Pensemos en imágenes

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Por Juan Manuel Silva Barandica / Foto: @caiozzama

Piensa en una imagen: el elefante

Piensa en la imagen del elefante: si nos enfocamos en trompa, orejas u otra particularidad, dificilmente podemos definirlo con justicia.

Piensa en la imagen del elefante en una cristalería: es muy difícil que un animal tan grande se abra paso de manera cuidadosa.

Piensa en la imagen del elefante en cualquier espacio cerrado: mires donde mires te encuentras con un elefante. Es imposible ignorarlo.

Piensa en una imagen: la palabra

Muchos hemos pensado estos días en qué hacer con respecto al mayor levantamiento popular desde la dictadura en Chile. Porque han sido semanas de reflexión, de profundo dolor, alegría, emoción, silencio y palabras. Palabras vacías, sobre todo: ideas montadas a la rápida para hacer ostensible que no se forma parte de la masa, que hay una distinción, que quienes “piensan” son distintos o están alejados de lo que ocurre. Que quien interpreta la realidad no es parte de lo real. Más allá de nombres y casos, quisiera plantear lo contrario. El personalismo, en estos momentos, carece de valor teórico o político, incluso riñendo con un mínimo de decencia. Ante todo: respeto por los heridos, vejados y muertos. Ante todo: palabras comunes, palabras colectivas.

Piensa en una imagen: el trabajo

Como el fondo y la superficie de nuestro problema está en el concepto del trabajo y la explotación como formas de segregar, diferenciar y reproducir las estructuras oligárquicas, he recordado mucho las palabras de mi papá, una de las personas a quien más he visto trabajar y que pagó con la enfermedad y la muerte dicha consecuencia. Solía decir —a pesar de creer en los procesos democráticos— que no importaba el sector que gobernase, que igual el día de mañana habría que volver al trabajo; algo similar a la representación del sentido común en el famoso chiste de Nicanor Parra: “El verdadero problema de la filosofía/ es quién lava los platos”. Lo interesante de ambas perspectivas es que eran plausibles, al menos, en el mundo en el que vivíamos: el Chile de antes del 18 de octubre del 2019. Este momento presente, que habitamos y nos habita, este kairos (momento adecuado u oportuno), está preñado de futuro: lo que estamos viviendo es un vistazo hacia el tiempo que vendrá, hacia las condiciones de posibilidad de ese futuro, como si pudiésemos adelantar la película de nuestras vidas. Experimentamos este futuro gracias a que se han detenido los relojes del trabajo, y son miles de estudiantes, trabajadores independientes, desempleados, jubilados y el mal llamado lumpen quienes han sostenido este quiebre del orden de la realidad, siendo golpeados, baleados, gaseados, torturados, violados, secuestrados, quemados y muertos por las policías nacionales y el Ejército.

Piensa en una imagen: la violencia

Dos violencias enfrentadas: una institucional / una popular; una legal / una ilegal; una violencia ilegítima institucional por el quiebre de la representación popular / una violencia popular legitimada por falta de representación real.

Piensa en una imagen: los árboles y el bosque

Los árboles impiden ver el bosque; el trabajo no deja que veamos la vida. Necesitamos otro contrato social, otra forma de trabajo, otra manera de sentir y experimentar la vida. Las viejas querellas críticas e intelectuales entre derecha e izquierda se resquebrajan como los últimos pilares erguidos del complejo palacio de la modernidad. Quienes no trabajan están defendiendo con su vida nuestro derecho a un trabajo digno, a la felicidad.

Piensa en una imagen: el fuego

Hace unos días se incendió la esquina de Santa Rosa con Alameda. Al parecer los locales estaban vacíos, al igual que el centro médico, la iglesia y el hotel adyacentes. Habían sido evacuados horas antes. Yo llegaba recién a mi departamento cuando se iniciaron las llamas y tardé solo unos minutos en descubrir que el fuego llegaría rápidamente al techo del edificio en que vivo. Ante el terror de las llamas y las enormes volutas de humo que entraban por mis ventanas, decidí hacer un escrutinio de mis pertenencias más importantes: salí de la casa con mis perros y dos discos duros.

Más allá de quién haya sido el responsable del origen del fuego, me parece importante relevar que —por lo menos para mí— lo único que defendí y defendería de la destrucción sería a mis amigos animales y humanos, mi familia y mi trabajo, no la propiedad. En ese sentido, una de las cosas más llamativas de este acontecimiento histórico es la vulgar fascinación que expresan nuestros gobernantes y representantes por la propiedad más que por la vida. ¿Qué vale más? ¿Una farmacia o el ojo de una jovencita?

Piensa en una imagen: la imagen

Cuando empecé este texto, creía que la imagen que destacaría era la del fuego: las llamas que cercaron mi departamento y que, por suerte, al final no lograron alcanzarlo. Ahora, en cambio, prefiero concentrarme en la imagen misma como síntesis y vínculo, porque a pesar de que el gobierno quiera separar a la gente, son las imágenes las que nos recuerdan que somos parte de algo más grande que nosotros. El perro Matapacos, el joven con el escudo del disco Pare, el monumento del general Baquedano lleno de banderas mapuche, el boleto de micro escolar de los noventa con ambos niños heridos en los ojos y tantas otras imágenes, parecen vibrar en una constelación que aún no se diseña, que todavía no tiene forma. ¿Quién podría darle forma a estas imágenes? No los políticos, no los sociólogos, no los historiadores, no los periodistas, no los ingenieros, no los economistas. Aunque tal vez sí, pero sólo a través de las únicas manifestaciones propiamente ancladas en los múltiples paisajes que despliega nuestro territorio: la música y la poesía. Sin ser propiedad de nadie, estas dos formas del arte han proliferado junto a la miseria del pueblo chileno. Así, la música de Víctor Jara y la poesía de José Ángel Cuevas, la música de Violeta Parra y la poesía de Stella Díaz Varín han sido lugares simbólicos de encuentro, donde se han reunido y se reunirán los individuos, y donde comparecen distintos y oscuros momentos de la historia que pareciesen rimar. “No estamos solos”, reza uno de tantos eslóganes invertidos por la insurrección: el lenguaje periodístico y publicitario recobra su valor en manos de las multitudes, mientras las personas se reúnen en torno al fuego, como si su poder purificador nos trasladase al caos original: la reunión caótica de lo diferente en la unidad.

Piensa en una imagen: la multitud

Luego de tres semanas convulsas y violentas, de polarización y quiebres institucionales, sin afanes reconciliatorios, quisiese plantear con insistencia el valor de esa posibilidad de un trabajo futuro a través de una imagen distinta a la del fuego y la destrucción: el viernes 25 de octubre se reunió más de un millón de personas en la Plaza Italia y, entre el carácter festivo de la manifestación y la dura batalla que dieron los jóvenes de la primera línea contra Carabineros, tuve la suerte de experimentar y tomar conciencia de algo que ocurre todos los días, aunque de manera palmaria. Me explico: vivimos en una ciudad de más de siete millones de habitantes y pocas veces sentimos ser esos siete millones. El día 25 de octubre de 2019 sentí por primera vez el desborde de la masa, de la multitud, una suerte de sublime irrepresentable: sentí una mezcla de angustia, placer, pánico y asombro.

 ¿Cómo representar a una multitud? A través de una imagen: una célula en un cuerpo sano; el funcionamiento de una célula y su relación con las otras está en una coordinación, una suerte de armonía (irregular en muchos aspectos) sobre la cual se construye la idea de cuerpo, los extramuros de lo que entendemos por individuo. Pues bien, habitamos este ser, pero somos incapaces de comprender que lo habitamos, que somos parte de su materia, ser conscientes de ello.

Quiero que nos detengamos en un punto: la consciencia. De la misma manera que asumimos que las células no están conscientes de que son parte de un cuerpo, nosotros mismos podríamos ignorar que lo humano no es más que una forma compleja y más amplia, una suerte de individuo que constituimos entre todos, como un mosaico o un ser hecho de seres, como plantean ciertas visiones que sostienen que la Tierra es un gran organismo del que los seres somos una parte.

Pensemos en una imagen: el Simurg

Como los estorninos y ciertos cardúmenes de peces, ciertos seres al reunirse construyen un ser mayor.

El lenguaje de los pájaros, de Farid Uddin Attar, es un poema persa del siglo XII que cuenta cómo las aves se congregaron para buscar a su rey. Durante el viaje van cayendo una a una bajo la inclemencia del clima, los depredadores y el hambre. Sólo treinta llegan al encuentro de los protectores del umbral, quienes al ver que estaban atadas a la tierra y el deseo, les niegan la entrada.

Sólo cuando las aves logran anular su deseo, su voluntad y su ansia, les es permitido conocer al Simurg, su rey. Son conducidas a una sala vacía. En ese lugar y momento comprenden que todas ellas juntas son el Simurg y que el viaje y las penurias sufridas les han revelado su lugar en la historia.

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