Pidiendo paCiencia

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Por Miguel Allende

Un desarrollo sostenido y democrático requiere un apoyo equilibrado hacia políticas públicas, estímulos a la actividad económica, bienestar social y una institucionalidad sólida. Pero muchas veces se olvida que en esta ecuación falta el elemento de progreso, algo que impulse cambios en el estándar de vida y que permita elevar las expectativas, no sólo mantenerlas. Para ello, los gobiernos invierten (algunos más que otros) en ciencia, innovación y en desarrollar talentos y tecnologías que sirvan a las necesidades de su población, y que a su vez requieren de una clase científica creativa y libre, que forme a los cerebros innovadores y que sea suficiente para generar avances, tanto buscados como espontáneos. ¿Se justifica que todas las naciones sigan este modelo? ¿Cuál es la mejor inversión para un país que está cuidando sus pocos recursos y que mantiene muchas demandas sociales insatisfechas? ¿Debería usarse parte de esos recursos en investigación fundamental, gran parte de la cual no sería aprovechada por el mismo país? ¿O es mejor enfocarse en resolver las necesidades más apremiantes con esfuerzos focalizados?

Chile invierte alrededor del 0,38% de su PIB en ciencia y tecnología, una cifra muy modesta comparada con los países que han hecho la apuesta consciente de que el desarrollo pasa por robustecer su independencia creativa e intelectual. A pesar de este mezquino aporte, la comunidad científica chilena produce conocimiento de primer orden, con un nivel de publicaciones sobresaliente pese a estar compuesta por menos de 10 mil investigadores. Casi toda esta producción se publica en revistas de corriente principal y de circulación amplia, cada vez con mayor frecuencia en revistas del tipo open access, es decir, que son de libre acceso. La comunidad científica chilena está, además, muy bien conectada con sus pares en el primer mundo y existen redes y equipos transnacionales muy consolidados que nos permiten estar en contacto directo con el conocimiento de avanzada. Esto significa que los hallazgos obtenidos en Chile son compartidos de inmediato vía nuestras publicaciones e interacciones y se incorporan al acervo de material con que se hacen los desarrollos más relevantes, generalmente en otras partes. Una mirada simplista y antojadiza de este esquema podría concluir que se trata de un desperdicio de recursos para una nación emergente y que deberíamos, en vez, atacar problemas concretos e importar lo que nos falte para hacerlo. Explico por qué creo que no es así.

La ciencia básica es global; la comunidad científica está comprometida con la irrestricta difusión de los descubrimientos en los medios que se ha dado para ello, un requisito para validar el conocimiento generado. Los hallazgos más aplicables son protegidos para su uso comercial con patentes, pero hay un gran volumen de información que circula libremente. Así como Chile le “regala” al mundo sus descubrimientos, nosotros también estamos recibiendo aquellos que hacen los demás países y tenemos la misma oportunidad que todos tienen de apropiarnos de ese conocimiento acumulado y de transformarlo en bienes o avances. Se podría argumentar incluso que la asimetría existente en la producción e inversión en ciencia entre los países nos sitúa en una posición ventajosa, ya que recibimos mucho más de lo que damos. Pero este argumento esconde una falacia, porque tomar el conocimiento y generar utilidad de él (lo que a veces se mal llama “ciencia aplicada”) requiere a su vez de una comunidad de cerebros capacitados para ello. Esta comunidad de mentes preparadas debe ser diversa y multidisciplinaria, debe tener una relación íntima con el método científico y debe estar situada en la frontera del conocimiento actual para poder hacer sentido de la información y buscar soluciones. Es difícil anticipar de dónde vendrán los próximos desafíos, cuáles serán los caminos económicos a seguir o qué revoluciones tecnológicas se avecinan. La forma de tener un contingente técnica e intelectualmente preparado que pueda ofrecer respuestas innovadoras al país es sostener una masa crítica de científicos altamente competentes y vigentes. Un buen porcentaje de ellos debe seguir los pasos de la curiosidad y debe exigírsele los más altos estándares de excelencia; son los que tienen por primera misión sembrar el ecosistema de la creatividad y rigor necesarios. Otros pueden abordar problemas y preguntas cercanas a las soluciones y debe exigírseles a ellos más eficiencia y focalización, sin desmedro de un alto estándar científico. Los mecanismos e instrumentos con los cuales echar a rodar el círculo virtuoso entre inversión en CyT y el retorno económico y social para el país pueden variar y deberán ser discutidos, pero los diversos ejemplos de cómo se ha hecho en el resto del mundo son ilustrativos.

«La ciencia debe involucrarse en el proceso formativo desde los niveles más primarios. Los educadores deben tener, entre otras, las herramientas de la ciencia en su arsenal para motivar y preparar a las nuevas generaciones».

Lo descrito arriba justifica sólo en parte la necesidad de dotar de recursos públicos al sistema científico que está por refundarse en el Chile de 2019. Hay una serie de razones de naturaleza intangible, difíciles de cuantificar, y que quizás son más importantes aún que las expuestas. En teoría, podríamos prescindir de poetas, músicos o creadores y aún sobrevivir. ¿Pero seríamos el mismo país? Claramente, el alma nacional se construye en base a su historia, cultura, idiosincrasia y evolución social e intelectual. Los científicos y pensadores son y deben seguir siendo contribuyentes a este patrimonio, en especial en el siglo XXI. Los ámbitos para ese aporte son variados. En el ambiente académico, la formación de profesionales involucra fuertemente la interacción con maestros formados al más alto nivel y que deben entender en propiedad el mundo que nos rodea. Las universidades deben albergar núcleos científicos potentes, que irradien con su experiencia y quehacer a los alumnos que pasan por sus aulas, sean o no de las disciplinas científicas. En el ambiente político y legislativo, la comunidad científica tiene el deber republicano de orientar a los líderes del país sobre las materias de su experticia. Un mundo que cambia constantemente, no sólo en lo climático, requiere que existan actores que comprendan los alcances de esos cambios y que puedan participar de las discusiones nacionales que deben darse. Hay decisiones de seguridad nacional que pasan por información técnica y para las cuales es estratégico tener referentes de alta competencia. Finalmente, todos tenemos la responsabilidad de conocer nuestro entorno natural, de cuidarlo y de explorarlo (en lugar de sólo explotarlo). Más allá de la arbitraria frontera que aparece en los mapas, el “entorno de Chile” va desde las profundidades de la tierra y el mar hasta la galaxia más lejana. Conocer ese entorno nos empodera como ciudadanos, nos motiva a cuidarlo y nos proporciona un orgullo tan potente como el de cualquier emblema. Hace poco, el país se “apropió” de un fenómeno astronómico, se generó entusiasmo, se generó riqueza, se potenció la marca, nuestro pueblo vibró. Hay una ciencia “con sabor a empanadas y vino tinto” que, además de potenciar el más sano de los chovinismos, nos ubicaría en una posición de liderazgo regional donde lo productivo se mezcla con lo sustentable e inclusivo.

Finalmente, me incomoda exponer argumentos a favor de un apoyo social y gubernamental para la actividad de investigación científica sin elementos de autocrítica. Los científicos chilenos estamos al debe en diversos aspectos que han herido nuestra propia causa. Por mucho tiempo, hemos sido negligentes con nuestros compatriotas, especialmente en educar e informar de nuestro quehacer y de su importancia. Los tibios esfuerzos que hacemos por organizar actividades de divulgación no bastan para satisfacer la demanda social existente para la toma de decisiones informadas. La ciencia debe involucrarse en el proceso formativo desde los niveles más primarios. Los educadores deben tener, entre otras, las herramientas de la ciencia en su arsenal para motivar y preparar a las nuevas generaciones. No hemos abordado bien el tema de la educación pública y el rol central que puede jugar la ciencia en ella. Tampoco nos hemos acercado lo suficiente al sector privado y a los actores productivos del país. No les hemos hecho ver lo ventajoso que resulta considerar invertir en investigación y que los científicos chilenos podemos producir conocimiento fundamental pero también valor. La elite científica ha ignorado lo crucial que pueden resultar los institutos del Estado; hay muy buenos, pero demasiado pocos científicos trabajando en temas de alta relevancia nacional en ellos. Pecamos de un excesivo y maligno centralismo, tenemos que repartirnos más en el resto del país. Nos falta mucho por recorrer en temas de género; ¡más mujeres científicas! Y hemos tenido poca interacción con el ámbito político; deberíamos estar mirando e influyendo en la generación de políticas de Estado, que trasciendan los periodos electorales, ya que los efectos de la inversión en I+D se miden en décadas, no en años. Estamos todos altamente esperanzados en que el nuevo Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación lidere y nos ayude a abordar estos temas, aunque entendemos que debemos tener paciencia y dejar que se consolide institucionalmente antes de pedirle resultados. Pero nos alegra que un científico esté ahora invitado a la mesa de las decisiones y también el reconocimiento tácito al enorme potencial que representa la ciencia hecha en Chile para el desarrollo.

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