¿Qué hacemos con la desinformación y la desconfianza de los lectores?

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Por Diego Salazar / Ilustración: Ximena González

En la última edición de la revista Columbia Journalism Review (CJR), publicada por la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia y dedicada a la manera en que el público ve hoy a la prensa (How they see us: what the press looks like from the outside –and what we misread about ourselves, marzo, 2019), el director de la publicación, Kyle Pope, inicia el artículo que abre el número lamentando la manera en que buena parte de la prensa norteamericana ha reaccionado ante las múltiples amenazas que se ciernen sobre ella.

A las habituales invectivas del presidente Donald Trump –copiadas con entusiasmo por sus émulos a uno y otro lado del espectro político en distintos países como España, México, Perú o Brasil–, que ha dictaminado que medios y periodistas críticos son “enemigos del pueblo”, así como al acoso constante en redes sociales (particularmente violento en el caso de periodistas mujeres), se ha sumado en meses recientes el despido masivo de periodistas por parte de organizaciones que, en apariencia, habían resuelto el acertijo de un modelo de negocio sostenible para la prensa digital. Dos medios destacaban negativamente en este sentido a principios de este 2019: Vice despidió alrededor de 250 personas en febrero, aproximadamente el 10% de su planilla a nivel mundial. Mientras que Buzzfeed, hasta hace no mucho considerada una de las organizaciones noticiosas más importantes del mundo digital, realizó recortes que alcanzaron a unos 220 trabajadores y que supusieron el cierre de Buzzfeed España y Buzzfeed News México, entre otros.

¿Cómo ha reaccionado la prensa ante este panorama amenazador? No con demasiada inteligencia, a decir de Kyle Pope. “En redes sociales y en conversaciones entre cervezas el bunker se ha fortificado, los periodistas han empezado a desestimar y dejar de escuchar a aquellos que expresan su desagrado hacia ellos (…) Más y más, todos parecen aceptar un mundo partido en dos: ellos y nosotros, hechos versus fantasía, los pocos lúcidos contra la masa enfurecida”. Los periodistas creemos saber bien de qué lado estamos –los hechos, los lúcidos– pero olvidamos, lastimosamente, cuánto hemos contribuido nosotros mismos a esa división. Cuánto hemos contribuido al deterioro de nuestra propia industria y al descrédito de nuestro oficio.

El corporativismo, ombliguismo y la búsqueda de chivos expiatorios no son vicios nuevos entre los periodistas pero, como señala el director de CJR, la situación de permanente crisis en que se encuentra nuestra industria desde hace un tiempo, los ha exacerbado. Por supuesto, es perfectamente entendible que la precariedad y amenaza constante en que buena parte de la prensa realiza su trabajo en nuestros días nos hagan buscar refugio en la autoconmiseración y el señalamiento de enemigos externos, pero haríamos mejor, quizá, en empezar a barrer por casa y zanjar las deudas pendientes con nuestro propio trabajo.

Como decía la periodista española Delia Rodríguez en un artículo que he citado ya alguna vez, “[Internet] ha sacado lo peor de los medios, convertidos hoy en una industria contaminante que lanza vertidos a la sociedad, sólo que en lugar de adulterar el agua potable lo hace con las ideas que respiramos”. No hay casi medio en nuestro idioma que, en un ejercicio de honestidad, no pueda reconocerse en esas palabras, aun cuando nos cueste (mucho) admitirlo.

“(…) Decía la periodista española Delia Rodríguez: ‘[Internet] ha sacado lo peor de los medios, convertidos hoy en una industria contaminante que lanza vertidos a la sociedad, sólo que en lugar de adulterar el agua potable lo hace con las ideas que respiramos’”.

En ese sentido, resulta notable el esfuerzo que los periodistas hacemos por tratar las llamadas fake news (hablemos mejor de “desinformación”, volveré a esto en breve) como si se tratara de un fenómeno ajeno a nuestras redacciones, una suerte de meteorito que nos ha golpeado desde el espacio exterior sin que mediara intervención alguna de nuestra parte.

Desde que en noviembre de 2016, el periodista y especialista en verificación de datos Craig Silverman diera alas al término en un artículo de Buzzfeed donde describía cómo un centenar de sitios noticiosos manejados por adolescentes en Macedonia estaban ganando miles de dólares al mes publicando artículos falsos sobre la campaña presidencial norteamericana, las fake news o noticias falsas han sido una obsesión de la prensa. El término ha ido variando y sumando significados, hasta que, gracias a la compulsión tuitera de Donald Trump, ha sido completamente vaciado de sentido. En palabras del presidente norteamericano, una noticia falsa es cualquiera que vaya en contra de sus intereses. Para hablar de la publicación de información deliberadamente falsa o engañosa, es mejor que utilicemos el término desinformación (Network Propaganda. Benkler, Faris y Roberts, Oxford University Press, 2018). Pero, para empezar, deberíamos sincerarnos y tomar conciencia de nuestra responsabilidad en su diseminación.

Hace no mucho conversaba con un director de periódico en un país al que me habían invitado para dar una charla sobre desinformación y medios digitales. Recorrí algunas redacciones para conocer la forma en que los periodistas locales trabajaban para así preparar mejor mi intervención. Me sorprendió, aunque en realidad no tanto, descubrir en esas conversaciones que las llamadas noticias falsas eran siempre cosa de otros, que en todos esos diarios con redacciones menguantes y periodistas haciendo cada uno el trabajo que antes hacían tres o cuatro colegas nadie cometía nunca errores, nadie reproducía nunca noticias susceptibles de ser corregidas de cabo a rabo poco después, todos chequeaban todo y publicaban sólo información a prueba de balas.

El caso más emblemático fue el de ese director que mencionaba líneas arriba, quien me hablaba de la prolijidad con que trabajaba su redacción mientras yo miraba a mi derecha un pequeño cerro de ejemplares pasados del periódico impreso, donde a diario aparecía en portada un titular poco defendible –alguna cita entrecomillada, un hecho fuera de contexto, una mentira flagrante– acerca de un expresidente reciente, que coincidentemente era uno de los principales accionistas del diario.

Como escribía Delia Rodríguez en el artículo que citaba antes, los periodistas, en nuestro solipsismo, parecemos olvidar que “todo tiene un autor, un culpable que ha encargado el tema, unas manos que lo han ejecutado aunque no lo firmen”. Quienes no lo han olvidado son aquellos que antes llamábamos lectores y hoy conocemos como audiencia, y la desconfianza que sienten hacia nosotros es un testamento de ello. Según la edición de 2018 del Latinobarómetro, en promedio sólo el 44% de los encuestados en países de la región confía en los medios de comunicación. Son particularmente sangrantes los casos de El Salvador (24%), México (35%), Guatemala (36%) y Chile (38%). Solo para acentuar el contraste, un promedio de 64% asegura confiar en la Iglesia, que ya sabemos no está viviendo sus mejores días. Si el público desconfía más de nosotros que de una de las instituciones más golpeadas por graves escándalos en los últimos tiempos, quizá valdría la pena mirarnos al espejo y preguntarnos, con sinceridad, a qué se debe.

Esa pérdida de confianza, sumada al precario estado de nuestra industria, podría sugerir que los periodistas tenemos poco que hacer de cara a un público descreído que nos mira con suspicacia y no parece dispuesto a garantizar nuestra supervivencia. Pero, en realidad, por fácil que parezca entregarse a esa visión fatalista, hay mucho que podemos hacer.

Podemos empezar por hacer bien nuestro trabajo. Porque la divulgación de desinformación, incluso por omisión o desconocimiento, supone en realidad que un periodista o un equipo de periodistas no está haciendo su trabajo como debe. Ya sea porque está mintiendo de manera deliberada o porque ha fallado a la hora de comprobar la información que disemina. En ambos casos, la responsabilidad de cara a la audiencia es de quien distribuye la mentira.

“Si bien la confianza en los medios ha decaído, la prensa cuenta aún con un enorme poder de amplificación. Puede que ya no seamos los responsables de decidir qué entra o no a la arena de la discusión pública, pero sí seguimos manejando los reflectores y algunos de los altavoces del estadio”.

Si bien la confianza en los medios ha decaído, la prensa cuenta aún con un enorme poder de amplificación. Puede que ya no seamos los responsables de decidir qué entra o no a la arena de la discusión pública, pero sí seguimos manejando los reflectores y algunos de los altavoces del estadio. Debido a ello, y pese a que muchos parecen olvidarlo, tenemos una responsabilidad mayor que el resto de productores de contenido que pululan en internet. Lo explicaba la investigadora danah boyd en una conferencia que brindó en septiembre de 2018: “No todos los medios son iguales. Sí, el post de un blog puede hacerse viral, pero cuando un medio noticioso importante decide cubrir una historia que hasta ese momento sólo había recibido oxígeno de parte de algunos bloggers logra amplificar ese mensaje de cara a una audiencia mucho mayor. Las decisiones de los medios tradicionales importan. Incluso en un mundo dominado por las redes sociales. Lo que los medios eligen amplificar tiene profundas ramificaciones en lo que la gente discute, comparte e investiga por su propia cuenta”. Léase, los medios y periodistas tenemos una responsabilidad de mantener la discusión pública libre de vertidos tóxicos, libre de desinformación.

Porque la desinformación, en esencia, siempre beneficia a alguien que no es el público al que servimos. Ya sea que detrás haya un interés económico o político o de cualquier otro tipo, la información deliberadamente falsa que recorre redes sociales y otros rincones de internet a la espera de que un periodista despistado la levante y amplifique en su medio de comunicación va dirigida siempre hacia el mismo objetivo: enlodar la discusión pública y convencer a quienes participamos de ella de que dudemos de todo, incluso de aquello que sabemos cierto. No se trata siquiera ya de convencer a nadie de nada, se trata tan sólo de mancharlo todo con la sombra de la mentira para que la audiencia se vea incapacitada de discriminar entre hechos y falsedades. Nuestro trabajo, por si todavía hace falta decirlo, es precisamente aportar las herramientas para que podamos seguir separando unos de otras, servir de dique y no de desagüe cuando tenemos la desinformación delante.

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