La dimensión desconocida

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Por Roberto Aceituno

Decano de la Facultad de Ciencias Sociales Universidad de Chile

 

Nona Fernández nos sorprende de nuevo con su reciente novela-documental La dimensión desconocida. Nos sorprende menos por lo que relata –a fin de cuentas, es una historia demasiado-conocida– que por el hecho de contarlo nuevamente. Hay cosas que es necesario repetir, decía Freud, para que podamos verlas de frente.

En este libro todo pareciera ser una investigación periodística. Pero es, en cierto modo, ficción. Y todo parece ficción, pero es la inscripción de una historia real (y de muchas historias reales) ocurridas durante la década de los ‘80 en Chile. Paradojas de la memoria: hay que hacer ficción para poder recuperar la historia real. La dimensión desconocida es la dimensión-demasiado-conocida de la historia relativamente reciente de nuestro país; aquella que aún, a pesar de todo, a pesar de la tendencia denegatoria que puebla este país, sigue dando de qué hablar. O qué escribir, en este caso.

Digamos al pasar que La dimensión desconocida es el título de una serie de televisión -ay, las series de televisión; eso daría para una columna entera- que la autora veía, como muchos de su generación, mientras otras escenas terribles, pero esta vez reales, ocurrían al mismo tiempo al lado de la casa, en la calle cercana, durante los toques de queda, cuando las desapariciones se sucedían sin dejar huella.

 

La historia tremenda de un antiguo funcionario de los aparatos de represión de Pinochet que decide dar una entrevista para ventilar las terribles maniobras de la dictadura –detención, tortura, desapariciones-, es el hilo que conduce un relato múltiple, que sirve para mostrar e inscribir la sucesión de hechos siniestros que fueron parte de nuestra vida hace treinta años o poco más. Y, de paso, dar cuenta de esa fraternidad, esa amistad sobreviviente de quienes por entonces vivían –vivíamosuna época cruel y que, sin embargo, mantenían esa humanidad que ahora se vuelve tan lejana y que por lo mismo requiere ser recuperada de las cenizas que dejó ese golpe traumático durante tanto tiempo. Se podría decir y escribir mucho sobre este libro, que lo pienso al pasar como un ayudamemoria. La memoria como resistencia, la memoria como escritura de lo que no se ha podido decir del todo. Pero será el lector o la lectora quien podrá reconocer, si está en sintonía con este trabajo mínimo y profundo a la vez, que se trata de una historia en común. Que no hay que dejar de contarla. Y de escribirla de nuevo.

Nona Fernández pertenece a la generación –si pensamos que las generaciones se forman cada diez años– justo anterior a la mía. A la nuestra, la de los ‘80 en la Universidad, la de la ACU, la de la recuperación de la FECh, la de las protestas estudiantiles, la del miedo y la rebeldía. Para ella, Nona Fernández, se trata de una memoria infantil, por momentos adolescente. Se ha dicho que es una literatura de los hijos. La nuestra, la literatura de los hermanos menores de una generación avasallada, todavía está pendiente. Porque no se ha escrito todavía la novela de ese tiempo remoto y cercano. Tal vez Bolaño se acercó un poco a eso con Nocturno de Chile o Estrella distante. La literatura de Nona Fernández forma parte de esa novela hasta ahora imposible, que se construye sin embargo a pedazos, como restos de una memoria que no alcanza a resolverse en un relato entero. La literatura como la invención de un pueblo que falta, escribía Gilles Deleuze. Porque es ficción real de una historia que requiere inscribirse, antes que escribirse definitivamente.

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El libro concluye con una sucesión de eventos inscritos a la manera de un simple recordatorio. Como un ayuda-memoria, decía. Las desapariciones, las protestas, los degollados, el plebiscito, la llegada-no llegada de una democracia insuficiente. Algo parecido, guardando las distancias, al asombro de un personaje clásico que en La Eneida, de Virgilio, lloraba al ver inscrita en las paredes de un templo la sucesión de hechos traumáticos y heroicos de la guerra de Troya.

Este libro es una suerte de ayuda-memoria que nos recuerda lo que fuimos, lo que hemos sido, lo que estamos siendo, en este tiempo de un presente demasiado presente que es, por lo tanto, también olvido.

Una nota al pasar, para terminar. Habla de las coincidencias.

Escribí hace algunos años en un libro menor y de escasa circulación – ya sabemos, los libros no cuentan mucho en el repertorio académico de nuestros registros curriculares– la historia de un hombre que me tocó atender como psicólogo al terminar mis estudios universitarios. Su locura era la locura de un pueblo asesinado. Como no sabíamos, ni él ni yo, de qué hablar para mejorarnos un poco, nos pusimos a hablar de series de televisión que ambos veíamos cuando dejábamos nuestra infancia. A falta de hablar de cosas reales, terribles, nos encontramos hablando, entre otras cosas, de series de televisión. Y de la Dimensión desconocida.

Así que me volví a encontrar con esta expresión, la “dimensión desconocida”, cuando, coincidencias mediante –las generaciones a veces se encuentran diciendo lo mismo– leí la portada del libro de Nona Fernández. Y me dije: “vaya, una mujer talentosa escribe lo que sabemos, pero que no podemos decir del todo”.

Las generaciones se encuentran a veces recordando el tiempo que, de distintas maneras, nos tocó vivir. Por eso es buena la memoria. Porque es escritura y testimonio. Porque es antídoto del olvido, que no olvida nada

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