RACISMO, DISCRIMINACIÓN Y LA REPRODUCCIÓN DEL PRIVILEGIO BLANCO EN LAS DEFINICIONES MEDIÁTICAS DEL CHILE DE HOY

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POR JOSÉ MIGUEL LABRÍN

Académico del Instituto de la Comunicación e Imagen de la Universidad de Chile y Doctor en Comunicación, Cambio Social y Desarrollo por la Universidad Complutense de Madrid.

FOTO INSTITUTO DE LA COMUNICACIÓN E IMAGEN

La pregunta por el racismo ha ocupado un lugar relevante en la discusión sobre la función social de los medios. Ya sea a través de la pregunta por las configuraciones del discurso, las representaciones y propuestas de sentido que desde allí se relevan o las selecciones, prácticas y rutinas que ejecutan los profesionales de la comunicación, lo cierto es que en Chile, desde mediados de los años ‘90, es posible apreciar cómo esta preocupación ha estado presente de manera sistemática en la investigación nacional, particularmente en torno a dos procesos que ponen en evidencia la condición simbólica de esta discriminación: la cobertura y tratamiento que reciben los pueblos originarios en la prensa y la emergencia de la inmigración intrarregional como un objeto de tematización pública.

Sin el afán de establecer un reporte exhaustivo de dicha producción académica, lo cierto es que en mayor o menor medida, en ambos casos los hallazgos nacionales tienden a ser convergentes: la diversidad cultural siempre es vista como aquel lugar de un “otro” expuesto en su propia diferencia; desde allí se relaciona a esos “otros” con un amplio espectro de posibles riesgos: la pobreza, la delincuencia o la violencia son reconocidas como las principales asociaciones temáticas. Como reverso, el relato de la inclusión tendería en algún grado al exotismo, a la superación individual y, de manera más coyuntural, a entender a ambos grupos desde “lo vulnerable” o desde la necesidad de su control.

En este sentido y considerando la mayor producción simbólica actual, la ubicuidad de las redes digitales y la descentralización de la información, ¿por qué, en un contexto de flujo y mayor diversidad de información, existe tan escasa variabilidad de representaciones de lo indígena y lo migrante en los medios industrializados nacionales? ¿Acaso es sólo una opacidad a partir de un modo de ser y pertenecer en el campo medial o más bien responde a un mecanismo de reproducción de un sentido aparentemente mayoritario, cuyas fracturas apenas aparecen en la esfera mediática masiva debido a un mecanismo centrífugo que deja fuera, en función de nichos de información, aquello que devenga disonante?

Si lo segundo es correcto, debemos desplazar la pregunta por la construcción potencialmente racista del discurso mediático por las condiciones efectivas de la definición de aquel “nosotros” a través de las cuales se describe aquello que queda en sus márgenes en tanto alteridad. Y la evidencia social de lo que se puede definir como pre medial no resulta menos preocupante.

En efecto, no han sido pocas las investigaciones que en estos últimos años han situado una definición donde el binomio blanco / no blanco refleja una dimensión estructurante de nuestra sociedad. Sólo a modo de preocupantes ejemplos, una reciente investigación realizada por Meuss, Manzi y González expuso que habría un sesgo asociado al color de piel y al nivel de ingreso en las expectativas educacionales que los profesores de enseñanza media y los estudiantes universitarios tienen respecto de niños y niñas, a quienes se percibe con menores posibilidades cuando son morenos y de menores recursos económicos.

Por otro lado, un estudio del INDH dio cuenta de que un grupo significativo de la población se observaría más blanco y menos “sucio” que los ciudadanos de otros países latinoamericanos. Hace unos años, Adela Cortina hizo popular su conceptualización sobre la aporofobia. Según la filósofa, el rechazo a lo migrante no estaría dado por su condición de extranjero sino ante todo por su pobreza. En el contexto europeo contemporáneo, lo migrante -y por extensión, lo étnico- sería aquel cuarto mundo presente en cada calle de cualquier ciudad que, como huella, recuerda las brechas o las asimetrías de un pretendido desarrollo.

Al extrapolar esta perspectiva al caso chileno, sería necesario vincular dicho concepto con la segmentación social y más evidentemente, con nuestra configuración de clase. Alejado de lo atávico y más cercano a una forma contingente de comprender el poder, algunas élites nacionales se configurarían desde una distinción económica junto a una pretendida blanquitud que sitúa el color de piel como valor y privilegio. Por ello, lo migrante deja de ser lo extranjero cuando es vinculado temáticamente a la discriminación racial: en la medida en que quien migra sea mestizo o afrodescendiente y pobre, se asocia a las construcciones preexistentes sobre lo indígena chileno.

Hoy por hoy, los medios industrializados chilenos participan mayoritariamente en un clivaje complejo entre su adscripción político ideológica, una estandarización de contenidos con rutinas profesionales orientadas desde y para la competencia comercial y un sesgo cultural esencialista sobre sus audiencias más directas.

En esta tríada poco virtuosa lo mediático recurriría a un anclaje con aquellas construcciones sociales más profundas sobre la alteridad, como forma de preservación de su propia legitimidad. “Deberse a la expectativa de un público” implicaría en el actual contexto medial ser parte de la reproducción de un pretendido modo de ser blanco para desde allí fijar los límites de la inclusión.

Con ello, la diferencia entre lo indígena y lo migrante sólo se explica desde y en tanto diferencia etnoracial. Esta situación, patente en el periodismo, no es ajena a la construcción de estereotipos que realiza la ficción televisiva a través de personajes nacionales y en mayor cuantía, en las definiciones de la publicidad actual. En síntesis, clasismo y racismo en la vida cotidiana, clasismo y racismo en lo medial son dos formas de comprender un fenómeno generalizado socialmente, donde la discusión ética y normativa sigue siendo relevante para fijar alternativas que puedan situar a los medios de comunicación y sus definiciones programáticas en un contexto de cambio efectivo. Dicha tarea implica resituar y actualizar condiciones basales del operar mediático y cuestionar la observación de las audiencias como nichos o grupos autárquicos, orientados sólo al consumo.

En este sentido, el periodismo en particular y los medios de comunicación industrializados en general vuelven a una tensión de origen. ¿Desde dónde participan en las condiciones de reproducción de lo social y de qué manera se reconocen como actores relevantes en la construcción de un espacio pú- blico y democrático del vivir? En este nuevo escenario, donde la producción medial industrializada cede el control y debe articularse con una mayor competencia simbólica, la pregunta por su rol en la no discriminación supera, pero no descarta el alcance de la reflexión por los contenidos o relatos presentes de ellos.

El nivel de la exigencia ética responde a una complejidad inherente a su quehacer: si los medios se definen desde lo social y/o lo masivo, surge una responsabilidad que va más allá del sujeto profesional de la comunicación y que involucra a cualquier organización que participe del sistema de medios. La autorregulación como mecanismo cívico -en especial los modelos de defensoría de la audiencia- es una posibilidad para restablecer un vínculo que en tanto acuerdo con la sociedad civil reconoce a la audiencia como agente activo, complejo y diverso, que incide en la producción medial.

Asimismo, la construcción del modo de hacer profesional de los medios masivos tiene que ver con un ideario centrado en los principios de los derechos humanos. Esto no sólo responde al cumplimiento de la libertad de expresión, sino que también asume una posición garantista con aquellos que son representados en los medios. Se trata de afianzar un enfoque de derechos que esté presente en cada uno de los procesos de decisión editorial, desde la tematización y la construcción de los relatos, pasando por su exhibición o circulación, hasta la precaución de su incidencia en los múltiples públicos.

Esta exigencia debe estar presente en la formación del sujeto especialista, pero además en los diversos mecanismos de la política pública en la materia. Si bien actualmente el Consejo Nacional de Televisión tiene la potestad de controlar y sancionar aquellas situaciones de vulneración que ocurren en el medio que aún se erige como el más consumido por la ciudadanía chilena, lo cierto es que los criterios básicos de no discriminación arbitraria deben desplegarse en todo el espectro mediático y deben incluir, entre otros, una actualización de la ley de prensa y la regulación de Internet. En el decurso de una democratización medial, la legitimación de aquellas innovaciones en los tratamientos y coberturas con características cívicas, el reconocimiento de experiencias interculturales de comunicación, la visibilización de iniciativas comunicacionales comunitarias, territoriales y regionales de mayor pertinencia cultural deben ser parte también de un aprendizaje sobre su viabilidad y sustentabilidad en el actual escenario medial y comercial. Por ello, el financiamiento público a este tipo de posibilidades debe entenderse como un instrumento que rentabiliza socialmente instancias que apelan a la cohesión social.

Finalmente, la búsqueda de una reorientación de los medios hacia condiciones más plurales estará relacionada con una progresiva deconstrucción del privilegio blanco. Mientras la segregación siga siendo naturalizada en la vida cotidiana y los espacios de interacción de y entre la diferencia sean percibidos desde un potencial conflicto, gran parte de la producción medial seguirá enmarcada en esas propuestas de sentido. El desafío es considerar a los medios como una variable interviniente más que una causa directa del racismo en lo público; un cambio en ellos permitirá plantear una y otra vez cómo nuestra sociedad establece relatos sobre sí misma y de qué manera estos se anclan o no en nuevas formulaciones de un “nosotros”.

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