos de ruptura entre comunicación y sociedad, instantes en que la lengua del poder, ensimismada en su codicia, se vuelve extraña a las demandas cotidianas. Es una lengua que habita en la comodidad de lo mediático, donde puede hablar de sí misma, nadie la interrumpe o cuestiona, fluye sin accidentes repitiendo las virtudes del orden y justificando las violencias del control. De esta manera el texto de la realidad, construido en la planicie de la información, es idéntico a las visiones establecidas por los especialistas, los consejeros, los informantes y los policías. Sin embargo, existen narrativas e imaginarios que circulan transversalmente, buscando instalar otros significantes de verosímil antagónico. Leer la heterogeneidad del discurso social contemporáneo, caracterizar sus giros, ambigüedades, multiplicidad y sentido son ejercicios fundamentales para comprender ¿cómo? nuestro presente vacila entre la vacuidad, la emoción y el deseo de cambio.

Leonor Arfuch, Profesora Titular de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires y especialista en teorías del discurso y crítica cultural, es la investigadora argentina más incisiva en el trabajo de traducción cultural y política de las narratividades actuales marcadas por la fragmentación y la cronotopía. “Curiosamente –escribe en su texto Cronotopías de la Intimidad- nuestra época, tan atenaceada por el movimiento, la velocidad, la fluctuación identitaria, la ‘desterritorialización’, por la innovación sin pausa de las tecnologías de la comunicación y, por ende, las cambiantes formas de estar en el mundo respecto de la ubicuidad, la conectividad, el registro, la memoria (…) parece cada vez más convocada por los viejos anclajes cronotópicos” (espacios íntimos, pequeños, intrascendentes, unidos a emociones donde la línea de tiempo estalla para recibir distintas huellas, imágenes y afectos).

Es un momento de intensos cruces, métodos y lenguajes que buscan ampliar la interpretación de la realidad y liberarla de esa continua escena de peligro, indefensión y carencia que se trasmite cada mañana. Un diálogo sobre estos tópicos y sus derivas es la entrevista realizada a Leonor Arfuch.

¿Cuáles podrían ser algunos ejes explicativos de la relación entre orden y cultura en el contexto neoliberal?

Yo creo que hay distintos y varios niveles, sin embargo el contexto neoliberal ha subsumido todo. Presta, por un lado, gran atención a la cultura, pues están en una batalla cultural que tiene que ver con los medios y su posesión. Sobre todo el rol de los mismos en la política, donde tienen cada vez mayor influencia. ¿Te acuerdas cuando se decía que era el cuarto poder? Hoy por hoy es casi el primero. A su vez, a la cultura se le da un cierto lugar cuando se articula con lo político, pero el énfasis o el impulso a su desarrollo es y no es. Leyes de mecenazgo que no se cumplen y mercados que definen los productos. Asimismo, las culturas están desmerecidas a pesar de la fuerte presencia de museos, festivales y bienales, ya que lo digital genera desventajas.

En todo caso hay un aspecto notorio en las prácticas simbólicas recientes: lo biográfico se vincula más con la violencia y el discurso comunicacional lo privilegia sin distinciones.

Los medios se apropian de las “biografías” de las víctimas, las ponen en escena junto con la de los victimarios de una manera muy parcial, acentuando los aspectos traumáticos y conflictivos. Entonces, el estatuto de la víctima se integra al espacio biográfico, en la medida que la violencia de las sociedades contemporáneas se expande. Esa forma del testimonio que acompañó nuestras postdictaduras ahora es del orden de lo cotidiano y además buscado por los medios. Un solo ejemplo, eso de impulsar la “justicia” por propia mano resurge con cada gobierno de derecha que no encuentra otra manera de atender la cuestión de la violencia, sino usando más represión. Cuando el ministro de Hacienda de Argentina trata de ñoquis a los trabajadores, sólo está justificando la violencia del Estado.

¿El régimen de la memoria centrado en la violencia política ahora se ha trasladado a la vida cotidiana?

Sí. Primero decir –teóricamente– que la memoria es siempre presente y se articula en el mismo. De pronto un relato memorial de tiempo pasado, ocurre de otro modo, porque es crear de nuevo su interpretación. Los discursos de memoria se están entramando de forma diferente debido a que estamos hablando de víctimas de la democracia. Pilar Calveiro en su libro Violencias de Estado marca cómo se reitera una práctica que en el aparato policial, penitenciario y en las fuerzas represivas queda asociado con la animadversión por lo social y que brota en cualquier circunstancia.

¿Eso se relaciona con los cambios de representación identitaria donde el racismo que nadie comparte justifica el clasismo que siempre ha parecido inevitable?

Totalmente. Los enunciados que acabamos de dar de ejemplo no son racistas, son clasistas. En todo caso es una cobertura de lo mismo, destinada a acentuar las diferencias. Nadie encubre, en este nivel, lo que piensa, pero poner eso en el discurso público atenta contra la ética del discurso. ¿Qué hacemos nosotros con eso? Esta escalada de la violencia, de las emociones que conspiran contra la racionalidad y/o la argumentación plantean problemas ¿qué hacemos con eso?

Los modelos educativos también aportan a estas visiones por su segregación, acceso y contenidos. La educación no sería un filtro contenedor, más bien estimularía la desigualdad.

El problema está en la formación primaria y secundaria, ahí no se logró dar un salto cualitativo. En los doce años del kirchnerismo se avanzó en infraestructura, pero en los planes y programas hay muchísimo por hacer. Lo medular es la predominancia de un giro emocional que funciona al modo de una estética.

La exclusión deseada

Existe una serie, abierta y en constante producción, de formas de escenificar las rutinas del yo. Una variada oferta de tácticas de autoconocimiento destinadas a garantizar el equilibrio y la emocionalidad correcta. Pero también una exhibición de los cuerpos unida a glorificar al individuo propietario. Leonor Arfuch escribe en el libro Pensar este tiempo: “(…) el umbral de la intimidad mediática fue cruzado de modo innovador hace ya más de una década por el reality show, que introdujo el protagonismo ‘en vivo’ de los seres comunes, desde la actuación que pretendía recrear la propia peripecia ocurrida ‘en la vida real’ baja cámara –difuminando así la frontera entre testimonio y ficción– (…)”. Es una manera de acentuar la validez de realidad de las cosas personales ante la desventura e incertidumbre de lo colectivo.

Es un disciplinamiento de la subjetividad orientado a concentrar los intereses en la personificación y sus detalles. En suma, una economía de la intimidad que traslada sus operaciones desde el plano personal al político. Habría un ritmo vital, propio de nuestra época, preocupado de consumir a la mayor brevedad un número indeterminado de experiencias, unidas a las metáforas del cambio y la autorrealización que se tornan esquivas o confrontativas con las prácticas de lo social. Una especie de ideología de la superficie se instala en la totalidad del sistema comunicativo y promueve estereotipos de existencia basados en orientación profesional.

¿Cómo funciona?

En principio tiene un énfasis en todo el registro de la autoayuda y la pregnancia, que fue tomando en estos últimos 20 años, de la mano de gurúes. Se trata de la promesa de manejar las emociones, suplir las carencias y tener una vida. Hay una cultura empresarial que también utiliza estas estrategias, a veces con verdaderos filósofos, para diseñar relaciones. Yo creo que son nuevas formas de ejercer el biopoder. Y los medios, en la medida que estimulan las pasiones, las emociones y los afectos, hacen del miedo un denominador común. Hay mecanismos mediáticos muy terribles, como la repetición. Eso de reiterar una escena dramática muchas veces es mostrar muchas acciones violentas, amplificando su presencia.

¿La repetición no intentaría sugerir que el comportamiento de la sociedad debe ser igual al del Estado. En todos los casos los ciudadanos deberían actuar dando prioridad a la represión y el castigo?

Sí. En todo caso, también está la dimensión opuesta: la felicidad. El discurso de campaña de Macri es un ejemplo clarísimo del giro emocional de la política. Fue una campaña donde no se dijo –absolutamente– nada, se hicieron falsas promesas que se tiran al aire, pero nada sustantivo, programático o ideológico. Pensemos en el mecanismo de identificación de las clases populares vinculado con los modelos de éxito empresarial y vida feliz, como una imagen del político actual que cala en las subjetividades. Así, el propio lugar social no se estima al estar lejos de un ideal. Todo el mundo se siente clase media y eso se relaciona con la identificación imaginaria de ser otro, evitar ser igualado con el pueblo que representa lo no exitoso.

¿Será que la derecha convirtió su texto ideológico en un estilo de vida?

Teóricamente hay una invisibilidad de las clases y una exacerbación de la violencia y las diferencias. Cuando aparecieron los reality shows surgió, de pronto, el infortunio de ser común, puesto ahí en el candelero, y estos programas fomentan un tipo de modelo asocial con protagonistas que vencen por su oportunismo, por su viveza. ¿Por qué logran tanta audiencia? ¿Te acuerdas de la “gala de exclusión” en Gran Hermano? Ese significante es fuertísimo. Dice: ¿a quién se excluye ahora? Es una forma de separarnos, sobre todo de los indeseables y ponerlos cada vez más lejos.

Related Posts