Más allá del antropocentrismo

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«Ramírez posee una visión microscópica, que se sitúa en territorios sinuosos, hendiduras, movimientos imperceptibles para una mirada común. ¿No es esta, a la larga, una de las funciones medulares de la literatura?», escribe Patricia Espinosa en esta crítica sobre Teoría del polen, de Victoria Ramírez (Provincianos Editores, 2021).
Por Patricia Espinosa H.

Repensar las distintas dimensiones de la vida es la preocupación central de Victoria Ramírez (1991), quien ya había publicado Magnolios (Overol, 2019). Ahora, en Teoría del polen, su segundo poemario, propone un acercamiento estético-teórico sobre una suerte de continuum naturaleza-cultura, que puede remitir a ciertas reflexiones sobre la hibridez (Bruno Latour) y lo posthumano (Rosi Braidotti).  Esto significa una relación no binaria y excluyente entre diversas materias vivas tras el descrédito del arrogante antropocentrismo y el humanismo. 

Ramírez nos remite a un mundo desjerarquizado, donde la condición de sujetx incorporaría, igualitariamente, diversas vidas: animal, humana, vegetal. Esta última es el núcleo de su libro, es decir, una vida vegetal marcada por tres procesos que coinciden con la división del libro: inflorescencia, polinización y fecundación. A esto se suman tres formatos de escritura: la prosa informativa, dedicada a citas del mundo científico y descubrimientos extraños que han sido ignorados, como por ejemplo la afirmación de Linneo en 1775 sobre el ciclo del sueño de las plantas. El segundo formato es el de la estrofa en verso libre dedicada a la observación aguda, milimétrica de la materialidad vegetal y sus procesos de vida y muerte. Finalmente, la escritura en columnas, donde surge la palabra crítica sobre la destrucción medioambiental. 

Ramírez posee una visión microscópica, que se sitúa en territorios sinuosos, hendiduras, movimientos imperceptibles para una mirada común. ¿No es esta, a la larga, una de las funciones medulares de la literatura? Desplazar el ojo hacia tesituras desconocidas e ignoradas por el privilegio de la mirada antropocéntrica. Adentrarse en corporalidades diversas, formas de vida que se rebelan a la violencia humana. Un accionar que no se detiene y que es parte, como bien sabemos, de una criminal política medioambiental para la cual no importa la llegada del cataclismo.

El futuro llegó: la naturaleza ha sido destruida, solo es cuestión de tiempo para que el ciclo de muerte se cierre totalmente; sin embargo, hay pequeñas grietas en este siniestro panorama donde, como señala la poeta, “aún es posible ver/ ruiles del Maule/ cipreses cordilleranos/ lúcumos silvestres/ bellotos del sur” (22). La naturaleza es hoy un vestigio, sus especies son las últimas huellas de una vida a punto de convertirse en un mero pasado. El volumen no elabora un orden originario donde alguna vez hubiese equilibrio entre humano y naturaleza. Su momento es el presente de la actividad extractivista, hacia donde lo ‘humano’ ha expandido su frenesí esclavizador. 

Teoría del polen
Victoria Ramírez
Provincianos Editores, 2022
60 páginas

Cuando la voz lírica señala una y otra vez que “aún es posible”, abre una brecha. Entonces no todo está perdido, todavía hay tiempo para “ver montañas/nubes sobre cumbres punzantes/ es posible ver veleros amarillos/ adolescentes a la rastra en trajes de baño/ por un motor que deja migajas sobre las olas/ niños que juegan pulcros sobre la arena/ que construyen canales para que pase el mar/ hombres que venden y hombres que compran/ masas dulces y fritas a mil pesos” (23). Esta suerte de enumeración caótica tiene más de un sentido. El principal de ellos es incitar a ver lo que está ahí, a la mano, lo cotidiano, que no posee características particulares, pero que bajo una percepción estética se convierte en una puerta de entrada que permite transitar, fragmentariamente, hacia una zona de vida: “el mundo se puede acabar y aun así/ podemos sentir que el cielo es una lengua/ abierta como una excavación/ o un agujero de luz egoísta/ que nos lastima la cara” (ibíd.). El fin del mundo surge acompañado de otra certeza: la naturaleza o el paisaje natural es una escritura “abierta”, una suerte de contenedor, dispuesto para quien se atreva a entablar un diálogo. 

La desmitificación de las plantas es un acontecimiento importante en esta escritura: “Las plantas suelen ser rivales en la/ búsqueda de luz. Invierten energía/ para que sus tallos crezcan, miden la/ calidad y dirección del sol […] Solo si son familiares comparten nutrientes. La misma/ ambición las une” (27). Esta reversa del mito se materializa en una vinculación con el ser humano, quien también actúa mediante rivalidades y comunidades afines en virtud de sobrevivir.  

La voz lírica acompaña a las plantas en un estilo indirecto libre, lo que implica que no hablen por sí mismas, sino que requieran de una figura mediadora. Esta voz configura tanto el proceso de fecundación como el efecto de placer involucrado en esta práctica. Los versos nos aproximan a un proceso biológico que culmina en el goce, experiencia que refuerza la condición de sensitividad que poseerían las plantas. 

Es por lo anterior que Teoría del polen impone un desafío enorme a la mirada antropocentrista. Como lectorxs, somos arrastradxs hacia un límite cuya superación exigiría nuevas herramientas, nuevas posibilidades; más aun, el mismo libro parece estar inmerso en la tragedia dada por un pensamiento que solo nos permite apenas vislumbrar una salida. Pero lo más importante no radica ahí, sino en cómo este se desliza hacia una zona impensada, hacia una idea que el racionalismo rechaza: el goce sexual de las plantas. Así, el placer se desplaza, se expande, rompiendo la exclusividad de su acontecer solo al reino animal, donde ha sido localizado por la mirada antropocéntrica. 

La convivencia con la ruina vegetal y animal se ha vuelto común, pero la poeta insiste: “el mundo se puede acabar y aun así/podemos sentir el aire de alga marina/ la mezcla de sal roja que inunda/ archipiélagos o ciénagas o ensenadas/ mientras crecen allí nuevos vertebrados/ mamíferos fuertes como ornitorrincos / que gestan huevos y cruzan millas/ con hijos encaramados en la espalda” (40). 

Ramírez explora un universo material a partir de una poesía que va desde el simbolismo oscuro hacia el ámbito crítico explícito, concreto, abierto a todo tipo de lectorxs. Su mensaje, esperanzador o utópico, nos incita a revertir la debacle: “[aún] es posible dar la vida por una idea/ decir las cosas tal cual suenan” (54).  Esto implica, finalmente, dejar atrás un estilo de escritura poética en clave, solo para letradxs, buscando retomar la función socio-crítica de la poesía. Modalidad que, como bien sabemos, la poesía chilena ha abandonado desde hace mucho. 

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