De 66 grados latitud sur a 66 grados latitud norte: cómo es vivir el feminismo en Islandia

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Por Alondra Silva Muñoz.

Estudiante de magíster en Estudios Interamericanos en la Universidad Nacional de Islandia.

Cuando me pidieron que escribiera una columna sobre igualdad de género en Islandia en comparación con Chile me enfrenté al problema de por dónde siquiera empezar. ¿Cómo podría hacer esta comparación cuando en Chile más de 30 mujeres son asesinadas cada año debido a la violencia de género? ¿Desde qué ángulo analizar al “mejor país para ser mujer” con una nación donde las mujeres no tienen derecho a decidir terminar un embarazo? ¿Cómo abordar la perspectiva de género en relación a asuntos sociales respecto a un país donde las mujeres no se sienten seguras para caminar por sus propias calles por temor a ser acosadas, atacadas, violadas? ¿Cómo empezar a debatir sobre asuntos como la brecha salarial o la licencia paternal si derechos tan fundamentales como la dignidad son negados a las mujeres en Chile?

Soy una mujer de 26 años proveniente de una familia de clase media de Santiago. Vivo en Reikiavik, la capital de Islandia. Me vine a este país persiguiendo mis sueños, mi incansable deseo de aprender islandés, de aprender a tejer lopapeysas, de salir a 30 minutos de la ciudad y ver paisajes que parecen fuera del planeta, de estudiar en una universidad de manera más personalizada para desarrollar todo mi potencial intelectual y profesional y, principalmente, para poder caminar a mi casa sola a cualquiera hora sin temer por mi vida. Nadie me invitó a Islandia, nadie pagó mis pasajes, nadie me estaba esperando en el aeropuerto cuando llegué a Keflavík para empezar mi magíster en Estudios Interamericanos.

En gran parte debido a mi educación universitaria, habilidades sociales y a la red de contactos que había formado en mis visitas y estadías anteriores, pude abrirme espacio en círculos muy cerrados. Sin hablar islandés, conseguí un buen trabajo que me permite arrendar un departamento de un dormitorio en el centro, cuyo costo bordea entre $915.000 y $1.130.000 pesos chilenos. Ese es el costo de vida en Reikiavik, la octava ciudad más cara del mundo. Este valor es bastante cercano al valor líquido que reciben después de impuestos quienes ganan el salario mínimo. Cuando se compara el costo de vida de Islandia con el salario promedio de la población, la realidad es que el poder adquisitivo no es tan alto comparado a otros países nórdicos o del norte de Europa. Aun así, es posible tener un sistema que funciona bastante bien para todos en muchos aspectos. El nivel de analfabetismo es casi nulo, al igual que el desempleo; el sistema educativo es público, gratuito y de alta cobertura y formación a nivel secundario y superior. En otras palabras, una sociedad de igualdad de oportunidades para todas y todos desde temprana edad.

En un país donde hay oscuridad desde las 10 de la mañana a las 15 de la tarde nunca tengo miedo de estar sola. El único femicidio virtualmente registrado el año pasado fue el tema de conversación indiscutido por semanas y estremeció a la nación. Birna Brjánsdóttir, de 20 años, fue secuestrada en la avenida principal de Reikiavik una noche de invierno y llevada a un puerto donde murió ahogada por dos ciudadanos groenlandeses. En un país donde la tasa de criminalidad equivale a 1,8 homicidios anuales, en su mayor parte relacionados al abuso de sustancias químicas y enfermedades psicológicas y mentales, este crimen era impensable para quienes residimos en Islandia.

En este país, gran parte de los avances en materia de igualdad de género se deben a la lucha feminista. Mientras Chile se encontraba en su segundo año de dictadura militar, Islandia comenzaba a dar pasos hacia la igualdad género y la población se levantaba para defender los derechos de las mujeres. El 24 de octubre de 1975, el 90% de las mujeres islandesas convocaron una huelga y se rehusaron a realizar sus tareas laborales y domésticas. Un día histórico para el mundo, en que las mujeres islandesas dejaron sus lugares de trabajo y se dirigieron al centro de la ciudad para protestar por la desigualdad, para demostrarle a la nación lo que ocurre cuando la mitad de la población no es escuchada, representada y justamente remunerada. Desde entonces, el “Día libre de las mujeres” es celebrado cada año.

Así, las mujeres comenzaron a abrirse paso en espacios históricamente relegados. En 1980, Vigdís Finnbogadóttir fue la primera presidenta democráticamente electa del mundo, una madre soltera que inspiró a generaciones de islandeses e islandesas que crecieron con una figura femenina como cabeza de Estado durante los 16 años que gobernó, casi el mismo tiempo que duró la dictadura militar chilena. El Partido de las Mujeres tuvo una amplia representación en el Parlamento entre 1983 y 1999. En 2009, Jóhanna Sigurðardóttir se convirtió en la primera jefa de gobierno abiertamente lesbiana del mundo, quien más adelante prohibió los clubes de striptease por considerar que es imposible lograr justicia cuando el cuerpo de las mujeres se trata como mercancía. De la misma forma, el liderazgo en la industria y el sector privado también ha avanzado gracias a políticas como el sistema de cuotas en los directorios de las empresas.

Gracias a estas medidas, el liderazgo y la participación política femenina han incrementado y la perspectiva de género siempre ha estado presente. La bandera feminista es transversal a todos los espectros ideológicos. Heiða Björg Hilmisdóttir, segunda líder en el gobierno local de Reikiavik y vicepresidenta de la Alianza Social Demócrata, actualmente es la figura más prominente del feminismo; comenzó el debate y lidera la lucha por el fin a la discriminación basada en género en espacios laborales. En 2017 reunió a tres políticas de diferentes partidos en un programa de televisión para compartir historias de acoso sexual y discriminación, demostrando al público general que incluso en altos mandos las mujeres aún son objeto de discriminación y mantienen estas experiencias en silencio. La mayor parte de las políticas islandesas se declara abiertamente feminista y el término no carga el mismo estigma que en otras partes del mundo. Muchos hombres también se proclaman feministas y entienden que la igualdad de género beneficia a todos los actores de la sociedad.

En los espacios más íntimos es posible ver cómo hombres y mujeres comparten roles. La corresponsabilidad parental en los hogares islandeses es uno de los aspectos más impresionantes a ojos extranjeros. Hace unas semanas, mi mamá me vino a ver en su primer viaje a Europa y al visitar a varios amigos en sus casas, uno de los aspectos que más llamó su atención fue ver cómo se dividen las tareas domésticas. Los roles estereotípicamente atribuidos a cada género no forman parte de la constitución familiar islandesa. Los hombres cocinan, lavan loza y ropa y planchan, levantan, visten, alimentan y bañan a sus hijos y las mujeres también. Esa es la realidad de las familias nucleares. Los padres separados con hijos en común comparten la custodia; la mayoría de los padres y madres viven con sus hijos una semana cada uno. Mi colega, madre de dos hijos, me dice que la decisión de tener a los hijos una semana cada uno no fue cuestionada por ninguno de los dos y que más bien fue el camino más natural que podría haber tomado el asunto, ya que los hijos son igualmente de cada uno.

Se trata del derecho de cada persona de poder decidir. El debate sobre el término de un embarazo no deseado no tiene lugar hace décadas en Islandia.Los abortos se realizan en el Hospital Nacional Universitario, en una sala especialmente diseñada para que las mujeres o parejas tengan la posibilidad de tener un cierre. Posterior al procedimiento quirúrgico, se les entrega una tarjeta con la fecha y hora en que fue realizado, el peso del feto y una marca con tinta de sus pies. Si quieren, pueden conversar con un sacerdote y realizar una ceremonia de despedida. El proceso se establece entendiendo que es un luto, a pesar de ser una decisión personal. Agnes Sigurðardóttir, la Obispa de Islandia, mencionó en una entrevista a CBS que la Iglesia Luterana no ha hecho ninguna moción a favor o en contra del aborto y que sólo podría haber una pequeña e invisible parte de la población que se opone abiertamente a éste. Aún más, la líder religiosa indica que una de las decisiones más difíciles para una persona es abortar y que esto debería realizarse sin culpa. Mientras, en Chile, la elite católica es la mayor influencia y obstáculo para avanzar respecto a derechos reproductivos, negando el acceso a la educación sexual, a métodos anticonceptivos y erradicando el debate por la descriminalización del aborto.

De las percepciones que recopilé sobre igualdad de género y feminismo, los conceptos que más surgieron desde las mujeres islandesas se relacionaron con “justicia”. Los islandeses creen que no importa tu identidad de género, debes ser valorado por quien eres, por tus capacidades en tu familia directa y extendida, en tu lugar de trabajo, con tus amigos. Mis amigas islandesas dicen que crecer en Islandia las hizo ser mujeres fuertes, ser mejores madres para sus hijos y que así es más fácil, viven con menos presión. Lo mismo me dicen mis amigos: cada parte lleva una carga menor en los hombros cuando el peso se divide equitativamente. Sueño con un día en que las abuelas chilenas les pidan a los nietos que laven la loza, en que las niñas lideren concursos de matemática e ingeniería, en que una mujer pueda ser la directora técnica de la selección nacional, en que no existan fanáticos religiosos que culpen a una mujer por decidir que no es el mejor momento de su vida para ser madre o que se estigmatice a quienes lo sean, en que se divida la custodia con el progenitor. Pero principalmente, sueño con un Chile en que pueda caminar sola en la oscuridad, yendo a mi casa sin temer por mi vida, en que mi sobrina y mis primas no tengan miedo a ser acosadas, violentadas o violadas en espacios públicos o privados y que la sociedad no lo normalice. Quizá un día, los chilenos y chilenas entiendan que se puede lograr una sociedad que garantice dignidad para toda su población.

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