Discutir estéticas (en respuesta a las ideas que propone Lina Meruane)

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De aquí, de la lectura de los textos, proviene mi preocupación no solo por el feminismo, sino por la literatura que estamos escribiendo en Chile y los posicionamientos de las autorías. Por el papel que estamos jugando lxs escritorxs, papel que en otros tiempos fue decisivo en la lucha contra la injusticia. Pero, sobre esto, parece que nadie quiere hablar.

Por Lorena Amaro

Creo que fue acertada la decisión de escribir un texto y procurar intervenir y aportar ideas sobre feminismo, literatura, campo literario y redes sociales, promoción y posicionamiento autoriales, en un panorama cultural aletargado, en que raramente se produce este tipo de discusiones, ya que quedan relegadas al debate académico. Se produjo, con el texto de Lina Meruane, lo que yo esperaba: la apertura hacia un diálogo necesario, aunque incómodo y lleno de aristas que difícilmente se pueden contener en un texto breve y de divulgación pública. Me alegra que sea Lina Meruane la primera en querer abrir ese diálogo y celebro (no me extraña) que seamos dos escritoras las que conversemos públicamente en una situación que considero bastante inédita en nuestro ámbito: un encuentro para debatir ideas literarias, sin recurrir al argumento ad hominem, tan propio de la violencia patriarcal, que busca disparar y aniquilar.

Si bien celebro y agradezco el texto de Lina Meruane, deduzco, por lo que dice, que mi intervención generó una molestia en Auch! que me parece fuera de lugar. Se me enrostra que no he realizado una “debida investigación” de todas sus actividades y es cierto, no investigué, porque simplemente no era mi foco. El activismo que describe es un punto interesante, y tendrá sus acólitos y detractores que se reparta libros en los momentos más duros de una pandemia (la situación nos desconcierta tanto a todos, que las respuestas y la ayuda pueden ser muy variadas), pero esa es agua de otro cantero. Por eso no responderé a todo lo que plantea Lina Meruane sobre la agrupación, ya que los detalles son de un nivel que no favorece al debate (son pequeñeces: en una distribución de 40 narradoras y 15 poetas, ¿no “predominan”, como yo escribí, las narradoras?), para centrarme en los puntos que me parecen relevantes, con miras a una intervención más efectiva en los problemas del campo literario.

Lo que me interesa es evidenciar la dificultad de construir autorías femeninas en un espacio donde el neoliberalismo y el patriarcado evidentemente se entrecruzan y modelan nuestras prácticas. Nadie está libre de esto, tampoco lxs críticxs ni lxs académicos, y debemos lidiar con esto cotidianamente, no lo niego. Pero mi texto, por lo mismo, no fue producto de lo que Meruane llama, en una imagen algo caricaturesca, “mi deslumbramiento por los pantallazos”, ironía que también ocupa para decir que yo aseguro “con certeza envidiable” que lo que deben hacer las escritoras es “dedicarnos todas, a escribir y escribir y escribir sin levantar cabeza”. Me parece una conclusión muy equívoca, ya que el artículo enfatiza particularmente la idea —y para eso me serví del cuento “Niú”, de Brunet— que en la construcción autorial de una literatura con peso simbólico, primero debiera venir la escritura y después, la promoción, el encuentro con la imagen del autor, una imagen que se va generando en muchos casos desde la misma escritura, no disociada de ella.

Lorena Amaro, directora del Instituto de Estética de la Universidad Católica.

Concuerdo plenamente con Lina Meruane en que “nunca ha bastado con escribir, ni siquiera con escribir magníficamente”. Los casos que ella menciona, de Mistral y Brunet, son paradigmáticos. De hecho, fueron excepciones, porque a pesar de todo, estas escritoras geniales lograron una difícil, cruel inserción en el campo. Por lo mismo, me parece inconveniente utilizarlas como ejemplos en esta discusión, porque la enorme potencia creadora de sus obras opaca muchas producciones contemporáneas suyas y también textos del presente. No podemos comparar cada novela, poema o ensayo que se escribe en Chile con lo que escribieron Brunet y Mistral.

Como lo dije también en mi texto, sin borrar esa historia de luchas que quisiera honrar, el presente exige ser pensado con nuevas herramientas. ¿Cuáles son los peligros que hoy enfrentan las escritoras y todxs aquellxs que escriben desde lugares marginales, invisibilizados? Claro que no basta con escribir, le diría a Lina Meruane, que lo sabe bien, porque como mi propio texto refiere, las injusticias del campo son efectivas, reales y le diría también que hoy actúan de maneras más subrepticias y sutiles, que son las que intento relevar. El punto central del texto de Meruane comienza a asomar en este párrafo: “Y es triste que una mujer-escritora desautorice públicamente a otra mujer-escritora en exclusiva función de su apariencia pública, que discuta aquello que es ciertamente efímero e insustancial pero no examine la escritura literarias de esas autoras, lo que hacen mientras no están en las redes, lo que proponen sus escritos”. Dejando a un lado hasta qué punto su comentario busca patriarcalizarme —mujer enjuiciadora de otras mujeres, algo que prefiero simplemente soslayar, por la estima sincera que siento por Lina Meruane—, lo interesante es que me pide que evidencie lo que en mi texto es solo latente. Si intervine para referirme al campo literario actual es porque veo mucha publicidad de algunas figuras autoriales que, desde mi lectura –porque las he leído, aunque el comentario de Meruane busque instalar una falta—, no merecen la atención que tanto reclaman, por lo menos al lado de muchas otras, que escriben y publican bajo condiciones similares. No critico, tampoco, su apariencia pública (¿?) sino sus modos de aparición. Y me detengo en la última parte de la frase de Lina Meruane: los escritos de algunas autoras.

Nadie me puede obligar a celebrar la escritura de todas, y en ese sentido tal vez debiera escribir un segundo texto, esta vez de crítica literaria, para evidenciar lo que aquí solo dejo en borrador, porque es un tema extenso, y es que no todas las escritoras (ni todos los escritores, evidentemente, habría mucho que decir ahí también) tienen el nivel de reflexión y trabajo de Lina Meruane, una brillante narradora y ensayista, quien me envía una aguda respuesta para ir en defensa sobre todo de una de las integrantes de Auch!, si bien puse ejemplos de tres novelistas chilenas. La aludida, Montserrat Martorell, es, por cierto, autora de dos libros, trabaja en una universidad y realiza numerosos talleres, patrocinados por medios de comunicación y reconocidos gestores culturales. Curiosamente, ella no se ha animado hasta ahora a escribir un texto sobre mi intervención.

Me veo apuradamente (como dice Meruane) en la necesidad de responder y explicar por qué en mi primer ensayo yo pedía más escritura y más reflexión, antes que la promoción. Invito a Lina Meruane a leer cuentos como Todas queríamos ser como Gabriela, de María Paz Rodríguez, incluido en Niñas ricas, su último libro, donde la falta de coherencia interna del relato incomoda menos que su confusión ideológica, arraigada en la voz de una narradora que, buscando exaltar precisamente el feminismo, no cesa de esgrimir conceptos patriarcales para contar la pérdida de una amistad colegial. Convierte eso en la historia de una caída, la de la “bella” Gabriela en una mujer ordinaria: “Ser bonita como Gabriela es lo que todas hubiéramos querido en el colegio. Una especie de muñeca bien proporcionada, de huesos finos, delicados, como si cada parte de su cuerpo se hubiera hecho con mucha detención. Más alta que nosotras, la suavidad de sus rasgados ojos azules, la piel blanca sin manchas ni imperfecciones, el pelo castaño, largo y ondulado, contrastaba en un todo armónico con su boca ancha, la frente amplia y la nariz angulosa. La delgadez perfecta, las proporciones adecuadas para su contextura”. Así la encuentra años después: “Mi pobre y querida Gabriela, ajada, gruesa, con la cara llena de manchas de sol, representaba varios años más que yo y que el resto de nuestras compañeras. Usaba pantalones, zapatillas y un suéter negro que le tapaba hasta debajo de las caderas. Tenía las manos arrugadas, el pelo corto. Se había convertido en una mujer sin estilo ni pretensiones. Una mujer que nunca hubiera llamado la atención. Si yo no la hubiera conocido antes, jamás habría creído lo bonita que había sido”. No solo no hay trabajo alguno en estas descripciones (y sí mucho lugar común). El cuento completo, con distintas y desconcertantes notas sobre la clase social y el género, es de una dudosa factura “feminista” y un desacierto literario.

No podemos comparar cada novela, poema o ensayo que se escribe en Chile con lo que escribieron Brunet y Mistral.

O invito a Lina Meruane a leer una novela como Antes del después, de Monserrat Martorell, en que los excesos discursivos de la narradora en torno al Alzheimer —la memoria, gran tema literario sobre el cual otras contemporáneas nuestras cincelan monumentos de dolor y belleza, como los textos de Sylvia Molloy, Tamara Kamenszain o Samanta Schweblin— nos llevan a largas parrafadas confusas y sentimentales, en que ni un solo hallazgo sostiene la lectura. Así ocurre, por ejemplo, en este fragmento, en que una hija describe la escena de su padre cada vez más desmemoriado —otrora un temible torturador— y la visita de una antigua empleada, que fue su amante:

Tiene una visita. ¿Quién puede venir a verlo? Es la Rosa. Rosa, ¿qué hace acá? Lo vengo a ver todas las semanas, Olimpita. Y se sienta con nosotros. (…) Me levanto. Los miro desde lejos. Veo como ella lo abraza, le da un beso cariñoso, como si lo quisiera.

¿Habrá estado enamorada de mi papá?

Percibo que él sonríe cuando la ve. Claramente él no estaba enamorado de ella.

¿Por qué ese afán de mezclar las cosas? ¿Habrá sido sólo un tiempo? Era una época bizarra y machista donde los hombres se daban el lujo de acostarse con putas, con mujeres de menor escala social, con sus empleadas. ¿Será dominación? ¿Será el placer de sentirse importantes, necesarios? Decido preguntarle a la nana Rosa por su vida, por su familia, por sus hijas. ¿Cómo están? Me cuenta con orgullo que las tres son profesionales. (…) Que sus nietos son muy lindos. Que le salieron rubios, rubios, como usted, Olimpita, como ustedes. Y me muestra las fotos y le digo que sí, que a veces veo su Facebook, que supe que había enviudado hace poco y que lo siento mucho, y ella se pone las manos en la cara y me contesta: ha sido un periodo muy duro. No sabe cómo lo extraño.

Han pasado diez años de la última vez. Diez años, le repito. ¿Y a mis papás? ¿Hace cuánto que no los veía? Porque se fue de la casa el dos mil ocho… y ella se queda callada y baja la cabeza y le tiemblan las manos, y quiero escribir, pero no puedo, que le tiembla también la memoria. ¿Tú tuviste algo con mi papá? Pero, Olimpia, no me pregunte eso. ¿Eran amantes? Y mira a mi papá como buscando respuestas, buscando un escudo, que sabe no le va a proporcionar, porque para suerte de él, para suerte nuestra, se fue hace mucho tiempo de esta habitación. Insisto. Quiero saber todo. Ella se angustia. Se aprieta fuerte los dedos. No te hagas daño, no es necesario. Dime la verdad. (…)

¿Usted sabía de las torturas? A veces. Él llegaba cansado a la casa y me contaba de las órdenes y de que había gente que había que aplastar, pero yo no le preguntaba detalles. Si usted sabe que yo tenía simpatía por el gobierno de Allende, por el gobierno de la Unidad Popular. Tú eras comunista, le digo yo, y siento que a pesar de haberme salido de ese círculo y de esa gente, al final tengo trancas con la palabra y me da un poco de nervio y un poco de rechazo ser de izquierda. No me catalogaría de izquierda-izquierda. Sería de esa izquierda culta, de viajes a Europa, de vacaciones en París, en Londres, de colegio francés, liberal, a veces creyente en Dios, a veces no, con sensibilidad, con fines de semana de teatro, de museos, de casas enormes en Peñalolén o La Reina, de buenos apellidos, con esa capacidad de estar, de estar bien, de ser siempre de aquí o allá y caerles bien a los de derecha y a los de izquierda porque podría ser de cualquier parte. Y pienso en la familia de la Amaranta y de la Paloma y de la Ana y de la Luisa y de la Amanda que son así, que salen del colegio y estudian en la Portales o en la Chile o en la Alberto Hurtado carreras artísticas donde le dan como caja a la literatura y al teatro y a las artes y a la sociología, y siempre hay abogados y arquitectos y filósofos que toman vino y vino caro, que escuchan música en inglés, que han ido a París más veces que yo, que son tan cuicos como cualquier otra vieja cuica, pero que tienen ciertas banderas que defienden a ultranza, como el aborto, como la libertad, como los derechos de las mujeres. Porque si algo me da rabia en la derecha chilena es que el cuiquerío conservador se apropia de causas como la familia, pero trabajan todo el día. Los hombres. Siempre son los hombres. A veces desde las siete de la mañana hasta las diez de la noche, y no ven a los hijos y no escuchan a sus mujeres. Dicen que son pro familia, pero lo que menos hacen es estar, precisamente, con sus familias.

Tal vez pueda decirme Lina Meruane si ésta le parece la forma de narrar un encuentro como éste, si hay delicadeza en el lenguaje, en los tiempos para contar una historia de esta envergadura, en esa narradora/patrona que domina ideológicamente en el relato (ella es la buena y su padre, el malo) e interroga a la empleada, interrogatorio que deriva en el exorcismo de los demonios políticos de Olimpia, descritos con bastante ingenuidad, en una confusa reflexión sobre la izquierda y la derecha, llena de lugares comunes. Discurso, discurso, discurso, sin ninguna estrategia, solo el decir, que no es lo mismo, como sabe muy bien Lina, que el narrar.

Sobre María José Navia, creo que es un caso aparte: ella tiene varios libros publicados y me parece que la discusión de su trabajo merece un poco más de desarrollo. Sin embargo, a su iniciativa de las #366escritoras, se suman otras decisiones que me parecen políticamente desafortunadas, como por ejemplo publicar en El Mercurio, en pleno estallido social, el cuento Regalos, que fue portada de Artes y Letras, donde absolutamente abstraída del difícil momento vivido en el país, refiere la historia de una inmigrante, Sofía, que vaga por Nueva York —como en otros cuentos de Navia, se utiliza esta inmigración de factura muy literaria y despolitizada— rememorando imágenes navideñas de la infancia y escuchando un cuento de navidad de Paul Auster: “Tiene, sí, sus audífonos y, con ellos, la posibilidad de escuchar algo que la acompañe en su camino hasta el waterfront. Siempre le pareció una palabra para otra cosa. Una palabra escrita con letras grises y verde oliva, como de película de guerra, de esas que ella prefiere no ver, por muchos premios que se hayan ganado”. Algo de Sofía hay en el gesto de Navia, que prefiere no ver, cuando ya se sabía que había más de 350 personas con daños oculares, entre otros tantos efectos de la violenta represión del gobierno, con la complicidad silenciosa de la prensa oficial.

Desde luego que las escritoras no son las únicas que entran en estos juegos de la promoción literaria: tan inapropiado como usar el feminismo para escudarse de la discusión crítica y verdaderamente política, es que otros se cobijen en el estallido social para posicionar sus obras, como lo hizo el escritor Ernesto Garratt cuando escribía, el año pasado, en Twitter, que su novela Allegados había anticipado esa explosión. O que un escritor que se pretenda de “centro-izquierda”, como Cristián Warnken, haya realizado las obsecuentes entrevistas que hemos visto en las últimas semanas, a figuras del gobierno. O la lamentable columna de Arturo Fontaine en la revista mexicana Letras libres, publicada en los primeros días del estallido social: “Los alumnos que evaden abiertamente el metro en Chile, que subía para los adultos de 800 a 830 pesos chilenos, desafían a los guardias y a la policía que actúa con torpeza y, en ciertos casos, con violencia inadecuada. La cosa escala y aquí es muy probable que intervengan, mezclados con ellos, manos expertas: destruyen estaciones, carros, líneas y logran paralizar el metro. La velocidad y sincronización con que dañan 80 estaciones y queman completamente 11 de ellas habla de profesionales. ¿Quiénes son? No sabemos. Hay quienes ven aquí la mano de agentes de Maduro. Es una conjetura. No hay pruebas. Al menos, por ahora”. Me pregunto cómo se condice este párrafo con la última novela de Fontaine, La vida doble, en que el escritor ingresa en recovecos psicológicos sobre la traición política, en la figura de una guerrillera de izquierda, que se vuelve agente de la dictadura, con la que buscó, probablemente, renovar un poco su conservadora imagen política.

De aquí, de la lectura de los textos, proviene mi preocupación no solo por el feminismo, sino por la literatura que estamos escribiendo en Chile y los posicionamientos de las autorías. Por el papel que estamos jugando lxs escritorxs, papel que en otros tiempos fue decisivo en la lucha contra la injusticia. Pero, sobre esto, parece que nadie quiere hablar.

La propia Lina Meruane describe lo que opera en las autopromociones de estas autoras en las redes sociales: “La desaparición de los espacios prestigiados de la edición y de la circulación y de la lectura, es decir, del reconocimiento y la validación, están teniendo un impacto en las ansiedades y, por extensión, en la implementación de estrategias, calculadas o casuales, constructivas o destructivas, que están utilizando las escritoras-emergentes”. La misma Meruane lo dice: “constructivas o destructivas”. Ansiedades. De ahí mi texto, que llamaba a reflexionar sobre esas ansiedades, para no destruirnos en este importante momento destituyente-constituyente.

La misma Meruane lo dice: “constructivas o destructivas”. Ansiedades. De ahí mi texto, que llamaba a reflexionar sobre esas ansiedades, para no destruirnos en este importante momento destituyente-constituyente.

“Tal vez no sea del todo incompatible escribir bien o mejor y querer dar a conocer la escritura en los espacios disponibles hoy”. Lina Meruane da en el punto. No son incompatibles. Y he sido la primera en presentar libros, reseñar escrituras, dar a conocer textos, guiar tesis sobre autorxs muy nuevxs, cuando he considerado que aportan literaria y estéticamente. Tampoco “demonizo” en mi texto, como ella sugiere, el lugar de las redes sociales. Todo lo contrario: menciono, por ejemplo, a la investigadora Carolina Gaínza, quien ha trabajado realmente todos estos temas que yo apenas comienzo a pensar, para sostener que debemos alfabetizarnos sobre ello.

Las “imágenes superficiales”, que según Lina Meruane me “deslumbran”, no son de mi autoría. Existen, se hacen insistentemente visibles en las redes sociales en que participo, que son Instagram, Facebook y Twitter. Son públicas y están vinculadas con el oficio, no las saco de quicio, no las ridiculizo. No exagero. Distingo entre “existir”/”aparecer”/ “visibilizar”/”leer”. Solo hago un ejercicio de interpretación y crítica que, me pareció, podía enriquecer un debate hasta ahora inexistente, como muchos otros que me encantaría abrir, precisamente procurando luchar contra la visión que tienen de nosotrxs, lxs académicxs: que solo escribimos para ganar puntos y proyectos, que habitamos una oscura torre de marfil. Que estamos “encerrados” en nuestros “marcos teóricos”.

En una entrevista a Diamela Eltit, en diciembre de 2019, esta escritora clave del desarrollo del feminismo en Chile anticipaba las inquietudes que planteo. Respecto de la importancia de tener una comunidad literaria decía lo siguiente: “Lo veo difícil por la penetración neoliberal, y la persecución de un lugar que en realidad no existe, porque no hay meta. Tal vez la única meta es terminar un libro, pero veo que es un camino muy solitario: correr solo hacia una meta que no sé cuál es. También pienso en las movilizaciones actuales y en su renacer: establecernos en comunidad con todas las diferencias, pero que las diferencias no sean quién ocupa este lugar, quién gana este premio, sino que sean estéticas. Eso es lo interesante: discutir estéticas”. Y en otra intervención, precisamente en el podcast de Palabra Pública, apunta también muy claramente a lo que está detrás de toda esta discusión, refiriéndose a la creación de Auch!: “La lucha es democratizar la letra. La autoría siempre está detrás de la letra y no delante. Eso no quiere decir que si las chicas quieren hacer organizaciones, yo esté en contra, me parece muy bien. Pero el horizonte tiene que estar en democratizar la letra, no los cuerpos de los autores. No hay que esencializar a las mujeres, no todas las escritoras somos iguales, no todas escribimos lo mismo. Por el contrario, hay que ver la letra como insumo, como producción social”.

Como se puede ver, creo que en este último punto, Lina Meruane, Diamela Eltit y yo estamos de acuerdo, y es sobre esto, y no sobre Auch!, de lo que hay que hablar.

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