Perspectiva de género para enfrentar los desastres: Una oportunidad para cambiar las relaciones de poder

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Por Verónica Yuretic, Consultora de Reducción del Riesgo de Desastres (RDD) y Género

Foto, Verónica Yuretic

Es obvio decir que cuando ocurren desastres socioambientales -sean de origen natural o antrópico- hay personas que sufren sus consecuencias y en la mayoría de los casos significa un cambio en sus vidas. No obstante, el efecto de los desastres sobre hombres y mujeres presenta diferencias que es necesario considerar al momento de tomar decisiones en las etapas de recuperación de estos eventos, con el fin de que puedan transformarse en una oportunidad de aprender de lo ocurrido y mejorar lo que se hacía previamente en materia cultural, social y política.

La literatura sobre género hace aportes fundamentales para comprender en qué dimensiones las mujeres pueden sufrir más daño y efectos negativos en sus vidas en relación a los hombres. Esto, por supuesto, entendiendo que existen “intereses de género” (preocupaciones prioritarias que las mujeres -o los hombres- pueden desarrollar en virtud de la posición social que adoptan de acuerdo a sus atributos de género) distintos y que estos derivan de las relaciones de poder que se dan al interior de las sociedades organizadas patriarcalmente desde la distribución del trabajo. Es decir, intereses que varían dependiendo de los estereotipos dominantes en tanto cristalizaciones de la cultura: los hombres en su rol de proveedores y las mujeres a cargo de la casa, el cuidado y la crianza. Los análisis feministas profundizan en estas temáticas, identificando intereses estratégicos y prácticos de género, o necesidades prácticas de género.

Analizando los intereses estratégicos desde un enfoque de reducción del riesgo de desastres (RRD), cabría preguntarse cuál era la condición de la mujer o de las mujeres de manera previa al evento disruptivo. Nos referimos a su autonomía económica, a su educación y formación, a su rol de cuidadora, si tenía amigas y amigos, si le gustaba su trabajo, si tenía un empleo decente, si tenía el suficiente tiempo para descansar y no sentirse desbordada, o si era feliz o no en este escenario social que la cultura le proveía naturalizadamente, puesto que los intereses estratégicos responden a la experiencia subjetiva de vida en tanto hombres y mujeres. Si bien resulta complejo medir y cuantificar estas dimensiones, de todas maneras deben ser consideradas por quienes toman decisiones en materia de RRD. El desafío, sin duda, está en generar una evaluación previa y posterior al desastre que permita pensar en oportunidades de generar desarrollo social sustentable, ya que después de la pérdida no queda otra opción que re-construir y re-construirse.

La Teoría de la Recuperación Temprana se define como el proceso multidimensional, guiado por principios de desarrollo, que comienza en un ambiente humanitario dando respuestas a las necesidades básicas (abrigo, alimentación, cuidados), pero también iniciando una vinculación entre este proceso y el siguiente, que debería ser un catalizador de recursos y oportunidades ya no sólo en medio de la crisis, sino en el largo plazo. Es aquí donde emerge la oportunidad de incorporar la necesaria mirada sobre los intereses de mujeres y hombres asociados a los aspectos más estratégicos de sus vidas, que por cierto deberían emerger autónomamente de cada persona, quienes luego deberían tener la oportunidad de perseguir dichos intereses en cada uno de sus contextos.

Por su parte, las necesidades prácticas de género son las condiciones materiales concretas en que viven las mujeres como consecuencia de su ubicación dentro de la división del trabajo y, a diferencia de los intereses estratégicos, son directamente formuladas por las propias mujeres que viven una determinada situación sin requerir intervención externa para precisarlos. Éstas refieren principalmente a las necesidades básicas que presenta el grupo familiar.

Desde este análisis es posible identificar que debido a los impactos de un desastre, la cotidianeidad de las mujeres se ve afectada producto del daño que sufre su contexto habitacional y/o el ambiental. Por ejemplo, en el aluvión de Atacama el año 2015, las consecuencias de los deslizamientos en masa de relaves mineros que produjeron niveles importantes de contaminación del aire, agua y suelo, las obligaron a desplazarse con sus hijos e hijas a otras regiones en forma permanente o transitoria para resguardar la salud de sus familias. Esto trajo consecuencias para las desplazadas, como la pérdida del trabajo, estrés, incertidumbre de todo tipo y por ende mayores niveles de vulnerabilidad. Cabe mencionar que esta decisión se tomó desde el sentido común de la población, porque el Estado no declaró como peligrosos los niveles de contaminación.

En el país se han sucedido constantemente eventos de desastres que han sido percibidos por la sociedad en su conjunto, pero principalmente por las mujeres de zonas rururbanas, quienes desde el trabajo productivo/reproductivo tienen como tareas cotidianas el cuidado de la familia (aseo, higiene, alimentación), el fortalecimiento de la economía familiar a través de la crianza de animales, la huerta y la siembra para consumo doméstico. En muchas comunidades, a lo anterior se ha sumado el efecto de la mega sequía, que las ha dejado sin el elemento vital para el desarrollo natural de sus vidas, el agua.

No resulta muy difícil concluir que el impacto es distinto dependiendo de los roles genéricos, pero esto también ofrece una oportunidad para abordar estos temas precisamente desde una perspectiva de género. Cabría pensar entonces, por ejemplo, qué proyectos innovadores orientados a la captación y almacenamiento de aguas debieran ser dialogados en conjunto con las mujeres, buscando mecanismos que potencien sus capacidades y las del territorio, ya que son mayoritariamente mujeres las que habitan las zonas rurales.

En Colombia, por ejemplo, las denominadas “guardianas de las laderas” de la ciudad de Manizales confirman que es posible aprovechar una crisis para impulsar un desarrollo no sólo económico, sino social de quienes padecieron en algún minuto. Es el caso de estas mujeres jefas de hogar capacitadas en manejo de máquinas y mantención de laderas, que se responsabilizan de mantener estos terrenos despejados de malezas y basuras, además de limpiar los canales para impedir el desborde por acumulación de escombros. Esto, en el contexto donde habitan con sus familias, previniendo incendios y deslizamientos en masa. En definitiva, incorporar los intereses estratégicos y las necesidades prácticas de género en los procesos de recuperación en la RRD significa modificar las relaciones de poder en los territorios, lo que por cierto debiera impactar en el modelo extractivo y depredador que rige la economía de este país.

 

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