Universidades Estatales: una labor diferenciadora en favor del desarrollo del país

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Por Jorge Pinto Rodríguez, PH. D. Académico del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad de la Frontera de Temuco. Premio Nacional de Historia 2012

Fotos Rodrigo Fernández, Wikimedia / Dirección de Comunicaciones de la Universidad de la Frontera

Desde la génesis de la República, las autoridades que asumieron el gobierno mostraron particular atención a la educación. Desde entonces, la percibieron como el engranaje principal de la máquina que nos conduciría al progreso y la felicidad. Por esta razón el Estado se comprometió con la educación y los establecimientos que la impartían, con recursos que destinaba para estos. La educación fue un asunto de Estado que se proyectó hasta mediados del siglo XX, conviviendo con establecimientos privados que recurrían a diversas fuentes de financiamiento, apoyadas también por el Estado en su esfuerzo por concederle a la población las mejores condiciones para que se educara.

En el marco de esta política se funda la Universidad de Chile en 1842. Desde ese momento, nuestra principal casa de estudios superiores adquirió un compromiso con el país a través de la formación de profesionales, la investigación y su proyección a América Latina. En 1889, durante el gobierno de José Manuel Balmaceda, se funda, bajo su alero, el Instituto Pedagógico, momento a partir del cual la Universidad de Chile se suma a la formación de profesores, compartiendo esta responsabilidad con las Escuelas Normales de Preceptores y Preceptoras, que tanto prestigio dieron a nuestra educación.

Desde aquellos años, el Estado asumió su responsabilidad con la educación en dos planos: el primero tenía relación con la formación de las nuevas generaciones que acudían a las escuelas primarias, secundarias y universitarias; y el segundo, con la preparación de los maestros que tendrían la misión de contribuir a su formación. A estas labores se sumaría más tarde, en 1947, la Universidad Técnica del Estado y su Instituto Pedagógico, fundado en 1948, herederos de la Escuela de Artes y Oficios de Santiago, de las Escuelas de Minas del Norte y las Escuelas Industriales del Sur.

Sin embargo, la labor de nuestras universidades estatales fue más lejos. La Universidad de Chile, primero, y la Universidad Técnica del Estado, a partir de la segunda mitad del siglo XX, abrieron sus puertas a los talentos científicos, humanistas y creadores, que, en algunos casos, se transformaron en los líderes de Chile. Si volvemos la mirada al siglo XIX, nombres como los de don Andrés Bello, Ignacio Domeyko, Diego Barros Arana, José Joaquín Aguirre, Juvenal Hernández, Roberto del Río, Amanda Labarca, Armando Roa y Eugenio González, representan el fruto de lo que pudo hacer una universidad estatal, que se inspiró en la libertad de cada uno de sus maestros y estudiantes.

Otra figura señera en el siglo XX es el profesor Daniel Martner. En los años ‘20 reunió en su entorno a diversas figuras con el propósito de transformarlos en servidores públicos, capaces de diseñar las políticas sociales y económicas que Chile requería. Rector de la Universidad de Chile entre 1927 y 1928, le correspondió compartir una estadía en Alemania con don Pedro Aguirre Cerda, autor de dos libros que retratan el compromiso del futuro presidente con nuestro país. El primero se refiere a la industria y el segundo a la agricultura.

Ese fue el ambiente en el cual estudiaron el propio Pedro Aguirre Cerda, Salvador Allende, Pablo Neruda, Eduardo Frei Montalva, Jorge Alessandri Rodríguez, Radomiro Tomic, Bernardo Leighton, Eugenio González, Juan Gómez Millas, Olga Poblete, Ricardo Lagos y tantas otras personalidades que, gracias a la atención que el Estado brindó a su universidad, diseñaron los caminos por los cuales transitamos en el siglo XX, con la única excepción de dictadura. Por su parte, la Universidad Técnica del Estado cobijó figuras como el rector Enrique Kirberg, Víctor Jara, Isabel Parra y Sergio Campos. Años más tarde, cuando la educación superior inicia su proceso de regionalización, la Universidad Técnica funda sus sedes en Antofagasta, Copiapó, La Serena, Concepción, Temuco y otras ciudades del país. En 1960, la Universidad de Chile inicia su extensión por el país levantando sus centros regionales en el norte y en el sur, permitiendo a numerosos jóvenes incorporarse al sistema universitario.

Fue el Estado el que lo hizo posible. Con sus recursos, nuestras universidades crecieron inspiradas en los valores de la libertad, la no discriminación y el compromiso de contribuir al desarrollo del país. No se puede negar que a esta labor contribuyeron también instituciones de educación superior privadas, muchas de ellas apoyadas por el Estado; pero hasta 1973 su atención se concentró en sus dos casas de estudios superiores: la Universidad de Chile y la Universidad Técnica del Estado. Gracias a esta política, la educación era gratuita y puesta al servicio de los intereses de los jóvenes y el país. El lucro no cabía en una actividad que algunos creen que se puede transar en el mercado como cualquier producto de consumo.

Con preocupación y en algunos casos con angustia, observamos en los últimos años un trato muy distinto hacia las universidades estatales. Sometidas a las reglas del mercado, sus recursos dependen de una producción que busca igualarlas a algunos centros internacionales, cuya labor se mide por indicadores que, en ciertas situaciones, no tienen impacto en el medio en el cual se desenvuelven. Con estupor, a veces, nos damos cuenta de cuán difícil resulta investigar sobre temas que al mercado importan menos o que lastiman intereses de sectores que podrían aportar recursos para su financiamiento.

A pesar de todo, quienes trabajamos en las universidades del Estado seguimos inspirados en los valores que dieron origen a estas casas de estudios. Sometiéndonos, incluso, a las exigencias de aquellos que pretenden transformarnos en “fábricas de certificados” y productores de indicadores instalados por sectores que no entienden cabalmente el sentido de la libertad y los aportes que artistas, humanistas y hombres y mujeres de ciencias, pueden hacer sin las exigencias que desean transformarlos en máquinas productoras de bienes (o males), movidos por intereses individualistas en medio de una competencia que nos separa de lo que se espera de una universidad.

Chile necesita enmendar el rumbo. Escuchar a los profesores y maestros, a los estudiantes, a los funcionarios que nos acompañan y a las autoridades que dirigen nuestras casas de estudios. Las demandas de las comunidades universitarias estatales no son cantos de sirenas; responden a los anhelos de quienes alguna vez ingresaron a sus claustros para permanecer en ellos durante toda la vida. Y en esto no hay un rechazo a las universidades privadas. Habrá que decirlo hasta el cansancio: han hecho aportes indiscutibles, pero movidas por fines distintos a los de las universidades del Estado, ya sea por sus compromisos con corrientes religiosas o grupos que lucran con sus actividades. Que el Estado distraiga recursos y beneficios en ellas, desatendiendo sus propias universidades, es un error que se debe corregir.

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