Sonia Corrêa, feminista y activista brasileña: “Brasil vive la tragedia perfecta”

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De visita en Chile para apoyar a la Asociación de Abogadas Feministas, la académica Sonia Corrêa habló con Palabra Pública sobre las elecciones presidenciales que en enero convertirán formalmente en presidente de Brasil a Jair Bolsonaro y sobre la historia latinoamericana, dominada por democracias de corta duración histórica y frecuentemente amenazadas por las “fuerzas profundas” de los poderes conservadores.

Por Ximena Póo, doctora en Estudios Latinoamericanos y Directora de Extensión de la Universidad de Chile

Fotografías Alejandro Olivares

“Brasil es una sociedad violenta”, dice Sonia Corrêa, quien en noviembre estuvo en Chile para apoyar a la Asociación de Abogadas Feministas de Chile. En esta entrevista se refiere a las elecciones presidenciales que en enero llevarán a Jair Bolsonaro a la presidencia de este país-continente de la mano de las derechas –desde el centro a la ultra-, el poder religioso y la rabia acumulada. “La brasileña es una sociedad históricamente desigual, donde el racismo es heredado y sigue ahí; la violencia estructural es parte del escenario, pero el odio, la manifestación de odio a la que hemos asistido en la campaña es sin corte de género, porque hay fotos de mujeres con fusiles gigantescos. La otra cosa espantosa es cómo la gente se ha creído esa producción discursiva que ha hecho a nivel mundial la religión católica en versión ecuménica al instalar que la ideología de género es el marxismo”, explica desde la academia y el activismo.

Los bolsonaristas expandieron el miedo al decir que la lucha por los derechos y el respeto a la diversidad de género instalaría una dictadura del proletariado. Y, contrario a toda defensa de los derechos humanos, en las urnas muchos y muchas creyeron que la “ideología de género” era parte del declive de Occidente, cuando es todo lo contrario si se piensa la historia de las democracias, frágiles, recientes. Hoy, más que nunca, se hace urgente “contener y defender el constitucionalismo frente a estos procesos de de-democratización” y no sólo en Brasil, donde se han dado las condiciones para “vivir la tragedia perfecta”.

En el contexto internacional, con el auge del neofascismo en Europa, Estados Unidos, en América Latina, la figura de Bolsonaro no deja de inquietar porque llega en muy poco tiempo a la institucionalidad presidencial, anclada en el poder económico, militar, religioso.

– Pienso que es muy importante indicar lo que está pasando en Brasil, lo que yo estoy llamando la catástrofe perfecta. Yo estoy calificando este proceso como de de-democratización. Estamos buscando la nomenclatura adecuada. Pero pienso que es importante primero tener claridad sobre que Brasil tiene elementos, factores, fuerzas que son contextuales y que no se pueden apartar.

¿Cuáles destacarías ahí? ¿El racismo?

– Sí, pero es un fenómeno trasnacional y no se debe pasar de largo, no es de corto plazo. No empezó con Trump en 2016 o con Honduras y Paraguay. Es un fenómeno más largo y entonces hay que tener eso en cuenta. Creo que esta fase comienza el 11 de septiembre de 2001, con la guerra del terror. Eso es un marco fundamental y mientras más lo pienso, más estoy convencida de que es así. Hoy día en la mañana fui al Museo de la Memoria y me emocionó mucho porque es la historia de mi generación, porque estuve en Chile en el ‘70 y también porque en el museo es muy fácil ver y percibir cómo las democracias son muy frágiles, ¿no? y acá hay un ciclo todavía mas largo en que ubicar el fenómeno que estamos viendo, un ciclo muy, muy largo.

Tiene que ver con las modernidades y la reciente construcción de las democracias modernas, atacadas durante todo el siglo XX. ¿Hay algo de eso?

– La proposición de democracia es algo que tiene dos siglos o poco menos, con la revolución norteamericana, francesa. Tenemos un imaginario que habla de que la democracia es una cosa muy vieja y consolidada y no lo es. Si uno mira esos 200 años, los periodos de democracia son cortos con excepción de Estados Unidos, que un poco funciona como el paradigma, la referencia. Porque Europa no te sirve de ejemplo: ha tenido un montón de reparaciones dictatoriales desde que se instala la idea de democracia en el siglo XVIII. Cuando uno mira las historias reales se ve que hace muy poco tiempo en el mundo, desde que se han establecido los Estados, el único modelo de gestión política, de manejo político en las sociedades, es el Estado nacional; no hay otra forma y eso es muy contemporáneo porque hasta la última ola de descolonización -en los ‘40 y ‘50- no era así porque nos dominaban los imperios, al menos en sus formas de posesiones coloniales. Entonces, la misma idea de Estado-nación como modelo de todo el mundo es muy reciente, tiene más o menos mi edad, si tomo India de modelo de referencia, desde el año ‘47, ‘46, es mi vida. Es muy corto, ¿no?

Y es reciente el constitucionalismo democrático

– Así es. Son estructuras en construcción y con estructuras políticas más superficiales que se centran sobre estructuras culturales, con sesgos coloniales muy profundos marcados con racismo. Yo no uso tanto el término patriarcado, pero se convirtió en la explicación. Estamos hablando, en definitiva, de culturas muy androcéntricas.

Y el actual ciclo de giro hacia la ultraderecha, ¿dónde lo sitúas, considerando que el capitalismo y, más aún, el neoliberalismo extendido, va contra los principios básicos de la democracia y su sentido de comunidad, de solidaridad, de fuerza emancipadora y transformadora?

– Si una mira en el ciclo largo, hay que fijarse en los últimos cinco años. Empieza con Hungría, después vamos a tener la proyección con Trump, el Brexit, el golpe a Dilma. Todo se devuelve a los años ‘30 en Europa, que es momento de caída de una democracia que era muy reciente, porque antes de esa democracia de los años ‘30 había imperios. Yo fui hoy al Museo de la Memoria y me decía a mí misma que esa tragedia es parte de mi historia y no sólo eso. Después de estar en Chile en 1973, yo estuve en Europa y había tres dictaduras: Grecia, Portugal y España. Entonces yo creo que ubicar eso en ese ciclo largo es muy necesario, ¿no? Tuvimos ese ciclo de democratización, que empieza con el fin del apartheid en Sudáfrica, con el fin de las dictaduras en España, Portugal, pero estaban las dictaduras latinoamericanas. Luego culmina la Guerra Fría, caen dictaduras y se abre un nuevo ciclo y, efectivamente, hay algunas condiciones facilitadoras de las democracias, tanto en los conflictos nacionales e internacionales. Por ejemplo, todo los que hablamos hoy de los derechos humanos es parte de un fenómeno de los últimos años.

Si bien hay condiciones facilitadoras, hay estructuras de poder autoritarias que no dejan que las democracias se desplieguen y se densifiquen. Estructuras de poder que generan prácticas sociales y culturales que se expanden, y al menor incentivo emergen y se vuelven dominantes, como lo que ha ocurrido en Estados Unidos, en Brasil, porque además la izquierda tradicional no ha dado respuestas contundentes para fisurar esos poderes hacia la construcción de formas de Estados de Bienestar.

– Siguen operando porque si pones el caso de Estados Unidos y el marco del 11 de septiembre, ahí se encuentran dos dinámicas que son muy importantes y que son aparentemente opuestas en su trasfondo: la llegada de Bush al poder tuvo que ver con la estrategia montada por los republicanos en Estados Unidos, de retomar el poder en una nueva lógica, que son los republicanos seculares, no los religiosos; era una estrategia para tomar el poder y así movilizar a los católicos conservadores en un ataque a la secularización excesiva, a los cambios de sexualidad, de género, el escándalo, para ellos, de la revolución social; la llegada de Bush al poder en 2000 es parte de ese ciclo largo y muy vinculado a la movilización del régimen religioso, el retorno en esa forma dogmática. Yo no uso el término fundamentalismo.

¿Por qué? ¿Por los estigmas?

– No lo usamos porque eso lo aprendimos con las feministas islámicas y de India. En los ‘90 se empieza a utilizar el concepto fundamentalismo y en especial respecto del islam y de las feministas islámicas hemos aprendido que eso produce la islamofobia y la sigue produciendo. Una dice fundamentalista y te imaginas un islámico y no un católico.

Le quita la significación mayor y el concepto encubre

– Y le quita la significación popular de los contextos. En ese sentido, lo más significativo es que se denominan fundamentalistas los evangélicos de los círculos bíblicos de Estados Unidos, porque tienen como principio una interpretación literal del texto sagrado y eso no se aplica a más nadie, ni siquiera en el islam como conjunto. Hay grupos que hacen lectura literal del Corán, pero no se aplica al mundo islámico. Y el catolicismo, aun en su mayor y peor forma dogmática, nunca ha hecho lectura literal de nada. No hay literalidad en la producción teológica católica. Para santo Tomás, por ejemplo, la base fundamental era Aristóteles, Platón.

¿La hibridez de la narración es la que produce la doctrina y la rigidiza y la articula con los poderes que aseguran el orden?

– Y por eso sobrevive la adaptación doctrinal. Entonces, por eso tenemos problemas con el término fundamentalismo. Incluso yo misma utilicé el término mucho tiempo, pero es un mea culpa, sobre todo en este momento en que tenemos en Estados Unidos la emergencia de las fuerzas agregadas: católicas, evangélicas, seculares y que han estado peleando por el poder desde los ‘70 y están de vuelta con Bush primero y con Trump ahora. Y tienes el integrismo islámico politizado con Irán y tienes la restauración conservadora del catolicismo. Al mismo tiempo que estamos democratizando, por otro lado tienes esa vuelta de las fuerzas profundas, por eso hay que ubicar este momento ahí.

El momento en que se agudiza la disputa por una forma de realidad, donde lo religioso irrumpe para cooptar los valores democráticos de los Estados laicos, eso ha pasado en Brasil en menos de cinco años

– Lo que hay de nuevo es la presencia de lo religioso politizado, rompiendo, utilizando los marcos del constitucionalismo democrático, operando dentro de los marcos. Desde el mundo evangélico-católico están operando en el proceso democrático y los evangélicos son elegidos. Asimismo, hace 15 años surge una nueva línea doctrinal del Vaticano en la que se llama a los nuevos ciudadanos católicos a llevar a la política sus creencias y valores, cosa que no pasaba antes, porque la iglesia operaba influenciando por arriba, ¿no? Influenciaba a los poderes, no entraba directamente a donde habita el poder, los llamaba por teléfono, pero mantenía una superficie de distancia, no era parte del poder político electoral como ahora lo es.

En Chile ese guion se ve con claridad…

– Claro, en ese pasaje tienes el establecimiento del modelo neoliberal que se venía instalando desde los ‘70 y que sigue ganando espacio, Chile laboratorio, ¿no? Existe aquí como en Estados Unidos esa cosa muy peculiar de la que habla Wendy Brown (El pueblo sin atributos: la secreta revolución del neoliberalismo), que es una autora que nos ha inspirado. Ella tiene un artículo que se llama La pesadilla norteamericana, donde analiza lo que pasó en Estados Unidos durante la era Bush, que es la convergencia con el neoliberalismo y el liberalismo. Para ella, esa racionalidad del neoliberalismo es amoral y desregulatoria. Desregular todo es su máxima en lo económico, pero eso terminó por convertir e imbricarse con la lógica del neoconservadurismo, que es moralista y disciplinar.

Eso es Chile

– Es el mundo, no, claro, no en todos los lugares. La policía neoliberal penetró en lo político como estructura, pero afectó la concepción del sujeto, construyendo sujetos cada vez más individualizados, más centrados, desde la supremacía, y desde ahí muy fácilmente van a derivar a lógicas no democráticas. En el caso de Brasil y en otras partes de América Latina, un factor importante para facilitar esa penetración en la subjetividad de la gente fue el crecimiento del movimiento pentecostal, que se funda en las bases de la teología de la prosperidad y es una teología materialista. La doctrina funciona en el sentido de que “si haces todo bien, si trabajas, Dios te beneficia y con eso puedes pagar la iglesia. Entonces Dios te beneficia más y más”.

¿Cómo ves ahora a ese Brasil en el que surgió la fuerza de la teología de la liberación (como en América Central, especialmente) a la luz de este contrapunto dado por el integrismo religioso-político?

– Es que la teología de la liberación fue destruida en Brasil en la primera década de Juan Pablo II. En el ‘85 ya se había acabado porque la teología pentecostal lo hizo en cinco minutos, sacando obispos, excomulgando. Es como un dominó. Pienso en Latinoamérica, en esa iglesia progresista, porque efectivamente quedan sectores, espacios, pero muy pocos. En el imaginario está que todo lo que está pasando con la llegada al poder de Bolsonaro es culpa de los evangélicos y no es, porque el rol de las iglesias católicas en los procesos de de- democratización en América Latina y Europa ha sido gravitante y un claro ejemplo de ello son las famosas cruzadas contra la ideología de género, que hoy está compartida porque la propagación es súper ecuménica: la cruzada contra la ideología de género es una creación del Vaticano, pero eso está oscurecido. En Brasil están diciendo todos que la culpa es de los evangélicos. Sí que ellos tienen un rol sin duda importante, pero está sirviendo como cortina de humo para el problema central de los sectores conservadores de la iglesia católica.

Al mismo tiempo que se da un avance en las capas económicas bajas, donde el Estado no existe, no asegura derechos, y donde la iglesia católica de base ha sido desmantelada, el poder evangélico y de derechas –en América Latina como foco ahora- comienza a penetrar otras capas

– Sí, claro, quienes ofrecen servicios son los evangélicos y hay que considerar que en Colombia, Costa Rica y sobre todo en Brasil ha habido un avance importante del evangelismo en las clases medias. Apelan a la libertad de expresión y esa estrategia de autodenominarse como organizaciones seculares viene inspirada desde Estados Unidos.

¿Y dónde quedó la izquierda de América Latina para ti? Este auge de la ultraderecha y el neofascismo tendría un anclaje en que al disputar prácticas y discursos, la izquierda se alejó del pueblo, la corrupción la alcanzó y hoy la rearticulación se complejiza porque hay quienes se apuran en denostar la representación partidista, cuando los partidos se hacen cada vez más necesarios para encauzar esa disputa. ¿Qué le toca a Brasil?

– Se nos fue de las manos decirle a la sociedad que sí hemos cometido errores porque eran más que evidentes. Claro que hay corrupción, siempre hubo, pero cuando uno llega al poder jurando que no va a ser corrupto, hay que cumplir, porque la gente lo escuchó y la gente se acuerda. Lo que ha hecho el Partido de los Trabajadores en Brasil ha sido protegerse, proteger a Lula. Entonces estamos en el ciclo más corto, en el mundo, de esa secuencia con los procesos de-democratizantes, que se dan tanto desde el actuar de la izquierda como el de la derecha, y ocurre desde ese 11 de septiembre, el momento en que se dobló algo.

¿Qué pensaste ese día? Yo recuerdo perfecto que muchos y muchas nos dijimos “aquí cambia la historia” y algo se trizó.

– Sí, algo cambió. Un cambio de época que he sentido también con la caída de los muros, que no es racional y es que tú crees que pasa algo, es un quiebre. En seguida viene la elección de Erdogan y Bush, que hoy día son como los íconos de la autocracia. Empieza la derechización en Polonia y Hungría, vienen los golpes; antes de eso tenemos a Daniel Ortega en Nicaragua, que hace un acuerdo con lo peor de la iglesia y de la derecha para volver al poder, vendiendo el aborto, ¿no? Y termina con la tragedia; es para decir que no son sólo los golpes de la derecha. Está Venezuela, que empieza a tener crisis, ahí viene Honduras y Hungría. A esa altura Putin está consolidado y ahí viene todo el ciclo que en otro momento es la Primavera Árabe. Una primavera que termina con dictaduras, pero acaba en guerras, Estados Unidos interviniendo, nuevas dictaduras elegidas en las urnas. En Francia, Alemania, Suecia avanza la extrema derecha. Eso es como una cadena, un dominó que sigue cayendo.

Sobre Sonia Corrêa

Licenciada en Arquitectura, con un postgrado en Antropología, ha participado desde fines de los ‘70 en actividades de investigación y promoción en materia de igualdad de género, sexualidad, salud y derechos humanos. Es la fundadora de la ONG SOS-Corpo – Instituto Feminista para la Democracia y la Comission para Ciudadanía e Reproudction, ambas en Brasil. Entre 1992 y 2009 ha sido la coordinadora de la investigación para la salud y los derechos sexuales y reproductivos en DAWN – Alternativas de Desarrollo con Mujeres para una Nueva Era – una red feminista del hemisferio sur. Ha seguido de cerca las negociaciones de las Naciones Unidas que han impactado directamente en los debates sobre género, sexualidad y derechos humanos: la Conferencia Internacional sobre la Población y el Desarrollo (CIPD – El Cairo 1994), y la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer (IV WCW-Beijing, 1995), entre otras. Desde el año 2002 junto a Richard Parker coordina Sexuality Policy Watch (SPW) -Observatório en Sexualidade y Política, un foro global formado por investigadores y activistas que desarrollan análisis de las tendencias globales en las políticas relacionadas con la sexualidad. En 2006 fue co-coordinadora del grupo de trabajo que elaboró los Principios de Yogyakarta para la Aplicación de la Ley Internacional de Derechos Humanos en relación a Orientación Sexual e Identidad de Género.