Rodolfo Walsh: El violento oficio de escribir

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“Escribir es escuchar”, decía Rodolfo Walsh como manual de procedimiento. Una labor signada por esa breve sentencia: la de un observador atento, en permanente estado de alerta, poseedor de un olfato único para captar los fugaces destellos de la realidad y darles sentido en una crónica. En una época en que se imponen realidades alternativas y verdades ambiguas, su palabra viva —inteligente, rebelde e incisiva— se vuelve imprescindible.
Por Felipe Reyes F.

 “Hay un fusilado que vive”, fue la frase que escuchó Rodolfo Walsh en 1956 en un café de la localidad argentina de La Plata, seis meses después de la matanza que sería decisiva en su vida. Tenía 29 años y escribía cuentos policiales, había publicado su primer libro, Variaciones en rojo (1953), y realizaba traducciones y trabajos de corrección para la editorial Hachette. Pero fue aquella frase —que en sí misma condensa toda una historia— la que desencadenó la investigación de Operación Masacre, su obra más conocida, que anticipó parte de la alianza que signó la literatura del siglo XX entre el “nuevo periodismo” y la novela de no-ficción.

Walsh mina las antiguas fronteras para fundir los géneros, inaugurando otro. Aporta un episodio a una historia ligada al Allan Poe de El misterio de Marie Rogêt (1842), esa reconstrucción del crimen de una vendedora de cigarros a partir del montaje de la declaración de los testigos y de la información de los diarios. Un dispositivo narrativo que encontraría discípulos aventajados en todas sus variantes: el Carlos Droguett de Los asesinados del Seguro obrero (1940); el González Rodríguez de Huesos en el desierto (2002) o su bifurcación en la novela en el Piglia de Plata quemada (1997), quien afirmaba: “en el medio entre la novela de enigma y la novela dura está el relato periodístico, la página de crímenes. Los hechos reales”.

Rodolfo Walsh. Crédito: Fabián Rivas

Aquella frase que modificó su tranquila vida en la provincia, lo involucró en la búsqueda frenética de los sobrevivientes de un fusilamiento clandestino en la zona de José León Suárez bajo el gobierno militar de Pedro Eugenio Aramburu. El propio Walsh dirá que luego de esa investigación ya no volvería a ser el mismo, comprometiéndose con el “violento oficio de escribir” hasta ese último gesto de denuncia: la Carta abierta de un escritor a la Junta Militar, redactada la noche anterior a su desaparición, ocurrida el 25 de marzo de 1977, al día siguiente del primer aniversario de la instalación de la dictadura cívico-militar argentina. Ese día, mientras dejaba las primeras copias de su carta en buzones de Buenos Aires para luego reunirse con un militante de Montoneros —quien había sido torturado para revelar el lugar del encuentro—, Walsh fue emboscado por agentes de la Armada, secuestrando su cuerpo moribundo del nunca más se supo, inaugurando el mito.

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Rodolfo Walsh Gill había nacido el 9 de enero de 1927 en Choele Choel, provincia de Río Negro. Su padre, de origen irlandés, mayordomo de estancia, decidió cortar cadenas y buscar su propio lugar estableciéndose en la localidad de Juárez. Durante su infancia, su familia estaba sumida en la pobreza y Rodolfo y sus tres hermanos se dispersaron. A él lo internaron en un colegio de curas irlandeses para niños pobres, lo que sería la trama y el escenario de sus cuentos de “irlandeses”: “Irlandeses detrás de un gato”, “Los oficios terrestres” y “Un oscuro día de justicia”, en los que narra la violencia y el hostigamiento entre los alumnos. En “El último verano” —una evocación sobre los últimos días del escritor publicada en el diario Página/12—, su pareja, Lilia Ferreyra, afirma que Walsh “fue esencialmente un autodidacta que terminó su escuela a los veintidós años y dejó inconclusa la carrera de Letras. Y fue esencialmente un autodidacta en su formación política que estuvo atravesada por las reveladoras vivencias de sus investigaciones, como los fusilamientos de Operación Masacre, ¿Quién mató a Rosendo? y El caso Stanowsky”.

Pese al repudio de Walsh a sus relatos de Variaciones en rojo, es esa primera obra leída hoy la que señalará el rumbo de su escritura posterior, en un juego de espejos entre autor y personaje: su protagonista es Daniel Hernández, un corrector de pruebas que investiga crímenes, cuya identidad Walsh asumirá después como seudónimo periodístico. Sus relatos posteriores, reunidos en Los oficios terrestres y Un kilo de oro, desplazan la experiencia personal para indagar en algunos momentos de la historia argentina, como en su cuento “Esa mujer”, en el que da voz al coronel que sustrajo el cuerpo de Eva Perón, o en “Cartas y fotos”, en el que narra el enfrentamiento de clases en el ámbito rural durante el primer peronismo, los que son señalados como algunos de los mejores cuentos de la literatura argentina.

Su incursión en el periodismo se inicia con notas sobre literatura en la revista Leoplán, pero a partir de la segunda mitad de los años 50 empezó a escribir artículos misceláneos, los fait divers que eran el sello de la publicación. Walsh se interroga cada vez más por el heroísmo de los más desposeídos, desplegando sin contemplaciones su crítica contra las instituciones. A partir de la década del 60, sus reportajes se acercan más a la crónica documental. Narradas impecablemente, se hacen cargo de la palabra de los protagonistas buscando respetar su oralidad, el ritmo y la textura de sus frases para acercarse a la experiencia de la gente común.

En 1968, Walsh asiste al Congreso Cultural de La Habana. A su regreso, pasa por Madrid, donde el mismísimo Perón le presenta al líder sindical Raimundo Ongaro. Así, se involucra en la dirección del Semanario CGT de los argentinos, en el que publicará varias investigaciones entre ellas la que dio origen a su libro ¿Quién mató a Rosendo? —, en una pulsión de trabajo que nunca se detiene, como sus colaboraciones para los diarios La Opinión, Siete Días y artículos para la revista Panorama.

En diciembre de 1970, Walsh viaja a Chile. El recién asumido gobierno de Salvador Allende firma la nacionalización del cobre en un ambiente enrarecido luego del asesinato del comandante en jefe del Ejército, René Schneider, por un grupo de civiles y militares de ultraderecha. Walsh se mueve por el centro de Santiago escuchando, anotando lo que luego nutrirá la crónica “La muerte de la anaconda”, publicada en Panorama en diciembre de ese año. En ella, despliega con precisión los antecedentes históricos, políticos y económicos de la resolución del Estado chileno. Operación que fue considerada como una afrenta por las empresas cupríferas, de gran “potencial económico muy superior al de muchos países latinoamericanos con bandera y con ejército”, aclara Walsh, que “sirve para dar una idea del enemigo que se ha echado encima el nuevo gobierno chileno”. También entrevista al ministro de Economía de Allende, Pedro Vuskovic, el encargado de “pilotear las experiencias definitorias del flamante gobierno chileno”.

Al año siguiente, Walsh vuelve a Santiago. El país espera la elección municipal del 4 de abril mientras la sedición ojeaba la puesta en marcha de su estrategia golpista. Marcha por la Alameda para asistir a un acto de la UP en el Estadio Chile; se mezcla con la multitud para escuchar y registrar el pulso de la muchedumbre. Así nace la crónica “Chile: la carrera contra el reloj electoral”, en la que anota: “El episodio que presenció el enviado de Panorama ilustra el grado de pasión que domina la escena política chilena. Han caído fragorosamente los puentes que ligaban al gobierno y la oposición. Tal como pronosticó Panorama en diciembre, es la Democracia Cristiana y no la vieja derecha conservadora la que encabeza la ofensiva contra el gobierno, en una carrera contra reloj”.

La última etapa en la vida de Walsh estuvo signada por su militancia política. A partir de 1973 ingresa a la organización armada Montoneros, sin dejar de manifestar sus serias discrepancias con la dirigencia. Luego, la creación de ANCLA (Agencia Clandestina de Noticias) muestra sus esfuerzos por buscar caminos alternativos de lucha al bloqueo informativo, la censura y la represión desencadenada por el golpe de Estado de 1976.

Como relata Lilia Ferreyra en “El último verano”, en 1976 Walsh —ignorado por la conducción de la organización— estaba convencido de un repliegue. Perseguido, pasa a la clandestinidad y se instala en una modesta casa rural San Vicente, mientras se planteaba otras formas de acción política. “A fines de 1976 empieza a concebir la idea de escribir una serie de ‘cartas polémicas’, como él las llamó, que iba a firmar con su nombre y distribuir desde la más estricta clandestinidad”, afirma Ferreyra. Una de esas cartas fue la que logró enviar antes de su muerte, una reflexión sobre las razones y consecuencias del golpe militar. El rigor de su análisis y la retórica de su prosa pervive como un testamento ético, como la síntesis de su poética y el legado de un escritor que no claudicó frente al poder, siempre “fiel al compromiso de dar testimonio en tiempos difíciles”.

Hoy no dejan de reeditarse sus libros, y adquiere mayor interés la recopilación de su periodismo y sus escritos dispersos; en una época en la que se imponen y retuercen realidades alternativas y verdades ambiguas, la palabra viva de Walsh —inteligente, rebelde e incisiva— se vuelve imprescindible.

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