El Reino Unido y la pandemia: el problema de llamar a la calma en medio de la tormenta

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A simple vista, pareciese que el Reino Unido no enfrenta una situación tan grave como otros países europeos ante la pandemia de Covid-19. Sin embargo, la curva británica de crecimiento exponencial sigue el patrón del resto de sus vecinos y contagios y fallecimientos suben de forma alarmante. ¿Cómo un país con recursos y fronteras naturales no fue capaz de prevenir esta situación? La respuesta está en Boris Johnson, sus comunicaciones y la gente que escucha a su Primer Ministro.

Por Sofía Brinck V.

El 5 de marzo murió la primera persona de Covid-19 en el Reino Unido, una mujer de 70 años con problemas preexistentes de salud. Para ese momento el país registraba 115 casos confirmados. El Primer Ministro británico, Boris Johnson, ofreció sus condolencias a la familia, pero recalcó que el hecho no cambiaba la situación general y que todo debía seguir funcionando como de costumbre. “Business as usual” era la consigna del gobierno por esos días, que había anunciado recientemente su estrategia de “contener-demorar-investigar-mitigar” frente a la pandemia. En esa conferencia, Johnson alabó al Sistema Nacional de Salud (NHS por su sigla en inglés) y su “fantástico sistema de testeo y vigilancia de los contagiados”, e hizo un llamado a la normalidad, comentando que él saludaba de la mano a todo el mundo, incluso en hospitales. Ese mismo 5 de marzo, el ministro de Salud, Matt Hancock, señalaba que no había evidencias científicas que demostraran la necesidad de cancelar eventos masivos mientras la gente se lavara las manos y estornudase en el codo. Chris Witty, director médico de Inglaterra y asesor médico jefe del Gobierno, pronosticaba en su comparecencia ante el Parlamento que la mitad de los casos en el país se darían dentro de las siguientes tres semanas y el 95% antes de la primera semana de mayo.

La estrategia del gobierno británico para enfrentar la pandemia ha diferido de la cuarentena agresiva de China o Italia, o de un seguimiento temprano personalizado como en Corea del Sur o Singapur. Johnson defendió desde un comienzo la idea de buscar una inmunidad de grupo frente al virus, la que implicaba que cerca de un 70% de la población debía contagiarse para crear inmunidad y limitar el efecto de futuras olas de contagio. La estrategia levantó suspicacias inmediatas en el mundo científico, ya que el proceso dejaba indefensos a los grupos de riesgo como adultos mayores y personas con preexistencias. Además, no había pruebas de que fuera posible lograr inmunidad contra el SARS-CoV-2. Otros acusaron al Gobierno de intentar bajarle el perfil a la crisis para no afectar la economía. Johnson aseguró que sabía lo que hacía y que aún no era necesario limitar el movimiento de la gente o cerrar escuelas.

De pronto, las cosas se precipitaron. En menos de dos semanas el Primer Ministro tuvo que abandonar el tono calmado, pedir la colaboración de la gente para detener el avance del virus con medidas de distanciamiento social y admitir que probablemente todas las familias perderían a algún ser querido. Sin embargo, los británicos lo habían escuchado. Si él les decía que el Gobierno tenía una estrategia y la llegada del virus estaba controlada, ¿por qué preocuparse? El 14 de marzo, una encuesta del diario The Guardian mostraba que cerca de un 20% de los británicos estaba “poco o nada preocupado” por el Covid-19 y que, si bien habían modificado algunos de sus hábitos, sólo un poco más de la mitad de los encuestados había aumentado la frecuencia con que se lavaba las manos.

Las comunicaciones erráticas y confusas del Gobierno le hicieron perder el tiempo vital que llevaba de ventaja frente a otros países y crearon la sensación de que el virus era algo que pasaba en otros lugares, no en el Reino Unido. Londres seguía funcionando, el comercio atendía de forma normal y los pubs, epicentros de la vida inglesa, seguían repletos cada tarde a pesar de las sugerencias de evitar el contacto social. Su cierre llegó el 20 de marzo como medida inevitable dada la falta de respuesta de la gente. Para ese momento había 177 muertos y más de cuatro mil contagiados.

Crédito: Sofía Brinck

Por esos días comenzó la locura en los supermercados y la obsesión por comprar papel higiénico. Sin embargo, la fiebre por abastecerse no implicó que se cumpliese el distanciamiento social. A pesar de que una encuesta de IPSOS mostró que entre el 13 y el 20 de marzo se duplicó la cantidad de gente que evitaba salir de su casa, el fin de semana siguiente al anuncio fue el Día de la Madre y los británicos salieron en masa a parques nacionales y áreas verdes. No ayudó que el país atravesara una racha de días cálidos y despejados, los primeros después del invierno. Al día siguiente, un compungido Boris Johnson anunciaba la cuarentena oficial para el país. No sería un cierre total, ya que los trabajadores esenciales debían continuar asistiendo a sus trabajos y la gente contaba con permiso para ir al supermercado y salir a ejercitarse una vez al día.

Una vez más, las comunicaciones le jugaron en contra al Primer Ministro. La policía, encargada de hacer cumplir las nuevas normas, se encontró de pronto en un escenario donde no tenía claras sus atribuciones. Y, por otro lado, las dudas comenzaron a aparecer: “si quiero ir a hacer mi ejercicio diario en un parque que está lejos de mi casa, pero voy en auto sin tener contacto con nadie, ¿puedo?”. La respuesta de la policía fue que no. Sin embargo, el gobierno rebatió la decisión, diciendo que no estaba prohibido. Pasear al perro, salir con los niños, ¿comprar una vez al día o una vez a la semana? En apariencia, se comenzó a cumplir el distanciamiento social, pero nunca del todo: en los supermercados se ve que la fila para entrar tiene separaciones entre cada persona, pero una vez adentro nadie parece acordarse a la hora de alcanzar el último producto o hacer fila para pagar.

Crédito: Sofía Brinck

La respuesta de sus ciudadanos no ha sido el único problema del Gobierno. Su discurso de efectividad se ha hecho añicos una y otra vez ante las claras deficiencias que ha mostrado el NHS para hacerle frente a la crisis, las que responden a décadas de abandono y cortes de presupuesto. El personal médico, calificado de “héroes” por Johnson, trabaja con la amenaza constante del colapso de los hospitales y la falta de equipamiento. Pero aún más preocupante ha sido la lentitud del Gobierno en aumentar masivamente los testeos, en especial para el personal de salud. Hasta el momento en el Reino Unido se testea sólo en casos de síntomas severos, por lo que la cifra oficial de confirmados esconde una realidad mucho mayor. A pesar de que el Gobierno prometió aumentar los test a 25 mil diarios, hasta el momento sólo dos mil trabajadores de la salud han sido testeados de un universo de un millón 200 mil. Ante la incertidumbre, se estima que un 15% del personal del NHS está en autoaislamiento.

El 1 de abril fue el día de mayor aumento de víctimas fatales de la pandemia en el Reino Unido con 563 fallecidos, lo que ha elevado el total a 2.352. Ha pasado un mes desde la primera muerte y en estos momentos Boris Johnson, Matt Hancock y Chris Witty se encuentran en cuarentena después de haber dado positivo para Covid-19 los dos primeros y haber mostrado síntomas el tercero. El contagio múltiple del equipo que lidera la respuesta del país ante la pandemia ha puesto en tela de juicio que el Gobierno haya seguido sus propias instrucciones de distanciamiento social y recuerda la liviandad de los dichos del Primer Ministro hace menos de un mes, cuando todavía saludaba dando la mano. Eso, combinado con el contagio del Príncipe Carlos, ha hecho que los británicos comiencen a darse cuenta de que el Covid-19 ha llegado para quedarse y que la cuarentena seguirá siendo una realidad en el mediano plazo. Sin embargo, Londres no se ve como ciudad fantasma, sino como ciudad en día domingo. Algunos negocios abiertos, pocos autos, poca gente en las calles. Pero aún hay. Y para este fin de semana vuelve el sol y hay pronosticadas temperaturas de hasta 18 grados. La mayoría de los británicos no se resistirá y saldrá a hacer su actividad física permitida. ¿Y quién decide entonces qué hacer si se me ocurre a mí, a mi vecino, a mi cuadra y al barrio salir al mismo tiempo?

*Al cierre de este artículo, el Gobierno inglés anunció que condonaría la deuda histórica del Sistema Nacional de Salud, calculada en 13.400 millones de libras.

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