Jon Lee Anderson: “La revuelta antiracista puede ser el principio del fin para Trump”

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Columnista estable del New Yorker y reportero fogueado en conflictos armados y en las luchas por el poder en América Latina, al periodista de 63 años la pandemia lo tiene recluido en su casa de Inglaterra, pero eso no le ha impedido mantener su mirada aguda y demoledora contra el líder de la Casa Blanca y la ola de gobiernos populistas de derecha que según él están hundiendo las democracias en nuestra región.

Por Denisse Espinoza A.

Son tiempos difíciles para ser un corresponsal todo terreno. La pandemia del Covid-19 ha dejado al mundo en modo de espera y en el ejercicio del periodismo se hace sentir con más fuerza que nunca la ausencia de la calle y el reporteo cara a cara. Jon Lee Anderson (1957) sabe mejor que nadie lo que se siente y suelta un bufido frente a la pantalla de WhatsAap al admitirlo: “Mira, la verdad es que no he salido de casa desde febrero, lo cual para mí es casi inconcebible. No estoy acostumbrado a estar tanto tiempo en un mismo sitio y ya me pongo inquieto, espero ver si en julio es posible viajar a algún lado”, dice el periodista estadounidense sentado en el comedor de su casa de campo en Essex, Inglaterra, donde al menos puede salir a caminar, junto a sus perros, un buen trecho hasta la la playa. 

El periodista Jon Lee Anderson, en Kiev, Ucrania, 2014.

El resto del tiempo sigue trabajando, avanzando en sus investigaciones, hablando con sus fuentes a distancia o participando de charlas virtuales como la que dio a mediados de junio en el contexto de la 10° edición del Festival Puerto de Ideas. 

Lo cierto es que Anderson ha construido una trayectoria de casi cuatro décadas como reportero en terreno, descifrando las tramas de la política y las sociedades en Latinoamérica y como corresponsal en zonas de guerra, tras los atentados a las torres gemelas en 2001, como Irak, Palestina y Afganistán. Ha escrito, además, perfiles reveladores de algunos de los personajes más controvertidos de la región como Hugo Chávez, Fidel Castro, Che Guevara y Augusto Pinochet; y desde 1998 ostenta ser una de las firmas fundamentales del New Yorker, una de las revistas más prestigiosas de EE.UU., aunque también ha colaborado para The New York Times, Le Monde y The Guardian. 

Para Jon Lee Anderson, la actual crisis gatillada por el asesinato del afroamericano George Floyd puede ser un momento crucial para comenzar a recuperar el camino democrático en EE.UU., que según él ha estado extraviado desde que hace tres años y medio Donald Trump llegó a ocupar la Casa Blanca.

—¿Cree que esta nueva revuelta antiracista en EE.UU. pueda minar la reelección de Trump? 

Sí, totalmente. Él es un racista y ya no puede engañar a nadie. Frente al movimiento, él respondió con desdén y amenazas a la gente que se manifestaba a favor de un mejor trato por parte de la policía y menos racismo en la sociedad. Por primera vez hemos visto una especie de golpe en lo que ha sido su aureola de poder y triunfalismo. Parecía que nada lo podía dañar, era como si el país estuviera pasmado y le daban paso libre a todo lo que quisiera hacer, violentando las leyes, con total irrespeto para la democracia misma. Entonces, enhorabuena que mujeres, hombres, blancos, negros, de todas las clases sociales y sobre todo jóvenes, han salido a las calles finalmente. En estos años vimos que la juventud reaccionó con lo del cambio climático y también hubo manifestaciones en torno a los derechos de género, LGBTIQ y el movimiento #Metoo, pero nada le amenazaba a él en lo más mínimo. Ahora estamos viendo una efervescencia social que yo estoy esperanzado en que lo lleve fuera del poder. Es muy necesario porque temo que si él vuelve a ganar por otros cuatro años se destruirán para siempre los cimientos de la democracia en EE.UU. y, por consecuencia, en Occidente.

—¿De qué forma ha influido la figura de Trump durante esta crisis sanitaria mundial?

En EE.UU. ha sido un desastre. Liderazgo no ha habido, la forma en que Trump respondió a la pandemia ha sido desastrosa y no dista mucho del comportamiento de Jair Bolsonaro en Brasil, quien yo creo ha emulado el comportamiento de Trump hasta en esa idea de tomar hidroxicloroquina para contrarrestar al virus, lo cual no resuelve nada. Ambos han negado y menospreciado el virus, han intentado a su vez esquivar las medidas sanitarias estrictas que afectarían la economía, haciendo la guerra a los gobiernos de los Estados para, si la economía va en recesión, poder echarle la culpa a otros por haber hecho los controles. Su irresponsabilidad y negligencia es criminal, estamos hablando de muertes. Realmente es muy lamentable que los dos países más grandes geográfica y económicamente hablando en el hemisferio sean gobernados por dos hombres que no debieran estar en el poder sino en un calabozo. Trump es un malandra y Bolsonaro ni hablar, ambos son antisociales, narcisistas y violentos.

—¿Por qué cree que las democracias se han vuelto tan frágiles en América Latina? 

Si bien hubo un arranque de lo que podríamos llamar la era democrática en América Latina, creo que no ha avanzado lo suficiente como para salvaguardar esas sociedades. Las democracias son frágiles, precarias, justamente porque hay demasiados países con prácticas poco transparentes, compras de votos, hay muchos trucos que se pueden hacer para hacer perder a alguien o para denegar el voto a un sector de la población. El principal problema que yo veo en la región es la falta de Estados de derecho y no hablo de una cosa abstracta, sino del respeto por y para las leyes del país. La mayoría de los países tiene su Constitución, pero no se respeta porque el Poder Judicial y la policía son corruptos. América Latina tiene el mayor índice de homicidios en el mundo como región y de crímenes violentos, eso quiere decir que o la policía está metida como parte del problema o no se respetan las leyes propias. El otro factor que es una gran plaga para América Latina es el narcotráfico de cocaína, sobre todo. En lugares donde las leyes no son lo suficientemente fuertes como para resistir al flujo de esa narcoeconomía y su violencia, se corrompen jueces, policías, abogados, y tienes de pronto toda una capa nefasta en la sociedad que supuestamente está ahí para proteger y defender las leyes, pero en lugar de eso se convierten en chupasangres y eso es parte del problema en países como México, Venezuela y Colombia, donde incluso hay una guerrilla narcoparamilitar.

La imagen de un hombre derrotado, según Jon Lee Anderson: Trump volviendo de su meeting de campaña en Tulsa, Oklahoma, el pasado 20 de junio, donde tuvo poca asistencia.

—Y ¿cómo ve a Chile en ese cuadro? Desde el estallido social se han agudizado las desigualdades en el país y ha quedado al descubierto la compleja relación que existe con la policía, sobre todo en términos de la impunidad frente a la violación de los derechos humanos.

La verdad es que Chile no me preocupa tanto como otros y antes del estallido social era para mí uno de los países, junto con Uruguay, más fuertes en cuanto a su Estado de derecho; más allá de los problemas que puede tener, no hay casi comparación con los vecinos en cuanto a la corrupción de la policía. Pero es cierto, fue notorio el comportamiento de los militares y los carabineros durante el estallido en Chile y es obvio que hace falta una especie de acuerdo con la institución armada, tarea pendiente desde el final de la dictadura. Por lo menos, eventualmente se llegó a juzgar a los mayores abusadores de la guerra sucia de la dictadura, pero la institución como tal no fue realmente tocada y eso, al parecer, ha tenido consecuencias en el comportamiento de algunos de estos carabineros durante el movimiento social. Dentro de las cosas más gordas que tiene que enfrentar Chile está cómo reconcibe su relación con su institución armada. Chile es un país interesante, con una población que se inquieta y se preocupa mucho por las cosas. Hay pocos países que conozca que tienen una conversación abierta tan continua sobre aspectos de la problemática nacional, pueden llegar a ser incluso ensimismados, quizás es propio de un país que es casi como una isla. Cuando llegué por primera vez a Chile, Pinochet aún tenía un cargo y a mí eso me resultaba casi una perversión de la democracia, simplemente no lo podía concebir, cómo todavía el dictador manejaba todo, sin embargo, se llegó a castigarlo y a ponerlo en su sitio. Chile ha mostrado una capacidad quizás tardía de resolver y de llegar a una nueva etapa, de a poco ha construido una democracia más lograda y transparente.

—Y dentro de este liderazgo latinoamericano que ha descrito, entre populistas y demagogos, ¿cómo califica la figura de Sebastián Piñera?

La verdad, Piñera no me parece un fascista ni un protofascista, es un hombre de derecha que tiene pocas habilidades políticas y poca noción de la calle y de la gente normal, pero no lo pongo en el mismo canasto que a Bolsonaro, por ejemplo. Para mí, el hecho de que Chile pudo tener alternancia política tan inverosímil para la región en los últimos 12 o 14 años, que pasaba de una socialista a un billonario neoconservador, me parecía de lo más saludable, era la demostración de una democracia que funciona, lo mismo que pasaba entre un Bush y un Obama, por ejemplo. No es lo mismo que un Bolsonaro o un Trump; cuando ya empiezas con este tipo de líderes, se pierde todo equilibrio y espero que Chile logre mantener esa especie de equilibrio, renovando su Constitución, yendo hacia adelante, incorporando las inquietudes de los jóvenes y contestatarios.

—¿Usted ve posibilidad de que aparezca una izquierda en la región que le haga el contrapeso a estas derechas populistas?

 Creo que no han dado la talla, en parte porque la izquierda oficial que ha gobernado en los últimos tiempos ha sido también una izquierda populista y supeditada por el petróleo, como el chavismo. Parte de la izquierda se ha corrompido, no digo necesariamente que todos los líderes, por ejemplo, no creo que Lula fuese corrupto, pero sí lideró un sistema que fue corrupto y quizás ese ha sido el problema de las izquierdas que ganaron por las urnas en los años 90: llegaron a liderar sistemas ya capitalistas e hicieron alianzas con sectores que parecían amigables o que les dejarían gobernar. Lula pudo crear su sistema Bolsa Familia para ayudar a los 30 millones de brasileños que vivían en el fondo del barril, pero a cambio tuvo que dejar a capitales de industrias y multimillonarios, ya muy corruptos, junto a un sistema parlamentario corruptísimo. No supo lidiar con ese bicho a tiempo y finalmente ese bicho se lo comió a él. Creo que tenemos que dejar de hablar de izquierdas, de momento, y empezar a mirar a los movimientos, como el de Greta Thunberg que es símbolo del activismo en aras del futuro por el cambio climático y que es muy estimulante y da esperanza, o el movimiento antiracista, de donde también pueden nacer nuevos liderazgos, una especie de izquierda que es joven, idealista y que tiene una bandera capaz de aglutinar y llevar consigo sectores de la población al poder.

—En todo este panorama de democracias frágiles y liderazgos cuestionables, ¿cómo ve al periodismo en su rol de cuestionar al poder? 

Más que nunca, el periodismo es clave y necesario. Denuevo, desde que Trump llegó al poder y empezó a vilipendiar a los medios y a los periodistas sentó un precedente que ha sido nefasto en Occidente y ejemplo para otros líderes represivos. El hecho mismo de que Trump esté tan obsesionado con la prensa nos demuestra lo importante que somos. El periodismo es la señal de humo de los tiempos antiguos, sin él la población quedaba desinformada sobre la llegada de los enemigos, si no lo hacemos bien, puede haber una masacre, tenemos que cumplir con nuestro trabajo e intentar plasmar la realidad de forma sincera, ni siquiera objetiva, porque la población vulnerable no tiene más defensas que nosotros. Sin fiscalización, inclusive benévola por parte de la prensa, el poder se convierte en una perversión de sí mismo y no trabaja para la población sino en contra, se vuelve algo parasitario. Por eso, la libertad de expresión e información es casi tan vital como el servicio médico en una sociedad. Hemos vuelto a ver en esta pandemia cómo los populistas han querido manipular y jugar con la información, increpar a los periodistas que únicamente han querido informar sobre un mal de verdad, un virus que mata. Realmente no ha habido un tiempo en mi vida profesional que yo recuerde en donde ha sido tan desafiante la situación para el periodismo, porque viene encima con el gran desafío que impusieron las nuevas tecnologías, que a su vez demolieron las plataformas económicas de soporte a la prensa tradicional hace 10 años, que si bien democratizaron el ambiente en el que cada uno puede tener un blog, ¿quién te lee?, ¿cómo logras canalizar tu mensaje a la población?, ¿cómo logras que la gente te distinga entre tantas otras voces?

—Ciertamente, hoy los medios tradicionales están hundiéndose cada vez más. ¿Cree que desaparezcan totalmente los medios de papel?

El futuro es incierto. No sé si muchos van a seguir imprimiendo en papel o no, creo que de aquí a 10 años será algo boutique, es decir, la gente que tenga dinero y quiera recibir su revista impresa pagará por una suscripción, como a quien le gusta un par de zapatos. En EE.UU. está lleno de plutócratas comprando medios: Jeff Bezos compró el Washington Post y lo salvó de morir, la viuda de Steve Jobs compró The Atlantic y California Sunday Magazine, y otro tipo que es billonario compró la revista Time. Y bueno, menos mal alguna de esta gente rica se ha dado cuenta de que la vida es corta y no pueden llevarse toda su fortuna a la tumba. Lo hacen quizás por vanidad, quizás por un sentimiento social, no me consta, pero es triste que hayamos llegado a esta etapa de la civilización donde todavía tengamos que depender de gente a quienes los hemos dejado ser tan ricos y que a su vez sean los mecenas de los medios, cuando lo ideal sería, en una sociedad justa e igualitaria, que fuesen los mismos ciudadanos quienes solventaran su prensa.

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