Añoranza del editor

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Por Lola Larra / Ilustración: Ximena González

Hace unos meses visité la redacción del diario El País en Madrid, donde había trabajado a fines de los 90. Como era de esperar después de tantos años, estaba completamente cambiada. Todo lo que recordaba y todo lo que me había rodeado el tiempo que estuve allí (la alfombra verde manchada, los muebles de fórmica, la oficina de los teletipos, las secretarias a la entrada contestando los teléfonos sin descanso, el humo de los cigarrillos, ¡el humo!), había desaparecido. Se había transformado en una redacción moderna, hipster, aséptica, de muebles minimalistas y colores pacíficos, sembrada aquí y allá con zonas de descanso y sofás sinuosos para conversar o leer. En el centro de todo, un par de estudios de televisión. Todo era mucho mejor y mucho más bonito de lo que hubiéramos podido ni soñar entonces. Pero aparte de la redecoración y los ajustes que exigen los tiempos, hubo dos cosas que me llamaron la atención. La primera era que prácticamente no había papeles sobre los escritorios. Las mesas estaban limpias, vacías, impolutas, cuando lo que yo recordaba eran escritorios desastrados, repletos de libros, cachivaches, fotos, post-it, montañas de papeles, pruebas por corregir, bolsas de papas fritas, ceniceros, vasos de café. Y, lo segundo: sobre cada sección del periódico colgaban unas pantallas con números digitales que parpadeaban y cambiaban constantemente y que a mí me recordaron los números de espera de las charcuterías o las farmacias. Cuando pregunté qué función cumplían, me explicaron que indicaban cuántos clics iba teniendo cada artículo publicado en la web del periódico, así como el tiempo que los internautas permanecían en ellos. Esas pantallas anunciaban las noticias que ganaban lectores y las que los perdían. De esa manera, los editores podían guiarse para destacar un artículo más arriba o más abajo en la portada de cada sección de la web y también, de merecerlo, ascenderlo al altar de “Los + leídos”. 

Por supuesto, la mayoría de los clics no provenían de la propia portada de elpais.com, esa que se elabora con los criterios periodísticos de jefes de sección y directores, que se reúnen dos veces al día y discuten y argumentan para construir la jerarquía de la primeraplana que irá a imprenta para la versión en papel y también, de paso, a la portada virtual. Esos clics que atosigaban a los redactores y que dictaminaban la vida útil de un texto, llegaban de las “redes sociales”, es decir, de la opinión pública, del pueblo, de la democracia, tal vez. Muy bien. Sonaba bonito. Sonaba democrático. Sonaba muy horizontal. Cercano. Popular. Los grandes y prestigiosos medios por fin escuchando y tomando en cuenta al ciudadano de a pie. Bien.

Y, también, qué raro, qué inquietante, qué perturbador.

Para los hijos, como yo, de aquellos que en los 60 y 70 creyeron en la revolución, los inicios de internet significaron, en algún momento, en los principios de los 2000, una nueva oportunidad para el sueño de nuestros padres. Aunque internet aún era nada, poco más que aquello a lo que costaba horas conectarse y que ruidosa y lentamente prometía una comunicación inter-personal-global que sonaba a ciencia ficción, creímos lo que algunos visionarios proclamaban: que internet daría voz a los que no tenían voz, que ajustaría cuentas con los poderosos, que metería en cintura a los grandes grupos que monopolizaban los medios de comunicación; que democratizaría y liberaría el saber, la información, la opinión, la palabra. Los teóricos aseguraban entonces que internet era una especie de sistema nervioso artificial de orden superior, que interconectaba y coordinaba operaciones en las que la voz de la colmena resultaba más eficiente, más cierta y más afortunada que la voz de cada uno de sus individuos; un sistema que nos permitía pensar como una comunidad, con facultades que superaban a la de cada una de sus partes. La revolución de la colmena estaba al caer. Y la colmena, queridos amigos, sería la bomba. Sería capaz de dinamitar la autoridad única de El Periodista, El Editor, El Director,El Periódico, El Magnate. Daríamos la bienvenida a una verdad caleidoscópica, fragmentada, reproducible sólo a retazos, que llegaría por muchos más canales que los manejados por los grandes grupos económicos… Y nosotros teníamos tantas ganas de una utopía. Deseábamos con tanta fuerza creer en un algo colectivo que nos redimiera del individualismo imperante en aquellos años 90, que nos lanzamos y tuvimos fe. Pero, al mismo tiempo, también titubeamos: ¿cómo destetarse del criterio de autoridad de la prensa, de la sacrosanta figura del editor, de la letra impresa, del periodista médium-traductor de la realidad? ¿Cómo dejar de creer en tu diario favorito, ese que te acompañaba en el desayuno de cada día?

“Aunque Internet aún era nada [a principios de los 2000], creímos lo que algunos visionarios proclamaban: que internet daría voz a los que no tenían voz, que ajustaría cuentas con los poderosos, que metería en cintura a los grandes grupos que monopolizaban los medios de comunicación; que democratizaría y liberaría el saber, la información, la opinión, la palabra”.

Poco tiempo después, el rumor de la colmena tuvo la oportunidad de comprobar el alcance de su verdad. La mañana del 11 de marzo de 2004 diez explosiones estallaron en los trenes de la estación de Atocha de Madrid. El gobierno de José María Aznar se cerró en banda para dar una única versión. En la televisión, el Ministro de Interior aseguraba que ETA había puesto las bombas. En la radio, la Ministra de Relaciones Exteriores clamaba que los terroristas vascos habían atacado de nuevo. Una edición especial vespertina de El País tituló a cinco columnas “Matanza de ETA en Madrid”. A pesar de las pistas, de las contradicciones, de los desmentidos, muchos seguíamos creyendo en lo que decía “nuestro” periódico. Y aunque en los foros de opinión de internet y en los weblogs se comenzaban a leer más verdades que en los medios tradicionales, allí estábamos: conectados a lo que cacareaba la prensa, la radio y la televisión españolas, horrorizados, atentos y visiblemente desinformados. Por unas horas aceptamos que los atentados eran producto de ETA y no de Al Qaeda. Ese día fueron los weblogs, estos canales de información participativos, autogestionados y autorregulados, esos “periódicos” independientes en los que se publicaban noticias, comentarios, opiniones y contraopiniones, datos y rumores, y cuyos hacedores eran tachados de pseudoperiodistas, los que nos advirtieron que las cosas no eran como nos las estaban contando. El 11 M fue, ocasionó y significó muchas cosas terribles. También fue una despedida (triste) al Editor. Ese día hubo que buscar fuera. Fuera de los medios de siempre. Fuera de los focos. Era lo que estaban haciendo miles de personas, dando la espalda a la prensa consagrada y prestando atención al murmullo de la comunidad.

Han pasado años de aquello, los weblogs y los fotologs fueron sustituidos por blogs a secas y, luego, por las hoy omnipresentes redes sociales. Y los grandes moderadores del debate que eran los medios de comunicación se fueron desdibujado. Tal vez no esperábamos que el rumor de la colmena dirigiría las resoluciones de los ejecutivos con corbata de los grandes conglomerados mediáticos. Eso sí fue una sorpresa. Pero, si lo pensamos mejor, cuánto más fácil y más barato resulta armar un reportaje con las opiniones vertidas por personajes públicos en Twitter. Cuánto más rentable, dejar que hable la colmena en vez de investigar y contrastar. Y cuánto más estadístico e incontestable, remitirse al número de clics para mostrar a la junta de accionistas que, como los añejos ratings de la televisión, los diarios están dando al público exactamente lo que el público quiere leer.

En el camino, el criterio de autoridad del periodista y del editor quedó sepultado bajo ese murmullo incesante que (nosotros lo hemos elegido) irrumpe en nuestra vida en cualquier momento del día. Tantas voces a las que escuchar. Tantas personas a las que seguir. Tantos interlocutores a los que responder. Tantas cosas sobre las que opinar. Tantas conversaciones simultáneas que tener. Tantas peleas a las que echar fuego. Tanta gente a la que gustar. Vivimos sumergidos en una marea en la que la realidad nos llega sin filtro y sin intermediarios (sin editores), con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva. El contacto se perfila directo, horizontal. Podemos llegar sin mediadores a aquellos que nos interesan; e incluso puede que nos respondan. Podemos encontrar a nuestros pares y unirnos para quejarnos, elevar la voz, organizarnos. Podemos asistir con morbo al striptease virtual de los héroes caídos y presenciar sus confesiones, sus mea culpa. De una ciudadanía silenciosa -podríamos decir incluso que aborregada- y entrenada para escuchar, en menos de dos décadas nos convertimos en una masa vociferante que opina de todo, que sabe de todo, y que tiene cientos de cosas que decir sobre cualquier tema. Que enjuicia, critica, señala, escrachea, y escribe, escribe con incontinencia y sin horario. Una colmena de creadores de aforismos de 280 caracteres, más o menos ingeniosos, en los que “la opinión ha sido elevada a la categoría de verdad” (como apunta el sociólogo Miguel del Fresno). Seguimos cada día el rumor de la colmena, que es un rumor ensordecedor, a veces descriteriado, desinformado (o sobreinformado). Porque, como decía Hannah Arendt, “la libertad de opinión es una farsa si no se garantiza la información objetiva y no se aceptan los hechos mismos”.

La colmena ya no está hecha de la anarquía libertaria de los primeros años, ni es la nueva frontera del sueño revolucionario, sino el territorio de los nuevos monopolios de Amazon, Facebook y Google. Y nosotros nos movemos, como con anteojeras, entre esos grupos parecidos siempre a nosotros mismos, y también, más recientemente, algo cautelosos por las sospechas de que allí, detrás de la pantalla, alguien nos espía, y no sólo sabe qué vendernos sino cómo dirigirnos y a dónde llevarnos. Y así hemos llegado a donde estamos: al feudo de la posverdad y al estruendo de las fake news.

¿Cuánto hemos perdido? ¿Cuánto hemos ganado? Yo, disculpen la nostalgia, a veces, muchas veces, echo de menos al Editor.

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