Cuadrado mágico

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Esta potente ficción de Diego Corvera «desentraña los imaginarios de la violencia, pero también la fuerza de la poesía y la resistencia política y cultural en el Chile de hoy», escribe Lorena Amaro sobre Panguipulli en nueve relatos.
Por Lorena Amaro

El título de este nuevo libro de Diego Corvera, autor también de En pocas líneas (Alarido Editores, 2018) y de diversos relatos premiados en concursos de narrativa, es un poco engañoso: Panguipulli en nueve relatos no es un volumen de cuentos, sino un curioso artefacto narrativo que apuesta a contar una historia —prácticamente una leyenda— utilizando nueve momentos históricos. Parte del juego es que, en vez de un índice, nos encontramos con un cuadrado mágico de nueve números (del 1 al 9), que encabezan los distintos fragmentos. 

8/1/6
3/5/7
4/9/2

El primer relato lleva el número 8. ¿Qué sentido puede tener todo esto? Como se sabe, los cuadrados mágicos son juegos matemáticos, tablas que, recorridas horizontal, vertical o diagonalmente, dan siempre una misma suma. Se podría pensar, entonces, que este cuadrado mágico (con ocho posibles ordenamientos) podría ser una sugerencia para leer el libro al modo del tablero de dirección de Rayuela, de Cortázar. Pero lejos de eso, que en su tiempo pareció muy innovador y hoy parece una propuesta excesivamente normada e ingenua, el cuadrado mágico aquí tal vez tenga también algo de guiño a la cosmovisión mapuche (un mundo constituido por una suma de plataformas superpuestas, supernaturales y naturales, en que los puntos cardinales trazan cuatro costados y en que la temporalidad tiene también una lectura alternativa a la direccionalidad moderna y hegemónica). O quizás, más que plantear recorridos de lectura, aliente otras divagaciones, por ejemplo, que como lectores nos invite a experimentar la sensación de un legendario palimpsesto temporal, porque en la historia de Panguipulli, del sur chileno, el futuro es el pasado, y el pasado, el presente. Los flujos temporales no tienen por qué ser recorridos de manera lineal y unívoca. Cualquiera sea el caso, el cuadrado mágico atormenta a distintos personajes de estas ficciones: un empresario de derecha, un sacerdote que se ha desvinculado de su misión primigenia. El enigma que construye Corvera tiene la fuerza suficiente para convertirse en el motor de esta breve novela, donde ciertas historias solo pueden ser comprendidas por su pasmosa, terrible y parcial repetición. Y lo que sí sabemos que se repite, sin magia alguna, es el sistema de opresión y expoliación que el Estado chileno implantó en Wallmapu en el siglo XIX, violencia estructural que se prolonga en la dictadura, la depredación empresarial de los bosques y el abuso laboral en negocios cacareadamente ecológicos.

Panguipulli en nueve relatos
Diego Corvera
Tinta Negra Microeditorial, 2022
101 páginas

Como el propio libro lo recuerda, en el verano de 2021 fue asesinado en Panguipulli el artista callejero Francisco Martínez, hecho que desató una serie de protestas en esa ciudad. Cerca de allí y poco después moría asesinada la joven Emilia Herrera. Ambos crímenes revelan la trama oculta de violencia en esa región, una trama que raras veces aparece en la prensa chilena o en los folletos turísticos, la de un sur violentado por intereses económicos y políticos. El modo en que Corvera da forma a esta denuncia excede lo testimonial. ¿Cómo contar todo esto? El autor echa mano de un astuto vehículo ficcional: la aparición de un personaje, Amalia Aillapan, protagonista de casi todos los episodios relatados. Estos abarcan dos siglos de historia: entre 1835, cuando Amalia nace para luego convertirse en una de las primeras víctimas del Estado chileno, y 2035, fecha hacia la cual la leyenda de Amalia —una joven cantante rebelde que atraviesa distintas temporalidades, siempre de la mano de una hija llamada igual que ella— se ha difundido por diversos territorios. La utopía se ha hecho letra, y en ese futuro comienzan a ser reparadas, recién, las injusticias del pasado.

En el bello episodio Ülkantufe (Ül es el canto mapuche y ülkantun es el arte de cantar), situado temporalmente entre 2019 y ese incierto 2035, la narración expone el carácter legendario de Amalia, cuyo canto se escucha en las tomas y alzamientos populares, y transmite saberes y luchas antiguas: “Las historias que Amalia relata no buscan ser innovadoras, inteligentes o lúdicas, pues cada una de ellas ha sido contada miles, millones de veces, por ella o por otros semejantes, en distintos tiempos y lugares, en primera o tercera persona”. El autor opone así —de manera inteligente y lúdica— un sistema narrativo ciertamente desgastado (literatura del agotamiento se llamaba, ya en los sesenta, al relato posmoderno), a una forma oral, genealógica, que sigue expresando la riqueza de la experiencia en el mundo: “Son las mismas que escucha desde niña, en su casa, calentita y alrededor del fuego y el mate. Las mismas que contaba su madre, su abuela, la abuela de su abuela. Las mismas que ella relata bajo ninguna supervisión, respondiendo a una indescriptible necesidad personal”. 

Este aspecto metatextual o autorreflexivo no se hace artificial, ya que los distintos episodios narrados son escritos con sencillez y eficacia. El autor consigue que una suma de voces —a ratos los que hablan son los usurpadores, los explotadores, los violentos; y cuando esto ocurre, tienen cierto sonsonete bolañeano— den cuenta de una historia que pudo ser distinta, si se hubiese atendido al parlamento de Coz Coz (1907), gran asamblea mapuche en que sus participantes dieron cuenta de las violencias sufridas. Es este episodio, de hecho, el que cierra el libro y nos pone nuevamente frente a su bien disimulada sofisticación. Como muchos textos canónicos, el de Corvera muestra sus costuras para revelarnos su origen en un manuscrito. Se trata del relato del periodista Aurelio Díaz Meza (1879-1933), titulado “El parlamento de Coz Coz”, por donde cruza rápida, fugazmente, la figura de una mujer real llamada Amalia: “es un hermoso tipo de morena: facciones finas, cutis sonrosado, cara ovalada, ojos negrísimos y grandes y pelo azabache. Se llama Amalia”. Lo que no dice el libro de Corvera es lo que sigue a esta frase en el relato de Díaz Meza: “Respecto a esta familia Aillapañ [la de Amalia y su padre, el cacique Camilo] hay una hermosa historia pasional que alguna vez he de escribir”. Ese vago proyecto, que aparece como descolgado del resto de descripciones y hechos narrados por el periodista, quizás fuera el primer aliciente para esta potente ficción de Corvera, que desentraña los imaginarios de la violencia, pero también la fuerza de la poesía y la resistencia política y cultural en el Chile de hoy.

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