La luminosidad flúor y sus contrastes en blanco y negro

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Por Nelly Richard, académica y teórica del Arte

Al decir “el ego es un error” y al decirlo entre dos sin que sepamos quién es quién, Jorge Díaz y Johan Mijail violan el sello individualista y privatizador del sujeto que defiende la tradición humanista-burgués y la doctrina neoliberal. Lo tachan como una fatal errata del sistema de coordenadas que define el yo (lo propio) como algo inexpropiable. Jorge Díaz y Johan Mijail resuelven de partida orientar sus talentos creativos y su inteligencia crítica hacia el más que uno y, sobre todo, hacia el más que dos, es decir, hacia lo inabarcable de una suma de varios, de muchos, que empuja colectividades enteras hacia lo múltiple-excedentario. Así funciona el Colectivo Universitario de Disidencia Sexual, CUDS. Escribir entre dos es una primera zona de pasaje y travesías hacia un colectivo universitario, una tribu nómada, una asociación ilícita, una junta de vecinas, una organización comunal, una federación autónoma, una sociedad de socorros mutuos, una comunidad anarcobarroca.

Jorge Díaz y Johan Mijail se pronuncian fervientemente contra la clausura binaria (hombre-mujer) y también “contra la línea recta”. Apuestan a lo desviante -a las sinuosidades y oblicuidades del cuerpo y de la letra- para salvarse de la tiranía de lo mayoritario que nos aplasta con sus mezquinos promedios de conformidad y obediencia.

Los textos de este libro entran en la categoría de lo promiscuo, nacidos de disímiles formatos editoriales: “poemas, fragmentos de ponencia o columnas en periódicos, partes de e-mails, estados de Facebook, críticas activistas, declaraciones de amor, pequeños ensayos contra-académicos”. Esta promiscuidad de registros sueltos transgrede la unidad de estilo como sagrada convención literaria. “Promiscuidad” es también en este libro, la mezcla de campos de saberes, artesanías, técnicas y militancias (la biología, la poesía, la performance, el feminismo, etc.) que se rebelan contra la jerarquía de algún dominio de conocimiento más legítimo u autorizado que otros.

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Uno de los capítulos del libro se llama “feminismos y disidencia sexual”. Me gusta –me importa- el sentido reconocimiento de Díaz y Mijail hacia “los feminismos” como saberes negados -aprendidos de otras y reinventados por ellos- que liberan a cuerpos y experiencias de los condicionamientos de lo masculino. El libro nunca abandona el cuestionamiento antipatriarcal de la sexualidad dominante, a diferencia de una cierta literatura queer* que se apresuró en considerarlo superfluo. Esta insistencia y persistencia de la CUDS y de este libro en defender la memoria feminista debe ser relevado localmente como un acto de resistencia crítica a las modas hemisféricas de lo queer: unas modas que han disuelto el referente político-conceptual del feminismo en la exagerada fluidez de sus corrientes “trans”.

Este libro kuir -con la deformación ortográfica de un vocablo re-acentuado desde el Sur- no tiene pudor sino más bien orgullo en reclamarse del feminismo, a diferencia de lo que sucede con el movimiento gay o bien, en el campo académico, con los programas de estudios de género que lo omiten o descartan por considerarlo extemporáneo. Aquí todo lo contrario: los feminismos son reivindicados por Jorge Díaz y Johan Mijail en la dimensión formativa y conectiva de sus enlaces de identidad: unos enlaces transcorporizados pero nunca deshistorizados. Yo comparto con ambos autores –además de la reivindicación feminista- su afiebrado gusto por el quiebre escritural, los desmontajes performáticos, la fragmentación de los géneros, las disyunciones identitarias como salidas de libreto que atentan contra la norma, la normalidad y la normatividad de lo sexual y socialmente prescrito. Adhiero a su poética fronteriza de la desubicación y del atravesamiento. Pero celebro sobre todo el modo en cómo este libro intercala en el desfile queer de las poses de catálogo, la inquietud de sus existencias frágiles, la amargura de sus dramas cotidianos, la oscuridad de una pena negra, los residuos y cicatrices de daños y perjuicios en sus vidas de todos los días.

En un hermoso fragmento del libro, Jorge Díaz y Johan Mijail hablan del flúor como de un “átomo electronegativo” cuya “nube electrónica no está completa”. Una nube, entonces, cuyo fulgor depende siempre de la interacción con otros tipos de energías para que resalte la artificialidad de su color. Esta bella metáfora de la fluorescencia como negatividad radical (la escritura, el feminismo, la teoría, el activismo) que se ornamenta dentro del libro adquiere todo su esplendor en el preciso contraste con el afuera de su portada: el monocromo del blanco y negro fotográfico con su señalética facial de la sospecha. La portada del libro de Jorge Díaz y Johan Mijail nos hace saber que sus autores saben que la visualidad de los cuerpos diarios –castigados, mortificados- no está hecha de pura luminiscencia o fosforescencia. La artificialidad de un color-metáfora (el flúor) se exacerba aquí gracias a la severidad contrastante del blanco y negro que actúa, desde la portada, como suplemento de conciencia crítica y social hecho para corregir las evasivas de un cierto desquiciamiento queer que prescinde de cualquier dato de realidad para engañarse con la mistificación de puros cuerpos fingidos.

Entre frases y frases, este libro desliza las siguientes palabras: “lo queremos todo pero el cuerpo no alcanza para todo”. Esta frase –de la que renegaría la exageración queer– delata una convicción periférica, subalterna, respecto de las condiciones de precariedad y despojo que asedian a los sujetos de la carencia. Pero la gracia – el virtuosismo- del libro consiste en que esta convicción periférica de la precariedad y el despojo no inhibe el recurso lujoso -suntuario- de la acumulación y saturación hiperretóricas que superponen y multiplican vocablos en torno a la falla. Este libro sigue confiando en los artificios de la creatividad barroca y anarca, para transfigurar hambres y miserias escribiendo sus llagas y estigmas con letras de neón. Es esta puesta en tensión entre, por un lado, la vibración cromática de lo flúor y, por otro, la ética del blanco y negro sujeta al rigor y la escasez la que hace que este libro propague la irradiante electronegatividad de un átomo singular cuyas ondas se transmiten desde la conciencia aguda de lo plural-contradictorio. Un átomo tan singular que opaca el reflejo queer de la academia internacional dejándola sumergida (con todas sus comodidades y desprecios) en la neutralidad de lo grisáceo, sin las vibraciones intensivas que nacen de la contradicción plural entre, por un lado, el mundo fantaseado por los disfraces queer como un mundo enteramente disponible para cualquier extravagancia y, por otro, el mundo hostil de una suma de adversidades (injustica social, explotación y segregación) con el que batallan a diario las vidas precarias.

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