Bernardo Oyarzún: “El drama social es el mismo, agravado ahora por el confinamiento de la gente”

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El artista visual, quien representó a Chile en la Bienal de Arte de Venecia en 2017, dejó el acelerado ritmo de Santiago hace un año y medio para vivir en la región del Biobío. Allí pasó el estallido social y ahora la pandemia que lo tiene recluido en labores propias del campo y haciendo trueque con sus lejanos vecinos para abastecerse. Reconoce que crear en estas circunstancias le ha sido casi imposible, hasta que hace 15 días comenzó un nuevo proyecto inspirado en el problema del agua.

Por Denisse Espinoza A.

Los motivos fueron más bien personales y familiares, dice Bernardo Oyarzún (1963). Hace un año y medio, el artista visual decidió poner fin a su vida en Santiago para emigrar al campo, a la región del Biobío, trayecto opuesto al que hizo su familia en los años 90, cuando con pocas posesiones decidieron probar suerte en la capital. Claro que sus lazos con esa vida campesina y con su origen mapuche calaron siempre hondo en su obra artística. A través de fotomontajes, videos e instalaciones, Oyarzún ha evidenciado problemáticas como la discriminación y la exclusión social. En Bajo sospecha (1997-1998) abordó el tema del racismo y clasismo local; en Cosmética (2008) ironizó con su propia imagen sobre los cánones de belleza occidentales; y en Ecosistema (2005) denunció como la propiedad privada ha destruido el paisaje de sus ancestros, maltratado por la deforestación, la agroindustria y la contaminación.

El artista visual, Bernardo Oyarzún.

Eso sí, su obra más destacada hasta ahora fue la que llevó al pabellón chileno de la Bienal de Arte de Venecia en 2017: Werken, una gran instalación con 1.300 máscaras tradicionales hechas por artesanos mapuche, además de 6.079 apellidos originarios como Huenulao, Catrilán, Curalaf, Hichapai, que corrían por una interminable franja LED roja, la que rodeaba e iluminaba el espacio en el Arsenale. La obra, que llamó la atención de los medios internacionales, buscaba “visibilizar la cultura mapuche y reivindicar su eterna lucha contra el Estado chileno”, dijo Oyarzún en esa ocasión.

Hoy, junto a su pareja, la artista Pamela Iglesias, y sus dos hijos, Bruno y Horacio, de 8 y 6 años, el artista retornó a vivir a la que fue la casa de sus padres, alejado por kilómetros de sus vecinos más cercanos e intentando continuar su carrera artística desde ese margen. Reconoce que tras el estallido social le fue difícil crear: “Me afectó muchísimo, estaba colapsado, tuve una sequía creativa”, dice. Eso sí, hace 15 días inició un nuevo proyecto, después de que el curador Tiago de Abreu Pinto lo invitará a participar de la muestra colectiva Al aire libre, donde distintos artistas en cuarentena exponen obras en su entorno cotidiano: el jardín, la ventana o el balcón de sus casas. En el caso de Oyarzún, usó su terreno para instalar 25 varas de madera de álamo de 8 metros de alto, que culminan en cántaros de greda, como ofrenda y petición a la naturaleza para que envíe agua del cielo.

-¿Cómo ha afectado el actual contexto de pandemia tu trabajo artístico?

Es muy fácil y entendible colapsar en estas condiciones, me parece natural y a mí me sucedió que tras el estallido social, la atmósfera tan triste de todo me aplastó. Ver la necedad y la irresponsabilidad de la gente que nos gobierna, ver toda la pobreza humana, toda esa atmósfera me tenía muy oprimido. Por eso mismo creo que no hay obligación de estar creando en este contexto, tiene que ser algo natural y no forzado. Creo que es importante mantenerse conectado con tus pares, con la gente, pero no nos sintamos culpables si no podemos hacer nada, extraño sería que fuésemos una fuente de creatividad inagotable. 

Ahora, hace sólo 15 días estoy trabajando en este proyecto que me tiene muy entusiasmado, invitado por el curador Tiago Abreu, la idea es incipiente, pero creo que tiene mucho futuro. Como tema central tomé el problema del agua. A pesar de que acá llueve muchísimo, mucho más que en Santiago, y hay sectores de regadíos muy verdes, hay otros sectores a los que les han quitado los canales y que están completamente secos. No es distinto a lo que pasa en Petorca y en otro lugares, porque desde aquí hacia el sur ya empieza la industria forestal, donde se densifica la deforestación de pinos, eucaliptos, entonces estas empresas se llevan todo el agua, se la roban. La idea fue hacer una especie de ritual metafísico, donde a través de estos cántaros, los metawes mapuches, alzado en estas largas, se ruega para que llueva. Ahora coloqué 25 varas, pero pienso en una instalación mayor, de unas 200 varas, quedaría muy bien al aire libre o bien en un museo.

Instalación hecha por estos días por el artista con 25 varas de álamo y cántaros de greda, bautizada provisoriamente como Metawe.

-El lugar donde resides ahora ya es bastante aislado. ¿El confinamiento ha cambiado mucho tu vida cotidiana?

En general, tenemos muy poco contacto con la ciudad, normalmente vamos cada 15 días al pueblo más cercano, que es Cabrero, que está a 20 kilómetros, y allí nos abastecemos. Hoy en el pueblo hay 25 personas contagiadas, 16 ya están recuperadas y sólo una está grave en la UCI, conectada a ventilador, pero no tengo más detalles. La verdad es que ahora vamos cada vez menos y se ha dado algo bellísimo por lo mismo, y es que se ha activado el trueque casi espontáneamente. O sea, entre los vecinos se evita incluso la transacción monetaria y nosotros ya hemos obtenido varias cosas por trueque, por ejemplo miel, productos de las huertas, nosotros a cambio tenemos varios árboles frutales, tuvimos castañas e higos, y ahora estamos llenos de manzanas. Para eso ha sido fundamental el uso del WhatsApp, donde hay como unas 50 personas que viven en los alrededores. Es bonito cómo se ha fortalecido el sentido de comunidad. Incluso ha habido gente que ha regalado cosas de sus chacras para quienes necesiten. 

El contraste de esto con lo que vivía en Santiago es total. O sea, yo vivía en una villa arribista de Puente Alto, y durante 23 años no conocí a prácticamente nadie, sólo dos vecinos a quienes saludaba y vivíamos a 10 metros, ahora conocemos a la gente que vive a diez kilómetros. Mis hijos van a una escuela que queda a 8 kilómetros en un sector que se llama Progreso y también nos hemos abierto a esa comunidad.

Las actividades que tenemos acá son muy huasas, la verdad. Suceden cosas graciosas, como que hace días que se nos metió una vaca que no es nuestra y tenemos miedo de que se coma nuestras plantas, entonces hay que armar un cerco para mantenerla alejada. Pamela mandó un mensaje al grupo de WhatsApp para que el dueño de la vaca venga a sacarla. Hacemos cosas que en Santiago no hacíamos, como hacer pan o separar la basura para poder hacer compost que nos ayuda a tener una tierra más fértil; ahora estoy construyendo un deshidratador de frutas. En este lugar lo ecológico se manifiesta muy naturalmente.

Detalle de Werken, la instalación con 1.200 kollones mapuche que Oyarzún llevó en 2017, a la Bienal de Arte de Venecia.

-De alguna forma, la pandemia y el confinamiento también han evidenciado las carencias del sistema económico, pero también cómo se daban las relaciones humanas. ¿Esto se vuelca también en tu trabajo?

Claro, en el caso de Chile la pandemia ha seguido aumentando la impotencia y la rabia que ya venía dándose con el estallido social y ahora se siente aún más la urgencia de que haya una cambio en el sistema y de la Constitución. El drama social sigue siendo el mismo, ahora agravado por el confinamiento de la gente. La pandemia te amarra, mantiene atado tu dinamismo a todo nivel, no puedes trabajar a nivel artístico en la escena, con tus pares, entonces todo es virtual. Creo que la carga negativa que estamos viviendo desde el estallido social no se ha apagado, por eso en mi último trabajo no hablé del virus directamente, sino sobre un problema político, el tema del agua privatizada, que es una de las grandes demandas que tenemos como país. A mí me siguen movilizando los grandes temas políticos y sociales de Chile y la pandemia simplemente se sumó.

Tienes mucha cercanía con las comunidades mapuche en Santiago y también en el sur. ¿Cómo están viviendo la pandemia? ¿Crees que se ha debilitado por esta contingencia la lucha que ellas mantienen por su cultura y territorio?

La comunidad con la que trabajaba en La Pintana es la Kiñe pu liwen, desde la que nació mi obra Werken, que llevé a Venecia. A ellos la pandemia les afecta exactamente igual como le afecta a la población más vulnerable en Santiago, y acá en el sur, lo mismo, ellos son los marginales en su propio territorio, en su propio Wallmapu. En Santiago, son los que están obligados a trabajar, porque la mayoría son obreros y no tienen el privilegio de encerrarse en sus casas, al igual que los pobladores de las comunas periféricas. Estas comunidades están muy ligadas a la medicina natural, entonces la mayoría mantiene la teoría de que el combate de la pandemia es una cuestión de fortalecer la inmunidad y eso está estrechamente ligado a alimentarse bien. El tema es que en las ciudades es difícil para ellos acceder a comida saludable si además no pueden salir a trabajar.

Ahora, la lucha que ellos están dando desde la época de la Colonia, que es una lucha contra el Estado, que no es otra cosa que el poder oligárquico, se va a seguir dando. La pandemia no va a detener esta revolución étnica que se ha estado dando y que quedó expuesta en mi obra Werken; son cientos de comunidades que han ido migrando en masa a las grandes ciudades y que están organizadas en la periferia. Es un fenómeno urbano que está ganando cada vez más fuerza, no creo que haya comuna en Santiago que no tenga una comunidad mapuche activa, organizada, la mayoría de ellas tiene hasta personalidad jurídica, entonces están absolutamente instaladas como centros culturales donde mantienen activa su cultura y la lengua. Yo creo que la pandemia no va a mitigar ese fenómeno.

De la muestra Funa, exhibida en el Museo de la Memoria en 2017.

-La comunidad artística también la está pasando mal con las dificultades que tienen para trabajar y exhibir sus obras. ¿Qué te parece la ayuda que entregará el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio de $15 mil millones a través de fondos concursables?

Los artistas estamos acostumbrados a la rudeza económica. En mi caso, los ingresos bajaron a cero luego de que me trasladé de Santiago, porque dejé mi trabajo como montajista, que era mi principal ingreso, y ahora sólo recibo el arriendo por mi casa de Puente Alto y vivimos con nuestros ahorros. Es rudo por todos lados, hoy lo único que nos queda son las plataformas virtuales, que evidentemente no son la mejor forma de ver una obra de arte, pero es la única forma de seguir conectados y no quedarnos dormidos.

La verdad es que el tema de aplicar un sistema concursable para entregar ayuda a la gente en un escenario de emergencia me parece de una estupidez demencial. O sea, pedirle a la gente que está necesitada que concurse para acceder a una ayuda me parece una idea fatal, pero, como todo, esto también obedece al desinterés que tiene el Estado por el arte y la cultura, para este sistema económico la cultura es un gasto, no tiene ninguna importancia. Entonces no sé, yo creo que debería haberse generado una plataforma mucho más transversal en que se le diera ayuda directa a la gente y no fondos concursables, porque la gente tampoco está con la energía de hacer eso.

Tuve la experiencia, hace 10 años, de hacer una residencia en Stuttgart, Alemania, donde durante siete meses me pasaron un departamento para que trabajara, me daban mil euros mensuales y además dinero para producir obra. Pero la situación era tan ridícula que jamás me pidieron una boleta por gastos ni tampoco me exigían realmente producir obra, o sea, para ellos lo importante era la experiencia y lo que pudiese salir o no de eso. La verdad es que fue una de mis épocas más productivas, hice como cuatro obras diferentes que expuse en Alemania y luego en Chile, sólo porque yo quería hacerlas. Es una visión diametralmente opuesta a la que se tiene en Chile, allá cada ciudad tiene galerías estatales que son increíbles, de hecho, allá declararon la cultura como una necesidad de primer orden para el ser humano; acá, en cambio, lo que tenemos es una comunidad artística cada vez más empobrecida.

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