Chile: País Laico

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Por ÓSCAR CONTARDO, Periodista y escritor. Autor, entre otros, de los libros Siútico: arribismo, abajismo y vida social en Chile y Raro: una historia gay de Chile

En 2014, durante los grandes incendios en Valparaíso, noté que algo había cambiado. Tras horas de transmisiones especiales de la televisión y las radios, entrevistando víctimas y a diferentes autoridades políticas, algo faltaba. En otra época, una no muy distante, la figura del arzobispo de la región hubiera ocupado un lugar de relevancia. Esta vez nadie preguntaba por él. En el país en el que yo había crecido cada vez que había una tragedia, junto a la voz de las autoridades políticas estaba la voz de un sacerdote, generalmente el obispo. Sin embargo, durante las jornadas en que gran parte de los cerros de Valparaíso se quemaron, los representantes de la jerarquía católica no aparecieron en los medios. Era una señal de los tiempos.

En la última década la figura del sacerdote se ha ido desvaneciendo como autoridad con influencia política, un lugar que ocupaba hasta hace muy poco. El punto de inflexión no fue un cambio forzado desde el Estado o exigido por los partidos políticos más liberales, sino más bien una consecuencia lógica frente a la crisis de los abusos sexuales que a nivel global puso a la Iglesia Católica en el lugar que ocupan las organizaciones sospechosas y los criminales. Hasta ese momento en Chile, la política se hacía en muchos ámbitos previa consulta a la Iglesia. Tanto en la derecha como en la izquierda quien estaba a cargo de vincularse con la jerarquía eclesiástica, lograba prestigio y poder.

Para una investigación reciente tuve que revisar revistas de la oposición a la dictadura. Muchas ediciones. En casi todas ellas, por no decir en todas, aparecía un sacerdote como entrevistado, como columnista o como fuente en algún reportaje. Había sacerdotes progresistas y conservadores, curas en la televisión y en la prensa de derecha. Curas choros, amigables y severos. Como protagonistas, protectores o mediadores. Hasta el crítico literario más leído era sacerdote.

Durante las primeras décadas de la transición eso no cambió. La Iglesia Católica hizo pesar su opinión para frenar desde programas de salud pública hasta leyes. Los sacerdotes en los medios, asimismo, eran consultados en tanto expertos en moral. Ellos conocían la forma en la que se debían conducir los ciudadanos en su vida privada. Incluso llegaban a conceder entrevistas sobre la inconveniencia de escuchar ciertas bandas de rock o ver determinadas películas. Esa figura del religioso omnipresente ha desaparecido. Lo que perdura actualmente es la popularidad de ciertos curas que en atención a sus posturas progresistas y gracias a su labor de beneficencia combinada con un gran talento para las relaciones públicas, logran capturar la atención de cierta burguesía biempensante. Sacerdotes que gozan de la simpatía de los medios y de popularidad en determinados círculos de influencia. Pero en general, la jerarquía católica debió resignarse a una retirada que ha mermado su poder.

¿Significa eso que vivamos en un país con un Estado laico, en un país culturalmente laico? No.

El cambio no ha sido una retirada total. La Iglesia Católica en Chile ostenta un poder muchísimo más extendido que el de los sacerdotes de la jerarquía. La tramitación de la despenalización del aborto en tres causales fue el mejor ejemplo de esa red tupida de influencia. Un proyecto que apoyaba una abrumadora mayoría de los chilenos fue boicoteado de manera persistente por grupos religiosos, pero no desde los púlpitos, ni siquiera por curas, sino por instituciones o grupos relacionados con la Iglesia. El rol que cumplió, por ejemplo, el rector de la Universidad Católica fue notable: logró que el Tribunal Constitucional reconociera la existencia de la objeción de conciencia institucional. Ese cambio le permitía prohibir que se aplicara la ley en los hospitales relacionados con su universidad. Es posible rastrear ese poder –que emana de la religiosidad privada que afecta y determina lo público- entre los sectores más privilegiados de la sociedad y en los colegios en donde se educa la elite: la gran mayoría de esos establecimientos imparten una educación religiosa cerrada en sí misma, acrítica y temerosa de los cambios sociales.

¿Qué habría pasado en el caso de que se descubriera que el fundador de un colegio laico era un abusador sexual? Seguramente ese colegio se habría derrumbado, vaciado de alumnos. No sucedió así con los colegios de la red de los Legionarios de Cristo cuando se descubrió que Marcial Maciel – su fundador- no sólo era un abusador sexual, sino que mantuvo una doble vida y abusó incluso de sus hijos.

Hasta cierta forma estos casos –la oposición de un rector a una ley y la sobrevivencia de los colegios a pesar de las conductas criminales de su inspiradorrevelan una matriz cultural mucho más vigorosa de la que imaginamos, impermeable incluso a los hechos más evidentes y relacionada con la pertenencia de clase. La misma matriz que a principios del siglo XX impulsaba a los sectores más conservadores y ricos a oponerse a la expansión de la educación pública, sembrando la sospecha sobre su moralidad. Aquella tirria por la educación pú- blica finalmente encontraría un aliado formidable casi un siglo después, cuando la dictadura comenzó a desmantelar primero las universidades estatales y luego las escuelas y colegios fiscales a través de la municipalización. Los gobiernos de la transición agudizarían el cambio con la creación del copago. La mayor parte de esos establecimientos de copago tendrían orientación religiosa, es decir, un cierto adoctrinamiento asegurado. Incluso la idea misma de que un establecimiento suscribiera a una determinada fe funciona como un certificado de moralidad en una cultura en donde los “valores morales” tienden a ser sinónimo de “religiosidad”. Basta recordar que en Chile se creó la idea de “agenda valórica” –instalada por sectores políticos conservadores- para referirse a reformas de derechos civiles.

Por otro lado existe la creciente influencia del mundo evangélico pentecostal, una forma de protestantismo ultra conservador que ha logrado inmenso poder en Estados Unidos, Brasil y Colombia y que en Chile ha apoyado la agenda de la ultraderecha de políticos como José Antonio Kast. La expresión más amarga de este poder fue la puesta en escena del llamado Te Deum evangélico de este año. La ceremonia fue una larga sucesión de hostilidades lanzadas contra la presidenta Bachelet, a quien incluso algunos fieles insultaron durante su llegada. ¿La razón? Ella había empujado una serie de reformas políticas que desde su privada religiosidad consideraban no tan sólo equivocadas, sino derechamente diabólicas. La situación provocó cuestionamientos sobre la necesidad de este tipo de rituales, sin embargo es probable que muchos políticos no se atrevan a terminar con el Te Deum evangélico por la misma razón que no se atreven a lograr un acuerdo para acabar con el católico: los votos más religiosos. Hay zonas en donde el pentecostalismo es cada vez más fuerte, áreas en las que antiguamente la izquierda triunfaba, pero que donde ahora el conservadurismo religioso campea. Creo que la razón para que esto haya ocurrido puede resumirse en una palabra: abandono. Se trata de zonas en donde las personas más pobres parecen haber encontrado en una religión dura y fóbica una tabla de salvación y una manera de ser parte de algo, de una comunidad. Una necesidad que antes pudo haber sido resulta por el catolicismo –que se retiró de amplios sectores del mundo popular- o por la política, ahora encuentra satisfacción en estas nuevas iglesias que en Brasil se han transformado en una industria de la fe.

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