¿Intelectuales indígenas?

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Nos nombraron brujos, indios, nada. Siervos, trofeos, vencidos en guerra, bajo el yugo de la espada y la palabra.

“Presagios”, Maribel Mora Curriao

No es la primera vez que escribo sobre esto ni será la última. ¿Cuántos de los mal denominados o intencionalmente denominados como intelectuales indígenas son titulares de sus respectivas cátedras? ¿Cuántos contratados? ¿Cuántos contratados a honorarios? ¿Cuántos desempeñándose como ayudantes ante la imposibilidad de acceder a la titularidad? ¿Cuántos dependiendo de las becas que otorga el gobierno y algunas fundaciones filántropas? Demasiados cuántos y sin duda demasiados silencios que caen bajo la estridencia de la denominación “intelectual indígena”.

Y, si fuera posible, fundar colegios internados en el campo mismo, que estén en contacto con sus tierras, de acuerdo al ambiente y sus intereses y cuyos maestros fueron de su misma raza … [y si no lo son] que tengan vocación de maestros, cierto cariño a la raza araucana y que no sientan náuseas, repulsión considerando a los niños mapuches, al araucano nativo como a un ser infeliz. “Características del niño mapuche”, Zoila Quintremil. Ponencia presentada en la Concentración de Profesores de Escuelas de Carácter Indígena de Temuco, 1935.

Dicho lo anterior, es momento de volver a preguntarnos por el intelectual indígena. En México, cuando inquirimos quién sería uno de sus mayores intelectuales vivos aparece, aunque no sin controversia, el nombre de Gabriel Zaid, de quien podemos decir que es poeta, ensayista literario, antólogo, divulgador y un promotor de la lectura. Pero una de sus más interesantes facetas es la de hacer pensar a los lectores. Enrique Krause dirá de él:

No da entrevistas, nadie ha visto una foto suya, no tiene vida social. Se define con una sola palabra: crítico.

“Intelectuales contra ‘intelligentsia’”, La Tercera, sábado 10 de agosto de 2013

Sus trabajos, que ahondan en la sociología de la clase universitaria latinoamericana, son la base de lo que en este artículo queremos mostrar. Zaid nos dice que “los universitarios” no buscan el saber, sino credenciales de saber para acceder al poder. Nosotros agregaremos el transformarse en autoridad para nombrar. Sin duda, Zaid tiene mucho más piso que quien escribe para definir al intelectual:

Los intelectuales son un conjunto de personalidades, la intelligentsia son un estamento social (…) Los intelectuales son la crítica, la intelligentsia es la revolución (…) Los intelectuales son afines al trabajo periodístico y literario. La intelligentsia es más afín al mundo académico y burocrático, a las graduaciones, a los nombramientos (…) Los intelectuales pasan de los libros al renombre, la intelligentsia pasa de los libros al poder.

“Intelectuales”, Gabriel Zaid, 2019

Hecha esta distinción, entonces, a lo menos en el universo conceptual de este artículo, podemos decir que pese a que data de 1990 y del contexto de una convulsionada Nicaragua, Guatemala y El Salvador –y por qué no decirlo, de un maoísmo peruano–, donde fue habitual entender el conflicto entre “comandantes y campesinos”, “entre los de arriba y los de abajo”, “entre los que dicen representar al pueblo y el pueblo que no necesita credenciales de presentación”, ésta sigue plenamente vigente, pues la promesa de cambio sigue siendo parte del vocabulario de la academia o, mejor dicho, de la intelligentsia. ¿Es posible seguir afirmando que el intelectual indígena existe? Difícil. Mejor sería decir que todos somos intelligentsia que en un contexto de precariedad laboral nos esforzamos por ser reclutados por el poder.

Si el 100% de la población tuviera educación superior, todos tendrían esa ventaja: nadie la tendría. Un taxis – ta con doctorado puede ser más ameno, pero no avanza más aprisa, ni consigue empleo más fácilmente.

“La canasta costosa”, Gabriel Zaid, 2019

El trabajo entrega la dignidad de saber que puedes pagar tus deudas con el fruto de tu conocimiento o actividad. Nuevamente volvemos a una de las anteriores preguntas planteadas en este artículo: ¿cuántos indígenas estamos en condición de criticar el cambio? ¿De criticar a los impulsores del cambio, de criticar a los administradores del cambio? Cambio entendido como la promesa de una mejor calidad de vida, de justicia, de educación, al menos. Pocos o casi nadie. Y es éste finalmente el punto a demostrar, pues a pesar de estar “acreditados/as”, aún estamos muy lejos de poder ingresar al círculo de los que nombran. No somos autoridad, a lo mucho, feligreses de una iglesia que desde el siglo XI en italiano, el siglo XIII en francés, y desde el siglo XV en inglés, tiene fijado el rol de cada uno de los participantes. Y si no somos prédica, sino, a lo mucho, escuchas, difícilmente podemos ser intelectuales. De esta manera, mi conocimiento está puesto al servicio de una causa, “la autonomía de los pueblos indígenas”, pero mi acreditación (profesión) está puesta al servicio de mi empleador, que en el caso chileno no es otro que la academia o el Estado.

Puestos los elementos de juicio sobre el escenario de este artículo, la demanda entonces es para usted, académica/co, para que la próxima vez que se vea tentado a nombrar a algún/a hermano/a indígena u afrodescendiente como intelectual, reflexione acerca de la naturaleza de tal evento y transparente el hecho de si lo hace en busca de reconocimiento, “yo te nombro porque me nombro”, o en busca de la mantención del statu quo, “yo te nombro para que guardes silencio”. Cualquiera sea la razón, la invitación es a revertir el orden, es decir, como sé que hablas desde la desigualdad, la injusticia, el prejuicio, yo me sumo a tu palabra para que ambos logremos la ansiada justicia. Es más, no sólo me sumo: te cedo la palabra, el aula, el texto. Porque únicamente en la medida en que hay justicia para ti, la habrá para mí. No puedo aspirar a ser intelectual a costa de que tú seas intelligentsia. No puedo pretender ser intelectual a costa de tu descrédito. Mi abundancia no se puede sostener en tu miseria. Mi grito, en tu silencio. Sólo así ambos llegaremos al púlpito y cuando ambos estemos en él, veremos la inutilidad de la prédica. Porque ambos somos personas, porque ambos tenemos una historia, una lengua, una religión. Porque ambos tenemos el derecho a creer de la manera que queramos el mundo y la realidad. Sólo entonces, ambos, veremos que no somos autoridad, sino sólo actores de una representación cuya autoría, de tan conocida, es omitida. Este será el momento, entonces, donde no tengamos posibilidad alguna más que alcanzar un acuerdo. Y como ese acuerdo me involucra y me representa es que es – taré dispuesto a defenderte, en suma, a que me nombres, pues yo también podré nombrarte. Por ahora nada de eso ocurre, al menos, en la Casa de Bello.

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