McKenzie Wark: reinventar el futuro

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El crítico cultural australiano, autor de más de una decena de libros, es uno de los intelectuales que está desarmando las formas de pensar y producir el conocimiento hoy, en tiempos en que, según dice, la academia necesita reformular el lenguaje y forjar redes de camaradería para hacer frente a un porvenir tan incierto como oscuro. En esta entrevista, habla sobre los retos de trabajo intelectual en el siglo XXI y, de paso, propone a Žižek como el signo de la muerte del viejo intelectual público.

Por Evelyn Erlij 

“Alguna vez tuvimos intelectuales públicos, pero quizás, en la era de los medios digitales, ya no es lo que necesitamos”, dice McKenzie Wark (1961) en un video del colectivo estadounidense DIS, famoso por sus proyectos artísticos que tensionan la relación entre cultura y capitalismo. Su voz se escucha, pero en la pantalla sólo aparece su mano que escribe en un pizarrón conceptos como “sociedad de control”, “democracia”, “ellos/nosotros”. El plano se abre y se ve que su cuerpo no tiene cabeza: esta yace sobre una mesa, al costado, mirando y hablando hacia la cámara. De eso, en parte, se trata el futuro para este teórico australiano: de dislocar el conocimiento, de desarmar las ideas preconcebidas, de deconstruir las formas de entender el cuerpo y el saber. También de obligar al lenguaje a crear realidades distintas, partiendo por la suya: para referirse a su persona, Wark prefiere que se hable de “ellos”. El “ellos singular”, valga la aclaración, es la forma que en inglés se usa para las personas que no tienen un género específico.

Hace más de veinte años se trasladó a Estados Unidos, donde hoy es catedrático de Estudios Culturales y Medios de Comunicación en la New School for Social Research de Nueva York, lugar desde el que se ha perfilado como uno de los ensayistas y pensadores marxistas más interesantes de las últimas décadas. Varios de sus libros han sido publicados por la prestigiosa editorial Verso Books —la misma que desde fines de los 70 ha editado a autores como Fredric Jameson, Edward Said, Eric Hobsbawm y Judith Butler—, y entre ellos están Un manifiesto hacker, (2004), en el que sostiene que los hackers son una nueva clase social en tiempos en que el poder yace en quien controla la información; La playa bajo la calle (2018), un ensayo sobre el legado de la Internacional Situacionista, la organización de intelectuales revolucionarios fundada en 1957; y Molecular Red: Theory for The Anthropocene (2016, aún sin traducción), en el que aborda la crisis medioambiental haciendo un cruce entre ciencia ficción, posthumanismo y marxismo.

Uno de los temas predilectos de Wark son las nuevas tecnologías y los cambios socioculturales que han provocado en las formas de comunicarse e informarse, y por lo mismo no extraña su omnipresencia en las redes sociales, donde a ratos se le ve abriendo hilos sobre Hegel o respondiéndole al esloveno Slavoj Žižek —actual rey de los filósofos mediáticos— por alguno de sus dichos en las columnas que publica. La forma en que ha cambiado la figura de los intelectuales públicos en los tiempos que corren es precisamente el tema de su último libro, General Intellects (2017), en el que además de seleccionar veintiún pensadores que están armando el puzle del siglo XXI —entre ellos, Franco “Bifo” Berardi, Judith Butler, Isabelle Stengers, Donna Haraway, Chantal Mouffe y Paul B. Preciado—, propone reemplazar la noción de “intelectual público” por “intelecto general”.

El término, tomado de Fragmento sobre las máquinas (1858), de Marx, está orientado a pensar el trabajo intelectual dentro de un sistema económico que extrae de éste un valor comercial y lo transa como otro bien en el mercado. “Por intelectos generales me refiero a personas que en su mayoría están empleadas como académicos, pero que intentan en su labor abordar problemas generales sobre el estado del mundo hoy”, al mismo tiempo que buscan “maneras de pensar e incluso de actuar contra ese sistema de mercantilización que encontró formas de integrarlos incluso a ellos mismos”, escribe Wark. Sartre o De Beauvoir, apunta, podían vivir de su pluma en tiempos en que existía una educación capaz de generar masas lectoras, pero hoy, “es prácticamente imposible escribir libros intelectualmente estimulantes y vivir de eso. Se necesita un trabajo, y por lo general en la universidad”, afirma en General Intellects.

“El relato en torno al intelectual público siempre ha sido sobre su declive, retomando la formulación que hizo sobre esto Julien Benda —explica el crítico cultural desde Nueva York, en referencia al filósofo francés y autor del ensayo La traición de los intelectuales (1927)—. Siempre es retratada como la historia de una caída en desgracia. Creo que es más útil pensar en los cambios que ha provocado la economía política en las prácticas intelectuales al producir y filtrar lo que hoy se podría llamar información. Esto ha cambiado mucho con el tiempo, en parte porque las técnicas de extracción de información se han ido modificando. Viví la transición de la tecnología análoga a la digital, y es algo que siempre me interesó. En Australia, en los 90, yo era un ‘intelectual público’. Tenía una columna en un diario nacional. Pero ya era tarde y pude ver que internet cambiaría todo, para bien y para mal”.

—En el libro dice que la universidad se ha convertido en un negocio porque el trabajo académico debe hacerse al interior de sistemas que lo cuantifican y lo estratifican, y afirma que los intelectos generales deberían buscar formas de pensar en contra de ese sistema de mercantilización. ¿Qué consecuencias puede tener para la labor intelectual vivir bajo esa contradicción?

—No creo que haya habido una era dorada. El trabajo académico ha estado durante mucho tiempo al servicio del Estado y del capital. Las funciones en particular cambian, porque ya no estamos en el capitalismo industrial. Es útil aceptar que ser académico es un trabajo, y las demandas de ese trabajo cambian con el tiempo y son mucho más precisas que antes. Cuando la economía en los países hiperdesarrollados se movió desde la manufactura hacia el negocio de la información, el lugar de la universidad en esa nueva economía política cambió mucho, y de alguna manera pasó a ser un lugar fundamental, de una forma en que no lo era.

—¿Cómo describiría ese cambio?

—Los académicos ahora no están informando sobre el mundo desde afuera, sino que están dentro de la estructura que permite que la información tenga valor. Es muy raro en el caso de la mercantilización de la tecnología y la cultura: la universidad es sinónimo de desarrollo y también de investigación. Hay una tendencia a enfocarse más en el contenido de las publicaciones académicas, que pueden ser difíciles de entender; que en su forma, la que a menudo se parece a cualquier otro producto de la economía de la información. Y quizás hay una tendencia a trabajar en contenidos herméticos precisamente porque en todo el resto de la producción el respeto por la forma de trabajo es pura labor informativa y, por lo mismo, sujeta a evaluación algorítmica.

“Creo que el modelo del intelectual público blanco que habla en nombre de la universalidad, como Žižek, está muerto y enterrado. Ya nadie es el maestro del pensamiento. Lo que necesitamos es una producción de conocimiento hecha con un sentido de camaradería”.

—El trabajo universitario funciona a menudo de espaldas a la sociedad, en medio de una hiperespecialización del conocimiento y una hiperproducción de papers. ¿Cómo se podrían construir puentes entre la universidad y el espacio público?

—No creo que sirva ver esta situación como un fracaso moral de los académicos. Esto es un trabajo y ningún académico tiene tanta capacidad de acción para cambiar los modos de trabajo. Pero nos podemos comprometer más con la cuestión de la política del conocimiento. ¿Para qué se supone que son estos papers especializados? ¿Su acumulación sirve de algo? ¿Pueden conectarse de forma que sean útiles? ¿Deberían contribuir cada uno en su manera específica a mejorar la vida? Vengo de una tradición marxista donde esto solía ser un problema clave. Sin embargo, no creo que haya relaciones recíprocas claras entre la teoría y la práctica. Esas tentaciones son obstáculos mayores. Por eso, en el libro Molecular Red escribí sobre (el filósofo ruso) Alexander Bogdánov, al que le interesaba mucho una relación de camaradería entre diferentes tipos de conocimientos. En General Intellects traté de aplicar eso un poco, al mostrar cómo diferentes investigaciones pueden ser puestas unas al lado de las otras de formas productivas, a pesar de sus diferencias.

—De hecho, el libro está compuesto por ensayos sobre intelectuales que están pensando problemas muy distintos, desde la precarización del trabajo hasta la mercantilización de las emociones. ¿Cuáles serían los asuntos más urgentes que se deberían pensar hoy, en tiempos en que fenómenos como el cambio climático y la robotización del trabajo parecen vaticinar un futuro oscuro?

—El cambio climático literalmente cambiará todo. Estamos viviendo el paso del tiempo geológico al tiempo histórico. Por lo mismo me parecía urgente crear un proyecto en torno a las políticas del conocimiento. Necesitamos con urgencia prácticas colaborativas e incluso de camaradería para relacionar distintos tipos de saberes, y no sólo desde las humanidades y las ciencias sociales cualitativas. De eso se trata General Intellects. Esto también debe extenderse a la ciencia y a los cambios tecnológicos.

McKenzie Wark. Crédito: Verso Books

—Ha pasado más de medio siglo desde mayo del 68, un estallido influenciado por ideas filosóficas y en el que varios intelectuales se involucraron. En General Intellects dice que hoy el trabajo intelectual “tiene relaciones débiles y distantes con los movimientos sociales y los espacios de lucha”. ¿Cómo se explica esto?

—Se puede explicar en términos de que los sesenta fueron una derrota. 1968 es el año de París, Praga, Ciudad de México, y se podría decir también que fue el fin de la revolución cultural en China. Surgieron nuevas técnicas de producción y distribución transnacionales para acorralar a los trabajadores militantes y a los movimientos sociales contrahegemónicos. Por eso no tengo nostalgia por 1968. Fue una derrota. Necesitamos analizar con mayor profundidad lo que los movimientos de liberación han intentado y por qué han sido vencidos, ampliando el espectro de la historia y la geografía.

—En el comentado ensayo Inventar el futuro (2017), el economista Nick Srnicek y el sociólogo Alex Williams denuncian una falta de ideas en la política, donde habría una incapacidad de imaginar el futuro y de inventar nuevas realidades. ¿Debería haber alguna alianza entre el mundo de las ideas y el de la política para paliar esa carencia?

—Hablo mucho sobre eso en Capital is Dead, que se publicará en inglés en octubre. Parte de este problema tiene que ver con acostumbrarse a un lenguaje que a menudo no se piensa mucho ni se cuestiona. ¿Es el neoliberalismo un término adecuado para describir una etapa histórica del capitalismo o está más enfocado en sus rasgos fuertes? ¿Sigue siendo esto capitalismo o es algo peor? ¿Se trata esto de un nuevo modo de producción basado en extraer información y controlar tanto la cadena de valor como a la población mediante la vigilancia? ¿Ha producido esto nuevas relaciones de clase y nuevas relaciones de explotación? Creo que estas deberían ser preguntas abiertas. Usamos el lenguaje conocido como un atajo para evitar una intervención más profunda en la política del conocimiento. Mi reto es duro: si se quiere algo más imaginativo, hay que abandonar las ideas recibidas y los hábitos de lenguaje en lugar de modificarlos.

—Incluye a Žižek entre los veintiún intelectuales del siglo XXI, a quien se considera un rockstar por su fama. Hace poco, Žižek escribió en la revista británica The Spectator que “el dogma de lo transgénero es ingenuo e incompatible con Freud”. ¿Cuáles son los riesgos de tener a “intelectuales pop” pontificando en los medios?

—Me hice poleras con la bandera trans y la frase “Incompatible con Freud”. Es todo lo que tengo que decir al respecto. Creo que este modelo del intelectual público blanco que habla en nombre de la universalidad está muerto y enterrado. Ya nadie es el maestro del pensamiento. Lo que necesitamos es una producción de conocimiento hecha con un sentido de camaradería. Creo que Žižek simboliza la muerte de ese modelo y lo logró de un modo cómico. Sartre no era un cómico. En su época, parecía viable tener una celebridad mediática que fuera la conciencia del mundo. La primera muerte del intelectual público fue una tragedia, la segunda, una farsa. Žižek fue la farsa. 

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