Cultura e identidad: el rol de la universidad en la construcción del nuevo Chile

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Cada nuevo artículo constitucional repercutirá en las labores y los principios de nuestra casa de estudios. Espero podamos adelantarnos y ser, como ya ha pasado tantas veces, la punta de lanza de los cambios que el pueblo necesita y que ya ha pedido a gritos, cumpliendo así parte importante de la misión que se ha propuesto: construir liderazgo en el desarrollo innovador de las humanidades y las artes a través de la extensión del conocimiento y la cultura en toda su amplitud.

Por Noam Vilches Rosales, delegade de Bienestar FECh

Ha comenzado uno de los procesos más complejos, en un escenario más complejo aún. Quiénes teníamos el corazón amarrado a las calles sabíamos que el plebiscito era el primer paso —y también el más sencillo—, pues si algo estaba claro era la necesidad de cambiar un sistema que no ha dado abasto para las necesidades de una población a la que le urge la dignidad. Banderas negras llenaron las alamedas, el tricolor fue reemplazado por el luto de un país mutilado por manifestarse, un Chile que oscurecía nuevamente su historia a punta de balas, represión y muertes. El negro simbolizó la rabia, pero también el despertar de un pueblo deseoso de cambios profundos. Todo esto terminó canalizado en un victorioso plebiscito por una nueva Constitución, la que si bien no trae consigo las respuestas a todas las demandas sociales, se compromete a abrir las puertas para un nuevo Chile en el que estas respuestas sean posibles.

Y, ¿cuál es ese nuevo Chile?

El común denominador de nuestras repuestas pudo haber estado en las actas de los cabildos realizados de manera masiva y coordinada, pero todo ello se perdió. No hemos visto ninguna publicación que realmente vislumbre dichas síntesis, y parece que los cabildos y las asambleas fueron un simulacro de democracia que, si bien nos dejó aprendizajes, no cumplió el cometido de ser un proceso que recoja la identidad, el sentir y las necesidades colectivas. Probablemente, jamás veremos dichos documentos; en el mejor de los casos sólo aparecerán para volver a candidates representantes del pueblo, ignorando la clara demanda de poder que la ciudadanía ha manifestado en cientos de candidaturas independientes y en la ineludible necesidad de un vínculo territorial o identitario para tener buen recibimiento en las campañas venideras. Lo que se ha pedido no es representación sino participación, una democracia mucho más profunda que la utilizada por la vieja política.

Este proceso se vuelve todavía más complejo existiendo tantos riesgos si nos volvemos a reunir. Difícilmente será posible retomar la práctica de las asambleas y los cabildos sin caer en la irresponsabilidad, sobre todo ante la eventual cuarentena que acompañará el proceso de campaña y elecciones de quienes definirán ese nuevo Chile. Aunque repensemos los métodos y optemos por la virtualidad, no será fácil convencernos de estar aún más tiempo frente a la pantalla de nuestros computadores o celulares, y claramente todo este proceso tendría un enorme sesgo, pues no toda la gente cuenta con internet o algún dispositivo para conectarse, siendo esta población recurrentemente la más desprotegida: gente de la tercera edad, menores de edad, personas vulnerables socioeconómicamente, quienes viven en zonas sin mayor conexión y personas en situación de calle. Si aún nos mueve la dignidad, claramente no queremos construir un Chile sin esa parte de la población.

De este modo, es probable que tengamos una enorme cantidad de votos para quienes logren hacerse la publicidad suficiente; es decir, volvemos a la clásica política electoral, basada en folletos que tienen un rostro y un nombre bien grande, acompañado de algún eslogan genérico sobre justicia, igualdad, seguridad o algo similar. Pero creo que gran parte de la población está pendiente de nuevas candidaturas, de esas que, a punta de trabajo, vínculo territorial e identitario se abren paso entre la misma clase política de siempre. Sin duda, esto es algo que debiese dejarnos algunas esperanzas para obtener los dos tercios que nos permitirán reescribir nuestra historia, y aunque en este proceso no culmina el rol que tendrá el pueblo en la consecución de un Chile digno, sin duda nos permite tener el viento a nuestro favor. Ahora, nuestro rol es posicionar ya no demandas abstractas en torno a nuestras necesidades, sino que propuestas concretas que se hagan cargo desde los límites constitucionales de abrir las grandes alamedas, de consolidar una democracia más profunda, un Estado más social y un país donde se garanticen derechos y no sólo libertades.

Haciéndome cargo de esto último, me quiero referir a algo que nos compete directamente como universidad pero que, a causa del ritmo y las exigencias de este sistema neoliberal, parece ser olvidado por los diversos estamentos. ¿Cuál es la misión de la universidad? Sacar profesionales al mundo laboral parece comerse gran parte del rol, presupuesto y directrices de las diversas casas de estudio, perdiendo totalmente el norte sobre los aspectos culturales y sociales que deben acompañar su quehacer, más aún si hablamos de una institución pública. Hoy dichas actividades van en un segundo plano, en actividades extracurriculares o en cursos de formación general, dejando en un segundo o tercer grado lo que para Ortega y Gasset era el sistema de ideas que dirige nuestras convicciones y que dirige efectivamente nuestra existencia. El riesgo de no hacer nada frente a esta demanda es el estado actual: profesionales al servicio del mercado o, peor aún, a involuntaria merced de éste.

Creo que este patrón se repite en cada institución educacional permeada por el liberalismo falto de pensamiento crítico, que por lo demás termina respaldado por una Constitución que en su artículo 19, número 25, asegura la libertad de crear y difundir las artes junto con el derecho sobre la propiedad de dichas creaciones, pero nada dice del derecho al acceso a la cultura, o de asegurar que el Estado tome las medidas necesarias para el desarrollo y la difusión de ésta. Ni siquiera los acuerdos internacionales que Chile firma han logrado hacerse cargo de este enorme problema, dejando no sólo todo en manos del mercado, sino que —como si eso fuese poco— esto ocurre a costa de quienes trabajan y difunden las artes y la cultura, que sólo tienen para realizar su trabajo lo que presupuestariamente no es prioridad para nadie. El nuevo Chile es ahora sólo posibilidades, una hoja en blanco, una bandera donde reescribir los rumbos de un pueblo tantas veces reprimido. Y serán esas rutas las que debemos dibujar para que aspectos tan olvidados como la cultura no queden nuevamente en último plano.

No es novedoso, aunque no por ello deja de ser interesante y relevante, que de alguna manera cada nuevo artículo constitucional repercutirá en las labores y los principios de nuestra casa de estudios. Espero podamos adelantarnos y ser, como ya ha pasado tantas veces, la punta de lanza de los cambios que el pueblo necesita y que ya ha pedido a gritos, cumpliendo así parte importante de la misión que se ha propuesto: construir liderazgo en el desarrollo innovador de las humanidades y las artes a través de la extensión del conocimiento y la cultura en toda su amplitud, siendo su responsabilidad contribuir con el desarrollo del patrimonio cultural y la identidad nacional. Hoy esta tarea es urgente, pues la cultura y la identidad nacional sin duda jugarán un papel fundamental ya no sólo en la calle para vociferar al unísono demandas sociales desde el sentir común, sino que para saber responder, también al unísono y desde una visión y un pensar común, cuál es esa nueva Constitución y hacia dónde debemos avanzar para construir ese nuevo Chile.

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