Universidades Estatales: Construcción de Conocimiento en Alianza con la Ciudadanía

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Por Francisco Rothhammer, Profesor Titular del Instituto de Alta Investigación de la Universidad de Tarapacá, Profesor Honorario de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile y Premio Nacional de Ciencias Naturales 2016

Foto Dirección de Extensión y Vinculación con el Medio de la U. de Tarapacá (UTA) / Instituto de Alta Investigación de la UTA

Debo confesar que acepté con algunas dudas la amable invitación de la Vicerrectoría de Extensión y Comunicaciones de la Universidad de Chile para escribir una breve columna de opinión sobre la relevancia de construir conocimiento en alianza con la ciudadanía y sobre el rol único que los planteles estatales pueden jugar en este proceso. El origen de mis dudas estaba relacionado con el hecho de que la variedad de opiniones que existen con respecto a este tema implica dificultades para resumirlo en forma general. Entonces, para evitar omisiones involuntarias, decidí centrarme en la experiencia personal adquirida como académico de universidades estatales chilenas, especialmente de la Universidad de Chile, la Universidad Austral (que no es estatal, pero sí se considera pública) y más recientemente, de la Universidad de Tarapacá.

No constituye una novedad que en Chile la mayoría de los planteles de educación superior privados limitan su actividad a la entrega y acreditación de conocimiento, mientras que una parte importante de los planteles estatales combina la entrega y acreditación con la construcción de conocimiento adquirido a través de la investigación científica. En este contexto me parece difícil negar la diferencia que puede existir entre dictar una clase basándose simplemente en la lectura de un libro, por lo general obsoleto, y hacerlo a partir de la observación de los resultados de experimentos personalmente diseñados. Fuera de la importancia que tiene el quehacer científico para incrementar la calidad de la docencia, este es fundamental a la hora de generar conocimiento innovador y potencialmente utilizable para un amplísimo espectro de aplicaciones, que pueden incluir procesos productivos, métodos estadísticos, procedimientos médicos, divulgación de información, predicciones climatológicas y medioambientales, y construcción de puentes, entre muchos otros.

Mi carrera académica comenzó cuando fui contratado como ayudante alumno de Biología General en la Universidad de Chile. Sin lugar a dudas fueron los conocimientos y en general la excelente preparación de los académicos los que tempranamente despertaron mi interés por la investigación genético-antropológica y biomédica, actividad a la que me he dedicado durante la mayor parte de mi vida. Mis primeras experiencias investigativas incluyeron la separación bajo un microscopio de moscas machos y hembras y la visualización, después de realizar complicados procedimientos, de cromosomas de ratón en los laboratorios del Departamento de Genética de la Facultad de Medicina, que junto a otros departamentos básicos de la Facultad, constituían el Instituto de Biología Juan Noé, un importante centro de investigación de alto nivel en Latinoamérica. Pero a pesar del tiempo que mis profesores invirtieron, me incliné más bien por la investigación de poblaciones humanas.

Cabe señalar que la Facultad de Medicina proporcionaba a sus investigadores fondos concursables para realizar investigación científica, ayuda que me permitió aceptar la invitación de un grupo de colegas epidemiólogos y genetistas que investigaban la alta prevalencia de bocio en comunidades originarias del Alto Biobío. Durante el trabajo de terreno, que se efectuó en la reducción de Pedregoso, tuve la oportunidad de conocer muy de cerca las comunidades pehuenches, experiencia que definitivamente fue determinante para orientar mi carrera científica a la construcción de conocimiento en colaboración con los pueblos originarios latinoamericanos.

Continuando con mi formación, los contactos que la Universidad de Chile mantenía con el National Institute of Health de los EE.UU. (NIH) me permitieron postular a una beca para especializarme en genética de poblaciones humanas en la Facultad de Medicina de la Universidad de Michigan, haciendo uso de una comisión de servicio de tres años. A mi vuelta a Chile iniciamos junto con colegas chilenos y un grupo de investigadores norteamericanos, bolivianos y ecuatorianos una extensa investigación sobre el efecto que tiene en la salud humana la hipoxia a que están expuestos los habitantes aymarás de la precordillera y altiplano del interior de Arica. Resulta importante destacar que esta investigación inicial posteriormente originó diferentes proyectos biomédicos y bioantropológicos, que a su vez generaron redes internacionales de investigación que actualmente se encuentran en desarrollo en el Instituto de Alta Investigación de la Universidad de Tarapacá.

Sin duda, el trabajo en alianza con otros científicos y mano a mano con las comunidades indígenas ha sido una parte fundamental de mi experiencia científica y la posibilidad de desarrollar proyectos de largo alcance con ellas, una función social que sólo ha sido posible gracias a los principios que orientan la investigación de los planteles estatales, cuyo norte siempre ha estado y debe seguir estando en la producción de conocimiento beneficioso para el desarrollo del país y sus habitantes.

Lamentablemente, durante los últimos años la colaboración que existía entre los investigadores científicos chilenos ha sido parcialmente reemplazada por una despiadada competencia por ganar proyectos de investigación y publicar trabajos científicos, alentada por autoridades académicas que basan sus decisiones en la aplicación de mediciones cuantitativas. No cabe duda de que esta práctica, que distorsiona el objetivo central del quehacer científico que se vincula más con la calidad que con la cantidad, guarda relación con la falta de recursos y con el consecuente forcejeo por obtener un financiamiento estatal adecuado para la educación superior.

A la falta de visión de país de las autoridades se suma la falta de interés por la ciencia de parte de empresarios y políticos, e incluso de la ciudadanía, lo que nos distancia de lo que ocurre en otros países emergentes como China, India y Brasil. Si bien han existido intentos por cambiar esta situación, me atrevo a afirmar que mientras los propios científicos no estén plenamente conscientes y asimilen adecuadamente la dimensión social de su trabajo, todo aquello que los vincula con la sociedad y las comunidades que más los necesitan, y sean capaces de divulgar masivamente ese sentir, difícilmente podrán llamar la atención de la ciudadanía sobre el valor de la ciencia en cuanto a su potencial económico, tecnológico, educativo y cultural.

 

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