Ovejas descarriadas: la irrupción de los jóvenes evangélicos en política

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La nueva camada de jóvenes evangélicos, primera generación universitaria en su familia, algunos con magíster y doctorados, han optado por abandonar el enclaustramiento religioso, revelándose al poder de los pastores en sus propias iglesias y asumiendo el desafío político de influir en la agenda pública.

Por Claudio Pizarro / Fotografías Alejandro Olivares

La búsqueda de nuevos fieles en plazas y calles de distintas poblaciones, en un recorrido cruzado por mandolinas, banjos y una prédica coronada por un megáfono es la caricatura más extendida en el país de la feligresía evangélica. La conquista de seguidores, en caravanas de cánticos y sermones, fue hasta hace algunos años la imagen más popular de este sector religioso en el espacio público.

Una imagen que dista mucho de lo que hoy en día se vive al interior de distintas iglesias evangélicas del país. La participación activa de una nueva camada de jóvenes, primera o segunda generación universitaria en sus familias, con alto manejo en nuevas tecnologías, con postgrados y doctorados, viajes al exterior y con fuertes redes en agrupaciones cristianas del continente, ha destapado al interior de sus comunidades algo que hasta hace algunos años parecía imposible: salir de los templos a disputar espacios de poder en el ámbito público.

Esta pérdida del pudor que suponía participar en actividades políticas de orden mundano, promovido por los antiguos pastores a favor de un enclaustramiento endogámico, representa un cambio de paradigma profundo. Sentirse activos socialmente, con responsabilidad política y sin miedo a manifestar sus preferencias ya no es considerado un pecado vulgar. “Son jóvenes con un mayor nivel educativo, algunos incluso con instrucción política, con herramientas teóricas y teológicas que distan mucho de la imagen que antaño se tenía de los evangélicos, como un sector de estrato económico muy pobre, prácticamente de formación autodidacta. Las nuevas generaciones se han empoderado, ya no se recluyen en el ámbito de la comunidad, sino que están dispuestas a instalar sus demandas en el espacio público”, explica Luis Bahamondes, Doctor en Ciencias de las Religiones y académico de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile.

Si bien los evangélicos no han aumentado significativamente su número de fieles – pasaron de 15 a 17% en poco más de una década, según la Encuesta Bicentenario- en la actualidad cuentan con 24 concejales, cinco alcaldes, tres diputados y un sinnúmero de seguidores que participan como asesores e investigadores a nivel comunal y parlamentario. Cuentan también con un feriado nacional, más de 200 radios, canales de televisión por cable y hasta un periódico impreso.

Su particular giro a la derecha en las últimas elecciones en Chile y su decisiva participación en otros países de la región, como el caso de Brasil, ha generado un amplio análisis por parte de especialistas y variadas investigaciones respecto a su real influencia en la política contemporánea. ¿Es realmente cautivo el voto evangélico? ¿Pueden ser un factor decisivo en las futuras elecciones? ¿Son proclives a favorecer proyectos políticos de extrema derecha? Son algunas de las inquietudes que rondan en el ambiente.

Del Frente Popular a la dictadura

La influencia evangélica en política no es nueva. Desde las primeras décadas del siglo XX, miembros del mundo evangélico provenientes de un sector minoritario de comunidades bautistas, presbiterianas y luteranas participaron en política a través de militancias, o en calidad de simpatizantes en partidos como el socialista, comunista y particularmente el Partido Radical. Tanto así que en la década del ‘30 un pastor de la iglesia Wesleyana se transformó en uno de los fundadores del partido socialista en Coronel y Lota, una zona de fuerte raigambre cristiana y con una larga tradición de izquierda interrumpida en las últimas elecciones.

Visibilizar sus posturas a través de alianzas fue una estrategia de grupos minoritarios que tuvo su apogeo en los gobiernos radicales, alcanzando incluso cargos de relevancia política como alcaldes, gobernadores y regidores, hasta que el partido, influenciado por la masonería, toma la bandera de lucha del laicismo, relegando a segundo plano su relación con algunas corrientes evangélicas.

De ahí en más, hasta antes de la década de los ‘70, según la historiadora Evgenia Fediakova, las iglesias pentecostales generaron una subcultura cerrada y apartada del contexto nacional, ajena a los apetitos mundanos y distanciada de cualquier actividad política, social o sindical. Una encuesta realizada en diversas iglesias pentecostales realizada a fines del año 1971 daba cuenta de que el 82% de los fieles consideraba que un evangélico no debía “meterse en cuestiones de política”.

El contexto del país durante el gobierno de la Unidad Popular hizo que esta corriente tomara con cierta ambigüedad los preceptos de la revolución socialista. Mientras para algunos el gobierno de Allende representaba una defensa a los más débiles y marginados, para otros su discurso “ateísta” era contrario a los valores cristianos.

La situación se agudizó tras el golpe militar, a partir de la “Declaración de la Iglesia Evangélica Chilena”, leída el 13 de diciembre de 1974 en el edificio Diego Portales, dos días antes de la inauguración de la Iglesia Metodista Pentecostal de Jotabeche, donde 32 dirigentes cristianos, en un acto de apoyo convocado por el Consejo de Pastores, reconocieron a Pinochet como una suerte de libertador. “La respuesta de Dios a la oración de todos los creyentes que ven en el marxismo la fuerza satánica de las tinieblas en su máxima expresión”, se lee en el documento publicado en varios medios de comunicación.

“La mala relación de la Junta con el catolicismo, liderado por Silva Henríquez, trae consigo un distanciamiento entre estos dos poderes. Ahí comienzan las primeras tratativas de acercamiento entre este mundo evangélico que buscaba visibilización en la sociedad chilena y, por otro lado, la legitimación que buscaba Pinochet desde el mundo cristiano”, explica Luis Bahamondes.

Un contrapeso a esta tendencia es la irrupción de la Confraternidad Cristiana de Iglesias, que en el año 1982 comienza a cuestionar no sólo al Consejo de Pastores, sino también el desempeño económico y los efectos de la violencia política en dictadura. Esto desmitifica la creencia popular, difundida a través de los medios de comunicación durante el régimen militar, de que el mundo evangélico en su conjunto respaldó a Pinochet.

Con el arribo de la democracia y su posterior crisis de sentido, el rol político de las comunidades evangélicas renace con nueva fuerza. Cuando la amenaza se vislumbra en el horizonte, impulsada por la agenda valórica del segundo gobierno de Bachelet, las huestes cristianas irrumpen con un fuerte germen de militancia. David Hormachea, el pastor chileno más influyente en el mundo de habla hispana, resume el sentimiento que ha hecho confluir miradas en un sector más bien heterogéneo. Lo llama “el renacer del gigante dormido”.

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Nuevas camadas

Si bien en el país no existe una presencia masiva de miembros de la Iglesia evangélica en el plano institucional, ya sea a nivel comunal o parlamentario, su irrupción en la agenda pública ha sido notoria. Aunque no parezca novedoso que los temas de género y de moralidad sexual sean sus referentes de disputa -matrimonio homosexual, aborto e identidad de género-, lo llamativo es la manera en que se han unido en torno a lo que se vislumbra como una amenaza latente. El argumento de fondo parece ser la preservación de un orden conservador en sexualidad, género, reproducción y familia.

“El intento de moralizar la política, el espacio público, es un intento por tener presencia social y pública. Es una disputa de sentidos frente a una crisis de legitimidad. Aunque no son todos quienes adoptan una agenda valórica, buena parte de la iglesia evangélica toma esto porque siempre ha defendido la vida privada, la sexualidad y la familia tradicional, porque históricamente han sido sus banderas de lucha política”, asegura Nicolás Panotto, teólogo, Magíster en Antropología y Director del Grupo de Estudios Multidisciplinarios sobre Religión e Incidencia Pública (Gemrip).

La amenaza es reconocida y algunos le llaman agenda valórica, pero David Hormachea apunta a un enemigo aún más específico: el progresismo de la neoizquierda. “Ellos se tomaron la educación, los medios de comunicación, la política, los organismos internacionales y están imponiendo su sistema humanista, que es una religión basada en el pensamiento del hombre. Por eso creo que hay una amenaza, no es que lo imaginemos. Existe y la detectamos”, asegura el pastor Hormaechea.

Hormachea sostiene que desde hace siete años, junto a otros pastores viene estudiando la influencia del progresismo en los jóvenes evangélicos. Fue entonces cuando nació la inquietud de reflexionar más sobre la participación política de las comunidades evangélicas. “Existían muchos liderazgos que enseñaban a los cristianos a no votar, a no participar en la política, con una visión pesimista del futuro, diciendo que la maldad siempre estará presente. Yo fui uno de los primeros en nombrar y apoyar directamente a candidatos”, rememora el pastor que llamó a votar por Ossandón, luego Kast y Piñera en segunda vuelta.

Para el diputado evangélico Eduardo Durán Salinas (RN), el trabajo social de la iglesia, a través del apoyo a los marginados y los pobres, ha derivado en que las nuevas generaciones de fieles con mayor preparación y estudios quieran “participar profesionalmente desde lo civil y lo público aportando al país”.

Si bien el espectro de evangélicos fluctúa en un arco político más amplio, desde el eje PS-DC hacia la centro derecha identificada con la UDI, RN y Evópoli, hasta sectores más extremos en lo conservador como los adherentes de José Antonio Kast, parece ser que la inflexión de vertientes pasa por la visibilización en el espacio público. “Por eso cuando tocan el tema del aborto estamos todos marchando. El tema valórico es un factor aglutinador que no necesariamente tiene que ver con identificaciones partidarias o ideológicas. Es un factor que me parece necesario complejizar en términos de análisis”, agrega Panotto.

Es precisamente esta percepción la que ha generado ilusiones respecto a si el voto evangélico es realmente endosable o no. Una lectura que para muchos pastores tiene que ver con una falta de conocimiento respecto al mundo evangélico. “Creo que sí existe una influencia de líderes, especialmente en temas donde se ilustra bíblicamente, y estamos la mayoría de acuerdo, pero sin violentar la libertad de pensamiento y de conciencia, ya que también hay sectores de la iglesia que piensas que no hay que influir, “ni meterse en política”, asegura el obispo Emiliano Soto.

Y al igual que en el mundo seglar, las aprehensiones respecto al candidato menos malo también operan como un criterio electoral. “A todos nos pasa, por eso no creo que exista un voto cautivo. La iglesia evangélica por años no se inmiscuyó en temas políticos, por un desconocimiento o escapismo religioso. Pero este despertar a la realidad nos obliga a ser más responsables y saber por quién votar. Por eso en esta última elección tuvimos que girar a la centro derecha”, asegura Benjamín Lorca, Director Ejecutivo de Reforma Chile.

La ecuación no ha sido fácil y ha generado suspicacias en amplios sectores. Es por esto que en el año 2012 nace, al alero de la Universidad SEK, la Escuela de Formación Política Evangélica – posteriormente llamada Martin Luther King – como una respuesta a la eventual capitalización del voto evangélico en las elecciones municipales de ese año. Sus fundadores, Israel Vilches y Edgardo Pizarro, se percataron que cuando se le preguntaba a un evangélico por política nadie argumentaba con teología política o doctrina social de la iglesia evangélica. “Ahí decidimos realizar un trabajo de reflexión doctrinario, político y teórico, para entregar herramientas a quienes quieran participar en partidos y no transformar a la iglesia en un botín político”, asegura Vilches.

La instrucción de jóvenes generó un capital político importante, no sólo a partir de la irrupción que generaron en la órbita pública, sino también en la crítica que establecieron en sus mismas iglesias. La nueva generación de jóvenes, mucho más ilustrados que sus padres o abuelos, puso en tensión el liderazgo carismático de los pastores, basado en una mirada autoritaria y paternal, a partir de los conocimientos adquiridos en estas nuevas escuelas formativas.

Reforma Chile es otra organización que se ha posicionado fuertemente en el ámbito educacional. De perfil socialcristiano, actualmente imparte un diplomado en “Gobierno, asuntos públicos y fe” y ha fomentado experiencias comparadas sobre participación de cristianos en política. En 2016, por ejemplo, invitaron a los diputados Gastón Bruno de Argentina y Álvaro Dastugue de Uruguay. Este año se constituyó una mesa regional con la participación de 10 representantes legislativos del continente y se estableció una red iberoamericana de políticos cristianos.

La generación actual de evangélicos, precisa Lorca, “tiene otras preguntas y por lo tanto busca otras respuestas, saliéndose un poco del ámbito religioso de enclaustramiento”. Sus intereses son variados, admite. Hay quienes pretenden participar en el servicio público y otros en próximas candidaturas electorales. Varios trabajan en asesorías parlamentarias y otros en investigaciones ligadas a ámbitos como la migración, la educación y el medioambiente. “No queremos imponer una visión de mundo, no tenemos ningún plan maquiavélico, estamos llamados como cristianos a servir a la sociedad”, concluye Lorca.