Ramón Griffero en el corazón de la república

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Desde su nombramiento, el actor, dramaturgo y maestro ha logrado revitalizar un espacio que estaba de capa caída luego de haber tenido un rol fundamental en la escena artística chilena. Al sacarlo del lugar invisible en el que estaba, bajo el lema “el Teatro Nacional Chileno es un teatro para todos”, Griffero dice que pretende devolverle la relevancia que corresponde a un teatro universitario. “Cuando la clase media asciende por lo económico y no por la cultura, el teatro pierde su rol protagónico en este tipo de sociedad. Ahora no se viene al teatro naturalmente, por lo general, y es por eso que hay que salir a buscar a la audiencia”.

POR XIMENA PÓO F. / FOTOGRAFÌAS FELIPE POGA

Una marquesina recién estrenada da la bienvenida al Teatro Nacional Chileno (TNCH), que mira de reojo a La Moneda. Adentro, Ramón Griffero (1954) hace un balance del año que cumple, ahora en mayo, siendo director de lo que él define como “un lugar de resistencia”. Y de resistencias sí que sabe desde aquel 1971 en que ingresó a estudiar sociología en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, para salir dos años más tarde, veinte días después del golpe de Estado, al exilio en Europa.

Resistencias que asumió luego de regresar, en 1982, en la compañía Teatro Fin de Siglo (1984-1987, en El Trolley) con obras como Historia de un galpón abandonado y Cinema-Utoppia. Este mismo Teatro Nacional, incluso, supo de él en 1995 con Río Abajo y Almuerzo de Mediodía (Brunch) en 1999. Y hoy sabe de él no sólo como director del TNCH, sino como director y dramaturgo de La Iguana de Alessandra, que estrenará el 12 de mayo y en la que actúa un elenco para no perderse, protagonizado por Paulina Urrutia y Pablo Schwarz. Ha sido profesor, director, dramaturgo, maestro; a él se le debe la dramaturgia del espacio, una construcción teórica que no se puede asumir deprisa. Hace un año ganó el concurso que lo trajo de regreso a la Universidad de Chile, un espacio que describe como “un residuo de memoria arquitectónica y de lo que sucede en el país. Este lugar ‘es otra cosa’, muy distinta a la de la universidad privada. Aquí el saber es un saber público que nadie quiere privatizar. Aquí el saber y la memoria del país se encaminan a través de su espacio educacional máximo que es la Universidad de Chile”.

Cuando él se fue al exilio, reflexiona, “me exilié también de la Universidad y esta vuelta es como quemar la etapa del regreso. Hay conexiones que pueden parecer románticas, pero no, uno las ve desde otro lugar. Pienso en ese curso de teatro al que pertenecía, que se desplaza a otros lugares, que uno visita en varios países, en sus propios exilios. También se exilió una parte de la Universidad de Chile”. Este regreso lo sorprende cuando “estamos viviendo el final de una transición política, cultural. En la dictadura hubo gente que sí levantó la voz e hizo teatro de resistencia, pero otra que no levantó la voz. Ahora se cierra esta etapa, aunque aún hay algo pendiente: siempre se habla del teatro de resistencia, pero no del teatro que fue complaciente o que calló ante la dictadura; no hay libros del teatro pro-dictadura, donde se muestren a actores, directores, dramaturgos que compartieron cócteles con los militares, que fueron parte de los bufones del régimen”.

Griffero no es nostálgico y desde esa antinostalgia dice que para hacer el cierre de la transición faltan esas piezas, pero pareciera que hay un temor de contar. “Entre las últimas conversaciones que tuve con Andrés Pérez siempre salía el tema de escribir la historia negra del teatro chileno. Recién ahora se está rompiendo el silencio y ahí los jóvenes, y especialmente la Universidad de Chile, tienen un rol fundamental”, recuerda el autor de los relatos de Soy de la Plaza Italia. Y en ese silencio, asiente, “lo que nunca se ha subrayado es que lo que triunfó más fue la política cultural de la dictadura. Por ejemplo, cambiar el arte por farándula o que los rostros de la dictadura sigan siendo hoy algunos de los rostros de la televisión, es un triunfo para ellos”. Y en ese contexto neoliberal e institucional, enfatiza, “este Teatro Nacional en una Universidad como ésta viene a ser un nuevo teatro de resistencia.

Hoy el arte de mercado es lo que prima, por eso resistimos; debe existir el mercado del arte, pero que no nos deje arrinconados. Frente al modelo oficial, nosotros estamos en la resistencia. Lo que uno está curatoriando son las obras que desarrollan y exploran los lenguajes artísticos”. “Antes, la clase media republicana ascendía por la cultura, por lo tanto parte de ese ascenso tenía que ver con que había que ir a conciertos, saber quién era Shakespeare o Brecht, hablar de la cultura tradicional. Los teatros universitarios responden a esa necesidad.

Cuando la clase media asciende por lo económico y no por la cultura, el teatro pierde su rol protagónico en este tipo de sociedad. Por lo tanto, la continuidad de referentes se va desvaneciendo. Ahora no se viene al teatro naturalmente, por lo general, y es por eso que hay que salir a buscar a la audiencia”. Así es como “una labor del Teatro Nacional es consolidar un espacio de arte en la escena del país y a nivel internacional. Este teatro valoriza la creación artística que se presenta sobre su escenario. Le da un valor por el hecho de estar acá y eso es fundamental para todos. No es una sala cualquiera. Aquí en Chile los espacios de valorización del arte son muy pocos”, sostiene un Griffero que ha expuesto la violencia, la demanda por la justicia frente a las violaciones a los derechos humanos; ha expuesto la sexualidad, la desolación, las miserias y los sueños, donde a veces ha bastado un poco más de una hora para hacerlo, de cara a un público que le demanda emociones que provoquen razones.

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Los botones de Fanor Velasco

Desde mayo de 2017 no hay respiro para el TNCH, dependiente de la Facultad de Artes y de carácter nacional. Griffero llegó promulgando que lo refundaría y desde las butacas todos esperábamos esa promesa. Desde mayo hasta fines de 2017 se presentaron: El automóvil amarillo, La gaviota, Feos, Sobre la cuerda floja, El capote, Víctor sin Víctor Jara, Comedia Avenida Irarrázaval, El año en que nací y Ross y Guil.

En lo que va de este año se han subido a sus tablas: Violeta al centro de la injusticia, La imaginación del futuro, Lickan Ta Tai, Hotel, Ayudándola a sentir, Gaz, Los tristísimos veranos de la princesa Diana y Liceo de Niñas. Desde mayo a diciembre de 2017 asistieron 17.310 personas. Desde enero a abril se cuentan 7.536. “Aquí estamos en un espacio en la ciudad en el que se instala el poder de la República (La Moneda, barrio cívico), pero aquí la caja está resonando desde otro lugar”, comenta Griffero.

El estreno de La Iguana de Alessandra este 12 de mayo es una apuesta por la comedia. Griffero destaca al TNCH como un lugar emblemático en la escena chilena. “Este teatro tuvo una relevancia en el medio artístico nacional y eso se había perdido. El teatro, desde el punto de vista de la infraestructura y equipamiento, estaba quedando obsoleto. Toda la infraestructura escénica estaba muy decaída, pero también se había alejado de lo fundamental, que es su gente, su público.

Había perdido su presencia y su relación, y ya la gente se estaba preguntando si aún existía. De hecho, yo ni sabía qué cartelera se daba en el teatro. Estaba invisibilizado en relación a la gran impronta que tuvo para todas las artes escénicas en Chile. Para mí era fundamental que el teatro comenzara a surgir, tomando poco a poco esa presencia”. Lo primero que se hizo fue construir un plan de revitalización: “La Facultad de Artes no tenía los medios –dada su situación económica- para contener este teatro, generando producción, renovando los equipos. Le planteé al Rector Vivaldi si la Universidad estaba por revitalizarlo o por cerrarlo. En un momento estuve un poco angustiado, porque sentí que estaba llegando para cerrarlo, pero el cariño a este teatro no es mío, es de la comunidad escénica artística nacional. Entonces, cuando llegué no había nada programado y fue así que convoqué a mucha gente para ver qué existía en la escena nacional con el fin de ver si alguna compañía se interesaba en presentar obras. Todos vinieron felices. Fue una convocatoria muy bonita porque llegó gente que por primera vez pisaba este teatro y que por primera vez actuaba en este escenario, porque mi lema fue el Teatro Nacional Chileno es un teatro para todos”.

Uno de los pasos siguientes por recuperar y no perder será consolidarse como un lugar de creación y reflexión (donde el plan de formación de audiencias ha sido central) con el fin de generar en el futuro mayores articulaciones con la Escuela de Teatro, “cuando existan mejores condiciones para generar producciones propias”, insiste, sabiendo que es un tema por abordar.

“La Facultad de Artes necesita una modernización general y en eso el proyecto de Vicuña Mackenna 39 –espacio que lo conecta con su recordada obra Viva la República (1989)- será un gran paso (que se suma a la construcción del polo cultural de la U. de Chile en el eje de Plaza Italia, con el Teatro Baquedano y Vicuña Mackenna 20). Si los académicos tienen los recursos para venir a hacer sus producciones al teatro sería un aporte al movimiento de este espacio y eso, felizmente, se vislumbra a través de este proyecto. Como que se ha ido despejando el cielo”.

Al TNCH “volvió el público de manera continua y hubo que arreglar hasta los camarines para que estuvieran dignos. Nos dimos cuenta incluso de cómo estaba la sastrería del teatro, una casa antigua en calle Fanor Velasco, donde se guarda un patrimonio magnífico de 60 años. Estaba, no obstante su valor en total abandono”, reconoce y sigue: “Fue impresionante, porque abrías las puertas y había unos mil vestuarios y tú sentías el cuerpo de los actores, el teatro de hace 60 años puesto en vestuario. Fui a hablar con el exministro de Cultura, Ernesto Ottone, y estaba también impactado con todo esto, porque revela lo que pasa en Chile, donde los archivos escénicos son inexistentes. No hay un lugar donde uno vaya a dejar la obra, afiches, videos, el registro de las obras. Entonces, si alguien quiere saber sobre la historia del teatro chileno no existe un Centro Nacional del Teatro. Entonces, el ministro hizo un aporte para la restauración de unos 300 vestuarios que hay que escoger, y para acondicionar el espacio que es hermoso, con un patio y salones muy grandes. Hice un convenio con la carrera de Diseño de la Universidad para que ellos, que son los expertos, nombraran a los diseñadores y sus asistentes para que iniciaran este trabajo de restaurar y catalogar. Nuestra idea es que esos trajes restaurados se exhiban en exposiciones itinerantes y tengan un espacio especial en esa casa”.

Aún deben botar toneladas de basura en Fanor Velasco, pero ahí está esta antigua sastrería para ser custodiada con sus mesones, planchas, colgadores. Están los cajones llenos de botones detenidos en el tiempo, como secuestrados por el silencio que sólo Margarita Pino Ferrari, la última sastre (de casi 90 años) es capaz de sacudir para construir un archivo patrimonial, “porque tiene todo anotado en cuadernos, escrito con lápices a mina, y tiene memoria”.

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Dramaturgia y geometría

Griffero y el equipo del TNCH (Claudio Martínez, Francisca Babul, Jorge Rodrí- guez, Rosa Medina, Guillermo Ganga y Silvio Meier) instalaron los estrenos populares porque, cuenta el director, “nos dimos cuenta de que mucha gente nunca había ido a un estreno y por eso ofrecemos cupos –se inscriben por Internet- para que la gente asista ese día”. Y así la gente no olvida y vuelve al teatro.

“Creemos –asegura- que los jóvenes están viniendo cada vez más porque somos uno de los últimos artes análogos, como pasa con los conciertos masivos, y eso es lo que va a hacer resurgir el teatro. Aquí está “todo en vivo”, está el poder de compartir, de la emoción, del reconocimiento mutuo, de la empatía. Entre más tecnología, mejor, porque más necesidad de estar con lo real va a existir”.

Griffero pareciera no cansarse de buscar. No es de esos que se conforman con quedarse en la lista de espera y quizás por eso su teoría sobre la “dramaturgia del espacio” ha abierto tantas puertas a quienes también buscaban un alfabeto escénico que permitiera autoría: “Los referentes se encuentran dentro de cada persona y no es necesario saber cuál es la última obra que se estrenó en Hong Kong o en Roma para poder existir. Así surge de un concepto sociológico, propio, en que la época en que estamos es la época de la rectangularización social”.

A él le ha tocado vivir una época en que se decidió que todo fuera transmitido a través de un rectángulo; sólo se necesita mirar para ver que estamos “en una sociedad rectangular”. La geometría hegemónica de la pantalla, la mesa, la oficina, el telón, la fotografía, el cuaderno, todo lo ejemplificaría. “En el arte tú estás descontextualizando un rectángulo que ya existe y por eso lo puedo leer. Por eso, el estudio del teatro conlleva el estudio del espacio y de ese rectángulo. Y eso no tiene ni ideología ni forma. Desde ahí un creador puede abordar la creación desde su autonomía. Y cómo se narra dentro de este rectángulo es un ejercicio de poder”.

En la época previa el círculo era el que dominaba. “Ahora el círculo no desaparece: ahora el círculo está dentro del rectángulo y por eso aún la gente se vuelve nostálgica, atávica, le gusta la cosa circular. Rectángulo y círculo conviven en ese espacio de poder”, explica finalmente Ramón Griffero, ad portas de un estreno, de ensayar y de profundizar una gestión que se balancea en el precario equilibro de un país como Chile –en esa evidente encrucijada circular y rectangular-, al que siempre le hace falta teatro.

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