La huida hacia adelante

Share

Por Óscar Contardo, periodista y escritor. Autor, entre otros, de los libros «Siútico: arribismo, abajismo y vida social en Chile» y «Raro: una historia gay de Chile»

La tragedia nos convoca con mayor fuerza que la alegría. El estruendo de un 11 de septiembre es una herida tibia que no alcanza a sanarse un 5 de octubre. Dos inicios de primavera que marcan nuestra historia política. Por un lado, la conjura que nos arrastró hacia un túnel, una larga jornada que duró 17 años; y por el otro, el primer atisbo de una salida, la promesa de un nuevo comienzo que a la larga no fue el que esperábamos.

El recuerdo del 5 de octubre de 1988 fue tomando el regusto de lo insatisfactorio a medida que la transición avanzaba. Durante un tiempo largo fue derechamente un hito gubernamental celebrado con el pudor necesario para no incomodar a quienes habían detentado el poder durante 17 años y que aún conservaban espacios, escaños, podios y sobre todo dinero. En ese trance, todos quienes habían participado de la larga y extenuante resistencia a la dictadura desde los márgenes, aquellos sin los vínculos políticos apropiados ni la pertenencia social adecuada, quedaron fuera de las conmemoraciones. Sigilosamente, el 5 de octubre dejó de ser la culminación del trabajo persistente de un enorme número de organizaciones sociales, vecinales, estudiantiles, sindicales que desde los ‘80 salieron a las calles a protestar y se congregaban a resistir el avance de un modelo instalado por la fuerza. Ese paisaje resultaba inapropiado, tal vez gris, tal vez un retrato demasiado oscuro para los efectos de una década marcada por la prosperidad económica que necesitaba señales de entusiasmo. Los viejos sinsabores debían esconderse bajo la alfombra. En adelante, para muchos opositores a la dictadura el 5 de octubre fue cobrando un significado ambivalente: no sólo era el inicio del fin de la dictadura, sino también la clausura a la propia idea de democracia que habían imaginado cuando salían a las calles a gritar contra los abusos del régimen. Lo que vendría era diferente a lo que pensaron. En el nuevo plan ellos no estaban contemplados. A muchos de ellos los conocí, primero como estudiantes en la Universidad de Chile a principio de los años ‘90 y luego mientras preparaba mi primer libro sobre los ‘80. Hombres y mujeres de mediana edad que celebraron el triunfo del No, pero que a la vuelta de los años se encontraron a sí mismos como en un país que les resultaba extranjero, hablando una lengua muerta que ya nadie se entusiasmaba por compartir. Desaparecieron grupos y lugares, viejas costumbres fueron dejadas de lado, los ritos de solidaridad cayeron en desuso. “Desmovilización” es el nombre técnico de un proceso que desangró las pasiones y puso límites a un ancho mundo que en adelante debió aprender a conformarse.

Durante los primeros años de democracia, el eco de la bota militar aún se sentía fuerte. El boinazo no fue un espejismo proyectado por un gobierno timorato, sino una demostración de fuerza atemorizante que advertía la existencia de un campo minado alrededor. ¿Cuál era el costo de mantener las bravatas bajo control? ¿Cuántos silencios debieron pactarse? ¿Cuál fue el costo real de la tranquilidad que imperó durante los primeros años? Huimos hacia adelante todo lo que pudimos, nos encumbramos en las cifras de crecimiento y nos acomodamos en la inflación bajo control que aligeraba las pesadumbres mensuales. El consumo nos distrajo. Había una generación de chilenos que necesitaba descansar de un agobio psíquico sostenido y otra generación que se criaba en una democracia desabrida cuya propuesta de “reconciliación” significaba aceptar que el general Pinochet –el mismo responsable de tanta tortura, de tanta desaparición- asumiera como senador en el Congreso. Ese era el extremo. ¿Cómo podía cundir en esas circunstancias el orgullo por el 5 de octubre? ¿Cómo era posible que la fecha se transformara en un hito también para los más jóvenes, los que venían? ¿Quiénes habían sido los protagonistas reales más allá de la franja televisiva?

Es muy probable que para muchos de los jóvenes que se movilizaron como estudiantes en 2006 y luego en 2011, el 5 de octubre sea una fecha que sólo evoque una película: aquella en la que Chile comienza a recuperar la democracia gracias a un spot de televisión. Un proceso largo y agotador que sumó miles de voluntades, que costó vidas, quedó resumido en el personaje de Gael García en la película “No”. Un publicista sobre un skate que creó un jingle efectivo. ¿Cómo fue que una ficción tomó el lugar de una historia real? ¿Cómo fue que la gran obra que difundió un proceso como el de la oposición a la dictadura acabara en esa síntesis? Creo que eso se debe principalmente a que la fecha fue jibarizada durante tres décadas de democracia, frivolizada por la satisfacción de quienes estaban en el poder, hasta acabar arrinconándola en el sitio en donde se mantiene lo irrelevante.

Este año se deberían celebrar 30 años de una gesta colectiva. El extenuante camino de oposición al exterminio y el abuso que comenzó después del golpe de Estado y que trepó hasta vencer a la dictadura en las urnas. Eso indicaría la historia. El 5 de octubre como la cumbre de una escalada, una tarea que fue sumando voluntades y que se sobrepuso al miedo de maneras diversas, con acciones modestas y atrevidas, con protagonistas de diversas edades, oficios y tradiciones. Jornadas de protestas, recursos de amparo y cacerolazos, marchas, relegados, cadenazos, quemados, exiliados, huelgas y guanacos. La vida diaria poblada de un vocabulario espeso y venenoso que marcó a quienes vivieron la dictadura como una situación excepcional a la que no había que acostumbrarse. Ellos fueron abriendo camino para que el 5 de octubre fuera posible. Sin embargo, la celebración de los 30 años acabó en el mesón de un grupo de dirigentes políticos que decidiría quién sí y quién no podía conmemorar la fecha como propia. En lugar de abrirla como un símbolo hacia el futuro, de convocar a las nuevas generaciones, actuaron como guardias de aduana mezquinos y suspicaces.

De una manera torpe, el 5 de octubre fue privatizado por un puñado de personas que ha acabado por darle el aspecto de una franquicia sobre la que tiene derechos exclusivos. Una marca devaluada por el maltrato de sus representantes, una piocha de colección que con tanto manoseo ha perdido su valor original, simplificando su simbolismo y aligerando el peso específico de lo que significó realmente: el último tramo de una extensa lucha para darle la oportunidad a millones de chilenos de decirle “basta” al régimen de Pinochet. No sé si aquel día fue el inicio de la alegría, de lo que sí estoy seguro es que marcó el fin del imperio del temor, una bocanada de aire que anunciaba un nuevo comienzo. Yo tenía 14 años y lo viví como un intenso alivio. El 5 de octubre de 1988 no fue el triunfo de una mera campaña política, fue el día en que los chilenos nos demostramos a nosotros mismos que existía un futuro y que estábamos dispuestos a enfrentarlo, cargando la historia oscura sobre los hombros, esquivando los obstáculos, convenciéndonos de que todas las luchas pasadas cobraban sentido si lo que venía era el retorno a la democracia. Recordar la fecha es honrar un compromiso, una lucha que no se la debemos a ningún caudillo a quien haya que levantarle estatuas, sino a los millones de rostros de un pueblo que buscaba justicia y libertad y que se las arregló como pudo para tener la esperanza de que algún día las encontraría.

 

Related Posts