Una nueva perspectiva crítica. Entrevista a Raquel Olea (Parte II)

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En esta segunda parte, Pistacchio y Alburquenque continúan desentrañando el programa intelectual de la crítica literaria feminista Raquel Olea. El diálogo se inicia con el relato de su encuentro con el feminismo que conoce a través de la experiencia viva de la extranjería y en la solidaridad entre mujeres exiliadas. Luego, a su regreso, en el que personas clave como Olga Grau tienen especial influencia, construirá su domicilio político y vital en La Morada, e iniciará su tarea de promoción y construcción del campo de los estudios feministas y de género en el país. En este encuentro también nos comparte su relación íntima y productiva con la obra de Gabriela Mistral y explica cómo la infinitud que ofrece su escritura la invita a revisitarla insistentemente.
Por Romina Pistacchio y Gabriela Alburquenque

En la primera parte de esta entrevista, la crítica Raquel Olea, autora de libros como Ampliación de la palabra: la mujer en la literatura (1995), Lengua víbora: producciones de lo femenino en la escritura de mujeres chilenas (1998), Escrituras de la diferencia sexual (2000, 2007), Como traje de fiesta (2009) y Julieta Kirkwood. Tengo ganas de ser nuestros nombres (2010); recordaba y concluía haber tenido un desarrollo intelectual tardío. Parte fundamental de su recorrido hacia el proyecto intelectual que hoy destacamos es leído por ella inseparable de su experiencia personal y de su imprevisto encuentro con las literaturas escritas por mujeres, los feminismos y la crítica literaria feminista.

En esta segunda parte de nuestro intercambio, realizado el pasado 12 de noviembre de 2021 en el marco de una investigación patrocinada por la Vicerrectoría de Investigación y Desarrollo de la Universidad de Chile, conversamos sobre su historia para llegar a convertirse en el referente que ha sido y es, de sus herencias e influencias teóricas, sobre feminismos, movimientos de mujeres y la articulación política en Chile, dentro y fuera de las literaturas.

Feminismos, extranjería y retornos

Romina Pistacchio: Queremos retomar con lo que concluimos la primera parte de esta conversación, sobre tu paso por Alemania, que no es elegido ni voluntario, es un destierro, que también nos enfrenta a la extranjería, el vivir en otro territorio cultural. ¿Cómo fue esa experiencia de estudiar en el extranjero, en Alemania? Tú decías que no hablabas alemán, por ejemplo. ¿Qué significó conocer la teoría feminista y la teoría literaria feminista en ese espacio y en otra lengua?

Raquel Olea: Me quedé pensando después de nuestra última conversación en la distinción entre exilio, migración y extranjería, y creo que la cuestión del exilio chileno, que se ha pensado poco en Chile, produjo un estatus diferente en los modos de insertarse en la sociedad. En Frankfurt, donde yo estaba, los chilenos exiliados/as, en su mayoría eran estudiantes, varios profesionales y muy pocos obreros. Los extranjeros en Alemania estaban muy marcados por lo socio-económico y lo geopolítico.

Los chilenos se juntaban mucho entre ellos, yo no era militante de partido y eso marcó otra diferencia. El no ser militante de partido generaba desconfianza, pero mi compañero era comunista, así que por ahí me di un lugar; fui invitada a militar, pero ya había pasado el momento, ya más bien se veía el abandono de las militancias. Yo estaba muy interesada, fundamentalmente, en formar parte y participar en espacios de mujeres y en mi carrera. En mis intereses profesionales reconocí que la literatura abría un potencial de preguntas feministas y culturales que estaban contenidas o cifradas en el lenguaje, en la estética. El feminismo pasó primero en mi por la experiencia personal y por ser mujer exiliada. Teniendo mis hijos allá, tuve un cuestionamiento tremendo a la vida privada, la formación de las mujeres, el sentido de la existencia, al enfrentar una vida de la que yo no tenía ninguna experiencia: cómo criar hijos, mantener una convivencia con un hombre; llevar todo lo que era la vida doméstica y además estudiar. Ese aprendizaje, en experiencia de exilio, fue un shock.

Además, viví con otro hijo de mi compañero cuando su madre cayó presa en Chile; eran tres niños y marido. Entonces para mí fue la vida privada la que me mostró un modo de ser mujer exigido socialmente, porque sí, los hombres chilenos, y sobre todo los intelectuales, tienen un machismo egocéntrico del que me fui enterando y desilusionando mucho. Para mí, los hijos eran prioritarios, pero viví todo eso en mucha soledad; yo siempre crie a mis hijos en la casa, no los puse en guarderías, sino que con otras compañeras y amigas de universidad hicimos guarderías privadas, de siete niños, que nos turnábamos para cuidar. Organizar toda esa vida con los estudios de doctorado fue exigente, muchas veces estuve a punto de dejarlo, muchas veces me sentí agobiada, sentía como que nada resultaba según mis expectativas. No me resultaba ni la maternidad ni el trabajo intelectual. Esa experiencia personal fue fuerte. Participar con otras mujeres que tenían experiencias parecidas fue importante, formamos grupos de mujeres exiliadas chilenas, reflexionábamos sobre estos temas y también colaborábamos juntando dinero para mandarlo a organizaciones de mujeres chilenas acá. En eso participé bastante e intentamos hacer grupos de lectura, etcétera, pero yo te diría que mi acercamiento personal al feminismo primero pasó por esta mezcla de la experiencia de vida y la literatura. Esto, a pesar de haber trabajado en mi doctorado en un autor y tema que hoy día no haría jamás. Trabajé sobre Ernesto Cardenal, autor muy reconocido en Alemania entonces. Mis estudios académicos en la universidad no pasaron por el feminismo, porque entonces no había programas de género. Los programas de Women’s Studies en Alemania se desarrollaron más bien en la década de los 80, pero sí obviamente había escritura de mujeres y las mujeres tenían una ‘conciencia feminista’, y eso me llamó mucho la atención, así fueran dueñas de casa, empleadas de cualquier empresa, académicas, profesionales.

¿De dónde piensas tú que provenía eso que llamas una «conciencia feminista»?

Por la gente que conocí allá, la relación con chilenas, madres, etc., yo pude conocer muchas mujeres que no eran intelectuales. Eso fue para mí, quizás, uno de los primeros anclajes con la sociedad, porque uno como exiliado no llega a conectarse con la cultura y mentalidad de la sociedad sino muy lentamente. Y digo que las mujeres alemanas tenían consciencia de independencia y de derechos feministas, así como los hombres también tenían una consciencia mayor de igualdad en lo privado: compartir la maternidad/paternidad, compartir el trabajo, la economía. Quizás porque era una sociedad mucho más moderna y modernizada que la sociedad latinoamericana; hablo de profesionales y de personas con un sentido crítico. En revistas feministas recuerdo la revista Ema, por ejemplo, que era una revista muy famosa dirigida por una activista reconocida, se problematizaban todos los temas. Alrededor de la universidad yo vi y conocí mujeres feministas. La solidaridad política con Latinoamérica fue muy importante en el mundo estudiantil alemán y el conocer Latinoamérica políticamente fue también conocer las estructuras sociales de dominio de género: dar a conocer el trabajo de las mujeres en la guerrilla, en la política, en sus formas de resistencia, fue iniciando un camino de reflexión sobre las ideologías revolucionarias y la ausencia del pensamiento de las mujeres en esos sistemas políticos. Eso dejaba en evidencia la universalidad de lo masculino en lo referente al poder político. Las preguntas por la libertad, por la independencia de las mujeres, eran un hecho social concluido.

Pero sí, leía poca teoría feminista, leí muy poco, no me gustaba leer en alemán; mi preocupación fundamental era terminar mi doctorado, era mi proyecto para volver a Chile. Mi feminismo de entonces tenía que ver con una rebeldía a las normativas de género, en las que reconocía limitaciones, usurpaciones de libertad, mandatos propios de la sociedad de la que yo procedía; en cuestiones bien elementales con los roles, la división sexual del trabajo, la experiencia de la maternidad, la experiencia de ser mujer y eso muy acentuado por la forma en cómo los exiliados chilenos y las mujeres chilenas también lo vivían. Durante la UP, por cierto, hubo muchas mujeres participando, pero no había cuestionamientos de género, o muy incipientes. Entonces esa experiencia personal, generó esa furia de la que habla Julieta Kirkwood, como un imperativo para cambiar la propia vida. Tomar consciencia del imposible de elegir una vida como mujer autónoma, como sujeto sin un acto de rebeldía. Citando a Simone de Beauvoir “no nace una mujer, se hace”, o sea, a mí el imperativo de la cotidianidad me obligaba a tener una vida en la que yo no podía hacer mis propias elecciones.

No quiero culparme de eso, porque yo tenía un imperativo muy fuerte de cuidar a mis hijos y creo que eso de la maternidad hay que mirarlo no solo como una construcción social, sino como una cuestión bastante más profunda que no me parece que esté resuelta en el feminismo. Es decir, no está resuelto si la maternidad es sólo cultural o si lo cultural se ha vuelto tan intensamente exigente que también se ha internalizado de una manera en que las mujeres no pueden liberarse tan fácilmente de esas presencias deseadas en un momento, pero muy alteradoras de la existencia propia. Yo creo que mi experiencia está muy tramada, entre mis intereses literarios, en que la lectura me proponía interrogantes fundamentales por el sujeto femenino, la subjetividad y los deseos profundos de las mujeres. El lenguaje literario, la escritura de las mujeres es un constante abrir el lenguaje a esas preguntas inscritas en la experiencia, en los afectos; en la cultura.

Por eso me interesó tanto, tanto, tanto, la Mistral. Para mí su escritura fue un descubrimiento, un camino infinito de saber femenino: La lectura del poema “La Otra”, fue un hito en mi pensamiento, un descubrimiento del yo femenino, una identificación de gran profundidad. Esa otredad, esa alteridad femenina, esas capas de sujetos que escribe, introduce y enuncia en el poema, serán las que luego trabajará en las múltiples representaciones de sujeto de “Locas mujeres”: la abandonada, la bailarina, la fervorosa, la que camina. Por eso digo que mi experiencia del feminismo se forja como mujer que trabaja en la cultura y en el feminismo que mira e interroga la vida de las mujeres. Luego leí novelistas como V. Woolf, Doris Lessing, Christa Wolf y otras; y así, como mujer formada en la literatura, la experiencia del lenguaje está muy tramada a mi formación feminista. Esa es la trama, me empecé a preocupar en el exilio de otras cosas: ¿por qué hay tan pocas mujeres escritoras? ¿Por qué la literatura chilena reconoce solamente a la Marta Brunet y a la María Luisa Bombal? ¿Dónde están las demás? ¿Por qué no escribieron las mujeres? ¿Qué es ser una escritora? ¿Cómo nombran la realidad, su vida, la vida? Primero me empecé a preocupar de esas temáticas y con esa inquietud me vine a Chile.

Créditos: Raquel Olea.

¿Y cómo fue el periplo de volver a Chile con esas preguntas?

La profundización de esas preguntas y otras, me llevo a la teoría feminista, a la búsqueda de pensamiento feminista orientado culturalmente. Quizás en Alemania tuve una transformación surgida de la intuición y la experiencia sensible de esas problemáticas, pero no las desarrollé teóricamente. Yo empecé mi camino recto tarde, a mi vuelta, antes había sido más la política, el golpe que trastocó todos los proyectos políticos de cambio, tenía 40 años. Llegué a Chile a trabajar a un colegio y trabajé como profesora cinco años. Mi matrimonio se había terminado, tenía que recuperar una armonía para mí y mis hijos.

En Alemania conocí a Olga Grau. La mayoría de mis compañeras de universidad habían salido al exilio, otras vivían y trabajaban en distintos lugares y tenían su vida chilena, un poco aburrida a mi juicio, aunque yo no tenía mundo en Chile. No era militante de partido, no había sido tampoco antes y mi mundo familiar, mi mundo de amistades anteriores a la universidad no existía, porque ese mundo no se había transformado. Yo había elegido otro camino que el de mi educación, me costaba encontrar pares. Por eso, Olga fue muy importante a mi vuelta, para conectarme con lo que había sido el trabajo de las mujeres en la dictadura. Me invitó a que hiciéramos un grupo de estudio y de lectura y así armamos el grupo de estudio de cuatro mujeres en el Instituto Lipschutz. Me presentó a Soledad Fariña y a Hilda Valderrama, abogada, una mujer bastante mayor que nosotras, que había trabajado con ella en la comisión de derechos humanos en la Vicaría. Ahí empezó el camino de pensar más sistemáticamente, mientras yo todavía trabajaba como profesora de media en el colegio La Maisonnette.

¿En qué año llegaste puntualmente?

Yo volví el año 85.

¡El 85! En momentos álgidos de reactivación de la protesta y agudización de la violencia y represión dictatoriales.

Claro, todavía eran muy malos tiempos que me hicieron conocer el horror de haber vivido la dictadura. Ese año fue el crimen de los degollados, el asesinato de José Carrasco, después del atentado a Pinochet. En momentos álgidos todavía, hubo cuestiones horribles. Pasaron muchas cosas. Acá al frente de mi casa vivía un abogado de la Vicaría y varias veces vinieron en la noche a ponerles bombas. Todavía era fuerte la dictadura, pero ya habían empezado las protestas, así que yo empecé a salir a la calle también.

Empezaron las protestas, empezó el movimiento y ahí tú estabas más bien sola, ¿tú decidiste, por ejemplo, salir a protestar por tu cuenta? ¿Saliste a la protesta política y allí comenzaste a ver que había una organización de mujeres?

Bueno, no, volvieron otras personas conocidas y amigas del exilio y nos juntábamos. Yo había venido una vez a Chile, ya sabía de las organizaciones, de las ONG de mujeres. Apenas llegué a Chile había ido a La Morada, fui a hablar de cómo podía participar. Andaba buscando cómo conectarme.

Entonces, tú decidiste reactivar ese nexo que habías ya establecido con Olga.

Sí, además yo busqué, me informé, porque también en el exilio nosotros, como te digo, habíamos trabajado y colaborado con organizaciones de mujeres. Entonces me informé de cuáles eran las organizaciones que había donde podría tener una participación. Estaba el Instituto de la Mujer, estaba el CEM, había organizaciones poblacionales, la cantidad de organizaciones de mujeres que había en dictadura fue enorme. El movimiento feminista en dictadura fue notablemente bien organizado y activo. Y también estaba La Morada, que me interesó.

Entonces podríamos hacer una lectura de aquello y decir que “la casa”, La Morada, en definitiva, llegó a ser tu ‘espacio domiciliar’ en este proceso de regreso que fue un poco solitario y agresivo. La Morada es un referente que hay que historiar y subrayar ¿Nos contarías sobre ella? Por ejemplo ¿quién fundó y cómo se construyó La Morada?

¡Ah! Mira, La Morada… Esa es una historia. A finales de los 70, en 1976, el Arzobispado organizó la Academia de Humanismo Cristiano. Fue un espacio justamente para dar recepción y cabida a una capa grande de profesionales que habían quedado cesantes durante la dictadura: la mayoría profesionales de las Ciencias Sociales… De ahí después salieron, yo creo, no estoy segura, muchas ONGs, como el PET que se dedicaba al trabajo, otras dedicadas al campesinado. Se trabajaba con pobladoras o vida poblacional, todo eso está escrito, estudiado. Un grupo de profesionales mujeres, la mayoría sociólogas, fundaron en ese espacio universitario, el Círculo de Estudios de la Mujer. Ahí estaba la Julieta Kirkwood, era un grupo de estudio de mujeres profesionales: Rosalba Todaro, Ximena Valdés, Ximena Díaz. No conozco mucho los nombres, pero eran como catorce mujeres, y entonces de ahí surgió el CEM y La Morada.

¿Y quienes fueron esas cabezas ‘activistas’ de La Morada?

Julieta Kirkwood, Vicky Quevedo, y varias más, eran tiempos de mucha ebullición y entusiasmo.

Entonces Kirkwood, siendo investigadora, escogió el grupo y el camino activista.

La Julieta Kirkwood se fue a La Morada porque ella ya trabajaba en la FLACSO, entonces su lugar de investigación sociológica ya tenía lugar. Se fue la Margarita Pisano, la Vicky Quevedo, Verónica Matus, mujeres que habían trabajado en la Vicaría. Otras empezaron a llegar una vez instalada La Morada y el espacio se enfocó en el activismo. Margarita Pisano, principal activista de esos años decía, “el CEM se fue con el prestigio y nosotras nos quedamos con el prejuicio”, porque era muy mal visto ser feministas por radicales, independientes, autónomas, porque ponían temas puntudos. Era difícil no ser militantes, los partidos siempre buscaban la hegemonía política. Pero La Morada defendió siempre su autonomía de los partidos políticos. Cuando llegué ahí no entraban militantes de partido, porque esa doble agencia era una discusión importante en ese tiempo. La Morada fue muy importante en la década de los 80 en adelante. Luego, además, fundó el proyecto Radio Tierra, que fue la primera radio feminista del continente, todo un desafío. La autonomía fue un valor fundamental del feminismo de La Morada y su trabajo con mujeres. Era una cuestión que nosotros defendíamos, porque los partidos eran instituciones patriarcales. La Morada tenía una radicalidad feminista en ese sentido.

¿Qué pasó entre que ingresaste La Morada y llegaste del exilio el 85?

Yo llegué a trabajar a un colegio el año 86, a La Maisonnette, un colegio privado de señoritas bonitas. Oye, esa fue también otra historia, yo tenía una amiga que era de la Universidad, una mujer que había sido y, bueno, todavía es demócrata cristiana, pero una tipa de una solidaridad y jugada contra la dictadura, impresionante. Y ella se la jugó por mí, porque yo me quería venir de Alemania y ella me dijo “yo te consigo trabajo en Chile”. Entonces me dieron un curso de bachillerato internacional, que era una cuestión que el colegio estaba recién implementando, y que trataba de que las niñas que se formaban para estudiar en Universidades extranjeras. Entonces, yo entré a La Maisonnette sin haber hecho un día de clases, y me hice cargo del bachillerato internacional.

¿Cómo fue para ti asumir ese desafío sin tener una formación formal y/o especializada?

Te mueres cómo preparaba mis clases, porque era un programa especial, era una cosa intermedia entre escuela y Universidad. Esta amiga mía preparaba las clases conmigo, me asesoraba en todo lo que yo tenía que hacer, porque yo tenía miedo también porque venía del exilio y llegaba a un colegio pituco, me entiendes. Viví mucha solidaridad de mujeres. Tenía yo que portarme muy bien y yo no soy muy bien portada, con la lengua, por lo menos. Pero me fue muy bien y las niñas me quisieron, sacaban muy buenas notas en los exámenes, me fue muy bien. Después de un rato me aburrí en el colegio, y cuando supe de la organización del primer Congreso de Literatura, el del 87, mi amiga Soledad Fariña, que había conocido en el grupo con Olga, me llevó a la organización del Congreso. Ahí empieza otra historia, esa fue una puerta maravillosa de conocimiento de escritoras, contactos y participación con la realidad literaria de entonces. Ahí me involucré mucho, incluso vencí ciertas resistencias, porque había cierta tensión entre quienes habían vuelto del exilio y quienes habían permanecido en Chile. Para mí fue encontrar un espacio de aporte y participación.

El Congreso de Literatura Femenina de 1987: la construcción de una narrativa feminista

¿Esa desconfianza existía específicamente en el espacio de los feminismos, en el ámbito intelectual o era algo generalizado?

Había un imaginario del exilio como si hubiese sido algo espléndido. Una idea de que había sido un espacio para vivir bien, de pasarlo bien, de haberse saltado todo lo que fue la dictadura mientras los otros habrían padecido el horror de la represión, etcétera. Entonces, desde la perspectiva de quienes se habían quedado acá, los que volvían del exilio, volvían muy ufanos, muy cosmopolitas por haber vivido afuera, pero sin haber vivido concretamente la dictadura. Teóricamente también hubo discusiones del mismo tenor, pero no en ese congreso porque el encuentro no se planteó como un Congreso Feminista, sino como un Congreso de Literatura Femenina, con mucho énfasis en la escritura de mujeres y en poner preguntas literarias. Esa fue una discusión grande y fuerte en la organización del Congreso. También se cuestionó mucho la noción de poesía popular; se priorizó lo literario institucional, diría yo. Triunfó una posición muy elitista en relación a que ese era un Congreso de “Literatura”.

Es decir, ¿no podían ingresar “otras” expresiones que, en el caso de haber sido un Congreso Feminista, sí hubiesen sido admitidas?

Claro, ni literatura popular, ni escritura de presas políticas, nada de eso, sólo literatura. Fue un congreso con un sesgo más bien académico, hubo discusiones bien interesantes, pero en esa área. Hay cosas personales que se cruzan ahí, que son delicadas también, entre las amistades y las presiones y competencias que había entre las escritoras que recién estaban publicando sus primeros libros. Todas las escritoras importantes en la actualidad comenzaban en esos años: la Soledad Fariña, la Eugenia Brito, la Diamela, la Elvira Hernández, la Carmen Berenguer. Estaban publicando sus primeros libros, y entre ellas no se conocían. En realidad, cuando llegué ahí me sentía como pollo en corral ajeno, pero al poco rato me di cuenta de que ellas tampoco se conocían. Había amistades, por ejemplo, la Eugenia era muy amiga de la Diamela, la Elvira Hernández era muy amiga de la Verónica Zondek. Pero por lo mismo había muchas tensiones, celos, disputas. Hoy lo veo como algo propio de una sociedad atomizada, restringida; efecto de la vida en dictadura. Había muchos poderes en pugna ahí, discursivos y personales, se estaban jugando varias cosas. A mí lo que me salvó, yo creo, fue haber tenido algunas lecturas previas, por ejemplo, haber leído a Diamela Eltit en el exilio.

¿Y qué te salvó además de su lectura? ¿O, en qué sentido esa lectura te permitió lidiar con esas disputas tan propias del campo?

Lo que me salvó fue que para preparar el Congreso se realizó un seminario o taller previo de lectura: yo me lo tomé muy a pecho, valoré mucho ese espacio de discusión que me mostró todo lo que las escritoras habían hecho en dictadura, sus condiciones de trabajo, sus dificultades, los problemas y temáticas, la censura, las persecuciones, la falta de espacios, la clandestinidad, etc., el gran compromiso de ellas. Podría decir que ahí empecé a publicar crítica literaria. Desde ese espacio surge un número especial de la Revista LAR, dirigida por el poeta Omar Lara, quien generosamente lo dedicó al Congreso. Fue un sólo número que antecedía al encuentro y se enfocaba a lo que allí sucedería. Allí escribí un artículo sobre “Por la Patria”, me encantó ese libro, y en ese momento nadie había escrito sobre la Diamela Eltit. La única había sido Agata Gligo en la revista Mensaje, creo, que también era una escritora que se murió, no sé si la ubicas. Ella escribió una biografía[1] sobre María Luisa Bombal en la dictadura, no sé en qué año exactamente, y ganó un premio. Pero, además de ella, nadie había escrito sobre Diamela Eltit, nadie en Chile. No la leían, no le daban bola, no sabían qué hacer con esa lengua, creo yo. A mí su escritura me cautivó desde el comienzo. Le encontré una potencia única, una narrativa alteradora de lo establecido en los modos de escribir novelas. Y bueno, ese fue un texto que gustó porque se situó en un punto más afín a lo que el Congreso quería instalar; había también una disputa entre posiciones vanguardistas y más sociológicas o marxistas.

Así, yendo al taller y escribiendo ese texto quedé introducida en una cierta discursividad, por decirlo de alguna manera, más que a partir de una amistad personal con el grupo, porque además mi única amiga allí era Soledad Fariña, amiga de verdad, amiga del corazón; una amistad que pasó también por la afinidad electiva. Yo no conocía a nadie, no conocía a esas mujeres, pero ya con ese artículo, por el lenguaje, entré. Califiqué la novela de la Diamela como una neoépica, como una épica de la marginalidad, entonces, más que hacer una crítica del contenido, también hablé de la forma, del lenguaje épico, de la épica marginal de mujeres. Fue un texto breve, pero bonito.

Y además de ese taller desde donde emerge tu artículo sobre Diamela Eltit ¿qué otra experiencia marca tu instalación en el discurso de la crítica?

Previo al Congreso que, digamos, efectivamente sirvió para instalar discursos críticos, habíamos hecho un taller permanente de lectura en La Morada sobre la Gabriela Mistral. Empezamos a leer a las mujeres, porque las mujeres no habían sido leídas. La Gabriela Mistral no había sido leída, su lectura estaba sesgada, estaba ocluida, las lecturas del sujeto femenino en general, de su lesbianismo, todo eso no estaba leído, había que leer lo que no había sido leído. Ese era el interés, lo que queríamos legitimar, nuevas lecturas.

Y yo creo que eso ha sido para mí mi modo de entrar a hacer crítica literaria: organizar la lectura a través de preguntas que insisten en la búsqueda de “lo otro”, de la otredad femenina, abrir un saber sobre lo femenino en el lenguaje de las mujeres. Freud había dejado abierta la pregunta por lo femenino. No pudo formularlo, no pudo decir lo que era la feminidad, pero dijo, preguntad a los poetas… Pues bien, preguntemos a las poetas, me dije. Las mujeres han empezado a nombrarse, a nombrar su propio cuerpo, ahí tenemos que buscar, descifrar en el lenguaje de las mujeres un saber de lo no sabido: ¿Cómo leer? ¿Qué leer? Hay algo no leído en toda la literatura chilena y es la cuestión de género. La cuestión de las mujeres, que puedes leer desde varias perspectivas, pero yo me fui formando a su vez en el feminismo.

En ese tiempo trabajaba mucho, leía mucho, leía a la Kristeva, a Irigaray, leí a Foucault, en fin, todo, y como que me deshice un poco de toda mi formación anterior. Porque yo había recibido en la Universidad una crítica más sociológica. Entonces, me quedé con algo que sí aprendí en Alemania, que fue la teoría de la recepción, y justamente me enfoqué en la pregunta por la lectura: cómo se lee, cómo va cambiando la lectura, la lectura determina los sentidos, etcétera. Y la teoría feminista y todo este otro bagaje que tiene que ver con el posestructuralismo, el psicoanálisis, qué sé yo, que a mí realmente me fascinó, lo comencé a desarrollar entonces, a estudiarlo muy seriamente.

¿Es de ese modo, entonces, que construyes tu aparataje teórico para iluminar autorías, visibilizarlas, así también elaboras las lecturas sobre ellas, y lo haces allí, en ese nuevo domicilio o ‘morada’ que construiste con tus amigas y en estos talleres?

Claro, exacto, con las escritoras y las feministas.

Créditos: Raquel Olea.
Una narrativa feminista

¿Cómo se articuló esa experiencia tuya inaugural en el campo literario con el trabajo que estabas haciendo en La Morada?

Hicimos una reunión en la casa de la Eliana Ortega, que venía de Estados Unidos y era antigua amiga de la Margarita Pisano, directora de La Morada, porque las dos son de Punta Arenas, no sé, puede ser. Ahí hicimos un encuentro entre las mujeres de La Morada con mujeres de la literatura, y la Margarita Pisano no entendía nada, no se explicaba que la literatura tuviera algo que ver con el feminismo, que se pudiera hacer feminismo desde la literatura. La Margarita era del activismo, de hacer feminismo, trabajar con las mujeres, en los procesos de las mujeres, las formas de vivir el cuerpo, la sexualidad, todo esto con un trabajo muy bonito, y es eso lo que había sido el proyecto de La Morada. Nosotros le decíamos a la Margarita que en el lenguaje está todo, que el lenguaje habla la vida de las mujeres. Entonces ella empezó a escuchar esto, le gustó, le interesó. Nosotras hablábamos del discurso, que el activismo sin discurso no servía, que había que producir discurso feminista.

Al Taller de la Mistral, donde creo que Eliana también participó, también fueron estudiantes de Literatura de la Chile, que eran alumnas de la Lucía Invernizzi, por ejemplo, la Ximena Azúa, la Alejandra Farías, y otras. Fue ahí entonces cuando la Margarita me invitó a trabajar a La Morada, primero como colaboradora y después me asignó el área de cultura, justamente antes del Congreso. En ese tiempo La Morada estaba en su esplendor, era un proyecto grande. Se había cambiado de una casa chica de Bellavista a la casa de Salvador. Se formó un área de cultura, había un área de DD.HH., había un área de mujeres populares. Entonces me fui del colegio.

Es decir, ese intervalo entre los años 88-90 fueron bastante acontecidos para ti, porque te fuiste del colegio, te instalaste en La Morada, se organizó y efectuó el Congreso de Literatura. Paralelamente, entiendo, seguía el Taller de Mistral que después va a desembocar, me imagino, en el Encuentro en torno a Gabriela Mistral que se celebra el 90 y cuyos trabajos se publican en Una palabra cómplice (1990), que haces con Soledad Fariña. ¿Así más o menos se trama el trayecto, no?

Sí, ahí sentí que había llegado finalmente a mi domicilio, ahí sí. Porque yo me situé y me nombré feminista en La Morada y como crítica literaria feminista y eso, por ejemplo, la Diamela siempre lo dice, y lo subrayó cuando presentó mi libro Variaciones (2019). Porque antes nadie se había autonombrado como «crítica literaria feminista», y eso era muy riesgoso… Y, bueno, entonces, también durante esos años, empecé a escribir en el diario La Época.

¿Y cómo fue esa experiencia de escribir en un medio masivo?

Mira, cuando ya se veía el fin de la dictadura había que fundar un diario de oposición y ahí el diario La Época, que fue fundado por la Democracia Cristiana, fue el que abrió la posibilidad de leer, de escribir, de encontrar otros discursos públicos. La Época tenía un suplemento literario, Literatura y Libros, muy importante, que dirigía Mariano Aguirre, un viejo amigo mío de antes de la dictadura. Él tuvo el buen ojo, porque era muy buen lector, también era crítico literario, pero no escribía mucho, de reconocer la escritura de las mujeres, de mirar esta escritura que los hombres no consideraban. Porque al principio todas estas escritoras, todas estas chiquillas amigas nuestras que ahora son «las escritoras» importantes, empezaron a principios de los 80 y eran muy ninguneadas. Todas éramos muy ninguneadas. Yo era feminista y me nombré feminista desde el primer momento y cada vez que me invitaban a cualquier cosa yo hablaba desde el feminismo y eso me significó un lugar. Y es el lugar que tengo, con sus costos y beneficios, y yo estoy feliz con eso, porque todos los críticos de la literatura chilena han sido unos imbéciles, machistas, tuertos, ególatras, envidiosos de las mujeres, no soportan que las mujeres sean inteligentes, que escriban mejor que ellos. Eso lo ejemplifica muy bien en Chile la crítica que puso a Neruda allá arriba y a Mistral en el suelo. Pero ahora, Neruda pal’ suelo y Mistral pa’ arriba.

Tejer el campo de la crítica literaria feminista

Raquel, sobre ese muy preciso auto-posicionamiento que haces cuando dices “yo escribí ese artículo sobre la Diamela e ingresé”. Ese habría sido el boleto de entrada y, desde ahí, en el Congreso de Literatura Femenina, habrías empezado a tejer el campo. Hay un elemento que me pareció interesante de Escribir en los Bordes, el libro que recoge las conferencias que se hicieron el 87, pero, por razones que desconozco, no sale hasta el 90. En esa versión se publica tu texto “Recitales de poesía. Un escenario por construir” que, por el tono, se puede apreciar no escribiste el 87, sino para cuando se publica el libro. Allí haces un ejercicio muy interesante que establece, define e instala a la crítica literaria feminista como un modelo de lectura que es urgente implementar. Cuando leí ese texto lo percibí como un ‘primer manifiesto’ de instalación. ¿Cuándo escribiste ese texto a posteriori, lo hiciste con esa intención?

Pero no lo escribí a posteriori. Yo no participé en el Congreso con ponencia, yo escribí un textito sobre la poesía, sobre la necesidad de instalación de la poesía. Yo no participé en el Congreso porque todavía no me consideraba a mí misma con un discurso interesante para exponer, pero sí hubo recitales de poesía como parte del Congreso. Tenía mesas, ponencias, y recitales de poesía en las tardes, entonces yo escribí ese textito que interrogaba la necesidad de legitimar la poesía, de construirle un escenario. De hecho lo copie y lo repartimos en los recitales.

O sea que sí podría funcionar como un pequeño manifiesto, porque tú hablas ahí de la necesidad de que exista la crítica literaria feminista para hablar de los textos escritos por ellas.

Puede leerse así, pero no lo había pensado, yo lo escribí porque sentí que la poesía tenía mucho menos instalación que la narrativa en el Congreso. Entonces, para los recitales imprimimos ese textito que era una hoja nomás y lo repartíamos a la gente que estaba ahí. Eso fue. Yo decía que era necesario legitimar la escritura poética, porque creo que se llama “Poesía de mujeres, un escenario por construir”, creo ah.

Desde ese momento en adelante, y luego ya en los 90 con mucha fuerza ¿piensas que instituyes un corpus de las poetas chilenas, haces una selección y posicionas un canon de la poesía chilena escrita por mujeres? ¿Piensas que es esa la labor que realizas, por ejemplo, en Lengua Víbora (1998)?

Eso es precisamente mi libro Lengua Víbora. Pienso que el trabajo literario de muchas mujeres articula lo poético a las formas de narrar. Las mujeres han producido un lenguaje de convivencia poético-narrativo bastante singular para dar lugar a imaginarios nuevos, no dichos, han construido otra gramaticalidad. Ingresan con una escritura potente y rupturista en los modos de narrar, es decir, se sitúan en lo más fascinante de la escritura, en lo indecible, lo inenarrable; en la potencia inédita, aún no productivizada de la lengua. Desde Virginia Woolf, a Clarice Lispector y tantas otras, las mujeres propician una alteridad de la lengua.

Exactamente. Ese libro sería vertebral en ese sentido: plantea lo que sería la escritura y la lectura feminista y elabora un catálogo de sus autoras ¿Eso tú lo pensaste pensándote también como la crítica literaria feminista o la fundadora de la crítica feminista que selecciona las autorías, sus obras y las fijas? ¿Eso es así o tiene otro proceso?

Sí, pero no tan claro, me entiendes, no tan programático. Porque yo siempre he ido haciendo las cosas más por las afecciones y placer estético, por un encuentro con los textos, por una cosa de intuición sensible. Esas fueron las escritoras que a mí más me gustaban. Yo creo que, por ejemplo, omití a algunas escritoras, por supuesto, porque no me sedujeron tanto. No porque sintiera que yo estuviera estableciendo el canon y tirando para debajo de la mesa a otras. Esas fueron las que me convocaron, las que me gustaron. Hay un cierto erotismo en la lectura, una atracción fatal de la lengua; algunas escrituras te despiertan sensaciones provocadoras que necesitas buscar cómo decirlas. Se lee con todo el cuerpo, dice Marcel Proust, y yo creo en eso.

Yo en ese tiempo leía más poesía de mujeres, si tú te fijas ahí hay tres escritoras narradoras que son la Diamela, Lupe Santa Cruz y la Mercedes Valdivieso, sobre su novela Maldita Yo – porque el libro se publicó en esos años, porque la Mercedes Valdivieso es de la generación del 50 – , pero también son narradoras muy experimentales en su modo de narrar, muy poéticas en su búsqueda.’ Yo estaba muy fascinada con los descubrimientos del lenguaje, los descubrimientos en el lenguaje y los descubrimientos en la escritura del cuerpo y en el cuerpo como signo y en los signos menos explícitos, en cierta opacidad que tenía ahí una propuesta de develar un mundo inédito, no dicho, no escrito. Es que eso ha sido lo que a mí me ha fascinado de la escritura de mujeres, el descubrimiento, la irrupción en el lenguaje patriarcal, la irrupción en la semiótica que desmantela el poder masculino, lo deja pequeño. Entonces, esas mujeres que no mencioné en el texto me interesaron menos.

¿Tú no veías en las personas que no nombrabas eso que veías en las otras?

Sí, no lo veía o su lenguaje era más duro, no sé. Por ejemplo, a mí me fascinó la Diamela, también me fascinó la Lupe Santa Cruz, la Soledad Fariña, Carmen Berenguer, cómo olvidar su trabajo con el sonido, con el ruido de la lengua en Sayal de pieles, por ejemplo, un texto maravilloso. También Eugenia Brito, aunque después me dejó de gustar porque la encontré demasiado intelectual, la encontré como demasiado conceptual.

Pero lo que me interesa decirte para tu pregunta es que yo esto no lo tuve como un programa. A mí alguien me decía en ese tiempo: “escribe un libro, saca un libro, tienes que sacar un libro, tienes que hacer un libro”. Entonces yo dije “ya, voy a hacer un libro”. Sí, y: fui por mis gustos, no había ninguna programática, pero yo creo que ahora eso es un canon. Mira, la que a mí menos me interesa de todas las que hay ahí y que además luego dejé de leerla, es la Elvira Hernández. Sus primeros libros me gustaron, pero ella nunca fue una mujer feminista, ella viene más desde la tradición masculina, sus lecturas son masculinas. Las otras son más materialistas, más carnales, más fuertes también. Cuando la Soledad Fariña dice: había que escribir el primer libro, pero ¿Cuál primer? ¿Dónde? ¿Dónde lo encuentro? Busque en el cuerpo, busque en la tierra, busque en los colores[2]; o la Diamela con el poder, con el resignificar el cuerpo, la sangre y en un lenguaje poético también. Tanto así que una vez un amigo norteamericano que estaba haciendo un volumen sobre poesía me pidió un artículo y yo escribí sobre la Diamela, y la Sole Bianchi me acuerdo de que me dijo “¿cómo vas a escribir sobre ella si no es poeta?” Y yo le dije que para mí ella es poeta, tiene el uso del lenguaje poético. Se da en ellas una violencia, un violentar la lengua de romper los géneros, de irrumpir en las tradiciones, irrumpir en lo patriarcal con otra cosa aun no nombrada, y eso ha sido mi modo de leer.

Desde ahí yo fui estableciendo un modo de leer y por eso me interesó también ver qué dicen de las mujeres esos patriarcas. Eso explica esos dos artículos que hay en Variaciones sobre (Gonzalo) Rojas y sobre Parra, estos dos “padres” de la poesía chilena. El artículo de Rojas yo lo leí en un Congreso en su homenaje y estaba él sentado ahí y el hijo también. Él ya era bastante viejo, creo que tenía 90 años. Me dijo “tú deberías haber hablado conmigo”. “¿Qué voy a hablar con usted”, dije yo, “si yo quería hablar de lo que usted escribe y no todos los rollos y las chivas que usted me diga”. Igual que Parra, ves tú, por supuesto que yo no logré desmantelar a Parra ni desmitificar a Parra, ni ponerlo en su lugar, no lo logré, pero para mí fue un acto político leer a esos padres de la poesía desde una perspectiva feminista y mostrar esos vicios patriarcales. Darme cuenta de lo que escriben, cómo escriben, ver cómo se ha construido la representación de lo femenino como propiedad de lo masculino, cómo esos lenguajes constituyeron lo femenino en la poesía chilena. Desde un punto de vista de la recepción, entender que las formas de la lectura son históricas, ver que en la literatura chilena hay signos que releer, desconstruir. El caso de Parra es ejemplar, fue transformando en una figura tan grande al que le perdonaron todo. Le perdonaron su apoyo a la dictadura en el primer momento; los intelectuales chilenos le han perdonado todo a Parra.

La seccion Voces críticas reúne una serie de entrevistas a críticas literarias chilenas cuyo trabajo ha contribuido a modelar el campo intelectual chileno.
Los 90: ¿un nuevo silencio feminista?

Entonces, Raquel, en los 90 Lengua Víbora se convierte en el corolario de toda esa trayectoria que habías ido configurando. En ese mismo período, actualizando la tesis de Kirkwood sobre “el silencio feminista” de los sesenta, nosotras sostenemos que se abre la postdictadura y se despliega el conflicto que tú planteas robustamente en tu artículo “La redemocratización. Mujer, feminismo y política” (Revista Crítica Cultural, 1992) que implica el ingreso de las demandas feministas sectoriales al “nuevo horizonte democrático” pero solo “en la medida de lo posible” ¿Cómo ves ese momento de tránsito desde la calle a las instituciones, desde ese ‘estar afuera’ y tener que negociar para convertir ese discurso en política institucional?

Mira, es que hay una cosa interesante, un poco previa, y yo creo que fue una experiencia muy importante de Julieta Kirkwood, y es lo que yo trabajé en un artículo sobre ella. Es esa tensión, esa disputa discursiva que tiene consigo misma, entre el lenguaje de la sociología y el de la acción política feminista, me parece que no se le ha dado mucha importancia. Para mí es capital indagar en el lenguaje, buscar lenguaje, buscar cómo nombrar la experiencia política inédita que inaugura el feminismo en su proposición de una política del encuentro, del cuerpo, de la fiesta. Creo que Julieta Kirkwood lo significa muy bien en Ser Política en Chile, cuando trata de hacer la historia del movimiento y siente que es muy difícil ser sujeto y objeto del discurso en la medida en que también era activista. Vicky Quevedo, que fue la gran amiga de Julieta en sus últimos años, me ha contado muchas cosas de sus inquietudes. Una de esas es la de la constante tensión en el discurso que ella intentó resolver. Sentía que el lenguaje de la sociología no le permitía decir lo que realmente era la experiencia del mundo de las mujeres, el trabajar entre mujeres, el trabajar con mujeres, que fue la opción de La Morada, mantener la autonomía del mundo patriarcal. Los partidos políticos son patriarcales, siguen siéndolo.

Entonces ahí yo me pregunto una cosa bien importante: cuando Julieta Kirkwood define la historia de las mujeres en la política en Chile entre los períodos de auge, por decirlo, y los periodos de silencio, yo me pregunto si se puede hablar, realmente, de silencio feminista. El feminismo no ha tenido silencios, ha habido tiempos de manifestaciones, de lucha explícita, de expansión pública o tiempos de latencias, de gestación, diría yo, de problemas no explicitados antes. La pregunta para mí es ¿qué ha pasado en los períodos de silencio? Porque yo creo que la pregunta es ¿qué pasó en los 90 que es cuando se institucionaliza la problemática de género? Te respondo que nosotras en La Morada seguimos trabajando con organizaciones de mujeres, seguimos el trabajo entre mujeres y con mujeres, el trabajo de la memoria, trabajo de talleres. Entonces, no porque no se haya dado en el terreno de la política partidista, en el espacio de la política institucional, quiere decir que no hubo trabajo político, hubo mucho trabajo político. Entonces, esos silencios fueron los que también gestaron y gestionaron el momento de la manifestación posterior. Ahí, claro, con la institucionalización de una política de consensos se produjo una limadura, digamos, de todo lo que eran las aristas más conflictivas, más punzantes de lo social, entre ellas alguna puntas feministas, pero se siguió hablando de aborto, de la violencia, de sexualidad, de lesbianismo y otros problemas emergentes.

Fíjate que La Morada fue la primera ONG que tuvo un trabajo para erradicar la violencia. Primero se llamaba violencia doméstica, después se llamó violencia intrafamiliar, pero siempre se siguió trabajando en espacios organizacionales y en las organizaciones siempre se continuó hablando de aborto, siempre se siguió trabajando. Entonces, veo que pasa lo mismo en esta dicotomía tremenda que se hizo visible el 18 de octubre entre el mundo social y el mundo de la política institucional, porque los partidos políticos se fueron haciendo cada vez más cupulares y abandonaron toda la base, pero la base siguió bullendo. Ese podría haber sido un período de silencio también, porque en Chile solo se ve lo institucional, solo se ve la política institucional y lo que los medios difunden, no se ve lo político del mundo de la experiencia y de la vida. El feminismo nunca dejó de estar ahí.

¿Y cómo lees tú esa entrada específicamente en el ámbito de la institucionalidad académica, del saber y de la teoría literaria feminista a la academia? ¿Implica también una especie de moderación y contención? Porque legitimar un saber también significa negociar. A lo mejor tú lo podrías adjetivar mejor que yo, ¿cómo ves tú eso?

Bueno, yo trabajaba en ese tiempo en La Morada, nunca tuvimos duda de que íbamos a insistir en la autonomía respecto de los partidos y de la institucionalidad concertacionista; teníamos sospechas. La Morada no iba a trabajar con el gobierno, no iba a trabajar con el SERNAM. Para nosotras fue casi un proyecto no trabajar con el SERNAM. Aunque yo después me fui a trabajar a la universidad, me fui a la USACH. Entonces, efectivamente, me acuerdo muy bien del último Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, porque ese es otro punto importante en la historia del feminismo, los encuentros feministas son encuentros de base y allí se provocan muchos debates y conflictos. La autonomía sigue siendo un tema muy importante en el (los) feminismo(s) chileno(s).

¿Cuál sería? ¿el de San Bernardo? No sé, en el encuentro feminista de San Bernardo, Buenos Aires, Argentina, había dos mujeres de la Universidad de Concepción, dos profesoras de literatura: Patricia Pinto e Ivette Valverde, querían formar un programa de género en la Universidad y ellas se juntaron con nosotras en La Morada para que nosotras las asesoráramos. ¿Cómo hacer un programa de género en la Universidad? Y, finalmente, esas mujeres hicieron ese programa de género con mucha resistencia institucional de la Universidad de Concepción. Es una anécdota. Creo que ese fue el primero.

Pero te voy a decir que hay una cosa previa que a mí me parece muy interesante y que yo siempre discutí: la Sociología tuvo una hegemonía muy fuerte en lo relativo al feminismo, y su lenguaje el sociológico. Hubo ahí una disputa de poder discursivo que negaba el poder de la lengua literaria. Eso, para mí, siempre fue un tema y cuando nosotros entramos a La Morada a hacer talleres de lectura, a leer a Gabriela Mistral, empezamos a leer, a hacer crítica literaria desde una perspectiva también del afuera de la academia. Empezamos a hablar también del feminismo como fenómeno social, cultural, a incorporar lenguajes poéticos, narrativas otras de la subjetividad. Fue algo fascinante. Indicar esas políticas de escritura y lectura, como perforar un pozo profundo, como encontrar archivos perdidos. La crítica literaria feminista es crítica de la cultura, el lenguaje es el acervo de signos y significaciones. El lenguaje literario es una arqueología. Empezamos, entonces, a hablar el feminismo de una manera mucho más interesante desde mi modo de ver, porque era un discurso que buscaba trayectoria, buscaba tradiciones, signos, resignificaciones, etcétera. Lo que hace la literatura ¿no? No lo hace ningún otro lenguaje, no lo hace la sociología.

Creo que la academia ha hecho grandes aportes, es muy importante que las disciplinas sociales hablaran de esto que antes no hablaban, pero a mí me parece que el aporte que puede hacer una crítica cultural feminista es infinitamente más densa. La formación de jóvenes feministas es fundamental, los estudios feministas son un camino importante que continúa y creo que se abre a la interdisciplinariedad de las humanidades y las CCSS.

Para el feminismo el movimiento de 2018 fue importantísimo. Poner la mirada en el cuerpo de las mujeres, denunciar ese poder masculino de apropiarse con impunidad del cuerpo de las mujeres. Denunciar la violencia sexual, tipificar los distintos modos de acoso, ha sido algo inédito e irreversible. Porque si la primera ola del feminismo se situó en los derechos civiles de las mujeres y la segunda se situó en la pregunta por la democracia y su falta. Esta tercera ola surge de la experiencia y de la reflexión sobre el cuerpo de las mujeres, los derechos y la propiedad del cuerpo; el derecho al aborto, por ejemplo. En ese sentido fue fundamental lo que hicieron las universitarias.

A propósito del concepto de silencio que tú problematizas. Soledad Bianchi, precisamente, tiene un texto sobre la Bombal y el bullicio. Es muy interesante porque la metáfora del sonido es persistente, su (aparente) falta o excesos insiste en vincularse a los estereotipos que surgen del mandato social patriarcal y sobre las que están construidas imágenes de mujeres: la mujer bulliciosa, la chillona, la “muda”, “la tonta que se calle”, “la tonta que no habla”. La cuestión del silencio es muy interesante para ver cómo se perpetúan esos mandatos, incluso.

Sí, esa relación entre voz y discurso, y la tensión que allí aparece, me parece interesantísima. Eso está ya en Aristóteles, que la voz es privada y el discurso es público, entonces lo que realmente constituye un posicionamiento político son los discursos, porque las voces se pierden. Es muy interesante todo eso. Hay un texto muy lindo de Sarah Kofman, una psicoanalista que habla de los secretos de las mujeres. Dice que las mujeres no pueden hablar y siempre callan y tienen secretos, y secretos que las enferman; a propósito de la histeria. A mí me hacían callar de niña, no sabes cómo, porque yo era habladora de chica. Mira, yo tengo pendiente escribir un artículo sobre eso, a propósito de toda esta cosa del estallido, porque leí algo bien bueno de la Nelly Richard que salió en Palabra Pública. Sobre todo, el aporte del feminismo en el estallido. Ella lo ve desde un punto de vista muy institucional y desde las voces del poder, y termina el artículo llamando al feminismo a hacer alianzas con estas nuevas feministas jóvenes de partidos, fundamentalmente las alcaldesas, todas estas alcaldesas jóvenes nuevas.- Y claro, la Nelly no ve para nada el mundo social, ella ve el mundo del poder político, habla en el mundo del poder, pero a las mujeres también les interesa poder cambiar sus vidas, incidir en eso, no solo esperar el camino de la ley.

Mira, en La Morada hubo un proyecto que se hizo ahora hace poco. Una serie de programas de radio que se llamaba “Lo que tramamos las feministas”, que eran conversaciones con organizaciones de mujeres en todo Chile. Es impresionante lo que están haciendo las organizaciones de mujeres. Es maravilloso lo que hacen y las nuevas políticas de apañe, que le llaman ellas y hablan todo en femenino “la cuerpa, los acuerpamientos”, todo un nuevo lenguaje, toda una nueva estética. Yo encuentro que, en esta pasada de la protesta pública, el gran aporte del feminismo también es la elaboración de otra estética de cuerpos, de fiestas y de baile, de desacato. Incluso cambiaron el color, ya no es el morado, es el verde, el rojo, es el cuerpo en actuación, en movimiento mostrar el cuerpo, renombrar el cuerpo, apropiarse del cuerpo, si el cuerpo es el que se les ha expropiado a las mujeres. Ni silencio ni acatamiento de las normativas.

Mistral: una lectura infinita

Tú hiciste referencia a la influencia de Mistral desde los inicios de tu proyecto intelectual pues ella, y sobre todo su poema “La otra”, habría sido una lectura gatillante en tu proceso de ser una feminista y una crítica literaria feminista ¿Cómo describirías tú ese proceso que vemos que cada diez años entabla una nueva conversación con su obra y engrosa la construcción discursiva que haces de su figura?

Primero que todo decir que yo creo que la Mistral es un inabarcable significante, en su infinitud de sentidos. Ahora estoy haciendo un taller que se llama “Mujeres Premio Nobel”, he leído a dos mujeres poetas maravillosas que han ganado el premio. Una es la Szymborska, que es polaca, y la otra es la Louise Glück, que es norteamericana. Leer a la Mistral en ese marco es también volver, una vez más, a sorprenderse de su magnificiencia, es realmente indagar en un continente sumergido, porque esa mujer tiene una densidad, una intensidad y una visión tan maravillosa de lo que son las palabras como productividad para decir mundo y para cambiar el mundo que es inabarcable.

Nosotros comenzamos a hacer este taller de la Mistral en La Morada que se llamaba Lecturas de Mujeres, así como ella le puso a su librito que escribió para la reforma educacional de México. Lo primero que sucedió fue descubrir que la Mistral no ha sido leída, ni su poesía, ni su prosa, ni sus artículos de prensa, ni su pensamiento político. Es la poeta oficial de Chile, pero no se la conoce. Eso fue un requerimiento de lectura para mí, darla a conocer, descubrirla. Dar sentido cultural a ese nombre. Lo más maravilloso de leer a la Mistral es encontrarse con su contrariedad porque, por un lado, es una mujer muy conservadora, por ejemplo, toda su percepción o la función, la importancia, que ella le asigna a la maternidad sin cuestionarla, sin interrogarla ni lo que significa para una mujer la experiencia de la maternidad como destino. Esa es una parte conservadora de ella. Entonces, cuando la empezamos a leer, cuando cada cual escogió un poema y publicamos un cuadernillo en La Morada yo escogí el poema “La otra”. Me llamó la atención mucho y leí toda la crítica que se había escrito sobre ese poema que aparece como prólogo de Locas Mujeres y sentí que ningún crítico le daba en el clavo, porque cuesta mucho decidir quién habla en ese poema, si habla la una o habla la otra. Yo armé esa oposición de lectura. En ese tiempo estaba muy animada por la deconstrucción y por deconstruir las oposiciones. Entré a ese poema por esa lectura: la oposición entre la una y la otra. Ahí se me fue develando esa otredad y alteridad del sujeto femenino que la Mistral nombra con metáforas maravillosas y que debe ser resuelta en un mandato cultural. Ella acude al acto de asesinar a “las otras: “una en mí maté”; o sea ella se autonombra como asesina de una parte de sí misma. Eso lo encontré de una potencia feroz, además es escritura de las escisiones del yo femenino que Mistral deja como un plus de lo femenino. Pareciera concluir en que no hay nada que resolver; hay una crítica radical a la unidad del sujeto, eso me parece muy productivo para pensar el lugar de lo femenino suprimido en la cultura, la pluralidad, la multiplicidad del sujeto.

En este mismo recorrido que has trazado podemos distinguir el desarrollo de varias lecturas tuyas que interrogan a la Mistral desde distintas orillas, por ejemplo, en Palabra Cómplice en los 90, y después en Como Traje de Fiesta en 2009, y, ahora último, en Soy Lesbiana y soy premio nobel (2010) ¿Como persona y pensadora cómo evalúas este trayecto tuyo con la figura y la obra de Gabriela Mistral? ¿Qué ha significado ese caminar tuyo leyendo a la Mistral?

Descubrir la no lectura de la Mistral es una cosa, la otra es preguntarse por su autonomía, su constitución como figura intelectual, poética, en un mundo adverso. Una mujer que sale de los cerros del norte, sin avales, sin padre y emprende una bajada a los valles, a las ciudades, a las grandes metrópolis, son actos épicos de una mujer que se emancipa por la palabra. Luego descubrir sus modos de vida, sus relaciones entre mujeres, su maternidad, sus pasiones, su erotismo, es un infinito. La Mistral es infinita, es infinita; yo me voy a morir y no voy a haber leído a la Mistral, entonces cada cierto tiempo vuelvo a ella.

Yo siempre pasaba a la Mistral. Hice muchos cursos en la Universidad sobre ella, y me empecé a dar cuenta justamente de las representaciones de lo femenino y cómo nombraba lo femenino y lo nombraba poéticamente, porque a mí en algún momento me dolía que se hablara tanto de la Mistral, que se tuviera tanta curiosidad por la vida de la Mistral, que se escudriñara tanto, tan irrespetuosamente y tan desconsideradamente en las intimidades que ella había guardado y que no se leyera su poesía, pensando que es fundamentalmente poeta. Aunque ahora lo tengo en duda, creo que no es solamente poeta. Creo que es una gran pensadora que piensa en poesía, que piensa en prosa, piensa en todas las formas de la palabra.

En Como traje de fiesta quise ver justamente las formas de construcción de lo femenino de la Mistral, porque yo también siempre me debato entre lo femenino y lo feminista, es una pregunta muy irresuelta para hacer públicamente un posicionamiento crítico. Posicionarme como feminista entra en una tensión con lo femenino construido por los discursos patriarcales. Por eso quise leer a Mistral y ver cómo habla lo femenino, cómo habla la feminidad, cómo destituye la feminidad tradicional, cómo la resignifica. Ahí salió Como traje de fiesta y por eso lo que yo ahí destaco es la construcción de otra razón en la Mistral, esa loca razón. Me cuesta mucho dilucidar el significado de Locas mujeres, que no son mujeres locas, que no son mujeres y locas, que no son locas y mujeres, ¿qué nombra la Mistral ahí? Es un sintagma muy potente. Entonces, desde allí surge Como traje de Fiesta, como una forma de nombrar el lujo de su palabra.

¿Y cómo ves hoy, Raquel, ese tejido de discursos que se ha construido entorno a la (obra de) Mistral?

La nueva construcción que se ha hecho de la Mistral como icono político de la emancipación femenina, como ícono lésbico, es a veces chocante. Viendo cómo era ella, su recato y su reserva. Porque la Mistral nunca se dijo feminista, al contrario, tenía muchos problemas con eso, “y si soy feminista, soy feminista de derecha”, dijo en una carta. Pero creo que hoy eso ya no importa, como ella haya sido en la realidad es un dato histórico. Pero su significación como icono político feminista es un producto de esta época, de una necesidad de las mujeres de construir una historia de figuras culturales políticas, provistas de sentido y de identidad separada de las fuentes patriarcales. Hay muchos mitos que afirmar o rechazar en torno a su figura y estimo que es un trabajo legítimo de estos tiempos genésicos para las mujeres. Es el inicio de otra historia y no tiene por qué ser fiel a la realidad, ninguna historia lo es. Entonces, esta nueva construcción actual de la Mistral me parece a mí fantástica entendiendo que también es una invención de la Mistral, es una otra Mistral, que es muy verdadera y muy mentirosa a la vez ¿Cuál es la verdad de la Mistral? No puede ser una verdad oposicional, que sea feminista o no sea feminista. Ella dijo que no era feminista, pero la escritura de Mistral, sus poemas, ciertos aspectos de lo femenino que ella construye sí podrían decirse feministas, lo propio sucede con sus textos. Es la multiplicidad lo que fascina en ella, su libertad. Es una fascinadora. Como te digo, siempre hay una ocasión para volver a la Mistral.


[1] Se refiere a María Luisa: (sobre la vida de María Luisa Bombal) de 1984, publicado por la editorial Andrés Bello en Santiago.

[2] En El primer libro de Soledad Fariña (Antiyal , 1985).

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