Mapear la heterogeneidad de las escrituras chilenas. Entrevista a Soledad Bianchi (Parte I)

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En esta entrevista, Romina Pistacchio y Gabriela Alburquenque desentrañan el programa intelectual de la crítica literaria Soledad Bianchi. En un recorrido por sus herencias e influencias teóricas, su experiencia personal y política, los cambios de su tiempo y su vida, Bianchi va tejiendo en primera persona la historia de los que terminaron siendo sus principales aportes al campo de la crítica y los estudios literarios en Chile y América Latina.
Por Romina Pistacchio y Gabriela Alburquenque 
Fotos cortesía de Soledad Bianchi

8 de enero de 2021. Soledad Bianchi Laso nos contesta la videollamada con la calidez de quien está frente a frente. Ya vamos a cumplir casi un año en cuarentenas debido a la emergencia sanitaria generada por la pandemia del covid-19. Conversamos a través de la pantalla de literaturas, política y de la historia, tres de los ejes fundacionales de lo que será, en sus propias palabras, su proyecto intelectual, cultural y político. Bianchi recuerda, y en sus palabras aparece un pasado que moviliza el presente. Perseveramos en y continuamos el trabajo de intelectuales como Julieta Kirkwood, que a partir de estudios etnográficos, sociológicos, pero también del diálogo directo, de la charla, la cháchara, el cahuineo y el imperio de la primera persona, como parte del aparataje metodológico de investigación, han ido reconstruyendo los hiatos y silencios de nuestras historias, historias de mujeres en su proceso de verse y reconocerse en el proceso de la historia.

Las preguntas que animan este encuentro con Soledad Bianchi parten desde la experiencia personal, pues reconocemos allí la configuración de unas posibilidades y unos modos de argüir estrategias para inaugurar y practicar un trabajo intelectual que evidentemente implicará una transgresión a la gramática androcéntrica de la ciudad letrada. La entrevista que sigue intenta desentrañar el programa crítico de Soledad Bianchi a partir de la (auto)identificación de sus herencias e influencias teóricas en la formulación del proyecto intelectual, la construcción de aparatos metodológicos y los principales conceptos, aportes y renovaciones al campo de la crítica y los estudios literarios en Chile, Latinoamérica y el mundo.

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Romina Pistacchio (RP): Pensamos que para poder conocer tu proyecto en profundidad es necesario ir hasta lo personal. De hecho queremos comenzar haciendo referencia a una entrevista anterior donde también cuentas algunas anécdotas o lecturas personales sobre tu proceso de convertirte en estudiante de Literatura. En esa entrevista tú comentabas que habías estudiado Literatura por una cuestión familiar, una tradición. También en tu Libro de lectura(s), le agradeces a tu linaje: tu padre era el verbo, por decirlo así, tu madre era la oralidad, y eso es bien bonito, queríamos explorar un poco más en eso.

Soledad Bianchi (SB): La verdad es que por historia familiar yo no hubiera llegado nunca a estudiar literatura. Mi papá nos leía poemas, cuentos; mi mamá tocaba guitarra, cantaba. Pero la verdad es que mi papá era abogado y quería a toda costa que yo lo fuera. Incluso, mi padre se burlaba bastante de la familia de mi mamá porque eran escritores; mi papá era muy tradicional. La verdad es que yo quise estudiar filosofía primero y no pude porque era muy joven, y como la mayoría de edad era a los 21 años fue conflictivo porque, además, yo quería estudiar en la Universidad de Chile y mis padres no querían que estudiara allí. Yo había estado en un colegio de monjas, muy reaccionario, entonces me correspondía, como quien dice en esos cauces que hacen, estar en la Universidad Católica y, como yo quería entrar al Pedagógico de la Chile, mi papá me dijo “está bien, pero Filosofía por ningún motivo”.

Yo tenía diecisiete años cuando entré a la universidad. Me dijeron entonces que si quería a los veintiuno podía entrar a Filosofía, porque ahí iba a ser mayor de edad. La verdad es que estaba entre Filosofía y Castellano. Y por Literatura, en buena parte, opté por Castellano y lo más divertido y absurdo es que ahora me doy cuenta que podría haber estudiado las dos cosas y mi papá jamás lo hubiera sabido.

Estudié Castellano porque me gustaba. Me gustaba leer, pero no creas que fue una carrera aplaudida en mi casa. Lo que pasa es que mis abuelos y mis tíos, hermanos de mi mamá, eran escritores, pero mi papá se burlaba mucho de ellos. Mi abuelo era un escritor más o menos famoso, Olegario Lazo, conocido, en especial, por un cuento que se llama “El Padre”. En casa de mis abuelos, yo conocí a bastantes escritores: me acuerdo de Alone, a alguna gente del grupo Fuego de Poesía. Me acuerdo que Pedro Lastra iba a ver a mis abuelos también. Mi abuela también escribía, pero algo así como novelas históricas un poco ingenuas.

Entonces, entré a estudiar Castellano al Pedagógico porque de eso estaba muy segura y clara: quería que fuese allí, en la Universidad de Chile. Postulé a Filosofía en la Católica, un poco por obligación, y como no tuve buen bachillerato, no quedé en las primeras listas de ingreso. Cuando entré al Pedagógico, como a los dos o tres días me llamaron de la Católica para decirme que me aceptaban en Filosofía, pero ya no importaba. Bueno, entré al Pedagógico y, claro, ha sido una de las etapas más importantes de mi vida. Yo quería un mundo diferente. Había estado en un colegio católico de monjas, de gente bastante acomodada, aunque no era el caso de nosotros, entonces quería conocer otros mundos y por eso entré al Pedagógico.

Soledad Bianchi en Antofagasta, 1948, con su madre Julita Laso de Bianchi.

RP: ¿Ahí las ideas políticas eran una curiosidad o dentro de tu familia había un pensamiento político más bien de izquierda?

SB: Mi papá no podía tener ideas políticas explícitas porque trabajaba en Carabineros, como abogado. Él fue general, fue auditor general de Carabineros, pero hasta 1964, creo. Podría decirse, pienso, que era medio demócrata cristiano de derecha. Mi mamá era muy derechista, seguramente porque mi abuelo había sido milico; mi abuelo Olegario escribía cuentos militares, casi todo lo que escribía era sobre milicos. En general, era gente de derecha, bastante conservadora, católica, prejuiciosa, muy típica clase media-media.

RP: Y en este escenario adverso o distinto a lo que ha sido después tu trayectoria, ¿cómo se explica esa transformación y tu participación en otros espacios sociales? ¿Cómo se explica tu entrada al Pedagógico? ¿Tu militancia comunista en los años setenta y ochenta?

SB: En el colegio, yo creo que influenciada por mi formación católica, era parte de un grupo preocupado por la gente pobre (“vulnerable” se diría ahora: ¡qué absurdo!). Íbamos a poblaciones, a la cárcel de mujeres y, por ese lado, pienso que tenía cierta conciencia social. Me importaba mucho. Pero insisto en que, en ese tiempo, ese interés estaba muy mezclado para mí con el catolicismo. El otro día me estaba acordando que en 1958 se eligió a Alessandri. En esa época, yo vivía en la calle Guardia Vieja y Salvador Allende vivía allí. Pero cuando niña, yo no era de izquierda. Ninguna de mis amigas del barrio era de izquierda. Veíamos a Allende casi con miedo cuando pasaba en auto, era senador.

Yo tenía diez años para esas elecciones —y esto lo cuento en ese libro [Libro de lectura(s)]—, y ese día —4 de septiembre— estábamos en la calle. Éramos un grupo como de diez niñitas como de diez años, yo era de las menores, la mayor tendría doce, y a los autos que pasaban les hacíamos el número del candidato y Frei era el cinco. Allende era el cuatro y el uno era Alessandri. Eran cinco candidatos. Entonces, me acuerdo que esa era la segunda vez que Allende se postulaba; y había un candidato que le decían el cura de Catapilco porque era de ese pueblo, y fue el que permitió que saliera Alessandri, le quitó votos a Allende. Y el cura de Catapilco hablaba por radio y decía que cuando la mamá de Allende se estaba muriendo le había pedido que le prometiera que se presentaría a todas las elecciones hasta ser elegido. Mientras tanto, la señora, la mamá de Allende, pasaba por la calle; ¡no pensaba haberse muerto!

Bueno, el día de la elección en 1958 —antes las elecciones eran el 4 de septiembre—, estábamos en la calle haciendo con los dedos de las manos los números de los candidatos. Yo era freísta y por eso mostraba el cinco, todas mis amigas eran alessandristas y hacían el uno. De repente pasa una camionetita chica y se detiene. Nosotras miramos y era Allende, y Allende se bajó del auto y nos dio un discurso. ¡Increíble! Todas tratábamos de mostrar el cuatro con los dedos porque nos daba vergüenza, entonces Allende nos habló, no me acuerdo de nada, pero sí que usó la palabra «demagogia» porque yo no sabía lo que significaba y llegué a la casa a preguntar qué era. Fue bien impresionante que el viejo se haya parado frente a un grupo de cabras chicas de entre diez y doce años y nos diera un discurso. No creo que eso haya influido posteriormente en mí.

Y bueno, por otro lado, mis papás eran amigos de unos demócratas cristianos. Mi papá era, yo diría, un hombre justo en el sentido de la igualdad social, a pesar de ser de derecha, no estaba por ponerse por encima ni explotar a los otros.  Por mi parte, yo estaba en un colegio muy, muy reaccionario, se llamaba: Jeanne d’Arc. Las monjas eran muy injustas, eran unas monjas francesas. Me acuerdo que llegaban los choferes de las alumnas con sacos de papas y con productos del fundo de regalo. Las monjas les ponían puros sietes. Yo estaba furiosa y me peleaba; no sé, desde siempre encontré que era injusto, que por qué no nos consideraban a las que estudiábamos más. Incluso, una vez me peleé con una profesora, yo tenía nueve años y me acuerdo que ella lloraba pidiéndome perdón. En ese tiempo, ese colegio no tenía exámenes válidos, o sea, que no podía acreditar a sus alumnas para entrar a la universidad. Algunos padres argumentaban que no todas las muchachas iban a casarse y comenzaron a exigir exámenes válidos. El hecho de crearlos significaba que ya no todo podía ser enseñado en francés, por ejemplo, y además que había que seguir las normas del Ministerio de Educación de Chile y que tenía que haber seis preparatorias —cuando en el colegio había cinco—: desde la quinta preparatoria se pasaba a primer año de Humanidades [hoy: 7° Básico], no sé por qué. Entonces tuvieron que crear la sexta preparatoria. Yo estaba en cuarta y pasaron a las mayores a los cursos superiores, aunque eran pésimas alumnas, pero con apellidos rimbombantes y con fundos. Entonces, yo me piqué y le dije a la profesora que era injusta y que, por lo menos, a las tres más aplicadas del curso nos tenían que subir a sexta. Entre otras compañeras, yo fui promovida a sexta.

Por eso salí a los dieciséis del colegio. Yo siempre tuve conciencia social, no sé por qué, y además sufría mucho con la pobreza. Cuando entré al Pedagógico, siendo simpatizante demócrata cristiana, en primer año no me metí mucho en política. Lo que hice fue meterme al grupo folclórico que era muy entretenido. A mí me fascinaba —y me gusta todavía— cantar y, en ese tiempo, tocaba guitarra. Nos juntábamos los sábados después de almuerzo y cantábamos canciones chilenas, solo era folclor hasta cierta hora y, después, cuando tomábamos once, cantábamos boleros. En segundo año, en 1966, no fui militante, pero sí empecé a ir a la Federación de Estudiantes, a la FECH, como demócrata cristiana y me metí más en el grupo.

RP: Hay algunas cosas en las que le tengo especial interés y cariño de que sean respondidas. Esto porque nos ayudará a hacernos una imagen del escenario epistémico-discursivo que existía en los años sesenta en la academia y pensamos que el testimonio en primera persona de él nos ayudaría a construir un paisaje concreto de ese momento. ¿Cómo era la carrera que estudiaste? ¿Cómo eran, por ejemplo, las mallas curriculares, cuáles los cursos, quién les enseñaba, había bandos o grupetes?

SB: ¿Sabes? El Pedagógico era muy politizado. Yo entré en 1965 y en 1964 se había elegido a Frei Montalva como presidente de la República. Entonces, el 21 de mayo de 1965, cuando fue su primer discurso ante el Congreso como presidente electo, yo ya estaba en el Pedagógico. En esa ocasión hubo unos muchachos, una mujer y un hombre, que tiraron panfletos y gritaron en contra, y resulta que después nosotros los encontramos en el Pedagógico, y allí eran considerados como una especie de héroes, todo el mundo los felicitaba. Se trataba de Lumi Videla y el Chico Pérez, una pareja que venía de Concepción, eran del MIR. La Lumi fue asesinada de una forma brutal, el Chico también, pero la Lumi sobre todo, después tiraron su cuerpo sin vida a la Embajada de Italia porque se les fue en la tortura, parece que estaba en ese Centro de Detención y Tortura de José Domingo Cañas. El alumnado del Pedagógico era, en buena parte, de origen popular, y la gente muy de izquierda. No ser de izquierda y no ser tan popular era notorio, y me acuerdo que yo preguntaba “¿en qué colegio estuviste?”, y eso ya era un signo de clase, había que decir “¿en qué liceo?”. Al principio fue difícil, yo me escondía en mi casa y lloraba porque me hacían un poco el vacío, pero lueguito, como yo era metete, conversadora, me empecé a hacer de amigos y como yo sabía que iba a ganar, me quedé.

Lo que yo quiero recalcar es que, a pesar de lo politizado y sobre todo durante la UP, no hubo nunca control alguno de las materias a enseñar ni hubo censura, pues había libertad de cátedra y jamás hubo adoctrinamiento, como muchas veces se caricaturiza. Eso es lo que me importa que quede claro porque la gente cree que nosotros obligábamos a todos a que marcharan al mismo ritmo que nosotros. Eso quería aclarar.

Yo estudié Pedagogía en Castellano, no Literatura, eso hay que tenerlo claro. Curiosamente, en primer año teníamos un único ramo de literatura que era electivo: Literatura General, y se elegía uno de tres profesores, eran ramos para todas las pedagogías: había gente de Historia, de Francés, no sé si de los ramos científicos. Yo tomé este ramo con Roque Esteban Scarpa, que dirigía el Instituto de Literatura Comparada. Entre paréntesis, fue el primer civil que reconoció a la Junta Militar, el mismo 11 de septiembre de 1973 apareció en la televisión.

El Pedagógico era muy entretenido: había fiestas, estaban los jardines donde se fumaba, se pololeaba, se tomaba, se conversaba, se cantaba, se politiqueaba. Era muy activo. En mi curso éramos como cien, la mayoría mujeres, porque ser profesor era algo complicado, como pagaban y pagan tan poco, por eso, creo, casi todas éramos mujeres. Como dije, en primer año vimos muy poca literatura, más bien harta gramática, una que le llamaban Fundamental; otra, de Recuperación. También había un curso que se llamaba Gramática Histórica y que daba un profesor alemán que se llamaba Heinz Schulte-Herbrüggen.

Como dije, lo que había más en el primer año era gramática: eran cursos especiales que hacían Ambrosio Rabanales y Lidia Contreras, su señora. Era una gramática un poco inventada por él, que no seguía la de la Real Academia, sino que la corregía, era una locura. Sujeto y predicado… sí, pero si el elemento principal era el sustantivo y lo que determina al sustantivo es el adjetivo, no había artículos sino adjetivos y ad-adjetivos; también adverbios y ad-adverbios. En el curso mío, Jaime Gómez Rogers, un compañero que era poeta, conocido como Jonás y que, después, fue el poeta de El Tabo, escribió un poema que le dedicó a Rabanales, llamado: “El ad- profesor se desespera”. Jaime murió hace algunos años. Y, también, hubo otros poetas en mi curso: Waldo Rojas, pero de paso; Gonzalo Millán, que al año siguiente se fue a Concepción; Hernán Miranda Casanova.

En segundo año ya había un poco más de literatura porque había Literatura Española Medieval. Eran cátedras, casi como una propiedad privada de cada profesor, lo que cambió con la Reforma, en 1967. Entonces, había conflictos porque había profesores viejos y más tradicionales y otros, más jóvenes y con deseos de cambiar.

RP: Esto último me interesa mucho. ¿Qué implicaba esa controversia o disputa entre profesores viejos y jóvenes? Y ¿Goic era uno de esos?

SB: Sí, Goic, Guzmán y sus ayudantes. Había uno que era muy notable, a pesar que en mi tiempo no estuvo, era Federico Schopf, yo no lo alcancé a conocer como ayudante. Creo que cuando entré ya se había ido a la Austral donde estaba Martínez Bonati. Ronald Kay también era ayudante. Bueno, esa pugna, ese “debate entre los antiguos y los modernos”, implicaba distintos modos de enfocar la enseñanza y las materias mismas.

En primero y segundo año teníamos, también, clases de latín. En un momento, yo encontré que eso no tenía nada que ver con lo que yo quería hacer porque… la literatura estaba lejos.

El profesor Antonio Doddis daba Literatura Española Medieval. Para nosotros era como centenario, no sé qué edad tendría entonces. Estilística o Composición lo daba un profesor español que se llamaba Eleazar Huerta, que también era de los viejos. ¿Qué significaba esto de los «viejos»? Era bien importante porque representaban distintas posiciones metodológicas y también teóricas para enseñar. Me acuerdo que en segundo año me hizo clases Ariel Dorfman, era ayudante de Española. Él, creo, nos enseñó La Celestina. Lo que quiero decir es que, por ejemplo, la oposición de estos “jóvenes” era porque estaban en contra del estudio impresionista de la literatura, muy ligado a la biografía, también. Entonces se pretendía que los estudios literarios fueran «científicos» (con comillas) y, claro, se caía un poco en el otro extremo porque estaba Goic, que era un estructuralista intrínseco que solo consideraba la obra en sí, tenía influencia de los alemanes. Aunque estaba en Valdivia, Martínez Bonati tenía peso: acuérdate que en 1960 había publicado La estructura de la obra literaria. No me acuerdo del enfoque que daba Guzmán, pero era superinteresante porque hacía muchas relaciones con otras áreas y artes.

Recién en tercer año teníamos Literatura Hispanoamericana y Chilena Colonial durante el primer semestre; el segundo, Moderna y en cuarto año, Contemporánea. Entonces, el comienzo era bien desilusionante, aunque ahora encuentro fascinante haber leído La Celestina, por ejemplo… Pero en ese momento era algo tan alejado de los intereses inmediatos porque, claro, los métodos de enseñanza eran muy distintos y no teníamos un currículum flexible, o sea, teníamos que seguir todos los cursos. Nada más que en esos cursos optativos, como Literatura General o Introducción a la Filosofía, se podía elegir profesor, pero los cursos del Departamento de Castellano eran obligatorios y anuales, en general. Eran muy estrictos. Los profes, me acuerdo, hasta cerraban con pestillo cinco minutos después que empezaba la clase. En Literatura Española estaba Doddis, pero también Dorfman, y eran visiones totalmente distintas de enseñar. En tercero, entonces, había Literatura Hispanoamericana y Chilena, que era lo que más me interesaba, y las daban: Mario Rodríguez como profesor, y Lucía Invernizzi, José Promis y Antonio Skármeta como ayudantes.

Respecto a la carrera académica, era muy distinta a la actual: se comenzaba como ayudante tercero (que era el nivel inicial); ayudante segundo, ayudante primero y, después, profesor auxiliar, creo, para “culminar” en profesor (imagino que profesor titular, también se les decía; catedráticos, me parece que este nombre no existió después de la Reforma Universitaria). Ahora, en la actualidad y desde hace ya varias décadas, copiaron el sistema gringo. Lucía Invernizzi debió haber sido ayudante segunda, nos hizo clases de Colonial, que era su especialidad. En cuarto año, en Contemporánea, nos enseñó La Hojarasca (1955), de García Márquez. Ella, que era una excelente profesora, había hecho su memoria para recibirse sobre esta novela. Nosotros no hacíamos tesis gordas. En general, seguíamos un seminario que se llamaba “de grado”: en mi caso lo hice con Goic, que ya había regresado de Estados Unidos, y trabajé las Morellianas de Rayuela (1963) de Julio Cortázar. Te pedían unas quince páginas y te recibías.

En Hispanoamericana hacía clases también Fernando Alegría, él venía de Estados Unidos, en los meses de verano de allá, entonces nos hacía un curso que duraba dos o tres meses. ¡Era el colmo! En ese tiempo, los otros profes de Hispanoamericana y Chilena eran muy seguidores del método de Goic, de las generaciones. Si revisan el libro de Mario Rodríguez sobre el modernismo en Chile, de 1967, verán que es totalmente deudor del enfoque de Goic: las generaciones, análisis estructuralista intrínseco, o sea, sin salirse del texto.

En Literatura Colonial empezábamos con Colón y seguíamos con Cortés, Bernal Díaz del Castillo, etcétera, nada de los pueblos originarios; era como si antes de Colón no hubiera existido nada. No recuerdo si mencionarían a los mayas o a los aztecas o a los incas: nunca leímos nada de ellos, menos de los mapuche.

Voces críticas reúne una serie de entrevistas a críticas literarias chilenas cuyo trabajo ha contribuido a modelar el campo intelectual chileno.

RP: ¿Y además cruzaban estos saberes con ramos de pedagogía?

SB: En cuarto año teníamos media dedicación a la literatura porque teníamos Española Contemporánea, tal vez: Moderna y Contemporánea y, Literatura Hispanoamericana y Chilena Contemporánea, que nos tomaba harto tiempo. Los otros eran ramos pedagógicos y en quinto ya eran sólo ramos pedagógicos. Y, además, hacíamos la práctica: te asignaban un liceo, uno iba a hacer clases, y el profesor-guía iba a vernos y ponernos notas.

Los ramos que se consideraban pedagógicos eran, por ejemplo, Didáctica, Metodología, Estadística, que era un ramo obligatorio, pero podías elegir profesor. La profe con la que tomé el ramo se murió el año pasado (2019), cerquita de la Nelly Donoso. Se llamaba Erika Himmel. Esos eran cursos inmensos porque eran para todas las pedagogías, entonces podíamos ser ciento cincuenta en la sala.

Quisiera agregar que la Reforma Universitaria (1967-68) exigió que los profesores realizaran las tres funciones: extensión, docencia e investigación. Había unos institutos o centros de investigación que me parece que se integran al Departamento de Castellano con posterioridad a la Reforma, y a sus miembros se les exige hacer clases. El Instituto de Literatura Chilena lo dirigía don César Bunster, quedaba en la calle Londres. El de Literatura Comparada lo dirigía Roque Esteban Scarpa (ya les dije que fue el primer civil que apareció en televisión saludando el golpe de Estado). No sé si Armando Uribe perteneció a ese instituto, pero publicó algunos libros allí, él había sido alumno de Scarpa en el colegio Saint George, donde tenían un grupo poético que se llamaba “Los jóvenes laureles”. En Comparada también estaban Nelly Donoso, Marta Rivas, que era esposa de don Rafael Agustín Gumucio, el senador, la abuela de Rafael Gumucio (el escritor), José Emilio Osses, María Elena Claro y otros. Entiendo que en el Instituto de Literatura Chilena estaban, entre otros, Pedro Lastra, Alfonso Calderón, que es muy importante, un tipo fantástico y con una cultura inmensa. Yo considero que no eran muy bien mirados por la gente del Departamento. Creo que, a veces, los investigadores podían saber más que los otros. Evidentemente, había otra pugna entre investigadores y profesores. A ver, se ha dicho mucho que a Enrique Lihn no lo contrataron como profe en el Pedagógico porque partidarios de la Unidad Popular se habrían opuesto, y eso no es cierto: no lo aceptaron porque no tenía título. Los profes eran muy elitistas. Por ejemplo, Guzmán y Goic tenían doctorado y otros profes también. Pienso que ellos se consideraban innovadores y estudiosos, como si alguien que no tuviera título por la universidad no pudiera saber. Así que lo de Lihn no fue por razones políticas, al revés, sus más cercanos fueron los que se opusieron a que se incorporara.

Interesante también es que con la Reforma se abre la carrera vespertina, no sé si en todos los departamentos, pero en Castellano sí. Entonces tuvieron que contratar a otra gente y me acuerdo que llegó Luis Íñigo Madrigal, que hacía clases en Valparaíso, junto a Luis Vaisman, que estaba en Arquitectura y fue profesor de Estética. No se podía, por ejemplo, seguir estética con Vaisman y con Guzmán. O sea, si yo estaba en el día, estaba en el día, con Guzmán, tal vez se podía ir como oyente con Vaisman. Entiendo que Bernardo (Subercaseaux) hizo clases en el vespertino. Durante la UP hizo un seminario superinteresante sobre Violeta Parra, tomando sus canciones como textos literarios. Con posterioridad al golpe de Estado apareció un libro con ese material, lo firman Subercaseaux, Jaime Londoño y Patricia Stambuck[1]. También Ariel Dorfman hacía un seminario novedoso: sobre medios de comunicación, algo explica él en su libro Para leer al Pato Donald (1971). Esto significa que ya estaban entrando nuevas concepciones de la literatura, mucho más amplias.

Yo estudié hasta 1969 y egresé a fines de ese año, pero en 1968 hubo un concurso para ayudantes de Literatura Hispanoamericana y Chilena y gané, así que me quedé en el Pedagógico porque los estudiantes que eran ayudantes comenzaban la carrera académica, esa era la forma de entrar, no como ahora, que a los ayudantes les pagan tres pesos y ese no es el inicio de su carrera universitaria. Ahí cambió un poco mi vida porque la verdad es que cuando yo entré al Pedagógico jamás pensé en hacer una carrera académica, yo quería ser profesora y ojalá de provincia, pero ahí me cambió la vida. Uno se da cuenta que es un mundo fascinante, sobre todo de estudio porque, claro, los profesores de liceos y colegios, abrumados de trabajo, con pocas posibilidades de estudiar… entonces yo decidí seguir la carrera académica.

En 1968 yo iba en cuarto año y gané ese concurso para ser ayudante. Empecé a trabajar con Rodríguez, sobre todo con la Lucía, fuimos muy, muy amigas, hasta el final. La Lucía, entre paréntesis, no estaba en el Pedagógico cuando fue el golpe de Estado, se había salido y enseñaba en el Liceo Manuel de Salas. A la Licha Ortiz, que trabaja en el Museo de la Memoria le podrían preguntar, porque ella me contó que la Lucía los defendía mucho, pero la Lucía se salió del Pedagógico por razones que no tenían nada que ver con política.

RP: ¿Y cómo fuiste avanzando en esa ‘carrera académica’?

SB: Lo que pasaba era lo siguiente: el Pedagógico era tremendamente politizado, entonces había gente que no era de izquierda a la que le empezó a molestar que hubiera tantas huelgas y manifestaciones, y algunos profesores se fueron yendo del Pedagógico; por ejemplo, Jorge Guzmán renunció al Pedagógico por ahí por 1970, creo. Ronald Kay, cuando volvió de Alemania, no se incorporó al Pedagógico, porque él sí que encontraba que era mucho desorden. Felipe Alliende me había hecho clases de Latín y él también se fue. No sé si se iban con todas sus horas o podían quedarse con algunas en un lado y otras en otro. Me parece que Goic siguió haciendo clases en el Pedagógico hasta el golpe, no me acuerdo. Entonces, justo se abre y se amplía el Departamento de Estudios Humanísticos, que antes se llamó algo así como Centro de Estudios Humanísticos, que era dirigido por Roberto Torretti. En un principio, el centro era solo para estudiantes de Ingeniería, a los que les daban clases de Filosofía, tal vez Literatura, no estoy segura. Recién en 1972 se abrió y cambió el nombre a Departamento de Estudios Humanísticos (DEH), y ahí se instalaron todos estos profesores y también entramos un montón de estudiantes que veníamos de diferentes lados: la Diamela Eltit, la Eugenia Brito, la Ana María Cuneo, Rodrigo Cánovas, Ana María Sanhueza, Anita Sohr, Juan Balbontín… unos quince, más o menos, debimos haber sido la primera promoción.

Me decían el otro día, yo no me acordaba, que había salido un llamado en El Mercurio para que alumnos se integraran, porque antes, como te decía, era solo para Ingeniería, con ese concepto gringo de que a los ingenieros para que no sean tan cuadrados, les enseñan filosofía, literatura. Yo no sé si había literatura cuando no era abierto a otros estudiantes. Entonces, apareció este aviso y yo llegué ahí porque el año 1969 terminé de estudiar Pedagogía en Castellano y me recibí a comienzos del año 70, y como ya era ayudante, Goic me dijo que tenía que hacer un doctorado para seguir la carrera académica, y como yo no me quería ir de Chile porque estaba empezando la Unidad Popular, me inscribí y me «armaron» un plan de doctorado: un currículo con cursos específicos que tenía que seguir, mucho más personalizado que ahora, porque éramos muy pocos y en ese momento era contada la gente que los seguía. En esa época no todos eran doctores, y si querían seguir un programa de postgrado, por lo general se iban fuera de Chile. Aquí, entonces, los planes eran muy estrictos y rigurosos porque había que competir con la formación de la gente que se iba al extranjero, esto era muy severo: había que saber alemán, inglés, dos o tres idiomas más, latín me acuerdo que era obligatorio, una serie de cosas. En el DEH no estudiábamos pedagogía, sino historia, literatura y filosofía. Pero al parecer nadie se alcanzó a recibir, yo por lo menos me fui en 1975, me fui al exilio con mi compañero; pero, ponte tú, la Diamela estudió allá y había estudiado en la Católica. Era como posgrado, pero yo no sé si daban magíster o qué. Yo tenía un plan de doctorado, pero de los otros alumnos, no sé. No sé si alguien se recibió, la Eugenia Brito que era bien matea, ¡no sé!

RP: Nos cuentas que te desilusionaste un poco por el enfoque lingüístico de tu carrera, pero después apareció la literatura: ¿cómo es que, en este contexto de cambios teóricos, políticos y metodológicos, te acoges al estudio de la literatura hispanoamericana y chilena? Porque, además, esa era una decisión importante en el período. Recuerdo que Bernardo [Subercaseaux] habla en alguno de sus artículos que les estudiantes demandaban saber sobre Latinoamérica y Chile, y eso tiene que ver con el movimiento bastante amplio post revolución cubana. En ese sentido, esa búsqueda marcaba también una opción por «lo nuestro», por un «nosotros somos, nosotros producimos». ¿Para ti tenía que ver un poco con eso? ¿Era una posición teórico/estético-política?

SB: Cuando yo estaba en cuarto año, en 1968, el país comenzó a movilizarse mucho. Yo seguía haciendo política, fui delegada FECH del Pedagógico, pero me marginé de la DC porque, en marzo de 1969, hubo la «masacre de Puerto Montt» cuando era el gobierno de Frei, todavía. Ahí me fui acercando a la izquierda. Era el tiempo en que se dividió el Partido Demócrata Cristiano; algunos se fueron al Mapu, y después éste se dividió y se creó, también, la Izquierda Cristiana. Mi camino era irme al Mapu-Obrero Campesino (Mapu-OC), pero yo pensé: si quiero estar en un partido del pueblo, me voy a un partido popular, y me acerqué al Partido Comunista, después fui militante, no al comienzo.

En ese momento los profesores del Pedagógico, yo diría, eran bastante ahistóricos. Bueno, el método de Goic no se liga, precisamente, con la historia y él lo dice en el prólogo de su libro La novela chilena (1968), que no le interesaba el exterior, el contexto. Entonces, eso era un choque, de repente. Pero, además, en esos años era bien fascinante lo de los estudios, a pesar, como digo, de lo poco afincado con nuestra realidad latinoamericana de ese momento. Por ejemplo, en el tiempo en que estudiábamos se estaba publicando Cien años de soledad (1967) y todo el boom. A diferencia de los ramos de literatura clásica o medieval, que uno sabía de la época, en los ramos más contemporáneos, no; pero, aunque nosotros solo estudiábamos los textos, en ellos mismos había alusiones a injusticias (masacres, racismo, etcétera) y a momentos difíciles que podían encontrarse en la cotidianeidad y, de cierto modo, se producía un choque entre ese ahistoricismo y la realidad contingente. Yo siempre pongo un ejemplo: en Hijo de Ladrón aparecía una huelga y uno la tomaba como un hecho del lenguaje, pero estudiabas más, sabías que esa huelga había existido. Entonces, lo fascinante y lo que al menos yo intenté suplir, con posterioridad, de cierto modo, era eso de saber cómo se reelabora ese momento en una novela, el cómo se usa el lenguaje, qué se elige. En ese tiempo, yo no sabía mucho ni le daba tanta importancia (esa carencia e ignorancia se me hizo muy evidente con posterioridad al golpe). Seguramente, la gente más politizada se hacía la pregunta y discutían entre ellos.

RP: Es interesante lo que dices porque, bueno, Bernardo también plantea esa dicotomía, la de los inmanentistas que, en su búsqueda de la cientificidad de su disciplina plantean que para el análisis el objeto debe estar aislado de las contaminaciones del exterior, y debe abrirse y mirar cómo funciona por dentro. También él decía que era interesante, porque el estructuralismo entró a partir de ese cientificismo y propone que, además, aparece un grupo de estudiantes y profesores que reivindican «el contexto». Ahí también él elabora que existe una inquietud. Precisamente acerca de aquella inquietud queremos preguntarte. En tus primeros textos, específicamente en el Prólogo a Entre la lluvia y el arcoíris (1983) tú dices: “yo voy a integrar ‘el contexto’ aunque no me enseñaron a hacerlo pero creo que es esencial”. Digamos, no lo dices con esas palabras, pero en tu argumento sobre la ‘poesía nueva’ de la generación dispersa tú tomas esa posición y decides que explicarás y analizarás el contexto, porque la idea de la novedad de la poesía tendría que ver con esa “vinculación con su momento” y defines que el texto novedoso es el texto resistente, precisamente, con esa experiencia del afuera, externa a él.

SB: Lucho Iñigo, en un curso vespertino, integraba esos enfoques. Iñigo trabaja con Goldmann, desde la sociología de la literatura y, claro, las bibliografías de los cursos vespertinos deben de haber sido bien distintas a las de los diurnos: en todo caso, y como les dije, jamás se obligó a ningún profesor a seguir determinada orientación. Además, el público era bastante diferente, porque en la tarde iban trabajadores, no tenía por qué ser obligadamente obreros, pero era gente que trabajaba en oficinas o fábricas, en cambio nosotros no tanto,. Entonces, ellos hacían su segunda jornada en la tarde, nosotros de cierto modo éramos los privilegiados y, en general, éramos más jóvenes que los otros y no recuerdo si teníamos mucho contacto, ni siquiera durante la UP.

Bernardo [Subercaseaux] entró a Licenciatura parece que unos años antes que yo, nunca fue compañero mío, él estaba más arriba que yo, como no hacía Pedagogía no estábamos juntos. Yo creo que otro que hizo la Licenciatura pudo haber sido Ronald Kay y, tal vez, Ariel Dorfman. Eso era interesante, la confluencia de enfoques y metodologías. Pero, entonces, lo que pasaba con los estudios de Literatura Hispanoamericana y Chilena es que era muy, muy cerrada con su estructuralismo intrínseco, para aquéllos que estudiaban con Goic y sus discípulos; distinto, creo, debe haber sido el método de los otros profes: Carlos Santander, Hernán Loyola, Pedro Lastra, Eugenia Neves y otros de Hispanoamericana. Yo pienso que todavía tengo rasgos de ese estructuralismo, pero trato de ampliarlo.

Lo que tú me dices, es verdad. Yo quise incorporar el contexto, pero acuérdense que ya había sido el golpe y que poco después me echaron del Pedagógico y de la Católica de Valparaíso y estábamos con toda la represión, una de cuyas formas es el exilio (que yo estaba viviendo). Alguien que me ayudó mucho a orientarme cuando yo estaba exiliada fue José Joaquín Brunner: una vez le envié un artículo sobre poesía cuando él dirigía la FLACSO, y me sugirió ampliar al contexto. Fue muy generoso y me abrió un mundo, me hizo mucho sentido lo que me dijo, y le estoy muy agradecida.

Pienso que el método de Goic se impuso tanto después del golpe porque es muy simple, y si los profesores que contrataron cuando a nosotros nos expulsaron no sabían cómo enseñar les bastaba aplicar y aplicar y aplicar el molde: si un autor nacía unos meses antes o después de una determinada fecha, se quedaba fuera de la generación, pero eso no basta, sin duda, e interesa también, y mucho, qué estudios tuviste, qué relaciones, qué lecturas, dónde viviste. Es muy distinto un escritor o escritora que nació en Punta Arenas o en una islita chilota chica a alguien que nació en Santiago, en el barrio Catedral cuando era elegante y se fue a Europa y leía idiomas, ¿te fijas? Entonces, bueno, todo se facilitaba con ese método tan intrínseco, tan inmanente que te hace quedarte solo en el texto.

Por ejemplo, en lugar de considerar a la Bombal como representante de la llamada Generación Neo-Realista, a mi modo de ver a quién debía estudiarse, en ese momento, era a un representante de la Generación del 38, que era la norma en esa época. En cambio, la obra de la Bombal era, justamente, la que se salía de la norma. Y, ¿por qué?, porque la Bombal vivió en Europa y conoció las vanguardias. Y es superinteresante la Generación del 38 en la medida que responde a un momento político, porque en esa época estaba el gobierno de Pedro Aguirre Cerda, del Frente Popular. No es que, en literatura, se dé un efecto inmediato de lo que sucede en la sociedad, no se trata de realismo–socialista, pero sí muchas de esas obras respondían a unas preocupaciones sociales que había en esa época y a la Bombal no le interesaban ni un comino. La Bombal es una maravillosa escritora, pero ¿cómo vas a estudiar como representante de una «supuesta» generación a la excepción y no a la regla? A mi modo de ver, Carlos Droguett hace la unión entre lo político de la Generación del 38, en la que hay novelas excelentes y muy interesantes porque muestran cómo se vivía en esa época, y el mundo poco realista de la Bombal. Los textos de Droguett son políticos, pero construidos con un lenguaje y situaciones más imaginativas y reelaboradas al usar un lenguaje muy distinto al más apegado a lo cotidiano, al lenguaje criollista.

RP: En ese sentido, ¿cómo vas componiendo tú tu propio método, tu arsenal conceptual y metodológico en ese contexto de tantas transformaciones dentro del campo literario, de los estudios literarios, de la crítica?

SB: Cuando era ayudante pasaba Los siete ensayos de la realidad peruana de Mariátegui, creo que en el curso de Colonial, que lo debe haber dado el mismo Mario Rodríguez, y antes o después, algo mucho más formal, por ejemplo. ¿Te fijas como coexistían visiones? Esa coexistencia, tal vez, me hizo construir mi método. Yo no soy ‘una teórica’, y tomo de donde me acomoda: mucho de extranjeros, que podían ser franceses y no solo norteamericanos, porque en ese tiempo los norteamericanos no eran tan importantes como teóricos (quiero decir, los que conocíamos desde Chile, la “provincia”), sino que mucho más los franceses. Entonces, por lo menos yo, cuando algo me sirve, lo pesco, y si no entiendo, sigo. Uno es majamama, tal vez, y lo hace lo más coherente que puede. Los franceses se desesperaban, uno podía mezclar a Barthes con Mariátegui… Bueno, Barthes es un ejemplo de apertura, pienso que él nos da a todos lecciones de cómo atreverse a cambiar de método. Por ejemplo, él fue estructuralista casi intrínseco, pero de todas formas se atrevió a ir rompiendo, y sin siquiera hacer un mea culpa, sino que cambiaba no más; y lo fascinante de Barthes, y que yo creo que para mí eso es bien importante y que viene de una enseñanza francesa, es el uso del yo. Cuando estábamos en el Pedagógico no podíamos usar el “yo” cuando se hacía crítica, teníamos que hablar en tercera persona, en impersonal para analizar, a lo más el yo mayestático del Papa, el “nosotros”, pero en Francia se usaba mucho el yo. De repente me atreví, además y como tú decías, también me atreví a usar el contexto. No sé si antes no lo había hecho por flojera o qué, pero de repente me di cuenta de lo limitado que era el método que usaba y me di cuenta lo reaccionario que podía ser ese método. En el fondo, era estar en una nube mientras el mundo se estaba cayendo a pedazos. En un momento de mis estudios tuve una crisis y me quise salir de la carrera, porque la encontraba muy lejana a lo que vivía.

En tercer año teníamos un ramo que era bien fascinante: Estética. Lo hacía Jorge Guzmán. El año que me tocó a mí, en 1967, estudiamos a Sartre y su existencialismo todo el año: leímos novelas, ensayos, mucho, mucho de él. Me acuerdo que leímos ¿Qué es la literatura? (1947) y entraba en un control de lectura de ensayo junto a “Lo imaginario” y, tal vez, algo más, y como nadie lo entendió mucho y parece que nadie había leído todos los libros, decidimos no dar la prueba y decíamos: “el profe no va a hacer nada si todos decimos que no leímos y le pedimos que cambie la fecha”, pero nos corrió un uno a todos. Eran controles de lectura bastante estrictos

RP: Y aprovechando que justo te referías al hecho de que tú ‘tomas’ elementos. Con Gabriela hemos ido descubriendo que, dentro de la crítica, tú eres bastante innovadora en el uso de ciertas categorías. Entonces te queríamos pedir que nos contaras qué leíste, cuáles fueron las lecturas que fueron iluminando las tuyas, y si te surgió la necesidad teórica de utilizar ciertos conceptos, o percibiste que los textos mismos te exigían la aplicación de algunos en especial ¿Tienes algunas categorías predilectas? ¿Desde dónde tomas esos conceptos claves y muchas veces insistentes que conforman lo que yo llamo tu «bajo continuo»?

SB: Una de las categorías que yo creo que he «inventado», pero no ha prendido, es la de «quipu» que, a mi modo de ver, tendría semejanzas con el «rizoma». Respecto a otras, están en el ambiente. Entonces, hay una cosa bien importante que es mi posicionamiento político. O sea, a mí lo que me gustaría es escribir para el mayor número de gente y, por eso, y se habrán dado cuenta, trato de usar poco un lenguaje tan especializado, las palabrejas que son usadas por teóricos. De repente, cuando me acomoda algo, una palabra u otro concepto… yo diría que están en el ambiente. Pero también, lo que les decía de mi posicionamiento político, por ejemplo: memoria. Yo di cursos en la Chile, muchos, sobre memoria y postdictadura, leíamos a Mauricio Redolés, a José Ángel Cuevas y a Lemebel ¿Por qué? Piensen ustedes que yo estuve en el exilio, viví la Unidad Popular, entonces, para mí el exilio es un castigo de la dictadura, pero también es un «estado», una vivencia que se ha considerado poco a nivel nacional, digamos que como las tantas cosas y asuntos que se quieren olvidar, para no enfrentar lo que fue la dictadura y la postdictadura. Por algo hubo revuelta o estallido, no es en vano. Entonces, la memoria, es muy fundamental y siempre ha sido fundamental; yo siempre pienso, también, en lo que uno es. Uno es con memoria, o sea, cuando yo niego lo que soy, me quedo sin memoria y soy alguien amnésico. A mí, si alguien me dice, “tú fuiste comunista” y yo trato de negarlo, no tiene sentido hacerlo porque fue —y es— parte de mi vida. Eso significa que mi memoria no termina de armarse y tiene muchas, pero muchas aristas.

30 de julio de 1975. Soledad camino al exilio junto a Guillermo Núñez, expulsado de Chile, y con la revista Manuscritos 1, del Departamento de Estudios Humanísticos.

Entonces, yo no diría que son términos que yo he inventado, sino que me sirven y los uso y, como decía antes, hay un término que sí me encantaría que se usara y es el de «quipu». Esos nudos, sistema de contabilidad, entre otras funciones, de civilizaciones andinas que llevaban los chasquis que corrían y entregaban los quipus. Hubo una exposición maravillosa en el Museo Precolombino. Cuando leí Rizoma (1976) de Deleuze y Guattari, me fascinó porque encontré que abría la mente y te permitía acercarte a textos y épocas, con mucha libertad. De repente, pensé que el quipu podía ser como el rizoma. El rizoma, ustedes saben, es una raíz que no tiene orden. No es como el árbol que tiene tronco y ramas, sino que el rizoma es, por ejemplo, como el jengibre, que de repente uno lo ve y parece una mano, un feto, no sé. Entonces, yo pensé en el quipu, que el quipu podía ser como eso, pero desgraciadamente no es tan así, parece, porque no se sabe mucho. Primero, dijeron que era solamente un método para contar, porque como el imperio era tan grande, los chasquis tenían que ir y, por ejemplo, se hacía un censo para saber cuánta gente había, entonces iban corriendo por Chile, Perú, Ecuador y entregaban esa información. Pero parece que es más que eso, aunque si uno mira, en general, tienen un orden, a diferencia del rizoma, pero lo encuentro bonito. Igual, «inventé» (¡es mucho decir!) el término «barrocho» para Pedro Lemebel, en vez de barroco. Ese concepto surgió con Néstor Perlongher, él fue el que empezó e inventó «barroso». Entonces, de repente, se me ocurrió y dije «barrocho», es decir: el barroco del Mapocho. Es entretenido, de repente uno se encuentra con algo que le sirve. ¿Se fijan que no son «creaciones» desde cero (los franceses se negaban a usar creación y usaban «producción») porque casi siempre hay un antecedente? Por ejemplo, el otro día estaba escribiendo un prólogo de una antología importante y gorda que van a sacar de José Ángel Cuevas, que es un poeta que a mí me gusta mucho, superinteresante y polémico también. Y bueno, estaba escribiendo una palabra y me equivoqué en el computador y en lugar de escribir «operación», puse «operacción», me quedó junta la palabra y la dejé, porque era bonita. Entonces, son términos, palabras que, a veces, a uno le vienen, son lecturas, también.

Yo hice mi tesis doctoral con Saúl Yurkievich, argentino, estudioso de la poesía hispanoamericana. Murió hace algunos años. Me acuerdo que la primera vez que le llevé una redacción para un capítulo de la tesis, que era sobre La traición de Rita Hayworth (1968), de Puig, estaba llena de notas, porque Goic exigía que todo, todo, pero todo se comprobara. Entonces, Saúl, que era divertidísimo, y que escribe muy bien y muy creativamente —le debo mucho a él y, de repente, me gustaría acercarme a su apertura— me dijo: “Ché, ¿qué es esto’? Cuando algo te interesa, lo hacés tuyo”. Yo creo que exageraba un poco, pero de cierto modo también tenía razón porque uno va armando su método. Por eso te digo, yo no soy teórica literaria de ningún modo, porque la existencia de ese tipo de persona en Chile está por discutirse, pero uno se crea su método, sin duda, leas o no leas teoría (y yo la leo, por supuesto).

Cuando dieron el golpe fue importante/impactante para todos enfrentarlo, porque nos cambió la vida, no solo porque perdimos los trabajos o por la persecución, sino que también porque el enfoque del modo de mirar la realidad cambia. Fue algo brutal que nos dio vuelta, no solo la cabeza, sino todo. Yo estaba escribiendo mi primer artículo, que era sobre un soneto de Neruda, titulado “Esta iglesia no tiene lampadarios votivos”, de Crepusculario (1923). Goic me lo devolvía, me lo devolvía y me lo devolvía. Era una cosa espantosa, entonces, de repente, hay que atrever a lanzarse, no solo en métodos literarios ni palabras, sino que, en política, en todo. Si no hay alguien que haga algo, por decir, lo más cercano: la revuelta. ¿Quién se hubiese imaginado que esos muchachas y muchachos saltando el metro, ese «gesto» iba a desembocar en todo lo que produjo y sigue produciendo?

Siguiendo con los términos, sí, yo he tratado de incorporar cuando corresponde, no a la fuerza, por ejemplo, cosas de la canción popular, porque me interesa. El otro día, a propósito del libro de Cuevas, por lo que él dice, me acordé de una salsa que hay, entonces yo hablo de eso ahí.

Yo trato de escribir bien, tengo un montón de diccionarios y es lo primero que saco cuando empiezo a escribir un artículo, un diccionario de sinónimos. Creo que en la academia, desgraciadamente, y más ahora, con toda la lesera de los papers, probablemente se llegue a escribir peor. Entonces, yo creo que uno tiene que tratar de usar todos los conocimientos que tiene. Por ejemplo, yo ahora tengo una planta de orquídeas, preciosas. Soy caribeña de corazón, todo lo que tiene que ver con el Caribe y el mar tibio, me gusta. Entonces, esa planta se secó, se secaron las flores, se cayeron como correspondía. Primero, creí que estaba muerta y casi la boto, pero la dejé y, ahora, tiene ocho flores impresionantes. Entonces, si algún día me sirve esa imagen, la puedo usar, ¿por qué no? Es increíble como fueron apareciendo. Y si, de repente, aparece algo que me sirve de mi orquídea, lo usaré.

Si se trata de un conocimiento de la literatura popular o el bolero y me sirve, lo uso, porque me gustaría llegar al máximo de gente. Yo sé que a nosotros los críticos literarios nos leen poquito, desgraciadamente, pero mientras más enrevesado se hable y escriba, menos nos van a leer. Yo siempre he dicho que si uno domina un asunto lo puede escribir en fácil, digamos, que llegue a toda la gente, y esto no significa simplificar. Cuando tú tienes un texto, no tienes por qué hacerlo difícil, por eso enseñaba a Redolés, porque me parece que eso es literatura y para mí era/es importante que los estudiantes lo entendieran así también, o sea, es él y también Don Quijote.

La canción popular durante la Unidad Popular, por ejemplo, puede ser considerada la literatura del proceso. Cuando llegué a Francia cambié mi tesis sobre Puig para hacerla sobre “La canción de Víctor Jara: literatura comprometida del proceso chileno”. Entonces, ¿por qué vamos a tener que poner límites? Hasta aquí la literatura y de aquí para acá esto no, eso es canción o esto no es poesía. La concepción de literatura y de los géneros (¡todos!, ¡y no sólo los literarios, también los sexuales!) ha variado con el tiempo, eso lo sabemos. Las definiciones sirven, por supuesto, pero también hay que ser flexible. Me interesa mucho, también, cómo uno puede volver a encontrar elementos, preocupaciones, dudas que se dan a lo largo de la historia. A mi modo de ver, un texto que se mantiene en el tiempo es lo contrario de ahistórico (como afirma alguna gente), porque habla de las preocupaciones humanas y éstas son las mismas que vuelven una y otra vez, y esto es histórico: que Shakespeare o Góngora continúen interesando y planteen asuntos que todavía nos alertan, significa que nosotros —del siglo XXI— nos encontramos y acercamos en emociones, en sentimientos, en obsesiones, con quienes vivieron y escribieron en los siglos XVI-XVII.


[1] Gracias a la vida. Violeta Parra, Testimonio. Galerna, Argentina: 1976.

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