PUEBLOS INDÍGENAS Y LA HISTORIA DEL RACISMO EN CHILE

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POR CLAUDIA ZAPATA

Académica del Centro de Estudios Culturales Latinoamericanos de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile

FOTO FELIPE POGA

Pocas veces se había escuchado tanto la palabra racismo como durante los últimos dos años. Su uso ha estado vinculado a la discusión pública que se ha producido en torno al actual ciclo migratorio. La instalación del término ha corrido por cuenta, principalmente, de sectores activistas que denuncian un trato diferenciado y vejatorio al interior del conjunto de personas extranjeras que buscan residencia en el país, especialmente las organizaciones sociales de los propios colectivos señalados como migrantes. La mayor visibilidad de algunos migrantes por sobre otros, reflejada en el uso arbitrario de este término, tiene relación evidente con la situación económica de las personas (su necesidad de conseguir empleo en el rubro que sea, independientemente de su calificación laboral, la que sabemos es heterogénea) y con su fenotipo.

En la actualidad, las más estigmatizadas son las personas afrodescendientes y a la luz de los últimos acontecimientos (la construcción de un “problema haitiano” que vincula a los nacionales del país caribeño con peligros incluso biológicos y las medidas tomadas por el Gobierno entrante que significan, en la práctica, la institucionalización de esta diferenciación discriminatoria) parece que hemos entrado de lleno a vivenciar un problema que amerita la denominación de racismo.

¿Pero es el racismo una cuestión de hoy? Considerando una perspectiva histórica, tal vez lo único novedoso sea que por fin nos atrevemos (o nos hemos visto obligados a hacerlo) a ocupar la palabra racismo para denominar algo que la sociedad chilena siempre ha identificado como un problema grave, pero que sucede en otras partes.

Sin embargo, el racismo en tanto sistema de clasificación, jerarquización y explotación se encuentra en el origen mismo de los países latinoamericanos, que desde la construcción de los Estados nacionales conservaron a nivel social estas prácticas, mientras que en el plano legal las omitían tras la noción de ciudadanía.

A lo largo de esta historia no ha existido un único sujeto racializado, pues a “indios” y “negros” se ha sumado una gama de mestizajes incómodos para los cuales se crearon denominaciones específicas como cholos, rotos, entre otros. El racismo es un elemento fundamental de la relación jerárquica entre pueblos, sociedades o sectores al interior de estas, susceptible de ser rotulada como una relación colonial si hacemos un uso político y no cronológico de este concepto.

El colonialismo es una forma de articulación social que organiza las diferencias y establece una relación en la que unos se colocan por encima de los otros, explotándolos o derechamente despojándolos de sus bienes. El racismo asoma aquí como un dispositivo ideológico destinado a legitimar política y socialmente esta jerarquía a través de la inferiorización física, cultural y psicológica; construyendo estereotipos; deshistorizando pueblos e individuos (no explica cómo han llegado a ser de un determinado modo. En el discurso racista ellos “son así” y lo seguirán siendo). No es casualidad que entre la intelectualidad indígena contemporánea los conceptos de colonialismo y de racismo sean centrales para elaborar un diagnóstico crítico de la relación entre sus pueblos y los Estados nacionales. En Chile, la intelectualidad mapuche ha sido particularmente aguda en la elaboración de estas interpretaciones. Y es que el racismo que hoy reconocemos en el país tiene su origen en la fundación del Estado, que transformó al pueblo mapuche en el espejo que devolvía la imagen de aquello que no se quería ser: salvajes o bárbaros, según fueron nombrados en distintos momentos.

La exaltación del indígena mítico durante la Independencia no logró constituir un paréntesis en este proceso más profundo que marca el inicio del desprecio hacia el pueblo mapuche, sobre el cual se avanzó militarmente apenas existieron las condiciones materiales para la gran campaña, que se fraguó ideológicamente algunas décadas antes. El racismo científico, que alcanzó su mayor expresión en las postrimerías de ese siglo, revistió de objetividad científica a ese proyecto de despojo. La inferiorización que es inherente al racismo inició una nueva etapa tras la incorporación forzosa de los mapuche, la que estuvo marcada por la derrota política que significó la pérdida del territorio y de la autodeterminación política.

Se desplegó también en procesos como la campesinización, la migración y la proletarización en las ciudades. La discriminación a partir de diversas marcas de pertenencia, como la lengua, el apellido y el fenotipo (aún cuando esto último sea difícil de sostener) ha dejado huellas profundas en las biografías de los mapuche urbanos.

El empleo racializado hizo otro tanto (las trabajadoras domésticas y los obreros panificadores son figuras que no se comprenden sin esta larga historia) mientras las tierras usurpadas eran incorporadas al modelo de explotación agraria.

Ese proceso de ampliación del territorio nacional no afectó solamente a los mapuche, sino también a los pueblos indígenas que habitan las regiones del norte arrebatadas a Perú y Bolivia. Lo que se conoció como proceso de chilenización fue la incorporación violenta de los pueblos indígenas andinos, sobre los cuales recayó el estigma de la extranjería (fueron señalados por décadas como “indios bolivianos” por la sociedad regional, por la policía y por los militares).

Algo similar, aunque menos conocido, fue lo que ocurrió con los afrodescendientes de lo que hoy es la región de Arica y Parinacota, pues a los hoy autodenominados afrochilenos se los ha negado durante toda la República, desde que la “historia patria” anunció su desaparición, pasando por la Guerra del Pacífico, cuando fueron señalados como extranjeros y hasta expulsados al Perú por ello, hasta el momento actual en que su posibilidad de existencia ni siquiera es admitida en los censos de población.

A grandes rasgos este ha sido el tono de la relación que el Estado chileno (y la sociedad chilena) ha establecido con los pueblos sobre los cuales avanzó para ampliar su territorio. El multiculturalismo que comenzó a construirse tras el fin de la dictadura de Pinochet ha señalado tímidamente esa injusticia en el caso indígena, sin embargo, no se ha atrevido a nombrarla como racismo y tampoco ha reconocido la condición de pueblos de estos colectivos (la ley indígena habla de etnias y en la constitución política sólo existen los chilenos).

El multiculturalismo muestra aquí uno de sus principales límites, pues está impedido de reconocer el racismo como un fenómeno estructural (a lo más como actos individuales), porque eso equivale a cuestionar el modelo económico y sus orígenes históricos. Más allá de las políticas de acción afirmativa, cuya importancia no se puede negar, la principal función del multiculturalismo ha sido proveer de una narrativa cultural a un modelo de mal desarrollo, como señala la socióloga argentina Maristella Svampa, que avanza -al igual que en toda América Latina- sobre nuevos territorios, consumiendo sus aguas y desplazando a sus gentes. La resistencia contra ese modelo extractivista que afecta gravemente a los pueblos indígenas ha significado la criminalización de sus luchas.

El asesinato de líderes, la persecución de organizaciones y el apresamiento de sus integrantes con leyes ad-hoc son la evidencia más cruel que nos muestra los severos límites de este modelo político a la hora de hacer valer los derechos que, se supone, ha institucionalizado. El multiculturalismo moviliza antiguos estereotipos que son favorables a la actual hegemonía: el del indio “cultural” que no es un sujeto histórico, tampoco oprimido, ni explotado, mucho menos un sujeto político (cuando eso ocurre se duda de su “pureza” y se lo criminaliza). Por lo tanto, y este juicio ha sido formulado por las propias organizaciones e intelectuales indígenas, se trata de un multiculturalismo que al omitir la existencia del racismo y al contribuir a recrear los estereotipos construidos por aquel, termina siendo racista. Termino este texto reforzando la idea de que el racismo no es (solamente) un problema entre individuos; tampoco se reduce al rechazo de un determinado color.

El racismo habla de una relación desigual entre pueblos, forjada históricamente en función de un modelo de acumulación económica y de jerarquía política. El debate que se desarrolla actualmente a propósito de la inmigración ganaría profundidad política si incorporamos esta dimensión temporal, porque la historia del racismo en Chile es tan antigua como la República y su trazado debe incluir necesariamente a los afrochilenos y a los pueblos indígenas.

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