Sexismo, educación y Constitución

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Este diálogo a tres bandas tuvo lugar el jueves 20 de octubre, al día siguiente de la marcha “Ni una menos”. Un antecedente propicio para conversar sobre educación y sexismo con tres académicas e investigadoras de la Universidad de Chile (Patricia Soto, María Elena Acuña y Carla Peñaloza). Nuestras invitadas hicieron diagnósticos sobre el sexismo en la educación, develaron sus causas profundas y plantearon medidas y estrategias para enfrentar un problema que no tiene soluciones fáciles.

Palabra Pública: Comencemos conversando acerca de la presencia del sexismo en la educación chilena.

Carla Peñaloza (académica de la Facultad de Filosofía y Humanidades y Magíster en Historia. Realizó sus estudios doctorales en la Universidad de Barcelona): El sexismo, entendido como una especie de mandato que cada ser humano tiene por haber nacido con determinadas características biológicas, está presente en la sociedad toda y con mayor razón en la educación, que no sólo recibe lo que está pensando la sociedad, sino que en este caso es al revés: la educación además propaga en todos los niveles, desde el pre escolar hasta el universitario, estos estereotipos.

La educación repite esos mandatos de que hay carreras para niñas, otras para niños, que las mujeres deben cumplir ciertas expectativas, como por ejemplo la maternidad.

A veces la familia o la sociedad misma tienen ideas más avanzadas que las que se imparten en la educación. Chile debe ser el único país en el mundo que todavía mantiene educación pública separada y segregada por género, como es el caso de los llamados colegios emblemáticos.

María Elena Acuña (académica del Departamento de Antropología de la Facultad de Ciencias Sociales. Es antropóloga social y Doctora en Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Santiago de Chile): Vivimos en un país donde las diferencias de género implican desigualdades dramáticas. Eso permea la sociedad a todos sus niveles y al conjunto de las instituciones. La escuela no está exenta de este problema. Y no es que la sociedad permee a la escuela, sino que la escuela es un espacio normativo y reproductor de estas diferencias y desigualdades sociales, de clase, y donde hay que considerar las diferencias de género y étnicas.

El sexismo es una de las manifestaciones de la violencia de género y que afecta más dramáticamente a las mujeres. Nos hemos acostumbrado a instalar esta discusión en términos cuantitativos, de cómo se componen las matrículas, si hay carreras que presentan segregación de género, que son más exclusivas para los hombres en la universidad. Y eso nos hace perder de vista que este es un problema con una densidad cultural que va mucho más allá de los números, que tiene que ver con el moldeamiento de las identidades que todos nosotros hemos sufrido, desde el jardín infantil hasta la universidad, donde a la par que aprendemos matemáticas o historia de Chile, vamos aprendiendo cómo la sociedad nos valora, qué lugar tenemos en esta sociedad y cuáles son los roles que la sociedad nos invita a cumplir.

No debe haber establecimientos segregados, pero tampoco me parece fácil la conversión del Instituto Nacional en mixto, por la densidad cultural de sus prácticas, de su formación, de la narrativa que ahí se instala, que es tanto de clase como de género, de la formación de un prohombre para la patria, por así decirlo.

Patricia Soto (académica del Departamento de Estudios Pedagógicos y del Centro de Estudios de Género y Cultura en América Latina de la Universidad de Chile. Doctora en Desarrollo Psicológico, Aprendizaje y Educación de la Universidad Autónoma de Madrid): A propósito de lo anterior quiero contarles algunos resultados de una investigación cualitativa sobre los tipos de discursos de los/as docentes sobre los regímenes de sexos en el sistema educativo, realizado entre 2007 y 2010. Entrevisté a 36 profesores/as jefes de colegios mixtos y segregados, emblemáticos, de Santiago especialmente de la región Metropolitana. Consideré a los profesores/as jefes por la mayor cercanía con los estudiantes en los pocos espacios del currículo en que los/as jóvenes tienen la palabra, como es el consejo de curso y orientación. Son posibilidades en que estos profesores/as podrían intervenir educativamente sobre el currículo oculto de género a partir de los planteamientos de los propios estudiantes. Sin embargo pude constatar que el discurso docente que se da más habitualmente, al hablar sobre género y los tipos de régimen de sexos es el de la “igualdad distributiva”, es decir que para estos/as docentes bastaría con que los sexos estuvieran juntos para que haya “equidad de género”, obviando, o no viendo, ni distinguiendo el entramado jerárquico de los géneros, ni sus desigualdades de poder, ni por supuesto la necesidad de deconstruir la naturalización que se hace de las características “femeninas y masculinas”.

Es así como utilizaron la palabra “coeducación”, pero sólo haciendo alusión a la proporción numérica de los sexos, y no en el sentido que hoy se plantea por las feministas como educación compensatoria, vale decir, considerar las carencias que ha creado la educación patriarcal en ambos sexos para compensarlas educativamente.

Hay un importante discurso androcéntrico en los liceos de niñas en el sentido de compararlas constantemente con los liceos de hombres como el Instituto Nacional, haciéndoles ver que ellas son excesivamente preocupadas del arreglo, de los sentimientos y del enamoramiento, y nada del estudio.

Palabra Pública: Veamos qué pasa en la Educación Superior.

Carla Peñaloza: En los espacios universitarios se repiten discursos e ideas preconcebidas que vienen desde la escuela. Más allá de los números, hay claras preferencias en determinadas carreras por mujeres, y en otras por hombres. Y eso viene por un discurso de creer ya en la enseñanza básica que las mujeres no servimos para las matemáticas y que hacemos mejor otras cosas, como la propia profesión docente. Cuando hablamos del sexismo, tenemos que hacernos cargo de que la mayoría de las profesoras son mujeres.

En la enseñanza superior el sexismo se ve reflejado y tiene que ver no sólo con la educación, sino con las formas de relacionarse entre hombres y mujeres. También se dan situaciones de abuso de poder, de violencias a mayor o menor escala, o por lo menos de no respetar del todo a la otra, porque es diferente y porque es mujer.

Es interesante de analizar esta falsa idea de la igualdad. A propósito de la marcha “Ni una menos”. Si somos todos iguales, entonces no hay que matar a nadie. Y no es que no se entienda, sino que se quiere invisibilizar el problema. Entonces está muy bien ir a la manifestación, pero el tema es un poco más complejo: cómo nos relacionamos hombres con mujeres.

Y aquí las mujeres partimos con una situación de desventaja, porque la autonomía y emancipación, tener más o menos derechos o igualdad de oportunidades, no pasa sólo por decisiones individuales. Tiene que ver con una sociedad capaz de aceptar a esas mujeres que están decididas a hacer cosas diferentes y darle las herramientas para ello.

María Elena Acuña: A propósito de los datos de Patricia, es importante ver las percepciones, las construcciones culturales que los profesores tienen respecto de las identidades de las personas, y en este caso sobre sus identidades sexuales. Vivimos en este momento de híper modernidad, donde finalmente todo es fluido, las identidades sexuales son fluidas. Y lo que hace la escuela es permanentemente situarte en uno de los dos polos, femenino o masculino, sin considerar estos tránsitos. La escuela es una institución donde se te vigila, del punto de vista de si tú eres un buen hombre o una buena mujer.

La universidad, a su vez, mantiene una estructura muy rígida, producto también de este proceso de vigilancia. No es una política explícita en la Educación Superior esta asociación de áreas con sexos. La universidad no impide que hombres entren a Enfermería o mujeres a Matemáticas, pero convengamos que tampoco hace un esfuerzo por revertir la situación. Esa es una parte del problema, porque creo que en todas las áreas, desde las más humanistas a las más científicas, operan cánones de conocimiento que son bien androcéntricos, que arrancan desde cómo te cuentan la historia.

Últimamente ha escalado en la universidad el tema del acoso sexual. Es un tema que hay que analizar, como también el de las desigualdades salariales. La universidad peca transversalmente de tener un currículo omitido. La violencia contra la mujer no es nueva.

Patricia Soto: En la formación inicial de las/os docentes en la universidad lo que hace falta, por una parte, es mayor estudio de los currículos oficiales para desentrañar las carencias en relación al género, pero también mucho más estudio del currículo oculto de género en la educación en general. Creo que sin deconstruir las concepciones de género así como las formas pedagógicas más tradicionales utilizadas por los profesores jefe, las problemáticas de género se continuarán tratando desde el típico sermón o sólo mediante una atención individualizada y no colectiva. Lo que yo pude constatar en la investigación es que los docentes no están manejando a nivel educativo-didáctico otros elementos más dialogantes y argumentativos con profundidad, así como el tratamiento del género y los valores, a partir de las inquietudes de los propios estudiantes.

Palabra Pública: Para terminar ¿cuáles son las perspectivas que ustedes ven de cambios de fondo hacia una educación no sexista, por ejemplo a través del llamado proceso constituyente?

Carla Peñaloza: Siempre peco de optimista. Creo que pese a todas las dificultades que atraviesa el país, el quehacer político y lo público en general, hay elementos para tener ciertas esperanzas de cómo se posicionan ciertos debates. Sin duda uno bien potente es la manifestación “Ni una menos”. Hace cinco o dos años no nos imaginábamos esa gran cantidad de personas manifestándose contra la violencia de género. Y esto tiene que ver también con las AFP, la educación pública, etcétera.

Participé en un grupo por la asamblea constituyente y fue uno de los debates interesantes: cuando una traza los derechos que deberían estar planteados en la Constitución, aparece el de la igualdad de género, pero aparece también el de la igualdad a secas. Y ahí se produce el debate, y es complejo convencer al resto de que hay que hacer una especificación particular cuando se trata del género.

María Elena Acuña: Pienso que como universidad el primer tema que deberíamos estar preocupados de instalar en el debate constitucional, es el de la autonomía universitaria. Vivimos recientemente un episodio bien escandaloso con (la destitución de la rectora) Roxana Pey.

En la Constitución al menos tendría que haber alguna idea de la equidad de género, del respeto por la vida de las mujeres, y tendrían que consagrarse los derechos sexuales y reproductivos de manera constitucional; ese es el piso mínimo de lo que estamos hablando.

¿Cuál es el problema? Que este tema, en el debate a nivel institucional, está dominado por instituciones que se llaman feministas liberales, que son en el fondo los discursos feministas o los planteamientos feministas de la igualdad en lo formal.

Patricia Soto: La crisis de las instituciones es una cuestión a nivel global, para qué decir de la escuela. Respecto a la violencia de género, creo que sería súper importante que la escuela, así como está tratando de incorporar el tema sexualidad, debiera crear actividades prácticas para incorporar a los varones a la equidad en las tareas domésticas y de crianza. Ahí entonces me distanciaría de la idea de poner solamente a la mujer como centro de preocupación, porque puede estar ocurriendo, como dicen algunos teóricos, que las mujeres están cada vez avanzando más, liberándose, y los hombres están quedando atrás.

La crisis que está significando el neoliberalismo en Chile está estallando por todos lados y nos supera. Vivimos una crisis institucional, que es de alguna manera, aunque a otro nivel y otra forma, la misma que se vive en México, y ha tenido como consecuencia un aumento salvaje, impensable de violencia contra las mujeres, la gente pobre y los emigrantes.

Carla Peñaloza: Efectivamente, no podemos entender la violencia de género sólo como un tema aislado de la sociedad. También debemos analizar qué otros fenómenos hacen que tengamos una sociedad cada vez más violenta, donde la gente cada vez importa menos.

Y también tiene que ver con un aspecto que en particular en Chile no hemos tratado del todo bien, que es vivir y saber vivir en una cultura de derechos humanos, donde sepamos resolver sin violencia nuestras diferencias. Es una tarea que tenemos pendiente como sociedad, en la medida que justamente no queremos mirar lo que ya nos pasó.

Hay que analizarlo en ese contexto, y en el contexto de un modelo económico cada vez más feroz contra las personas

Fotos Alejandra Fuenzalida

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