Industria de datos: tendencias seculares, nuevas desigualdades y desafíos para la democracia

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Por Giorgio Boccardo

De un tiempo a esta parte, conceptos como el de Industria 4.0, Internet de las Cosas, Big Data o Inteligencia Artificial comienzan a copar los debates e imaginarios públicos. Estaríamos ante un cambio tecnológico inevitable en que las calificaciones y la adaptación a los mercados resultarían claves para evitar que los trabajadores sean reemplazados por robots. Una plétora de intelectuales ha anunciado una nueva era de prosperidad, de aplicaciones “inteligentes” para mejorar nuestras vidas y del fin del trabajo rutinario; en tanto, aquellos más críticos avizoran un mundo de monopolios digitales y de máquinas controlando todas nuestras actividades. Pero más allá del carácter utópico o distópico que ilustran estas visiones sobre el futuro, ¿estamos realmente ante un cambio paradigmático? ¿qué peligros entraña esta transformación? ¿podemos hacer algo para cambiar de rumbo? 

“La industria de datos requiere de una fuerza de trabajo cuyas principales características se enmarcan en tendencias seculares: por un lado, hiperflexibilidad, deslocalización, migraciones, feminización y menor seguridad social; por otro, fuerza de trabajo calificada que almacena, organiza y analiza datos, pero que también ‘enseña’ a la Inteligencia Artificial”.

Muchas de estas interrogantes han quedado soterradas por otras que obnubilan la mirada más inmediata. Sin embargo, el actual panorama se enmarca en una escala temporal que arranca a finales de los años 60 del siglo XX. Tal como señala Robert Brenner, el agotamiento del Estado de Bienestar y el estancamiento de las tasas de ganancia abren cauces para reformas de corte monetarista. Tras la crisis de los 80, la liberalización de los mercados permite un ciclo de crecimiento sostenido por capitales de riesgo que encontraron rápidas ganancias en la industria puntocom que, pese a no ser más que una burbuja financiera, permitieron la renovación tecnológica de la industria a fines de la centuria pasada. Tras la crisis financiera de 2008, las bajas tasas de interés movilizan la inversión hacia la emergente industria de datos; en tanto, el elevado desempleo, la flexibilidad, la mayor deslocalización y los nuevos flujos migratorios permiten contar con fuerza de trabajo dispuesta a emplearse en condiciones totalmente desprotegidas. Entonces, más que avanzar hacia una “sociedad postcapitalista” o una “economía colaborativa”, lo que emerge es una forma de acumulación que, más allá de sus especificidades, sigue funcionando bajo las reglas del capitalismo.

La nueva industria digital se basa en la extracción y explotación de datos de muy diversa naturaleza. Las distintas plataformas que entregan servicios gratuitos o de muy bajo costo son herramientas de recolección que requieren de usuarios que, con mayores o menores grados de conciencia, les entreguen los derechos sobre sus datos. No obstante, como señaló recientemente el filósofo Nick Srnicek, los datos brutos son sólo materia prima para ser almacenada; es decir, en principio no tienen más valor que madera apilada. Sólo una vez organizados y analizados mediante trabajo humano y tecnologías adquieren valor en un sentido estrictamente productivo. Entonces, la nueva industria de datos, al igual que en otras ramas productivas, requiere de infraestructura física para que estos sean almacenados, de energía para ser procesados y de fuerza de trabajo para ser analizados. 

Plataformas comerciales como Google y Facebook, cuyos ingresos provienen del pago de anuncios, de servicios de nube como Amazon Web Service, de operaciones industriales como Siemens o General Electric, de productos como Spotify o Rolls Royce, o de servicios de transporte, entrega o alojamiento como Uber, Glovo o Airbnb, buscan extraer la mayor cantidad de datos de sus usuarios individuales o corporativos. El análisis de estos les permite ofertar productos a otras empresas que no cuentan con información, soportes tecnológicos o capacidad de procesar tal volumen de información. Este esquema de subvenciones cruzadas en que las plataformas de recolección son financiadas por la venta de productos digitales, generan un incentivo permanente a la monopolización en la extracción y explotación de los datos. Por ejemplo, Siemens o Amazon Web Service prestan servicios tecnológicos, de operaciones y de logística industrial a empresas en distintas ramas que externalizan procesos y fuerza de trabajo (de la que entregan todos sus datos) y que pasan a depender crecientemente de ecosistemas productivos cada vez más cerrados. En otros casos, el desafío es utilizar esos datos para dar un salto cualitativo: Uber apuesta a convertirse en la empresa de vehículos autotripulados más grande del mundo (y desprenderse de sus conductores humanos). Incluso, gigantes como Google o Facebook están avanzando hacia la producción de herramientas de inteligencia artificial o segmentación de públicos para propaganda política.

La industria de datos requiere de una fuerza de trabajo cuyas principales características se enmarcan en tendencias seculares: por un lado, hiperflexibilidad, deslocalización, migraciones, feminización y menor seguridad social; por otro, fuerza de trabajo calificada que almacena, organiza y analiza datos, pero que también “enseña” a la Inteligencia Artificial. La novedad principal es la velocidad de procesamiento y análisis (con un elevado consumo de energía), pero que en todos sus niveles requiere aún de trabajo humano en cantidad y calidad. De hecho, si sólo se consideran los trabajadores directos y tercerizados, esta industria emplea una proporción de trabajadores y trabajadoras relativamente baja con condiciones de seguridad muy heterogéneas (estimaciones indican que las principales plataformas emplean entre el 3 y 6%). Por ejemplo, el “modelo Uber” se sostiene por personas disponibles a emplearse sin seguridad, aunque experiencias recientes de sindicalización o regulaciones estatales comienzan a elevar su costo. En tanto, la fuerza de trabajo calificada en Google puede negociar condiciones de bienestar o evitar el desarrollo de cuestionables aplicaciones militares. En ese sentido, la automatización no es una tendencia inevitable hacia el trabajo inseguro o al fin del trabajo. Su resultado depende concretamente de la acción sindical y del Estado.

En términos de encadenamiento productivo, la industria de datos involucra una proporción cada vez mayor de trabajo en todas las ramas económicas. Entonces, más que “uberización” de la producción, lo fundamental es comprender que los gigantes tecnológicos están reorganizando el proceso de trabajo (manual y no manual) que se desenvuelve en empresas a lo largo y ancho de todo el orbe; aumentando las desigualdades entre empresas, entre empresas y trabajadores, y entre empresas y consumidores. En suma, el uso concreto de esta tecnología comienza a producir nuevas desigualdades que no son posibles de enfrentar únicamente con los mecanismos clásicos de redistribución estatal (que, por lo demás, están bastante debilitados). Como han sugerido intelectuales como Zygmunt Bauman o Anthony Atkinson, una solución de mediano plazo podría ser el ingreso básico asegurado por el Estado, pero cuyos límites se encuentran en una nación cada vez más desdibujada.

“El uso concreto de esta tecnología [la industria de datos] comienza a producir nuevas desigualdades que no son posibles de enfrentar únicamente con los mecanismos clásicos de redistribución estatal (que, por lo demás, están bastante debilitados)”.

Una preocupación adicional que emerge con la industria de datos es el poder político que les otorga el control de estos. No sólo porque los convierten en monopolios de materia prima, sino porque manejan información sensible para los mercados y la ciudadanía. Esto último se relaciona no sólo con la posibilidad de que instituciones estatales de vigilancia accedan a todos nuestros movimientos, afectando derechos civiles elementales (por ejemplo, Amazon ya colabora con la CIA en herramientas de reconocimiento visual), sino que también con el desarrollo de técnicas de segmentación de la población capaces de corroer profundamente los sistemas democráticos. Conocido es el caso de Cambridge-Analytica que, mediante publicidad hipersegmentada y noticias falsas en Facebook, influyó en el voto de millones de personas en el referéndum del Brexit, y las elecciones presidenciales de Estados Unidos o Brasil. Por supuesto, no es la única ni la principal explicación del estado actual de la política, pero tanto grandes empresas como los propios Estados pueden utilizarlas para condicionar dramáticamente la democracia. Ahora bien, pedirles a las grandes corporaciones que protejan nuestra privacidad y disminuyan la vigilancia que ejercen sobre nuestra vida es básicamente pedirles que cierren su negocio. Por ende, resulta clave que las instituciones estatales regulen esta industria en relación con el acceso y uso que hacen de nuestra información.

La regulación de la industria de datos será insuficiente. En términos de largo plazo, serán la acción del Estado, la ampliación de lo público y de la propia democracia las que permitirán un futuro alternativo. Como han sugerido los intelectuales reunidos en torno al Manifiesto aceleracionista, puede ser un buen momento para pensar y diseñar una industria pública de datos en que las instituciones estatales de vigilancia no tengan acceso. Tal como señaló Mariana Mazzucato, esto permitiría volcar el carácter innovador del Estado hacia la producción y prestación de servicios públicos digitales, el uso racional y democrático del conocimiento producido y de los y las profesionales que formamos para llevar adelante este tipo de políticas, así como evitar los trabajos pesados o rutinarios en beneficio de las mayorías o pensar en redistribuir los excedentes públicos de esta nueva producción para así combatir las desigualdades. Esto obligaría a repensar, entre otras cuestiones, el papel de la educación pública y de sus instituciones en relación con el modelo de desarrollo vigente. En definitiva, se abre un abanico de posibilidades que depende mucho menos de la confianza que le tengamos a las iniciativas corporativas y mucho más de la construcción de instituciones públicas sometidas a rigurosos controles democráticos de la ciudadanía. Aún estamos a tiempo para tomar decisiones que cambien el rumbo de un futuro que todavía no está escrito.

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