Judith Butler: Deshacer y rehacer el género

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El enorme interés que generó la visita a Chile de la filósofa estadounidense —que reunió a más de mil asistentes en las tres conferencias que dio en la Casa de Bello— no sólo la confirmó como una de las pensadoras más influyentes de las últimas décadas, también evidenció cómo las redes de afectos político-feministas, saltándose las distancias entre latitudes extremas, han logrado generar proximidad. En este texto, la crítica cultural Nelly Richard —quien dialogó con Butler en el conversatorio Palabras públicas— analiza la importancia de quien es hoy “la teórica de las vidas precarias y de los cuerpos vulnerables, de las existencias sufridas, de las comunidades estigmatizadas”.

Por Nelly Richard

Siguiendo la deriva benjaminiana, Judith Butler es una pensadora de la “traducción cultural”. En varios de sus textos, ella hace alusión al recurso de la traducción para subrayar cómo los enunciados, al trasladarse de contextos, sufren pérdidas (las palabras originales se desfiguran cuando pasan de una lengua a otra) pero, a la vez, experimentan un giro transformador, ya que el traslado de idiomas supone la “mudanza y renovación” del sentido. Esto vale para las palabras que se desplazan de lenguas cuando la traducción es idiomática. Vale también para las teorías que pasan de su formulación original —generalmente validadas por un sello metropolitano de autoridad cultural— a contextos de recepción locales que las reconvierten críticamente según dinámicas propias de significación. La traducción —no sólo como mediación lingüística sino como proceso de resignificación cultural de las teorías— hace que el debate de ideas que estimula la obra de Butler, intersectando el norte con el sur, contemple la disonancia de los enunciados, las asimetrías de contextos y el desfase de los tiempos como resortes creativos de la otredad.

Judith Butler se declara convencida de que la teoría “abre posibilidades” que se vuelven exitosas solamente cuando “sale del contexto en el que fue creada para entrar en otro que la convierte en algo diferente”. Quizás sea por su cuestionamiento a toda verdad superior del Original y su inclinación hacia los desvíos periféricos que pudo ocurrir, en el marco de su última visita a Chile, algo tan extraño como aquello narrado en un mensaje que recibió Faride Zerán, Vicerrectora de Extensión y Comunicaciones de la Universidad de Chile, el mismo día en que dicha institución le entregó el Honoris Causa. El mensaje consignaba lo siguiente: “Por la hora, (el evento) coincidió con que yo estaba en la micro entre La Serena y Coquimbo, y me conecté para escuchar a Judith. Un grupo de chiquillos y chiquillas la iban escuchando en manos libres en la micro. Alguien le gritó al chofer: ‘Tío, apague la radio’, y el tipo la apagó. Toda la micro escuchando… Y hubo un tremendo aplauso cuando le entregaron el Honoris. En una micro entre La Serena y Coquimbo. Media micro celebrando el Honoris… Una belleza”.

“Butler proyecta una definición de ‘universidad’ cuyo adentro (ritos de enseñanza, jerarquías del saber) se ve desafiado por un afuera hecho de luchas y revueltas en torno a los significados incompletos de 
la democracia”.

No hay explicación lógica para la extrañeza que consigna el relato. Sólo podemos imaginar que la “belleza” de esta remota y sorprendente “traducción cultural” se debe a cómo las redes de afectos político-feministas, saltándose las distancias entre latitudes extremas, supieron generar proximidades entre cuerpos que se sintieron igualmente motivados por una misma conciencia de lo urgente en materia de derechos e identidades a conquistar.

“Ideología de género” versus “teoría crítica”

Me gusta citar una frase de Judith Butler que dice: “Hay un nuevo territorio para la teoría, necesariamente impuro, donde ésta surge en el acto mismo de la traducción cultural. Se trata del surgimiento de la teoría en el sitio donde se unen los horizontes culturales, donde la exigencia de la traducción es aguda y donde su éxito es incierto”. Hablar de una “teoría impura” es, primero, hablar de una teoría que no se cree auto-suficiente, sino que reconoce depender de un conjunto de exterioridades (otras disciplinas, otras formas de saber y hacer, otros vecindarios, otras corporalidades y materias) para transitar por zonas de contacto y fricciones que ponen a prueba sus límites y condiciones. Butler asume las insuficiencias de la teoría que, lejos de refugiarse en la pureza y certeza del método como lo pretende el academicismo, se roza con las formaciones heterogéneas del presente en curso, que modifican el contenido de los textos de acuerdo a la circunstancialidad de sus usos. Demás está decir que esta visión de la teoría —como impureza e incerteza— repercute en las definiciones mismas de “universidad” que proyecta Judith Butler desde la teoría crítica y su compromiso con un futuro transformador de las humanidades: una universidad cuyo adentro (ritos de enseñanza, jerarquías del saber, organización de las disciplinas, clasificación del conocimiento, etc.) se ve desafiado por un afuera hecho de luchas y revueltas de cuerpos e identidades en torno a los significados incompletos de la democracia.

Judith Butler. Crédito: Felipe PoGa

La teoría se formula entonces, para ella, como un ejercicio situado de análisis y comprensión que lleva al pensamiento a dialogar con la acción para extraer de ella fuerza y energía, en medio de la conflictividad social. Butler ha insistido en que “la teoría feminista nunca está del todo diferenciada del feminismo como movimiento social. La teoría feminista no tendría contenido si no hubiera movimiento social y el movimiento social, en sus varias direcciones y formas, ha estado siempre involucrado en el acto de la teoría. La teoría es una actividad que no está restringida al ámbito académico. Se da cada vez que se imagina una posibilidad, que tiene lugar una reflexión colectiva, que emerge un conflicto sobre los valores, las prioridades o el lenguaje”.

Fuera del refugio academicista de la pura abstracción filosófica, la práctica teórica de Butler le sirve al feminismo para multiplicar los ejes de comprensión en torno a cómo opera —simbólica y materialmente— el sistema dominante sexo-género en la cultura y la sociedad; para rebatir-debatir las visiones de mundo que este sistema impone en las estructuras públicas y los mundos privados; y para estimular nuevos “actos de interpretación” en torno a la sexualidad y la identidad que liberen formas de subjetividad alternativa a las que prescribe el dominio patriarcal, en asociación con otras rebeldías político-sociales.

Para sus detractores (que contribuyeron paradójicamente a que su fama traspasara las estrechas —y a menudo inofensivas— fronteras de la academia, volviendo público su nombre como símbolo internacional del peligro de disolución moral y sexual que encarna hoy el feminismo), Judith Butler sería la autora de una maquiavélica “ideología de género” acusada de pervertir el naturalismo sexual de los cuerpos originarios divididos por la separación fija entre masculino y femenino y, también, de corromper el núcleo sagrado de la familia como entidad procreadora. Pero sus enemigos no saben que Butler es mucho más peligrosa siendo lo que realmente es: no la autora de una “ideología del género” (falsa conciencia, manipulación y adoctrinamiento) sino, al revés, una pensadora cuya “teoría crítica” desnaturaliza los fundamentos —morales, religiosos, culturales— de la ideología sexual dominante llamada “patriarcado”. Una ideología que nunca se nombra a sí misma como tal, sino que disfraza su aparato doctrinal bajo las apariencias de una “agenda valórica” que proyecta en la sociedad entera su creencia metafísica en una esencia universal de lo femenino-materno.

“Sus enemigos no saben que Butler es mucho más peligrosa siendo lo que realmente es: no la autora de una ‘ideología del género’ sino, al revés, una pensadora cuya ‘teoría crítica’ desnaturaliza los fundamentos —morales, religiosos, culturales— de la ideología sexual dominante llamada ‘patriarcado’”.

Siendo una de las exponentes más destacadas de la “teoría crítica” en la filosofía contemporánea, la autora de El género en disputa (1990) practica una crítica de la ideología de género que nos sirve para explicar cómo lo que el conservadurismo disfraza de “naturaleza sexual” está hecho de construcciones de signos que, invisiblemente, anudan cuerpos, poderes y representaciones en tramas de intereses y dominación masculinas.

Los desbordes queer

Las corrientes queer —inspiradas por la obra de Judith Butler— le critican al feminismo su regulación del término “género”, por considerarlo responsable de reafirmar el binarismo masculino-femenino de la matriz heterosexual, dejando fuera de su recorte normalizador a las “disidencias sexuales” (gays, lesbianas, trans, inter, etc.). Estas corrientes queer han sido productivas para el feminismo porque lo han obligado a introducir la multiplicidad de las diferencias en su ordenamiento masculino-femenino del género, desencializando, de paso, el referente “mujeres” como sujeto pleno y homogéneo del programa feminista. Las teorías de la filósofa estadounidense han desestabilizado críticamente la normatividad del discurso de género, invitando al feminismo a incluir a las sexualidades discordantes en su trayecto de reformulación antipatriarcal de las identidades subordinadas.

Judith Butler siempre ha insistido a lo largo de su obra que “no bastará ninguna definición simple del género y que es más importante seguirle la pista al término, que elaborar una definición estricta y aplicable. El término ‘género’ se ha convertido en el emplazamiento para la pugna entre varios intereses”, escribe en Deshacer el género (2012). Siendo alguien que da cuenta de las ambivalencias y contradicciones que fisuran las categorías, realizando incesantes movimientos de ida y vuelta que le hacen revisar su propio pensamiento, esta cita anterior nos sirve para preguntarnos lo siguiente: frente al avance mundial de las ultraderechas que tienen al feminismo como enemigo principal de sus campañas contra la “ideología de género”, ¿no valdrá la pena seguir defendiendo hoy la conquista teórica que representa para el feminismo la conceptualización del término “género” (por mucho que las teorías queer lo coloquen bajo sospecha) y movilizar los usos tácticos de dicho término con más filo que nunca en contra del neoconservadurismo que busca anular su potencial crítico? 

Tal como lo anota Butler, el género se ha convertido en el principal significado en disputa en el enfrentamiento de intereses entre ultraderecha, neoliberalismo, feminismo e izquierdas. Si bien el feminismo no debe omitir la provocación y enseñanza de lo queer, no parece oportuno abandonar hoy dicha categoría (“género”) frente a las ofensivas neoconservadoras que buscan renaturalizar a los cuerpos y la familia en clave antifeminista. Butler sugiere, vigilante, que debemos aplicar toda nuestra inteligencia crítica en luchar enérgicamente contra “toda forma de desactivación política del feminismo”, sin dejar de preguntarnos al mismo tiempo, autocríticamente, “cómo funciona el término feminismo, qué inversiones conlleva, qué objetivos consigue, qué alteraciones soporta”.

Los límites del feminismo identitario

Sus adversarios pretenden encasillar a Judith Butler en el nicho de la extravagancia queer, únicamente interesada en las fantasías transexuales de grupos minoritarios cuyo voluntarismo individualista sueña con cambiar ilimitadamente de identidad, sexo y género. Ella sabe mejor que nadie que el mundo real no se convierte por arte de magia en un teatro de performances. Ha reconocido muchas veces que la materialidad (física, política, económica y social) de los cuerpos someten dichos cuerpos a incesantes limitaciones y restricciones. Butler es la teórica de las vidas precarias y de los cuerpos vulnerables, de las existencias sufridas, de las comunidades estigmatizadas; y por lo mismo, se destaca por la valentía intelectual de su compromiso político con sujetos y grupos maltratados por las guerras, los dispositivos de explotación y opresión económicos y sociales, la falta de derecho de quienes son considerados inferiores por la violencia selectiva y diferencial de un sistema neoliberal que los expulsa como residuos (los pobres, los migrantes). En definitiva, Judith Butler ha ampliado su enfoque feminista a múltiples y complejas estructuras de desigualdad y subordinación que no funcionan exclusivamente en clave genérico-sexual. Ella le pide al feminismo salirse de la autoreferencialidad identitaria del “nosotras las mujeres” como grupo aparte, para entrecruzar el género con las otras dinámicas de identidad y posiciones de sujeto (la clase, la raza, la edad) que intervienen en la configuración de la subjetividad individual y colectiva.

En el libro Judith Butler en disputa (2012), la filósofa dice: “No creo que pueda surgir una política suficiente de una frase que empieza con “soy una feminista” o “soy una feminista queer”… puesto que las coaliciones que se necesitan para luchar contra la injusticia deben atravesar las categorías identitarias… Tampoco creo que las alianzas fuertes sean una mera colección de identidades ni que las identidades por ellas solas puedan orientarnos hacia temas de justicia sexual, igualdad económica, movilizaciones anti-bélicas, luchas contemporáneas en contra de la precarización y la privatización de la educación pública”. Partiendo de la base de que las identidades no son absolutas sino relacionales, transitivas y contingentes, Butler ha insistido en que “ser una feminista” no puede adoptar la forma clausurada de una identidad pura, delimitada. La agencia feminista debe conectar identidades que no se asumen predeterminadas; unas identidades no fijas sino móviles, variables y en construcción. Invitar a grupos y sujetos a sumarse al proyecto feminista implica que el feminismo debe mostrarse capaz de formular proyectos de sociedad que se tornen deseables —y no intimidantes— para quienes (incluyendo a los hombres disconformes) están comprometidos en otros frentes de batalla. Dice Butler en una entrevista: “el camino para derrotar a un movimiento político basado en el odio es, sin duda, no reproducir el odio. Tenemos que seguir encontrando formas de oposición que no reproduzcan la violencia de aquellos a quienes nos oponemos… Deberíamos encontrar una manera de incorporar en nuestra práctica el rechazo a normalizar e intensificar la violencia en este mundo”.

En su inigualable libro Marcos de guerra. Las vidas lloradas (2010), Judith Butler analiza la función del “marco” que consiste tanto en exhibir una escena dotándola de visibilidad (el adentro que se deja encuadrar) como en invisibilizar el conjunto de normas y criterios que controlan la escena, permaneciendo relegado en el afuera de sus bordes de representación. Podría decirse que la autora ocupa el feminismo para interrumpir, descolocar o fisurar los “marcos” de lenguaje y sentido que arman las visiones de mundo dominantes (patriarcales, coloniales, imperialistas, fascistas), tornando explícitas sus máquinas de poder y sometimiento desde lo que ocultan como subtexto en su “fuera de marco”.

Judith Butler. Crédito: Alejandra Fuenzalida

Inmediatamente después de su visita a Chile, Judith Butler participó del Coloquio Internacional La memoria en la encrucijada del presente. El problema de la justicia, que tuvo lugar en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, en Buenos Aires. Frente a un público multitudinario y junto con Eduardo Jozami, participaron de la mesa de cierre Butler y Estela de Carlotto, luego de que las Abuelas de la Plaza de Mayo anunciasen la identificación y rescate de la nieta n° 129 robada durante la dictadura. Butler, claramente emocionada por la solemnidad de la circunstancia, puso en reserva el “marco” del feminismo (no habló sobre feminismo aunque sí habló feministamente en contra de la alianza criminal entre el patriarcado y el neoliberalismo) para que el “marco” de los derechos humanos pudiese encuadrar con absoluta gravedad sus reclamos de verdad, justicia y reparación en los tiempos indiferentes y crueles que afectan a Argentina y otros países, es decir, cuando hace falta levantar un resguardo ético frente a la borradura del pasado y la conformación neoliberal de un tiempo sin historicidad ni moral. 

El abrazo entre Estela de Carlotto en representación del NUNCA MÁS y Judith Butler, que hizo valer su solidaridad norte-sur con el NI UNA MENOS (así lo evocó Luis Ignacio García, quien participó del coloquio desde Córdoba), fue el ejemplo más conmovedor de cómo el feminismo levanta “el desafío de nuestro tiempo que consiste en que los distintos marcos de la izquierda se cuestionen y alteren entre sí”. Y, también, de cómo la intelectualidad crítica de Judith Butler —desde la filosofía política, la teoría feminista, las humanidades, el activismo social— se emplea en desplazar, intercalar y rotar sucesivos “marcos de aparición” para que la relación ente el afecto y el juicio se haga visible —citando Marcos de guerra— como “una práctica de índole ética y política”.

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