La tiranía del paper

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Por Carla Hermann

En la mayoría de las casas de estudio se requiere que las científicas y los científicos seamos buenos investigadores, buenos profesores y que participemos de forma activa en responsabilidades administrativas. En particular, se espera de nosotros un buen ritmo de publicación y en buenas revistas. Si no publicamos por un periodo de tiempo largo, quedamos fuera de competencia, lo que además es mal visto por los evaluadores. Esto produce en algunos y algunas la desesperación por publicar como sea, a expensas de la calidad del trabajo, o incluso a expensas del fraude o el plagio. Se genera una presión enorme por cumplir con ciertas expectativas, donde las opciones son publicar o morir en el intento

El ritmo de producción científica se ha elevado a números impensados y ese aumento no coincide necesariamente con descubrimientos científicos relevantes o con la calidad de estos trabajos. Han aparecido revistas y congresos “depredadores” donde han caído científicos para aumentar sus currículum con investigaciones sin un rigor suficiente o incluso con errores o datos falsos, por el afán de publicar lo que más se pueda, como sea y rápidamente. Son muchos (suficientes como para alarmarse) los que se han visto obligados (o prefieren) seguir este camino. Otros tratan, a partir de un resultado, de sacar el máximo posible de publicaciones (salami slicing). Yo debo admitir que aun sin quererlo, muchas veces me he encontrado en la disyuntiva de publicar algo con alto impacto, aunque me tome más tiempo, o dividir los resultados en varios artículos de menor impacto, pero más rápidamente. Y estoy segura de que no soy la única que ha pasado por conflictos así. Parece ser que hoy importa más la cantidad que la calidad, y esto, lamentablemente, es la repuesta natural a un modelo que trata de cuantificar la carrera científica, en donde más es mejor visto y mejor evaluado. Somos muchos los que estamos en desacuerdo con esta forma de calificar qué tan bueno es un investigador o investigadora. Pero tampoco se me ocurren muchas alternativas para hacerlo mejor y hoy por hoy es una realidad de la cual hay que hacerse cargo. Dado este fenómeno mundial, se han levantado grupos llamando a “calmar la ciencia” para tener más tiempo para pensar y desarrollar avances significativos, y no publicar lo que sea para cumplir con un estándar evaluativo que puede ser errado.
El fenómeno de “publicar o morir” lleva a que muchos investigadores tengan miedo a fallar, y esa, a mi juicio, no puede ser la respuesta, ya que la ciencia se construye muchas veces (si es que no siempre) desde el fracaso. Si no hay espacio para fallar, ¿cómo se avanza? “La ciencia necesita tiempo para leer y tiempo para fallar” (Slow Science Academy de Berlín, 2010).
Fracasar no tiene por qué ser algo negativo. Es más, pienso que el éxito, si tiene alguna forma de medirse, debería ser con respecto a cuántas veces nos levantamos después de un fracaso y, sobre todo, si disfrutamos (o no) lo que hacemos y si eso da los frutos que queremos. Estamos en una sociedad donde todo se quiere para ayer, donde siempre estamos atrasados. Para cumplir con las expectativas laborales nos quedamos sin tiempo para la vida misma, ¿y qué clase de vida es esa donde uno trabaja para vivir mejor pero deja de vivir para trabajar? Un buen ejemplo de lo terrible que puede ser la presión por publicar es Stefan Grimm, biólogo experto en toxicología del Imperial College de Londres. Stefan fue encontrado muerto en Northwood en el año 2014 después de que su jefe de departamento le dijera que sus métricas no eran suficientes para ser profesor. Frente a esa presión (y, seguro, muchas más que desconocemos), Stefan decidió quitarse la vida. Ahí es cuando nos deberíamos preguntar: ¿por qué el éxito o fracaso en el trabajo nos afecta tanto? ¿Acaso el trabajo nos define como individuos? No debería ser así, pero la sociedad actual demuestra lo contrario.

“El fenómeno de ‘publicar o morir’ lleva a que muchos investigadores tengan miedo a fallar, y esa, a mi juicio, no puede ser la respuesta, ya que la ciencia se construye muchas veces (si es que no siempre) desde el fracaso. Si no hay espacio para fallar, ¿cómo se avanza?”

“La ciencia no existe hasta que se publica”, escriben Julio Tudela y Justo Aznar en “¿Publicar y/o morir? El fraude en la investigación y las publicaciones científicas” . Hoy no se concibe la ciencia sin la publicación. Ésta, sin embargo, debería ser un instrumento al servicio de la exploración científica, que permita entender investigaciones de todas las partes del mundo y reproducirlas, y ampliar así el conocimiento de la humanidad. Pero hoy es más importante el hecho de publicar que la publicación misma. El fenómeno de “publicar o morir” puede ser el causante de que mentes brillantes que inician sus carreras científicas se vean arruinadas por no cumplir con una cierta expectativa de número de artículos en un cierto intervalo de tiempo. Es necesario publicar, no cabe duda, pero, ¿es correcto el sistema de evaluación actual del científico? ¿Cómo fomentar la ciencia de calidad? ¿Cómo ganarse fondos para hacer ciencia sin la necesidad de prometer cambiar el mundo? Y, lo más importante a mi juicio, ¿qué debe inspirar la labor de un científico? Esta última pregunta no es trivial. ¿Qué define la labor de un científico? Pienso que la institución en la que se trabaja y sus principios afectan considerablemente la respuesta a esta disyuntiva.

Una empresa, por ejemplo, puede contratar científicos con el objetivo de llevar ideas desde las ciencias básicas a la generación de negocios. Es una forma de hacer ciencias. Otras instituciones pueden estar interesadas, más que en el negocio mismo, en el aporte de nuevas tecnologías a la comunidad y resolver problemas locales. ¿Cuál debería ser la labor de la universidad? ¿Publicar? ¿Formar gente? ¿Expandir el conocimiento? Quizás la respuesta es “todas las anteriores”, pero ¿en qué medida? No tengo una respuesta clara al respecto, pero creo que la formación de capital humano es prioridad y eso, naturalmente, tiene como consecuencia (al menos en postgrado) publicar y expandir el conocimiento. Grimm escribió un poco antes de morir lo siguiente con respecto a su casa de estudios: “esto ya no es una universidad, sino un negocio… con muy pocos miembros de la jerarquía que se aprovechan y el resto de nosotros que somos ordeñados por dinero”. Creo que todos estamos de acuerdo en que la ciencia, al menos la fundamental, no debería ser vista como un negocio.

Los invito a reflexionar y a autoexaminarnos. ¿Lo estamos haciendo bien? ¿Estamos teniendo el rol que deberíamos tener? ¿Es correcta la forma actual de evaluar la investigación? ¿Cómo llegamos a la presión de “publicar o morir”? ¿Son realmente los artículos el principal ítem de evaluación para investigadores, grupos, departamentos, o universidades? ¿Quiénes son los que evalúan calidad versus cantidad en la investigación? Y quizás las preguntas más importantes que deberíamos hacernos: ¿a quiénes les interesa mantener el actual sistema? ¿Por qué no ha cambiado si la mayoría está a favor de la calidad y no la cantidad? ¿Hay algunas propuestas alternativas para la evaluación de las ciencias?

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