La pandemia y la crisis de las humanidades

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¿Están las humanidades en peligro de extinción? ¿Es posible vivir en la sociedad actual sin filósofos, sin historiadores, sin educadores, sin artistas? ¿Se puede escuchar a los otros, aprender a debatir y compartir con los demás sin estas áreas de conocimiento? Lo que está en juego es la manera de estar en el mundo y de eso se preocupan nuestras disciplinas. Vivimos porque convivimos. Sin las humanidades, la ciencia está vacía y la tecnología ciega.

Por Naín Nómez

Podemos decir con Marshall Berman que vivimos tiempos en que todo lo sólido se desvanece en el aire. Parafraseando al coronel Aureliano Buendía en el inicio de Cien años de soledad, podríamos agregar que muchos años después íbamos a recordar con nostalgia el momento en que las humanidades eran parte del conocimiento esencial de las academias, que datan al menos desde la época de Aristóteles hace unos 2400 años. Fue a partir de la entronización del proceso de la modernidad hacia los siglos XVII y XVIII que los estudios humanísticos empezaron a perder terreno frente a la relevancia que adquirió el pensamiento científico, en connivencia con la racionalidad del pensamiento cartesiano, primero, y del positivismo de Augusto Comte, después. El proceso de la modernidad que puso al sujeto en el centro del mundo y por ende del conocimiento, y que afirma que el progreso en la marcha hacia la libertad y la felicidad está gobernado por el saber de la razón. Posteriormente, y de la mano con el liberalismo, el naturalismo y el positivismo, la racionalización del mundo se homologa al lenguaje de la ciencia como el discurso por excelencia de la verdad. Esto se acrecienta en el siglo pasado, con la caída de los grandes relatos y la crisis en que entra el proceso histórico moderno por el agotamiento de su movimiento liberador e igualitario, dejando como única utopía la de la ciencia a través de sus aplicaciones técnicas en la cibernética, la telemática y la informática.

Naín Nómez. Crédito: Rodrigo Fernández.

Esta entrada un poco rimbombante solo tiene el sentido de situar la crisis de las humanidades en el camino de una crisis mayor en donde la racionalidad original del proceso de lo moderno, que era la consecución de una finalidad social, se convierte en racionalidad instrumental, acción puramente técnica cuyos fines están guiados por el interés personal y no social. Después de su paulatina instalación, con avances y retrocesos, el proceso de la modernidad empieza a disolverse, sin que todavía sepamos muy bien si lo que tenemos ahora es una postmodernidad o si en este largo camino solo se trasviste, como lo hace el tecno capitalismo liberal actual.

Más allá de estas disquisiciones tan poco alentadoras como el covid-19, es necesario que volvamos al tema que nos convoca. ¿Están las humanidades en peligro de extinción? ¿Es posible vivir en la sociedad actual sin filósofos, sin historiadores, sin educadores, sin artistas? ¿Se puede escuchar a los otros, aprender a debatir y compartir con los demás sin estas áreas de conocimiento?

Actuamos desde las emociones y estas están ligadas a disciplinas humanistas. La ciencia aplicada nos da vacunas, pero las humanidades nos hacen conocer las realidades sociales de los seres humanos que se enferman. Ellas no intervienen en la creación de las vacunas, pero ayudan a enfrentar de mejor manera la existencia dentro y en la pandemia: la soledad, la tristeza, los conflictos amorosos, los recelos frente a la inoculación, el desempleo, el aislamiento de la familia y los cercanos, la educación virtual y, en fin, a dar las otras respuestas (que son múltiples) a la pandemia. Se trata de intervenir el virus no como lo hacen la economía, la microbiología, la bioquímica, sino también desde la mirada de nuestras disciplinas: la filosofía, la sicología, la antropología, la lingüística, la literatura, la educación, la historia, el periodismo, etcétera. También desde la vida en común de la humanidad, desde la reflexión que reconoce la relación entre el ser humano y la naturaleza, desde la necesidad de situarnos en nuestra precariedad, de hacernos parte de un colectivo que nos permite ser solidarios y exorcizar nuestra soledad. Los algoritmos, las cifras, las estadísticas son solo datos que no nos acogen, no nos alimentan, no nos abrigan. Necesitamos que nos recuerden el sentido de todo esto, que se trata de fenómenos que hemos experimentado desde siempre, que contamos con la experiencia de los otros y las otras, ahora y antes, que es parte de la supervivencia de la vida. Ese apoyo viene de las reflexiones individuales y colectivas de nuestras disciplinas, que nos describen lo que nos pasa como sujetos y como sociedad y nos entregan el sentido de la existencia, más allá de los avatares coyunturales que de vez en cuando nos enfrenta con el medio natural (terremotos, incendios, plagas, erupciones volcánicas, inundaciones, etcétera). El miedo, el pánico, el terror, el dolor de la existencia que se acrecienta con el aislamiento, el encierro, el hambre, la separación de las familias y amigos, la incertidumbre del mañana, no pueden ser apaciguados por los bonos y las canastas alimenticias. Se necesita otro  tipo de alimento más espiritual, más ético, más emotivo, más trascendental, más comunal, que entregue los contextos hacia atrás y hacia adelante, aunque no dé certezas porque nadie las tiene. Justamente, es la incertidumbre la que permite empezar a elaborar respuestas sean o no verdades, porque alimentan el ser sí mismo, el ser sí misma. Las humanidades dan el conocimiento y la experiencia de muchos seres humanos, cuyas representaciones reales y simbólicas incursionan en las experiencias subjetivas de los que vivimos hoy en pandemia. Los alemanes, por ejemplo, han consultado a filósofos, historiadores, cientistas sociales, especialistas en comportamiento y en otras áreas, para aportar al proceso educativo de los niños en la actual situación. En cambio, nuestros dirigentes desconocen el papel de los estudios humanísticos o los consideran superfluos, al margen de encajar dos o tres frases de referencia cultural al azar en algún discurso lleno de lugares comunes. Chile tiene una de las tasas más altas a nivel mundial de trastornos como ansiedad y depresión. El confinamiento aumenta la irritabilidad y la sensación de falta de sentido. Se ha perdido a personas cercanas y el encierro es fatal para los jóvenes. Las mujeres quintuplican a los hombres en problemas mentales, especialmente en sectores vulnerables. Se percibe una amenaza externa que no es controlable. Hasta la relación amorosa sufre y se enferma: es cosa de ver la proliferación de los femicidios, sin contar la intensificación de los conflictos y las separaciones. Todo es visto desde la perspectiva médica y biológica sin ver el rol que podrían jugar las ciencias humanas y el conocimiento artístico frente a la desesperanza.     

¿Qué utilidad pueden tener las humanidades hoy?

Como ha dicho el escritor Paul Auster, en La Tercera, “si no tenemos arte, moriremos espiritualmente”. Lo que está en juego es la manera de estar en el mundo y de eso se preocupan nuestras disciplinas. Vivimos porque convivimos. En este sentido, no se trata de oponer ciencia a humanidades, porque también tienen que convivir y trabajar conjuntamente. Sin las humanidades, la ciencia está vacía y la tecnología ciega. Si no hay seres humanos, ¿para qué la ciencia? ¿Para qué el desarrollo si no hay cuidado para los seres humanos?  Quienes proporcionan valor y sentido frente a la utilidad, cuestionamiento frente a los dogmas de la eficiencia, son las artes, la historia, la literatura, la filosofía y la educación, entre otros saberes.

Hemos descuidado tanto la naturaleza que ahora se resiente. Al matarla nos matamos nosotros. Al planeta no le hacemos falta. Seguirá ahí. Acostumbrados al corto plazo por el exitismo, el consumo, los medios tecnológicos, hemos perdido la paciencia. Las humanidades nos enseñan que todo cambio requiere tiempo y que las medidas actuales generarán la sociedad del futuro, que no son solo aparatos virtuales o robots, sino que se trata de cambiar la forma en que nos relacionamos y de cómo nos sentimos mejor. El avance de la automatización del trabajo, la educación y el comercio produce un dilema ético. La velocidad de las máquinas y el utilitarismo reduce la empatía e instalan un antihumanismo radical. Es la optimización mercantilista del teletrabajo, que es una nueva forma de control social que impide la capacidad de decisión humana. Por un lado, está el confort de la tecnología y la imposición del trabajo virtual como una necesidad de la pandemia, que no solo produce formas de tristeza, depresión y aislamiento, sino que destruye miles de empleos y limita los lazos humanos, la sociabilidad y la felicidad de construir proyectos comunes, cuerpo a cuerpo. Esto pasa también con la educación a distancia, que elimina la necesidad que tenemos de educarnos en aulas comunes junto a los demás. Por otro lado, el cambio digital que aceleró la pandemia profundizó las brechas  y desigualdades socioeconómicas, raciales, geográficas, educativas y de género, que son exclusiones de larga duración.

En Chile, el individualismo ha llegado a un nivel insostenible y eso incide en el número de contagiados y de muertos, porque cada uno se rasca con sus uñas. No hay pegamento social y solo se hace comunidad en algunos bolsones sociales, como los colectivos en las poblaciones para parar la olla común o en asociaciones barriales de capas medias intelectuales o socializadas. Las elites económicas son individualistas por naturaleza o solo se articulan en función de la clase o el dinero. El ascenso de diversos grupos medios aspiracionales ha engendrado también un reagrupamiento social cuyo objetivo es tener más dinero  y no perseguir otros valores más tradicionales como la educación y la cultura en su simbología general. En gran medida, los y las jóvenes han crecido bajo estos “valores-disvalóricos”, acrecentados por una desmesurada subjetividad basada en los medios tecnológicos y la virtualidad, que intensifica las conductas de aislamiento y competitividad. A eso se agrega el presentismo que significa vivir encerrado por el covid-19, sin pasado ni futuro, ratificado por la incapacidad de proyectarse en la sociedad que viene. Como indica el biólogo y filósofo chileno Humberto Maturana, recientemente fallecido, “antes de la pandemia vivíamos insensibles, ciegos a muchas cosas (…) es la psiquis del poder, es una psiquis de lucha competitiva oportunista (…) ahora decimos que somos los primeros en vacunas ¿para qué? (…) el deseo psíquico de negar al otro, es una actitud negativa” (La Tercera). Ya no tenemos mundo sino solo fragmentos de realidad inconexa, cuyo círculo más amplio son parientes y amigos que visitamos de manera virtual y telegráfica. Desde hace tiempo, hemos perdido el sentido de comunidad que alguna vez tuvimos.

La relación establecimiento-mundo científico-salud, escamotea los muertos. Mientras la ciencia quiere explicar el fenómeno, nosotros queremos saber su significado social, cómo reaccionamos frente al virus y frente a la muerte súbita. Hasta un defensor de la tradición liberal como José Joaquín Bunner indica: “¿acaso las ciencias no han tocado sus límites frente al virus? ¿Es contar los muertos, el máximo indicador de la eficiencia y la racionalidad?” (El Mercurio). Y agrega: “La vista de los cadáveres despierta pasión por la vida. No es una amenaza solo a la salud, sino a la propia sociedad, las instituciones, el Estado, los estilos de vida, los imaginarios, la percepción del futuro. Además de las cifras o los paliativos, la sociedad reclama interpretaciones intelectuales, reflexión filosófica, relatos históricos, análisis comprensivos, intuiciones de poetas y escritores, arte, teatro, en fin, formas de imaginar que den sentido a las experiencias reales de fragilidad, de temor y de incertidumbre, el fin del sin sentido que siente el ser humano frente a la catástrofe”.

La Asociación de Investigadores e Investigadoras en Artes y Humanidades, organismo creado por los académicos de diversas universidades del país, envió al Gobierno una propuesta de medidas en relación al covid-19 y, a la vez, formuló una mesa de trabajo con el Ministerio de Ciencias para discutir temas como la salud mental, la brecha digital, la relación con el Estado, el ámbito laboral, la desigualdad  y los derechos humanos. Entre las medidas propuestas estaban las de transparentar la toma de decisiones, desarrollar mayor contacto con las comunidades para recoger sus necesidades y conocer sus prácticas culturales, poner énfasis en el cuidado comunitario y reforzar los esfuerzos en salud mental. También se planteaba incorporar las perspectivas de género y apoyar a las poblaciones migrantes. Hasta donde sabemos, nada de esto ha sido recogido por el Gobierno y no hay ningún representante de las humanidades y las ciencias sociales en la mesa donde se toman las decisiones para hacer frente a la pandemia. El Gobierno, atrincherado en sus posiciones autistas, sigue considerando la crítica como sinónimo de perjuicio y falta de cooperación. Por su parte, el profesor Rodrigo Karmy de la U. de Chile, ha señalado que las humanidades pueden parecer fuera de época, en desuso e inútiles, idea que nos viene de la arrogancia de las ciencias duras y nuestro complejo epistémico. También del relevamiento de la producción del conocimiento neoliberal y el capitalismo académico con su obsesión por la indexación equivalente a dinero, la obligación de usar formas metodológicas de las ciencias duras, que de esta manera se erigen en el fetiche de “investigación en sí”, que acumula “capital cognitivo” y alimenta el flujo del “capitalismo mundializado” dejando de lado la figura del intelectual. Desde esta mirada, solo las humanidades permiten ir más allá de los logaritmos y las estadísticas, para desarrollar diálogos y abrirse a otras preguntas que interpelen las modulaciones del presente, las prácticas y saberes que provienen de las experiencias cotidianas de los interlocutores, los orígenes de sus vivencias frente al virus y sus secuelas de muerte, así como las historias que se ocultan detrás de cada sujeto y su entorno. Es lo que recoge el concepto de “Syndemia” de Merril Singer, que alude a la interacción entre lo biológico y lo social, incluyendo las desigualdades de todo tipo. Ver el covid-19 como una syndemia implica comprender sus orígenes sociales y las enfermedades no comunicadas (NCD, por sus siglas en inglés) como hipertensión, obesidad, diabetes, enfermedades respiratorias y cáncer, que se relacionan con la educación, el empleo, la vivienda, la alimentación y el medio ambiente. Como destaca Grínor Rojo, las humanidades dan origen a la cultura moderna que cuestiona la naturalización del aparato simbólico de la economía neoliberal. Tal vez por ello, del ínfimo 0,36% de su producto bruto que Chile destina a la investigación (frente al 3,25% de Suecia) solo un 0,10% corresponde aproximadamente a las humanidades. Su tarea puede ser peligrosa para los poderes estatuidos.

Judith Butler nos recuerda que hace 20 años, en la película Matrix 1, el agente Smith le decía a Neo: “Ustedes no son mamíferos (…) se multiplican y multiplican hasta consumir cada recurso natural. El único otro organismo que sigue el mismo patrón es el virus (…). Los seres humanos son una enfermedad, un cáncer del planeta: son un virus. Un virus que vive a expensas de las células que invade”. Sobrepoblamos el planeta, aumentamos la temperatura de la biósfera con el desarrollo técnico-industrial y económico, hemos extinguido especies completas de flora y fauna. No nos diferenciamos mucho del virus que ahora nos ataca. Desde las humanidades no podemos tampoco parar el virus. Pero podemos trabajar desde las subjetividades de cada ser humano para hacer la pandemia menos apocalíptica y abrir otras realidades, que nos ayuden a asumirla y entender su proceso interior, limitando sus efectos sicológicos y existenciales (25-5-2020).   

Queremos finalizar citando al académico portugués Boaventura De Sousa Santos, quien en su libro La universidad del siglo XXI (2015), señala: “Sostengo que en el siglo XXI la universidad pública será menos hegemónica en el campo de la producción de conocimiento avanzado, pero no menos necesaria. Su especificidad como bien público es la de ser la institución que une el presente y el pasado con el futuro, a mediano y largo plazo a través del conocimiento y de la educación que genera. También es la institución que crea un espacio público privilegiado, potencialmente dedicado al debate abierto y crítico de las ideas (…). En los últimos años ha aumentado la presión para transformar a la universidad en una empresa capitalista como cualquier otra, para proletarizar a sus profesores y convertir a los estudiantes en consumidores de un servicio más. La creatividad, el pensamiento libre, el saber y la innovación sin valor económico cada vez son más marginados, y ya comienzan a ser sospechosos o simplemente inútiles (…). Es por esto, un bien público permanentemente amenazado”.

Esperemos entonces, parodiando al escritor guatemalteco Augusto Monterroso, que cuando despertemos mañana, la próxima semana o el próximo mes, la pesadilla monstruosa de la pandemia ya no siga ahí. Por otro lado, esperemos también que las humanidades sigan siendo parte esencial de nuestras sociedades y que nos acompañen a lo menos por otros 2400 años más.

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Esta es la exposición central que dictó Naín Nómez en la ceremonia de conmemoración del cuadragésimo aniversario de la Facultad de Humanidades de la Universidad de La Serena, el 30 de abril de 2021.

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