CUANDO EL RACISMO HIERE

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POR MARÍA EMILIA TIJOUX

Académica de la Facultad de Ciencias Sociales de la U. de Chile, coordinadora de la Cátedra de Racismos y Migraciones Contemporáneas de la Vicerrectoría de Extensión y Comunicaciones, del Grupo Migraciones de la Vicerrectoría de Investigación y Desarrollo y del Núcleo Cuerpos y Emociones

FOTO FELIPE POGA

La migración contemporánea es un fenómeno relevante y dramático que provoca complejas transformaciones en las sociedades de expulsión (emigración) y de recepción (inmigración), lo que da cuenta de la doble faz que define al inmigrante: por su ausencia en el orden de su nación y por su presencia en el de una nación ajena. Siendo las migraciones el resultado de políticas universalistas y de ritmos económicos impuestos por el capital, los inmigrantes no pueden planificar el destino. Reducidos a la “inmigración” -al separarlos de otros inmigrantes a los que se nombra como “extranjeros” y de los nacionales- que contiene al racismo, sus nombres e historia se borran. Serán cuerpos para la contabilidad que ajusta y asusta a una sociedad que se considera blanca y europea. La nación chilena aparece repleta de la seguridad del desarrollo forjado en un norte al que nunca perteneció, pero con el que siempre soñó y sueña. Las figuras del “negro y del indio” regresarán entonces con la misma furia colonial-estatal.

Son millones las personas que se desplazan por el mundo buscando trabajo, supervivencia, acogida y comprensión para enfrentar políticas migratorias de carácter restrictivo. La inmigración, considerada en términos de seguridad, deviene en “problema” y los gobiernos se sienten obligados a enfrentar su amenaza.

Los Estados implementan políticas cada vez más duras para controlarla y “ordenarla”: se restringen visas y en algunos casos su acceso (como hoy ocurre con Venezuela) obliga a quienes buscan llegar a Chile a una auto-clasificación desde la altura, el color de piel, de ojos y cabellos. Sólo muy recientemente, debido a la protesta pública, el ministro de Relaciones Exteriores, Roberto Ampuero, ha solicitado la modificación de este formulario consular. Aumentan los controles, las expulsiones del territorio y las sanciones, pero ello no consigue responder a la demanda real de una mano de obra que después de haber sido bienvenida, hoy es señalada como la de “enemigos” que “invaden” el territorio nacional. Hoy día, en Santiago de Chile, cuando ocho cuadras de filas de espera hacen explotar los espacios ciudadanos, cuando la soledad y el miedo consiguen que las familias se oculten para no salir y ser detenidas o insultadas, cuando un proyecto de ley ha sido decidido por el Ejecutivo basado en la seguridad, en el interés supremo de “ordenar la casa”, higienizando, expulsando y maltratando, nos encontramos frente a un proyecto curiosamente peor que el decreto de extranjería que cuatro miembros de la Junta Militar firmaran en 1975, que nos conduce a reflexionar sobre lo que hemos construido como un “nosotros” que consigue hacer sufrir al que define como el “otro”.

Se trata de un proyecto dirigido a un inmigrante cuyo cuerpo no precisa develar lo que contiene, porque su sola presencia lo hace objeto de desprecio y de castigos reiterados. Sus rasgos, origen, color y sexo, sumados a la falta de dinero que lo hace llegar como trabajador, lo configuran como cuerpo para extraer trabajo, depredar o aniquilar. Esta deshumanización, que no es nueva, proviene de los residuos de una historia colonial y de un Estado-nación armado en clave “blanca-europea”, que marca la separación entre el amo que despoja y el sirviente sometido, que favorece el reparto desigual entre los seres humanos. Los inmigrantes han llegado a Chile para trabajar y establecerse, atraídos por la seguridad económica y política que el país exhibe.

No están de paso y llegan para quedarse, trayendo consigo una fuerza de trabajo provisoria que se necesita, de lo contrario no se abrirían los mercados de la trata y del tráfico ilegal que los acarrea para cumplir tareas agrícolas, en la construcción, en los restaurantes, mientras se les arrebatan sus papeles y se les oculta. La necesidad de estadía les obliga a aceptar cualquier trato, al mismo tiempo que la certeza de su “diferencia” les obliga a callar y aceptar condiciones inhumanas de vida. Su presencia consigue que regresen los fantasmas coloniales y estatales-nacionales que lo convierten en “enemigo”.

Pero el inmigrante es también resultado de una construcción discursiva que condensa juegos de poder y de verdad, comprometiendo la existencia, la identidad y la subjetividad de los nacionales. Imaginado y señalado como amenazante, parasitario o ingobernable, su vida parece condenada a la exclusión. Entonces trata de desaparecer en la existencia de la nación ajena que lo acoge luchando, por ejemplo, contra el sufrimiento que anuncia su color, ese que le han adherido a su condición de persona, haciéndolo visible para no considerarlo como un igual, pegándole la “diferencia” que lo condena para que claramente indique la frontera entre lo nacional y lo no nacional. Se convierte entonces en un cuerpo de espectáculo, en un portador de signos de aquella visibilidad lejana que apela a múltiples interpretaciones que terminan organizando un orden, el “orden nacional” desde el cual se pueden entender las medidas injustas basadas en los mitos sobre el inmigrante. Pero los mitos son poderosos, construyen verdades, naturalizan estereotipos y legitiman maltratos, permitiendo que, sobre su base, se consoliden el temor xenófobo y las prácticas racistas.

La presencia de inmigrantes devela -a ojos de los chilenos- características “culturales” que supuestamente se reconocen y diferencian según el “color”, la “figura”, los “olores” o el “carácter” que los hace “bulliciosos”, “violentos”, “ladrones” y “promiscuos” y que los predispone al crimen, la maldad y los excesos. Las prácticas de discriminación, exclusión y racismo han sido vistas y escuchadas en situaciones e interacciones cotidianas basadas en la negritud –la de antes y la de ahora– que ponen de manifiesto una alteridad fraguada en representaciones de raigambre colonial sobre un “otro” que arma un imaginario que opera como el a priori fáctico de una “verdad trascendental”, es decir, de un esquematismo arraigado que abre a una serie de violencias naturalizadas.

El racismo es una producción relacional, actualizada y promovida por el temor, la xenofobia y la rabia que realzan, de manera generalizada y definitiva, diferencias reales o imaginadas sobre un individuo que hay que excluir, rechazar, expulsar o matar, que hace triunfar un discurso cientificista-político que genera el racismo biológico y con él la producción de una teoría racionalizada y legitimada que se incorpora al sujeto racista e inscribe con toda su violencia al “otro” en la gramática del inmigrante. Es necesario seguir examinando lo que nos sucede con los inmigrantes desde ese carácter colonial que permanece en las relaciones sociales para designar la reproducción de antiguas jerarquías coloniales, demostrables en el hecho de buscar trabajadoras de casa particular a cambio de techo y ropa vieja de la patrona; o en la paga miserable de trabajadores bolivianos y peruanos en los valles del norte; o en la supuesta sumisión de quienes aceptan cualquier paga y cualquier trato.

Pero sin detenerse a pensar que quien parte a trabajar en la urgencia de la vida en ocasiones sólo puede aceptar las migajas que se le ofrecen y con ello el abuso que ese ofrecimiento contiene. Podríamos ponernos de acuerdo y trazar alguna ruta reversa para desarmar lo que se aprendió como verdad y buscar una salida. Comenzar por entregar la palabra a este “otro” que construimos en la “diferencia” para imaginar caminos de igualdad. Luego valdría la pena enfrentar lo que somos y reír un poco frente a la idea de la blancura como signo de europeización.

Esta piel que nos cubre tiene diversas tonalidades. No da cuenta de una forma de ser, de sentir o pensar, porque la piel no es más que el envoltorio que nos cubre, que se estría, se arruga y se mancha. Y su color, menos o más claro, menos o más oscuro, nunca ha sido sinónimo de bondad o de maldad.

El racismo no es un fenómeno individual, propio de los “sujetos racistas”, ni se da tampoco como un hecho aislado o coyuntural. Es una formación histórico-estructural que adquiere diversas formas a través de la historia, que no se pueden entender desvinculadas de los procesos de colonización, del Estado-nación o de las distinciones de clase y género. Pero es necesario articularlo en tanto racismo estructural, con el racismo cotidiano que se reproduce en prácticas y en discursos rutinarios, naturalizados en interacciones diarias, organizando, reproduciendo y actualizando jerarquías raciales y, además, volviéndose incuestionado, tanto para los sujetos racistas como a veces para quienes son víctimas del racismo, que llegarán en ocasiones a decir que en Chile hay que callarse para quedarse y que siendo este un país “mejor”, quizás habrá que parecerse a nosotros. No obstante, el racismo biológico que pensábamos lejano y que clasifica a las personas desde la “raza”, que supone una existencia de “superiores e inferiores” basada en nada, pues no tiene ningún sustento científico, está presente en el sentido común nacional y se expresa del peor modo contra los inmigrantes, develando ribetes de violencia que las redes sociales permiten.

Algunos medios de comunicación exhiben alegremente caricaturas que contribuyen a sostener la construcción de estereotipos que terminan naturalizándose y construyendo prácticas y discursos que humillan y producen diversos sufrimientos en las personas. El color de piel, de ojos y de cabellos es consignado para la entrada a Chile, como si los pasaportes no tuvieran la fotografía y la huella digital de cada persona. Hay mucho por reflexionar y por hacer, son muchas las dudas y las aristas a examinar como los encuentros que deberíamos tener cuando se trata de polí- ticas públicas que precisan pensarse en coherencia con una humanidad que enfrente la violencia del racismo en todas sus formas, incluida la más familiar.

¿Cómo y qué hacer en la sociedad chilena para propiciar la comprensión de las razones que empujan a personas de otros países a venir a vivir al país? ¿Se trata únicamente de una cuestión de “diferencias”? ¿Acaso no sería necesario un trabajo reflexivo sobre nuestra historia y la producción de identidades o del imaginario nacional? Y ¿qué hacer ante los hechos de violencia que actualmente se desencadenan? ¿Cuál es el rol de los derechos? ¿De los medios de comunicación, de las ciencias humanas, las ciencias sociales, de la investigación científica, de las expresiones de arte? ¿Qué hacemos cuando enfrentamos las violencias de corte racista contra las personas? ¿Cómo hacerse cargo no sólo de la descripción y cuantificación de interacciones particulares, sino de la cuestión de la emancipación respecto a estructuras lógicas, imaginarias e institucionales que articulan los hábitos de la violencia y la clausura del horizonte de lo común?

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