Las desigualdades sociales que el Covid-19 evidenció

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El Estado de Emergencia decretado el 19 de marzo pasado, sumado a las medidas de cuarentena o aislamiento social que ha tomado el Gobierno, han obligado a la mayoría a adoptar nuevas rutinas de vida y replegarse al interior de sus hogares, en estado de alerta constante. Sin embargo, la crisis sanitaria ha evidenciado aún más las desigualdades sociales que se reproducen en nuestra sociedad. En esta entrevista, la psicóloga social y académica de la U. de Chile, María José Reyes, se detiene en aquellos que han convertido la precariedad y la sobrevivencia diaria en su propia cotidianeidad: “El Gobierno debe dejar de operar a través de valores que sostienen una forma privilegiada de vivir y asumir que hay vidas cotidianas heterogéneas”, plantea.

Por Florencia La Mura

Para nadie ha sido fácil afrontar la crisis del Covid-19, adoptar las medidas de confinamiento social, reordenar las labores diarias y muchas veces enfrentarse a evaluar cómo se ha estado viviendo hasta hoy. Las diferentes realidades de clase y género saltan a la vista y se han agudizado problemáticas como la precariedad laboral, la violencia intrafamiliar o la simple carencia de un techo seguro donde cobijarse. María José Reyes, Doctora en Psicología Social por la Universidad Autónoma de Barcelona, lleva un tiempo investigando estos temas en su proyecto Vidas cotidianas en emergencia: territorio, habitantes y prácticas, que le ha permitido qué sucede en observar barrios críticos o territorios que el Estado califica de «vulnerables». Allí, la presencia de fuerzas de orden es habitual; se vive en una especie de Estado de Emergencia constante y por lo mismo sus habitantes han debido construir otros sentidos de realidad. En estos días, la psicóloga invita a abordar la crisis del Coronavirus tomando en cuenta otras formas de vida que están lejos de ser excepcionales. 

“Hay personas que han vivido años en emergencia y es necesario escucharlas”, plantea la psicóloga social María José Reyes.

Desde el estallido social, muchos vivimos en estado de alerta constante, lo que se agudizó con la alerta sanitaria: situaciones de incertidumbre, miedo, estrés. ¿Cómo podemos entender las similitudes en ambos casos y desentrañar lo que todo esto nos hace sentir?

Lo evidente, en términos de similitud, tanto en el estallido social como en la emergencia sanitaria, es la ruptura de la vida cotidiana. Una de las características de la cotidianidad es justamente su rutina, una rutina que suele ser cíclica y cuya constitución depende de las condiciones sociales, políticas, económicas y culturales en las cuales nos encontramos. La rutina involucra saberes que operan como certezas y que tienen como fin accionar sin mayores interrogantes y cuestionamientos. Justamente, cuando se produce alguna ruptura en nuestra cotidianidad, surgen interrogantes, cuestionamientos sobre qué hacer y cómo hacerlo, generando un estado de alerta constante para lograr accionar y lograr vivir el día. Y cuando la ruptura de la cotidianidad no involucra sólo la propia rutina (por ejemplo, el nacimiento de un hijo, la partida de alguien cercano, etc.), sino una escala nacional y global, lo más probable es que dichas sensaciones y emociones se vean aún más intensificadas. 

Ahora bien, en nuestro caso me parece que esas rupturas de la cotidianidad tienen una particularidad: el estallido social es propiamente político, donde movimientos sociales, la ciudadanía, e incluso las personas de a pie rompen con una cotidianidad para interrogar las certezas con las que todos vivíamos día a día. En pocas palabras, se instalaron interrogantes respecto al modelo neoliberal al que con nuestras particulares formas de vida damos energía. Y en medio de estas preguntas estalla una emergencia sanitaria que nos tiene confinados a cada una/o en nuestros hogares, instalando nuevas preguntas, muchas de las cuales, en lo sustantivo, potencian las anteriores: ¿es posible que ante una pandemia la salud dependa de las condiciones económicas de cada cual? ¿Hasta cuándo la salud es un privilegio de quienes tienen recursos económicos? ¿Cómo dar razonabilidad a estrategias de Gobierno que evidencian una y otra vez la importancia de ganar beneficios económicos o, al menos, de perder lo menos posible, en vez de priorizar las vidas? De este modo, el estallido social y la crisis sanitaria han instalado la emergencia como parte de nuestro día a día y se ha vuelto algo común preguntarse, incluso con quienes uno no conoce, cómo seguir viviendo en un modelo económico que produce profundas desigualdades e inequidades.

«Es crucial que el Gobierno no sólo conozca las diversas realidades, sino que las considere a la hora de tomar decisiones»

—¿De qué manera se puede encontrar algo de sentido en la situación actual, que involucra no sólo una pandemia global sino situaciones de confinamiento y Estado de Emergencia en el caso chileno? 

Las cotidianidades en Chile son muy disímiles, justamente por las desigualdades que se han generado a propósito del modelo económico-político que nos gobierna. Comento ello pues “dar un sentido” en medio de la emergencia tendrá distintos significados. Para algunas/os, posibilita la detención y el refugio en el hogar, lo que permite interrogarse sobre la forma en que se vive, vivenciar un tiempo que posibilita reconocerse con quienes se convive día a día e incluso reconocerse a una/o mismo. Para otras/os, puede ser una forma de vivenciar, en un mismo espacio/tiempo, los diversos roles que deben enfrentarse –por ejemplo, trabajadora, madre, dueña de casa, profesora de las/os niñas/os– y comenzar a aprender otras formas de hacer. Pero también están quienes (la gran mayoría, por cierto) han vivido constantemente en la “emergencia” de sostenerse y sostener a los suyos, donde el trabajo realizado alcanza para el día, donde la gran pregunta que surge es cómo seguir, pues la emergencia sanitaria lo que hace es, básicamente, precarizar más sus condiciones. Puesto así, me parece que “el sentido” habría que trabajarlo colectiva y cotidianamente, y no sólo desde el ámbito personal. Desde la mirada y el saludo al vecino/a hasta acciones que nos permitan reconocernos con otras/os e inventar formas que nos posibiliten una vida vivible.

Considerando que vivimos dentro de un modelo social-económico que fomenta el individualismo, ¿de qué manera se puede entender el rol que tiene cada uno desde un enfoque colectivo?

No es sencillo que de la noche a la mañana se generen cambios radicales en nuestras formas de vivir. Que se haya producido el estallido social no implica aún una transformación en las dinámicas y formas de relación entre nosotras/os y el mundo. Menos aún que el Gobierno actual actúe asumiendo las interrogantes que se hacen al modelo que encarna. Me parece que una forma de ir tendiendo a lo colectivo es estar atentas/os a acciones que descoloquen, pues su punto no es el propio beneficio –económico y/o social–, sino más bien la búsqueda de formas que potencien la vida de todas/os. Acciones como, por ejemplo, la que realizaron mujeres de La Legua en la primera semana del estallido social, cuando se instalaron cerca de Plaza de la Dignidad para repartir comida a las/os manifestantes. Más que tocar las ollas, eran ollas con comida, pues saben de la importancia de alimentarse para resistir. 

El confinamiento social debe ir acompañado de la idea de cuidado, no sólo a nosotros mismos, sino para proteger al otro.

A diferencia del estallido social, que volcó a la gente fuera de sus casas, esta crisis nos tiene replegados al interior. ¿Qué tipo de aproximación podemos tener ante una amenaza que no vemos, pero con la que nos relacionamos a través de fenómenos como toque de queda, cierre de locales, filas en los servicios básicos o potencial colapso del sistema de salud?

Lo intangible se ha hecho tangible en la cifra que apunta cada día a contagios y en aquella que nos señala cuántos han fallecido debido al Covid-19. Y creo que cada vez se hará más tangible en la medida en que las/os contagiadas/os sean parte de nuestro mundo más próximo. La aproximación que podría potenciarse es, más que “cuidarse”, “cuidarnos”, lo que implica no sólo a uno mismo, sino también a otras y otros. No salir a la calle, para quienes pueden, no es únicamente para no contagiarse, sino que para no contagiar a otras/os. Protegerse en la calle o en el trabajo en estos tiempos de alerta sanitaria no es sólo por una/o, sino también por nuestras/os cercanas/os y aquellas/os a quienes no conocemos ni conoceremos. 

En el contexto actual, ¿cuáles son los pros y contras de mantenerse pensando sólo en lo cotidiano, viviendo el día a día?

En una sociedad como la nuestra, enmarcada en un modelo político-económico neoliberal, se suele potenciar la idea de que toda acción que se realiza en el presente debe considerar el futuro. A tal punto ha llegado esa concepción, que también suele plantearse que estar enfocado continuamente en acciones hacia el futuro –en aquello que podemos llegar a ser y/o tener– implica perder vivencias del presente en la medida en que “no tenemos tiempo” para ello. En este sentido, pero en función de la posición social en la que se está, para alguno/as la situación de emergencia ha posibilitado detenerse en el propio presente y vivir experiencias poco posibles en el ajetreo diario, aunque esto, a su vez, genera cierta ansiedad e incertidumbre por aquello que está por venir. En otro extremo, hay quienes hace años viven sin el futuro como referencia o, para ser más precisa, viven con un futuro más inmediato: mañana, una semana, un mes, y en este contexto para ellos todo se hace más arduo, precario e incierto. Sin embargo, y aquí hay algo que hay que considerar, estas personas que han vivido por años “en emergencia”, sin un futuro como lo solemos entender, han logrado sostener sus vidas. De ahí que sea necesario escucharlas/os antes de llegar con políticas públicas que buscan la intervención de estos habitantes y territorios, pues algunas de sus prácticas nos muestran formas concretas de ir generando un cambio desde lo cotidiano. Formas y dinámicas relacionales de estas vidas en emergencia que podríamos detenernos a escuchar antes que a juzgar e intervenir. Por ejemplo, hoy en día, dichas vidas nos muestran cómo nuestro desarrollo no sólo es posible al proyectar futuro, sino también cuando el objetivo es sortear el día a día.

¿Cómo evalúas hasta ahora el mensaje oficial del Gobierno, que apela a quedarse en casa para protegernos del Covid-19? ¿Puede el grueso de la población acatar de manera efectiva esta medida? 

Una cuestión que es fundamental, y que me parece que no ha hecho el actual Gobierno, es asumir la heterogeneidad de formas de vida que coexisten en nuestro territorio. En este sentido, opera una distinción gruesa donde se califica a una “población vulnerable”, la cual requiere “protección” a través de “intervenciones” en distintas dimensiones. El punto es que, en muchas ocasiones, esas intervenciones vienen diseñadas considerando particulares valores que pueden no hacer sentido a la cotidianidad de las personas. Es crucial que el Gobierno no sólo conozca las diversas realidades, sino que las considere a la hora de tomar decisiones. Y, por otro lado, que sea consistente en sus planteamientos. En esta crisis sanitaria, el Gobierno es un actor relevante, que puede facilitar o bien desestabilizar la emergente cotidianidad en emergencia.

En este contexto, ¿cuáles son los desafíos puntuales de problemas concretos como la violencia intrafamiliar o la enorme cantidad de personas en situación de calle?
Por una parte, en una lógica como la actual, donde lo importante es la “propia” vida o la de los próximos, es difícil y casi un proyecto titánico enfrentar las violencias como colectivo. Es de suma relevancia que los discursos sobre lo “neoliberal” y lo “patriarcal” puedan encarnarse en nuestros gestos cotidianos de modo que asumamos que la responsabilidad de esas violencias son sociales y no sólo de quienes las actúan. Por otro lado, si se considerase la heterogeneidad y diversidad de cómo viven las personas, quizás se habría planteado una consigna que posibilite aquello, como, por ejemplo, “quédate en un lugar seguro”, pues justamente la casa, tal como se ha mostrado en nuestro país, no necesariamente es un lugar de cobijo y protección. En la medida en que el Gobierno deje de operar a través de valores que sostienen una forma privilegiada de vivir y asuma que hay vidas cotidianas heterogéneas y diversas, sus intervenciones podrían facilitar el camino a la igualdad, la equidad y la democracia.

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