Una especie de defensa

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Por Gonzalo Maier / Imagen: Instagram @javieraquimera

Los perros tienen una historia larga. Sería incapaz de detallarla acá, pero al menos en la Grecia antigua eran de lo más bajo y abyecto. El perro –kyon, le decían– no tenía el estatuto de amigo fiel, sino del ser inferior, el que estaba al final de todo y sin un amago de dignidad. Por eso mismo Diógenes, el más incómodo de los filósofos, quería vivir y morir como un perro. El gesto, supongo, apuntaba a llevar la contra y a demostrar que otras vidas, o al menos otras formas de hacer filosofía, eran posibles.

A estas alturas de 2019, creo que no está de más contrastar esos perros antiguos con el Negro Matapacos, el quiltro que durante estos días ha aparecido en pantarcartas y grafitis, en documentales y chapitas. Para resumir su historia, el Negro fue un quiltro que con un pañuelo al cuello –por lo general rojo, aunque también he visto fotos de él usando uno azul– acompañó a universitarios durante varias protestas, desde 2011 hasta 2017, cuando habría muerto. Dicen que era fiero, que atacaba a la policía y que defendía a los manifestantes. La veracidad de los datos da igual porque hoy es una leyenda poderosa que se multiplica en calles, ciudades e incluso países. Un perro, en otras palabras, que se transformó en un héroe popular.

Crédito: Instagram @geni.riot

Debe ser por deformación profesional, pero me gusta pensar la imagen del Negro Matapacos desde la relación inter-especie y desde la capacidad de generar parentescos raros, como escribe Donna J. Haraway. Matapacos, quiero decir, no es un otro ajeno, que demuestra la distancia entre lo supuestamente salvaje y lo racional, o entre el perro y su amo. Es de otra forma. Cada una de sus imágenes pone a la policía —y si se quiere al poder político— del otro lado de una línea imaginaria. Es una figura eminentemente social y política. Él jerarquiza sin importar de qué especie uno sea, obliga a tomar partido, a situarse de un lado o de otro. El Negro Matapacos es una frontera. O, al menos, delimita un borde. Y si ésta, la de 2019, va a ser una revolución que busca sobre todo dignidad y solidaridad, no es casual que uno de sus íconos más llamativos sea precisamente un quiltro relegado a lo más bajo de las capas perrunas. Un subalterno rebelándose. La relación del Negro, en particular con los jóvenes que protestan, es de una horizontalidad inter-especista que se abre a la voluntad de pensar otros parentescos y otras filiaciones, un Estado plurinacional y, en general, formas de sociedad que escapan no sólo de la centralidad masculina, sino de un antropocentrismo que, vaya a saber uno por qué, se piensa disociado de la naturaleza.

En pocos días, tal como la Wenufoye, el Negro ha aparecido en los muros de las ciudades con una ductilidad inmensa –que va desde retratos hiperrealistas a versiones manga, pasando por representaciones furiosas a parodias de cartas del tarot– pero aún así es reconocible. De hecho, tal como lo indica su nombre y aunque parezca una obviedad, siempre es negro y lleva un pañuelo rojo al cuello. Es un quiltro, una mezcla azarosa de razas, y ese detalle, que en realidad no es detalle, no lo deja del lado de los humanos ni de los perros, sino de una comunidad mestiza, huacha y latinoamericana. Pese a que tenía una ciudadora y un lugar en el que dormir, estaba en las calles, iba y venía a sus anchas, un poco como un libertario y otro poco como una fuerza entregada a lo público. Se sabe que el neoliberalismo y la dictadura fueron cerrando los espacios públicos, limitándolos, volviéndolos sospechosos. Lo correcto, o al menos lo deseado, fue lo privado, lo amurallado, y Matapacos vivía ladrando en las antípodas de esos lugares. En más de un sentido, luchaba contra el neoliberalismo y su estética de centro comercial, siempre higiénica y extranjerizante. Quisiera pensar que peleaba contra el individualismo e incluso, si se toma en cuenta su vocación inter-especista, contra formas de producción que asumen la naturaleza como un fusible barato.

Por eso parece inevitable que el Negro Matapacos, en su versión postperruna, hoy se multiplique en internet y en murallas, que se vaya transformando en uno de los tantos símbolos de las luchas sociales. Además, está su apellido: Matapacos. Un apellido raro y endémico —¿de qué otra parte podría ser?—, pero sobre todo contingente. Durante las últimas semanas el descontrol de las Fuerzas Especiales ha cobrado sus horas extras en un número impronunciable de ojos mutilados, y en ese contexto de violencia, cada vez más angustiante, el Negro Matapacos repite su gesto comunitario y se pone del lado de los manifestantes para ofrecer una defensa simbólica, pero defensa al fin y al cabo.

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