Enfermedades del cuerpo político

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POR MARÍA JOSÉ LÓPEZ MERINO, filósofa y académica del Departamento de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile

FOTO: FELIPE POGA

Casi tan antigua como la pregunta acerca de qué es una comunidad política, qué la compone y cómo se funda, es la pregunta por su corrupción. La palabra corrupción viene del latín corruptio(onis) y refiere a la acción y al efecto de dañar, incluso destruir completa o globalmente algo, ya sea material o inmaterial. La raíz de la palabra deriva del verbo rumpere, de donde viene nuestro romper, que señala la acción radical de quebrar, hacer pedazos, destruir de manera violenta.

Relacionada desde sus orígenes a la idea de la descomposición corporal, la corrupción es el principio esencial de las primeras concepciones de enfermedad en el mundo clásico. Esta corrupción, entendida como desequilibro entre los humores del cuerpo, podía ser generalmente reestablecida mediante tratamientos de expulsión de los humores, lo que permite recuperar el equilibrio corporal que es la salud, según Hipócrates. Por su parte, Galeano entiende la salud como el equilibro entre las partes o elementos que componen tanto el alma como el cuerpo. La salud depende de los vínculos saludables de sus elementos.

Pero es el renacentista Machiavello, involucrado directamente en la política de su ciudad, quien reflexiona de manera directa acerca de la corrupción del cuerpo político, que sufre las más graves enfermedades. Machiavello se considera a sí mismo como un “buen medico” capaz de identificar las enfermedades de Florencia y poder decretar con rapidez y efectividad los remedios necesarios, como se indica en “Para purgar los ánimos de aquellos pueblos” de Sandro Landi y recuperado en Metáforas y conceptos del lazo social en la historia moderna y contemporánea.

¿Es la comunidad política un cuerpo? ¿Tiene sentido hoy en día hablar de ella en esos términos? Es una metáfora antigua, pero a mi juicio todavía productiva. Porque pensar en la comunidad política como un cuerpo, reconocerla desde un paradigma orgánico, implica reconocerla como una realidad en constante cambio y que tiene una historia que está compuesta de elementos distintos, que sin embargo pueden coordinarse. Además, si sufre enfermedades, si se corrompe, quiere decir que esa comunidad está viva. No siempre recordamos que la corrupción ocurre en un cuerpo vivo.

¿Pero qué corrompe a los cuerpos políticos? Para el mismo Machiavello, todas las comunidades, especialmente las mejores, están expuestas a la corrupción. En los Discursos de la Década de Tito Livio el dilema se mueve entre dos polos que legítimamente movilizan la vida política: por un lado, la búsqueda de la grandeza asociada igual a la ambición y a la virtú individual. Y por otro, la verdadera grandeza, que sólo es de la República, de la comunidad política en su conjunto. ¿Cómo se puede evitar el deslizamiento casi natural hacia el interés individual? Es decir, hacia la corrupción. ¿Cómo se puede mantener vivo en una comunidad el interés por el bien público durante un periodo de tiempo lo suficientemente largo a fin de obtener la grandeza cívica de la ciudad?

La respuesta de Machiavello en este punto, al menos en los Discorsi, descansa en una confianza bastante imbatible en el pueblo, que no es la única fuerza, el único grupo, pero resulta ser más confiable que cualquier príncipe. Básicamente porque el pueblo, por su variedad y multitud, puede alcanzar mayor virtú y sus errores pueden ser corregidos mejor y más eficazmente que los errores del príncipe. Así, el pueblo mismo es el mejor guardián de la libertad y, en general, no hay que temerle a las épocas de tumulto y división.

Más bien, hay que saber usar esos momentos para reforzar los lazos de la comunidad al menos a partir de dos estrategias complementarias: por una parte, el mantenimiento de ciertos niveles de igualdad que minimizan los efectos de la envidia y resentimiento. Por otro lado, la necesidad de que el pueblo se ejercite en la libertad. Que sea capaz de opinar y participar de su forma de gobierno en la paz y en la guerra. Estos compromisos y actividad constantes de una ciudadanía activa anudarán el lazo entre los elementos o grupos que componen el cuerpo político y mantienen su salud.

La corrupción avanza cuando las diferencias se traducen en disgregación, las partes del cuerpo se separan, generando los umori hostiles y la divulgación de los rumori negativos. Entendámonos bien, Machiavello no está tras la búsqueda una unidad fundada en una voluntad homogeneizante, nada más alejado del espíritu agonista y comprometido con la crítica y el dissenso del florentino. Se trata, más bien, de una disgregación de las partes del todo, que se expresa como desamor hacia la ciudad, que como señala Landi se manifiesta en una forma específica de incontinencia, que se hace eco de discursos maldicientes y potencialmente sediciosos.

Tampoco se trata de imponer una falsa reconciliación entre las distintas partes que componen la República, partes irreconciliables que posiblemente sólo tienen en común el vínculo hacia ese cuerpo. De hecho, según Machiavello, la desunión y disidencia no fueron un obstáculo, sino que alimentaron e hicieron posible la grandeza de Roma. Por las discusiones que generó y las instituciones que permitió formar, la desunión, que no es desemembramiento, hizo libre a Roma. De esta manera, la corrupción no viene de las diferencias, de las visiones irreconciliables, de los tumultos del pueblo. Viene de una falta de visión más profunda que el pensador florentino detecta.

Aquí la principal corrupción consiste en una pérdida de la virtú de sus ciudadanos y con ello su interés en el bien común y por la política, lo que los hizo perezosos e ineptos. Y también perder el sentido y la oportunidad de la grandeza, que sólo es posible en comunidad, en el cuerpo político. Se trata para Machiavello de la restricción de los intereses únicamente a los intereses personales, perdiendo la visión acerca de la totalidad de la República. Este es el centro de la cuestión y que hoy en día sigue siendo una pregunta completamente actual: ¿qué es la comunidad política? ¿Qué la construye? ¿Qué es lo que moviliza y da vida al cuerpo político? Sin duda los intereses individuales y los propios deseos de gloria o de poder, pero no sólo eso.

Puede que la comunidad no goce de popularidad, puede que sus líderes estén, igual que sus ciudadanos, confundidos, o sean ineptos, o estén llenos de malos humores, pero seguimos siendo parte de un todo. Seguimos formando parte de un cuerpo político que tiene su vida, aunque nos pese, su historia y sus posibilidades de cambio. Si sólo tenemos a la vista nuestras particulares necesidades, nuestros propios intereses, es porque nos soñamos como órganos aislados. Como para el florentino, para nosotros la verdadera enfermedad es esta ilusión, este espejismo de las partes que se sienten algo más que partes. La verdadera enfermedad es no querer, no saber, no poder, ver el todo.

*Referencias

Machavello, Nicolás. El Discurso de la Década de Tito Livio, Alianza: Madrid, 1987, p. 81.

Landi, Sandro. “Para purgar los ánimos de aquellos pueblos” en Godicheau, F. y Sánchez León P. Palabras que atan. Metáforas y conceptos del lazo social en la historia moderna y contemporánea. México, FCE, 2015.

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