Sobre utopías e izquierdas. Reflexiones al filo de los 30 años de la caída del Muro de Berlín

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Por Juan Gabriel Valdés

1. Hay un hecho extraordinario, que ha sido se­ñalado como una anomalía histórica única de nues­tro tiempo: mientras se observa una creciente indig­nación con el funcionamiento del sistema social, en especial con la enorme riqueza privada y la acumula­tiva y crecientemente generalizada pobreza pública, los indignados no ven una sociedad futura basada en la igualdad y la justicia. El mundo occidental carece por primera vez de una utopía social.

Quizás en Chile, más que en otras partes, el fe­nómeno de la ausencia utópica demoró en hacerse evidente. En realidad, a comienzos del siglo nadie pa­reció echarla de menos. Tras la dictadura las deman­das de la reconstrucción institucional condujeron a la clase política, especialmente a quienes provenían de una tradición socialista, a la difícil tarea de recupe­rar las libertades públicas, expropiadas por una casta cívico–militar que concentró el poder durante dieci­siete años, y luego, a introducir reformas sociales en una economía liberal que mostró un grado de creci­miento económico extraordinario.

Ilustración: Gonzalo Catriao

El fin de siglo exigió entonces un gobierno alter­nativo: uno que respetaba los derechos humanos, que preparaba las condiciones para hacer justicia, que res­tablecía el Estado de derecho y le devolvía su digni­dad al país. Pero nada parecía demandar una sociedad alternativa: nada parecido a un cuestionamiento del capitalismo. Al contrario, la sociedad se introdujo en un desarrollo para el que existía un nombre de fuerza incontrarrestable: la globalización. Chile fue así parte de un fenómeno universal. La única ingeniería estatal abiertamente favorecida era la que corregía la acción del mercado para facilitar su estabilidad. La otra, según decían los portavoces de la ideología dominante, arries­gaba todo, especialmente, la libertad.

Por entonces las derechas celebraban esta renuncia a la utopía como el resultado inevitable de la caída del Muro de Berlín o el fin de la Unión Soviética, algo evidentemente falso, por la simple razón de que la mayoría de quienes adherían a una tradición socialista habían perdido hacía mucho tiempo cualquier ilusión por aquel sistema burocrático e imperial basado en la cancelación de las libertades individuales.

Pero nadie podía negar la evidente fatiga de las iz­quierdas y el marchitamiento de todas sus utopías. ¿A qué se debe esto? ¿Cómo explicarlo? ¿Es posible decir que hoy esta situación comienza a cambiar?

La significación de la caída del Muro de Berlín no fue sólo el desplome del imperio burocrático construido por Stalin bajo el barniz envejecido de la revo­lución bolchevique. Aquello fue algo por sí mismo significativo, pero de cuya permanencia histórica podemos dudar cuando consideramos la actual reapari­ción de la gran Rusia de la mano de Vladimir Putin. Más importante parece ser que junto con aparecer consolidando el predominio ideológico de la democracia liberal, el fin de la Guerra Fría desencadenó una ideología nueva, distinta a todo lo que el capitalismo había producido ideológicamente hasta entonces, un tipo de individualismo que además de “posesivo”, como lo concibiera la transición del liberalismo desde Hobbes a Locke, se apoderó de la sociedad premunido de un economicismo que no soñó ni el más materialista de los filósofos decimonónicos.

Es decir, en vez de significar un impulso fenomenal de democratización de las relaciones sociales, lo que el fin del comunismo inauguró fue un proyec­to que buscaba economizar todas las esferas de actividad humana, incluso de aquellas regidas históricamente por otras tablas de valores, como la democracia. De esa manera, en una paradoja inigualable, los dos gemelos del “fin de la his­toria”, la democracia representativa y la economía liberal, nacieron no una para la otra, sino una contra la otra, y el “liberalismo económico”, transformado en una ideología economicista, se desplegó como avalancha, privando a la demo­cracia de su naturaleza, castrándola de cualquier significado de cambio social y extrayendo su esencia, que no es otra cosa que la voluntad popular.

El individualismo economicista es difícil de precisar. Desde un punto de vista teórico, el neoliberalismo ha sido una ambición que nunca estuvo en el liberalismo, ni en el político ni en el económico: esto es, la ambición de trans­formar al mercado en la figura y el modo de racionalidad del Estado y la so­ciedad. Y como mostró tempranamente el mismísimo Foucault, no se trató en caso alguno de un intento de apartar al Estado asegurando el laissez faire. Al contrario, la nueva racionalidad dominante requería del Estado, y en algunos casos, como ocurrió en Chile, sólo podía existir impuesta desde el Estado. Desde ahí se desplegó en la sociedad un proceso de indoctrinación y de creación de sentido común que probó ser de una efectividad sin igual.

Primero, porque fue sostenido por redes de capital financiero y por un cam­bio extraordinario en el lenguaje de la economía y la política. Segundo, porque fue distribuido desde un universo mediático rediseñado espectacularmente por la revolución tecnológica, y predicado incansablemente por una tecnocracia profesional instalada en centros de poder del sistema global. Convertida en­tonces en una estructura de poder, la nueva ideología fue capaz de rediseñar el lenguaje de la política y del gobierno asimilándolos al mercado. De desterrar lo “público” a un concepto de servicio, unido al mercado y separado del Estado. De reducir lo “nacional” a un “patriotismo” simbólico y estridente. De sujetar la representación de la soberanía popular a una producción de “políticas pú­blicas”, y el imaginario democrático a lo “técnicamente posible”. De sacralizar una casta tecnocrática consagrada para “calificar” si una sociedad se inserta en el sistema globalizado, o es, por el contrario, expulsada de los mercados mundiales.

Esta es, me parece a mí, la verdadera naturaleza del neoliberalismo y sobre todo su verdadera dimensión. Y aquí está el estupefaciente de la imaginación democráti­ca y de la imposibilidad de los grupos progresistas para esbozar un modelo distinto de sociedad. La contunden­cia de esta estructura de poder hace absurda la acusación de “traición”, dirigida contra quienes, perteneciendo a una tradición política social demócrata o democrática, debieron administrar la política a nivel nacional en las condiciones globales producidas tras el fin de la Guerra Fría. Que administraron sus economías y, además, en al­gunos casos, lo hicieron bien.

2. En todo caso, se debe reconocer que no ha sido la oposición “socialista” —en ninguna de sus acep­ciones— la que ha llevado al capitalismo financiero a su actual crisis, y a la ideología neoliberal a la constatación de sus limitaciones. Lo que vemos hoy parece ser el fin del ciclo iniciado con la caída del Muro de Berlín y el inicio de una fase diferente, en la que el neoliberalismo y la democracia repre­sentativa simplemente no se necesitan entre sí o, más bien se contraponen; en el que la globalización hace resurgir los nacionalismos autoritarios y sus degeneraciones xenófobas y neofascistas, y en el que el calentamiento de la atmósfera, así como la revolución tecnológica, producen tanta incertidumbre como movilización social. ¿Será este el contexto en el que la aparición de alternativas sociales se hace posible?

«(La izquierda) debe tener una visión ética de la democracia sin la cual esta pasa a ser sólo un método electoral, algo valioso y a defender, pero algo también insuficiente en un mundo tecnológico como el actual, donde corre el riesgo permanente de ser alterado y manipulado».

La producción de vastas capas sociales de “perdedores” de un capitalismo global que insis­te en reducir el rol del Estado en áreas como la educación y la salud, ha generado la aparición de un nuevo populismo reaccionario. Persona­jes como Trump, Bolsonaro, Urban o Putin han acudido a llenar el vacío político y a responder a la indignación de los “perdedores”, utilizando un discurso de nacionalismo autoritario, de xenofo­bia, de ataque a los organismos internacionales y a las reglas del sistema global. Bruscamente, he­mos visto la aparición de líderes que no intentan apagar el miedo de los perdedores “con autori­dad legítima y apoyo estatal, sino con palabras de odio y resentimiento”.

Ninguna institución actual sufrirá más del em­bate de estas tendencias que la democracia repre­sentativa, cualquiera sea la forma democrática que ella adopte. El gemelo abandonado en el Muro de Berlín se ve ya acosado en un mundo sin reglas, donde la tecnología genera mundos tan alterna­tivos como efímeros, y la acumulación de riqueza y poder escapa absolutamente los espacios nacio­nales. Los intentos actuales de líderes populistas de manipular mediante ataques cibernéticos las elecciones en otros países, de acabar con la autonomía de los poderes del Estado y de justificar la convenien­cia de una democracia “iliberal” es sólo un anuncio de lo que vendrá, cuando la velocidad de los acontecimientos de los mercados, los desplomes financieros o las catástrofes naturales “obliguen” a los gobiernos a buscar la adhesión inme­diata de las poblaciones.

En este marco, otra visión de la sociedad no sólo es posible, sino que parece obligatoria. Hay sectores en las izquierdas del mundo y también en la chilena que comienzan a visualizar el proceso creativo que implica hacer una propuesta que congregue a las mayorías tras una nueva forma de sociedad.

Al mirar doscientos años de su desarrollo ideoló­gico, de sus fracasos y conquistas, los socialistas han reconocido que no existe un sector portador del cam­bio y poseedor de la semilla de una sociedad diferente. También, que la espera en la autodestrucción del capi­talismo es ilusoria y que el mercado y su buen funcio­namiento deben ser parte de una sociedad más justa e igualitaria. Pienso que han comprendido además, en el mundo entero, que el punto de partida de todo esfuerzo transformador radica en las libertades esta­blecidas y ya conquistadas por la democracia liberal.

El socialismo contemporáneo debe visualizar que lo que se requiere es otro tipo de mercado y una vi­sión de la actividad económica que no se agota en sí misma. Que la tarea socialista es la expansión de la vida democrática en las esferas constitutivas de la sociedad, tanto la económica, como la política y la de la vida privada. Que el feminismo constituye un elemento esencial de cualquier progreso social y que la lucha contra el egotismo de la sociedad neoliberal debe constituir un esfuerzo civilizatorio basado en la construcción paciente de iniciativas solidarias en las que los individuos concluyen que su realización personal y sus derechos individuales no sólo no se oponen, sino que son reafirmados y consolidados por la solidaridad social. El desarrollo de un pensamiento social y su realización no puede ser hecho como un listado de tareas tecnocráticas, sino como un método participativo y conciliador.

En Chile las izquierdas han atravesado experien­cias extraordinarias durante los últimos treinta años. Tras la confrontación con un régimen con tendencias genocidas, la izquierda vivió renovaciones, experien­cias de gobierno, éxitos, marginalidades y fracasos de los que debe aprender. Debe reconocer la fuerza de las tendencias que les arrastraron donde no querían ir, o que les dieron éxitos que fueron luego problemas porque conspiraban contra una visión común. Debe aprender de sus prácticas políticas, primero de aque­llos excesos y vicios que parecieron parte del “normal” de la política y que contribuyeron a fomentar divi­siones políticas y generacionales. Debe aprender tam­bién a valorar la cercanía con las mayorías que mostró durante parte importante de estas últimas décadas: la forma como sus gobiernos supieron abrir etapas de progreso, pequeñas o grandes mejoras en la calidad de vida, nuevas oportunidades de acceso a la educación, a la salud, a grados mayores de participación popular.

La izquierda debe ser global y nacional al mismo tiempo. La amenaza a la democracia es hoy real. La amenaza a la vida humana es también real. En todas partes y también en Chile surgen fuerzas que excitan los peores instintos humanos, el odio, el racismo, el desprecio por el más débil, y se consolidan en su creen­cia de que la violencia es la mejor manera de resolver los problemas sociales. En todas partes hay fuerzas que desconocen el riesgo de las fuerzas naturales que el hombre ha contribuido a desencadenar. La izquier­da no puede sino aliarse a la ciencia y a la tecnología. Debe devolver un sentido de futuro a la humanidad.

Pero esta izquierda debe no sólo reafirmar sus valores democráticos, su creencia en la dignidad esencial del ser humano, el respeto a sus derechos y a las instituciones que la lucha social ha producido para defenderlos. Debe tener también una visión éti­ca de la democracia sin la cual esta pasa a ser sólo un método electoral, algo valioso y a defender, pero algo también insuficiente en un mundo tecnológico como el actual, donde corre el riesgo permanente de ser alterado y manipulado.

Es posible que aquello que la izquierda deba recordar en el momento actual es precisamente lo que aquellos que contribuyeron a derribar el Muro de Berlín dijeron de sus sociedades cuando lucha­ban por superar el Estado burocrático y autoritario que destruía sus esperanzas de libertad. Tal como lo hiciera Vaclav Havel en su carta de 1975 a Gustav Husak, secretario general del Partido Comunista, la izquierda podría hoy preguntar: “¿Qué significan esas cifras de crecimiento —esa supuesta consolidación económica— para la renovación moral y espiritual de la sociedad, para el desarrollo de las dimensiones realmente humanas de la vida, para elevar al hombre a una mayor dignidad”?

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