Una lectura política de la transición desde los movimientos sociales

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Por Karla Toro, presidenta de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile y estudiante de Derecho

La transformación neoliberal por la que pasa la sociedad chilena arrasa con el proyecto de tejido social que construyeron y defendieron muchos chilenos y chilenas a lo largo de luchas acumuladas en el campo popular. Estos esfuerzos, identificados por su carácter democrático y masivo, hicieron posible pensar en alterar la estructura desigual de poder que históricamente había caracterizado a este país, sin embargo, se vieron interrumpidos brutalmente por la respuesta autoritaria y golpista de la oligarquía en conjunto con las Fuerzas Armadas.

En efecto, la dictadura persigue y destruye a gran parte de la organización social de nuestro país y con ello, Chile se adentra a un modelo neoliberal de base antidemocrática, que se caracteriza por la mercantilización progresiva de derechos y de mecanismos represivos de control y gobierno, como queda expresado en la Constitución antidemocrática de 1980.

Lejos de ser un periodo de paz o de silencio, durante la dictadura subsisten muchas formas de protesta que surgieron por parte de los sectores que a pesar de la persecución, mostraban grados de organización. En efecto, la historia nos muestra cómo la dictadura siempre fue rechazada socialmente, principalmente desde la resistencia popular de jóvenes y adultos, hombres y mujeres organizados y organizadas en sus trabajos y territorios como resistencia para seguir pensando otra democracia posible.

Tal era el caso del movimiento feminista de los ‘80 del cual nos habla Julieta Kirkwood, el cual no vacilaba a la hora de demandar democracia efectiva “en la calle, en la casa y en la cama” con movilizaciones callejeras y protestas, al mismo tiempo que participaba de debates airados sobre el lugar de los procesos populares en la política que se construía al calor de la movilización. Tampoco olvidamos la lucha monumental de la Agrupación Cultural Universitaria, nombre bajo el cual los estudiantes de nuestra Universidad mantuvieron vivo y rebelde al movimiento estudiantil y eventualmente pudieron recuperar a la FECh. Son ellos, a través de publicaciones, actividades y protestas, en gran parte responsables de que existieran estudiantes críticos a la implementación de la nefasta Ley General de Universidades que se promulgó en dictadura.

A partir de estas experiencias, como de tantas otras, fue posible instalar popularmente la necesidad de la apertura política a sectores excluidos, y por lo tanto, la crisis de legitimidad política de la dictadura. Esto significó la principal amenaza que movilizó al régimen y a los distintos partidos políticos con los que trabajaba para lograr acuerdos con el resto de la institucionalidad política del país y poder así lograr una transición como “repliegue ordenado” de las Fuerzas Armadas, permitiendo el ascenso de gobiernos democráticos.

2. Evidentemente, resultan muy decisivos los términos en los que se negocia y posteriormente se consolida la refundación democrática de Chile. Esto, porque en ningún momento se somete a procesos de participación efectiva la decisión de qué es lo admisible y hasta qué punto el país se puede permitir cambios. Es más, se impone una modernización que sigue estando de la mano de la exclusión y represión de los movimientos sociales. Y si bien cada gobierno busca legitimarse con votaciones universales, se asegura institucionalmente dejar intactas las bases del modelo neoliberal. Quienes nos hemos movilizado en contra de este modelo, que sobrevive hasta el día de hoy, sabemos muy bien cuáles son los estrechos límites que ofrece el paradigma de la transición: cambios en la medida de “lo posible”.

La forma en que se construye “lo posible” desde los distintos gobiernos de la transición jamás ha ido en dirección de los movimientos sociales. El uso del Estado como objeto de la economía neoliberal ha construido grandes puntos de desencuentro entre quienes conformamos el mundo social y quienes participan de la política institucional. Digo desencuentros porque son las lógicas de la transición las que todavía impiden la participación popular, mientras son capaces de profundizar el vacío superficial de la política neoliberal. Lo anterior queda de manifiesto cuando no se nos permite la participación en aspectos constituyentes de la sociedad como la discusión de leyes, proyectos, etc. También cuando se desconoce la legitimidad de nuestras demandas. Para los gobiernos neoliberales de la Concertación y la derecha, “lo técnico” se sobrepone a “lo político” en el sentido de que la política se vuelve para ellos una forma de administración de la sociedad. En este punto ya es evidente cómo se construye una sociedad sin la democracia como requisito: esta define de manera cerrada y “desde arriba”, a través del discurso de “especialistas”, qué es lo admisible, cuándo es posible y, por lo tanto, impide cualquier tipo de acuerdo social amplio que respalde transformaciones sentidas por la población.

Por ejemplo, luego de las movilizaciones estudiantiles, no tardaron en llegar especialistas a decirnos que todo por lo que nos manifestamos no tiene sentido, que son demandas privilegiadas y que a la larga, lo agradeceríamos. Hoy resulta ilógico pensar que el movimiento estudiantil no se manifieste cuando ha sido el mismo Estado el que ha debido reconocer que sus políticas públicas de financiamiento a la educación han fracasado. O también cuando a pesar de las movilizaciones feministas de larga data que impugnan al sistema patriarcal o la falta de democracia que sobrevive en el pacto neoliberal, se nos insista en que nuestra movilización se limita a un “carácter cultural”, diluyendo la crítica que miles de compañeras levantamos a la estructura desigual y sexista del modelo chileno.

Junto con lo mencionado anteriormente, quizás uno de los elementos más graves que existen dentro del tibio proyecto de la transición es la supresión de la memoria del espacio público, dado que recordar a quienes dieron su vida defendiendo conquistas históricas de compañeros y compañeras resulta ser una amenaza al orden democrático de lo posible. Lo que se recuerda es “lo ideológico”, “lo resentido”, “lo que carece de futuro” o “lo que impide avanzar”. Mientras tanto, se convive cotidianamente con la impunidad: se relativiza la responsabilidad de quienes han sido partícipes y cómplices en la violación de derechos humanos, quienes, es más, hoy gozan de una impunidad evidente cuando son muchos de ellos los que participan dentro de la misma política que los admite ciegamente.

3. A pesar de que la forma que ha tenido la transición para referirse a los movimientos sociales es aislándolos, coaptándolos, reprimiéndolos o desconociéndolos, hemos sido la anomalía que impide el cierre de la política “desde arriba”. Hemos sido el permanente recordatorio de que en este país existirá la desigualdad de derechos mientras exista la distribución desigual de poder que consolidó el pacto de la transición.

En definitiva, hemos sido los movimientos sociales quienes hemos reivindicado la organización para poder irrumpir en la política y hacer que nuestras demandas no sólo sean escuchadas sino que también sean respaldadas por millones de chilenos y chilenas que aún esperan los cambios prometidos por la transición. Hemos sido sangre nueva de viejas luchas que en su momento dieron miles de compañeros y compañeras, quienes no dudaron en defender con su vida nuestros derechos sociales, los mismos que la dictadura nos arrebató y privatizó, y que la transición fue incapaz de devolvernos.

Esta es la fuerza que nos ha mantenido en las calles durante más de 10 años, fuerza que ha sido democratizadora para todos y todas. El movimiento estudiantil del que muchos compañeros y compañeras formamos parte fue un recordatorio para muchos que daban al mundo social por dormido y satisfecho, pero que nos muestra una vez más que la transición no es ese palacio de marfil que nos pintan gobiernos y administraciones para mantener el orden público. Fue también la reciente movilización feminista de este año la que nos interpeló directamente como país al impugnar no sólo los niveles de violencia sexual que ocurren dentro de nuestras universidades, temas más sensibles y urgentes para la sociedad, sino también la estructura sexista de la educación chilena y los niveles de desigualdad social, económica y de género que ésta promueve.

Hace 45 años, compañeros y compañeras que hoy ya no están presentes nos demostraron que la única forma de revertir el sentido de la política que sólo fue posible instaurar con dictadura es escuchando a las grandes mayorías de este país. La transición, si bien logra desplazar a las Fuerzas Armadas del gobierno, no ha sido capaz de estar a la altura de aquellas luchas, les ha dado la espalda. Hemos sido nosotros quienes asumimos el desafío de recoger esta bandera democrática y emancipadora, y luchar por una vida más digna, justa y libre, para que sea la misma sociedad la que decida su destino.

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