Aura Cumes, escritora: “Un patriarcado colonial somete no sólo a las mujeres”

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Reconocida como una de las voces más relevantes del movimiento indígena y de mujeres en Latinoamérica, Aura Cumes analiza las movilizaciones actuales y defiende la necesidad de que sean los pueblos quienes generen sus propias formas de pensamiento y de lucha, y de que sean las comunidades quienes reconfiguren los actuales Estados: “cualquier lucha necesita tener elaboraciones o posiciones políticas que busquen pensar una forma de vida diferente”.

Por Ana Rodríguez / Fotografías gentileza Aura Cumes y Cristian Vergara

Nacida y criada en Chimaltenango, Guatemala, Aura Cumes (1973) añoró siempre la localidad de donde eran originarios sus padres, Comalapa. En su ensayo autobiográfico “Algunas líneas de mi vida”, Cumes rememora sus visitas a ese municipio como un lugar donde se hablaba idioma kaqchikel en todos los espacios y al que sus padres se referían como chi q’achoch (nuestra casa). Desde pequeña atrapada por las lecturas, Cumes estudió primero secretariado –y fue una de las dos únicas de su generación que se “rebelaron” y se graduaron luciendo corte y güipil, su vestimenta maya-, luego trabajó en ONGs y fue cuando estudiaba Trabajo Social que se encontró con las lecturas sobre teoría feminista. Entonces comenzó a participar de instancias de mujeres, pero fueron el racismo y la ignorancia imperantes los que la hicieron alejarse de esos espacios, quedarse con la teoría y avanzar en epistemologías desde lo indígena. Por eso, aunque es conocida y presentada como “activista feminista”, Aura Cumes no se define a sí misma de esa manera.

– No me defino feminista porque yo lucho desde las epistemologías indígenas, desde un sentido de la vida que tiene que ver con alcances más plurales. Mi posición frente a la vida es luchar contra todas las formas de dominación, pero desde una condición de libertad y de que yo soy sujeta política con capacidad de inventar formas políticas de lucha también. Cuando las mujeres indígenas nos nombramos feministas casi que se piensa que porque somos feministas es que hemos creado consciencia de lucha. Como si el feminismo nos hubiese dado a nosotras la única y posible existencia política, y eso no es así, yo no me quiero subordinar en ningún momento bajo la epistemología feminista como única forma de existencia- asegura.

En Chile, la “tercera ola feminista” ha tenido su germen en las universidades, donde las mujeres reclaman el fin a formas de exclusión, al acoso dentro de las instituciones y demandan la instalación de una educación no sexista. ¿Qué le parece esta demanda?

– Una de las formas en que se ha expandido el pensamiento y las luchas feministas tiene que ver con la conciencia de muchas mujeres sobre la necesidad de constituirse como sujetas políticas. Y esto ha llegado a lugares en donde era un tanto difícil la lucha, como entre las alumnas en las universidades, incluso en lugares como el cine y otras instituciones que normalmente no se involucran mucho en las reivindicaciones feministas. Es sumamente interesante que el malestar de las mujeres por la violencia en su contra se haga ver en todos los sentidos y en todos lados. Pero lo que también llama la atención es que muchas de estas denuncias donde se ha roto el silencio no pretenden ser radicales, en el sentido de que tienen una demanda concreta, como el movimiento #MeToo, que tiene una denuncia concreta pero no se conecta con las luchas más profundas y de más largo alcance que tendría un feminismo más radical, esto es, su cuestionamiento al patriarcado como sistema de dominio, y la imaginación y construcción de sociedades distintas; yo creo que el feminismo es radical y eso merece mi respeto porque la violencia del dominio patriarcal lo demanda. Por ejemplo, estamos viendo la expansión terrible de la trata de mujeres en todos lados. La trata de mujeres indígenas y negras en este momento es terrible. Si estos movimientos que luchan por la inclusión en un mundo patriarcal y despojante no se dan cuenta de que no solamente existe la lucha por la inclusión sino también la lucha por la vida, tienen una gran limitante. Porque ellas podrán estar pidiendo inclusión en un espacio privilegiado, pero otras mujeres están siendo despojadas de su misma vida. De ahí la necesidad de que el feminismo o las mujeres en sus luchas no necesariamente feministas estén recordando todo el tiempo la manera en que la dominación contra las mujeres camina en muchos lados y de muchas maneras.

¿De qué manera se puede evitar esta simplificación de las luchas feministas? ¿Cómo podría ser un feminismo que no dejara de lado los aspectos que normalmente son invisibilizados, que incluya otras luchas?

– A mí me parece que la pregunta es al revés, la pregunta misma refleja la posición de dominio que se pretende con el feminismo. Un ismo no va a ser incluyente de nada. Las aspiraciones del feminismo deben nacer de múltiples lugares. Y cuando un feminismo o cualquier movimiento nace de múltiples lugares, va teniendo las características de los distintos o distintas actoras implicadas. Si una lucha pretende incluir es desde ya elitista. Ese es uno de los graves problemas que tenemos con el feminismo blanco o el feminismo colonial, que considera que sus aspiraciones son las de las mujeres de todo el planeta o que recoge la problemática de todas las mujeres del planeta, y en eso piensan incluir a las demás. Una lucha así va a ser necesariamente reducida e impositiva. Lo importante es darnos cuenta de que no somos ninguna lucha que debe incluir sino una que todo el tiempo se conforme con las voces de las múltiples sujetas. Es un quehacer político de todas y para todas. Yo no concibo un feminismo que busque incluir. No, yo a ese no me quiero incluir.

¿Usted cree que el feminismo en Latinoamérica se ha podido o no hacer cargo de esas interseccionalidades, o más bien es un feminismo que ha estado siempre mirando hacia el norte, hacia Occidente?

– A mí me parece que sí, efectivamente el feminismo en Latinoamérica es el feminismo de la igualdad de cara a la desigualdad que existe entre hombres y mujeres. Es un feminismo que cobra mucho sentido para muchas mujeres en Latinoamérica, principalmente para aquellas que no son indígenas y tampoco son negras, ni tampoco empobrecidas. Porque su condición se parece mucho a la de las mujeres europeas y sus luchas también. Ellas no están luchando por una condición de subordinación racial o étnica que las despoja junto a sus pueblos, están luchando por una condición de inclusión, de igualdad. Y estas feministas latinoamericanas que han tenido mucha relación con las europeas y las norteamericanas han pensado, igual que ellas, que sus emancipaciones son para todas las mujeres. En principio de lo que no se dan cuenta, o no se quieren dar cuenta, es que no todas las mujeres tenemos las mismas luchas. Y cuando se dan cuenta, algunas sí toman consciencia de la problemática y buscan replantear una nueva forma de hacer feminismo. Pero otras no. Porque consideran que su posición de vanguardia es la que debe regir a todas las mujeres y en esa medida es un feminismo colonial. Entonces mucho del feminismo de vanguardia en Latinoamérica es un feminismo colonial.

Patriarcado colonial

Para entender el concepto de patriarcado colonial, dice Aura Cumes, hay que remitirse a su recorrido histórico. Con la colonización de América, asegura, arriba a estas latitudes la forma de patriarcado establecida en Europa, producto de 300 siglos de persecución a las mujeres, con la caza de brujas, la Inquisición, la persecución de los acusados de herejes; al mismo tiempo que se da la expulsión de moros y judíos, los campesinos son expulsados de sus tierras y los negros son esclavizados. Lo que se forma ahí es un patriarcado que se va a concentrar en la categoría de hombre blanco = ser humano, dice Cumes, y que llega a Latinoamérica para regir las relaciones sociales posterior a la época colonial, porque es el estilo de organización política que se impone.

– Un patriarcado colonial es aquel que se establece en el sometimiento no solamente de las mujeres sino de la población indígena y negra, pero además reconfigura las relaciones sociales. No es lo mismo en la configuración de las sociedades colonizadas ser mujer blanca que ser mujer indígena; ser hombre blanco que ser hombre indígena. Ese patriarcado colonial que piensa la naturaleza como mujer sometida y despojable es el que va a configurar las sociedades hasta ahora. Ese lugar que las mujeres blancas habían adquirido en Europa con la Inquisición, ese lugar de subordinación por ser mujer va a transformarse en tierras indias, porque aquí va a tener un lugar de superioridad racial en tanto blanca. Es decir, que la humanidad perdida durante la Inquisición se va a recuperar cuando encuentre otros más “inferiores”. Y de cuyo sometimiento, ella resulte privilegiada.

Estas especificidades son también las que van configurando estas nuevas formas de articular el feminismo desde Latinoamérica, ¿Cómo surge esta respuesta?

– Yo creo que el feminismo en Latinoamérica no logra entender eso. Me parece que hay que salir un poco del feminismo colonial para poder entender ese tipo de configuraciones. Lo que pasa es que cuando estamos dirigidas por una sola lucha, en muchos casos nuestro mirar no es muy amplio. La posición político ideológica desde múltiples lugares es lo que nos permite una visión más plural de la realidad. Lo digo porque me parece muy curioso que las feministas hablen muy poco de otras formas de dominio como el colonial, o sobre lo que ha implicado la esclavitud para las sociedades que hemos heredado, o el racismo actual entre mujeres. Lo mismo digo de los movimientos indígenas o de los movimientos negros: cuando sólo se habla desde un solo lugar es muy difícil ver la pluralidad y las formas de dominación. Sí, pareciera que en Latinoamérica nuevamente se está dejando de lado el tema indígena, el tema racial. Se empieza a priorizar el feminismo sin esos matices que tiene esta región y quedan nuevamente postergados estos temas en la agenda. -Yo no sé si esos temas debieran ser parte de su agenda. En realidad creo que si un movimiento político se articula de verdad viendo la realidad compleja que nos ha dado forma, “naturalmente” así será el contenido de nuestras luchas. Pero si no, yo sospecho que esas luchas tienen detrás el privilegio de la comodidad, de disfrutar de lo que esta forma de vida colonial nos ha dejado. Por otro lado, yo no parto de la idea de que el feminismo deba luchar solamente con el Estado y contra el Estado. Me parece que cualquier lucha necesita tener elaboraciones o posiciones políticas que busquen pensar una forma de vida diferente. La vida no solamente se establece pidiéndole cosas al Estado, aunque podríamos decir que el Estado somos nosotras, pero es una institución que en el caso de Latinoamérica no es para los indígenas. Las luchas que solamente se articulan frente al Estado son muy limitadas. Porque estas agendas no permiten crear ese marco político más revolucionario que nos permitiría hacer o buscar otras formas de hacer política, de relacionarnos, de pensar la vida entre todas y todos.

Pareciera que la única forma que tenemos concebido articularnos es en oposición al Estado y no tomando conciencia de comunidad

– Hay muchas comunidades que han articulado desde siempre formas de vida, de gobierno, de justicia y que no han necesitado para vivir del Estado. El Estado llega hasta ellas, por ejemplo en Guatemala, en formas de violencia. Pero estas comunidades han vivido siempre con sus propias formas, cultivan su propia comida, hacen y tejen su propia ropa. ¿Qué están esperando estas comunidades del Estado? Nada, ¿qué se le puede pedir a un Estado colonial? ¿Cómo vamos a crear y mantener formas organizativas para regir nuestras propias vidas?. Esa es una pregunta que me parece que debiéramos hacernos las comunidades, los movimientos. Porque el Estado, ¿en algún momento representó nuestros intereses?. Me parece que nunca lo ha hecho. Entonces es mucho más importante pensar de qué manera vamos a defender la vida. Me parece que hasta que no haya una reconfiguración organizativa, política, de las sociedades que somos, para crear una nueva cosa, se llame Estado o como sea, yo a este Estado, así como está, definitivamente no le apuesto.

¿En qué momento de ese darnos cuenta de que debemos reconfigurarnos estamos, según usted, en Latinoamérica?

– No lo sé, no podría medir eso. Lo que sé es que los pueblos siguen luchando. Y en este momento existe un gran saqueo. Contra sus vidas, sus territorios, sus bienes. Quienes nos “gobiernan” siguen con el cinismo de siempre. Me parece que las comunidades rurales, indígenas, están todo el tiempo moviéndose. Yo no sé cuándo en la historia colonial de los pueblos indígenas no han estado luchando. Hay un sector que poco lucha cuando se trata de la expropiación de los pueblos indígenas, y son los sectores urbanos y la clase media. Se mueven para otras cosas, sí, pero no para la lucha de los pueblos indígenas. Debido a la formación colonial de nuestras sociedades, estas clases que se benefician del trabajo de las poblaciones indígenas, negras y campesinas no están siendo tocadas en esos intereses. El día en que ya no tengan comida, que no les lleguen los tomates, la carne, el pan, a sus mesas, ahí se darán cuenta de que el trabajo de los que están siendo expropiados todos los días tiene sentido. Entonces la lucha de estos colectivos o de la gente que vive en el área urbana, es otra. Buscan inclusión o la construcción de la democracia que no ha funcionado hasta el momento, pero no están luchando por lo que hace la vida y que ha estado cargado en manos de indígenas, mujeres y gente del campo. No se están dando cuenta de que las bases de su propia existencia están siendo aniquiladas, que está siendo aniquilado todo lo que posibilita la vida.

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