Rutilante y de mala reputación

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El poeta más importante de la lengua española no es español sino chileno. Pero más que chileno, lo concibió esta tierra que nosotres también pisamos. Una voz gigante, trascendente, sobre humana, que halló en el cuerpo de un niño tímido, parralino, su casa. Erigir una “poesía sin pureza” es reconocer la belleza de una poesía roída por el efluvio humano. Por la saliva, por la sangre, por el sudor, por el roce de la materia. Por la transacción con el tiempo de lo que no tiene tiempo.

Por Naomi Orellana

Sincronías

El 16 de octubre de 2020 se inauguró a través de internet, como todo lo que se realizó después de marzo de este año, la versión online del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires. Si se hubiese realizado de manera tradicional, habría sido la décimo segunda versión. Sin embargo –imagino que ajustados al rigor del oficio editorial–, no consideraron como una nueva edición esta digital, y la llamaron simplemente Filba Online 2020. 

La inauguración estuvo a cargo de Joyce Carol Oates, una escritora estadounidense que ha publicado 60 novelas, 11 novelas cortas, 42 libros de relatos, 11 libros de poesía, 16 libros de no ficción, nueve obras de teatro, seis libros para adolescentes y tres para niños; 158 libros entre 1963 y el 2020, un promedio de 2,77 al año, en 57 de carrera. Desconozco su obra, pero estos números ya me merecen respeto. En el minuto 12:45 de su presentación comienza a articular la siguiente idea:

“La literatura, como la música y la poesía, tiene una influencia particular en los individuos. Si quieres afectar o llegar a un grupo más grande, tienes que hacer algo más directo; hoy día, por ejemplo, con la televisión o los discursos políticos que son televisados o la publicidad que intenta cambiar el comportamiento de las personas en la cultura del consumo. Pero el arte transforma a las personas de manera individual. Un poeta espera que su público sea bastante pequeño, aunque las personas pueden entusiasmarse o emocionarse mucho con la poesía; por ejemplo, con la obra de Neruda, Cavafis, Shakespeare, Tolstoi, Emily Dickinson o Walt Whitman. Todos estos individuos son tan especiales y únicos, que afectan más a individuos que a agrupaciones de personas”. 

“Neruda” sonó como un cortocircuito.

El 18 de octubre se transmitió, también a través de Youtube, en el marco del mismo festival, la charla de una poeta que me interesaba particularmente escuchar: Sharon Olds. Me senté en la cama para ver la entrevista, realizada por Inés Garland, quien tradujo al español sus libros La habitación sin barrer y La materia de este mundo, este último junto a Ignacio Di Tullio. La entrevista fue reseñada y compartida hace unos días en el blog de Eterna Cadencia: “Todo pronosticaba un encuentro de alturas y, en efecto, fue lo que ocurrió: comenzaron hablando de Chéjov, y desde entonces no detuvieron la magia”, establecieron.

Me encontraba yo precisamente flotando en las palabras de este encuentro, hipnotizada como una guagua mirando los móviles en su cuna, cuando Inés Garland pregunta: 

“¿Cómo decidiste hacer el libro Odas? ¿Cómo escribiste el libro Odas? Estoy segura de que los espectadores querrían escuchar eso”. 

A lo que Sharon Olds responde:

“Estaba viajando con mi amado novio. Entramos a una librería, y un libro se cayó del estante y era Odas elementales, de Neruda. Así que compramos el libro. Y comencé a escribir. Nunca pensé “ahora escribiré odas”, pero cuando volvimos a New Hampshire, escribí este poema llamado “Oda al tampón”. Se me ocurrió porque sentía tanta admiración por sus odas elementales[1], y sus cosas comunes y las mías no eran necesariamente iguales, pero no pensé que una vez que empezara a escribir odas no iba a parar. También fue un buen momento para comenzar a escribir, no lo planifiqué, pero comencé a escribir poemas de amor personales, que no eran personales de manera obvia: no era realmente una persona que quisiera que escribiera sobre sí, en ese momento. Así que, no lo sabía en ese momento, pero los poemas de amor tenían que, querían salir a la luz y pudieron surgir en la forma artística de una oda”. 

En menos de dos días había escuchado dos veces el nombre “Neruda”, de la boca de dos escritoras de reconocimiento mundial, una de ellas especialmente querida. El eco de la palabra “Neruda”, dicha con acento gringo, comenzó a resonar con fuerza en mi cabeza.

La mañana del 22 de octubre, Verónica Jiménez, poeta chilena, editora, amiga de Facebook, publica lo siguiente: 

Ese mismo día a las 18:28 de la tarde, le escribí para manifestar mi interés en el taller mencionando los acontecimientos que acabo de contar.

A la mañana siguiente respondió que qué bueno saber que el taller podía ayudarme a conectar con mis inquietudes acerca de Neruda, si pudiera contarle quiénes eran esas escritoras para buscar las entrevistas, que me inscribiría y enviaría información pronto.

Esa misma mañana, cuando acudía a mi escritorio, miré de reojo la biblioteca de mi amado novio y vi un libro que sobresalía entre los demás. Enfoqué la retina y vi una nariz puntiaguda, la papada y su boina. Me acerqué a tomarlo y leo: Pablo Neruda en Valparaíso, de Sara Vial, publicado en 1983 por Ediciones Universitarias de Valparaíso.

Lo hojeo y ojeo y encuentro este párrafo:

“En su infatigable amor por los poetas y la poesía hasta el último momento de su vida estuvo ideando nuevos estímulos, nuevas publicaciones. Esta vez sería un homenaje a la poesía femenina de Chile. Reconocedor de la poesía escrita por mujeres en nuestro territorio, se hizo tiempo, entre sus dolores y cansancios, entre las aplicaciones de cobalto que le estaban quemando el sol como dijo a Delia Dominguez, para armar una antología de diversas autoras. “La rosa de papel”, saldría a la luz pública en el mes de septiembre, ese mes predilecto que fue motivo de tan frecuente alusión dentro de su poesía.

El libro no vio la luz. Sobrevino el once de septiembre por esos días, y retiró el material de las prensas. Renunció a la idea. Él mismo murió doce días después”.

Antes de morir, dejó escrito el prólogo, que comparte Sara Vial íntegro en su libro,  del que recojo este fragmento:

“Cada una en su canto, en su menester, en su violín: adentro de la intranquilidad humana, de la levadura vital cuanto existe. Por eso he querido que vayan derramándose juntas, diferenciándose por naturaleza, pero sin clasificarlas ahora ni jamás dentro de las redes de la vida.
Hay que dejarlas libres de nuestra manía de categorizar, de superponer: cada una ofrece un don intransferible.
Delia Dominguez, descalza con sus versos sobre el pasto de Osorno: Nona Gutiérrez, pastora de la belleza descabellada; Stella Diaz, fascinadora loca de invierno, capaz de sacar peras al olmo, Sara Vial, sauce Sara Vial, vegetal y marina, Irma Astorga, fuerte y finísima como espada que canta.
A Gabriela Mistral la sustrajimos de su gobernación y la metimos entre cascabeles juveniles y piernas espontáneas sin ningún respeto a su investidura, tal como a ella le habría gustado, porque, eso sí, así la devolvemos a la vida”.

Pablo Neruda, Isla Negra, fines de agosto de 1973.

Auscultando a Neruda

“Cuando fui a tomarlo una de ellas me dijo que primero debían hurgar en mis ropas. Temblé de terror y me escabullí rápidamente, perseguido por las jóvenes ninfas que enarbolaban el incitante tesoro. En la persecución entré por un callejón hacia el local deshabitado de una panadería de propiedad de mi padre. Las asaltantes lograron alcanzarme y comenzaban a despojarme de mis pantalones cuando por el corredor se oyeron los pasos de mi padre”.

Confieso que he vivido, Pablo Neruda. 

El 4 de noviembre del 2020, Verónica Jimenez nos escribe a los 16 participantes inscritos en el taller, en su mayoría poetas, escritoras y escritores, para entregarnos el programa y algunos textos para comentar en la primera sesión.

El 12 de noviembre tuvo lugar nuestro primer encuentro virtual. “Pablo Neruda es el poeta más importante de la lengua”, comienza diciendo Verónica. “No es solo el más importante de Chile, sino de la lengua española. El más traducido, el más leído, el más vendido, el más conocido”, lanza de entrada.

La primera sesión estaría dedicada a comentar aquellos aspectos incómodos de la biografía de Neruda, particularmente ese párrafo hecho meme, reducido al hashtag #confiesoqueheviolado, que lo llevó a la funa masiva, y que vino a sepultar su ya roída reputación entre algunas eruditas, por su condición de “viejo lacho”, “mujeriego”, “grandilocuente”, “lugar común”, “poeta de ignorantes y viejas cursis”.

La auscultación fue bastante quirúrgica. Acordamos que lo que nos interesaba hacer era complejizar y profundizar, ir más allá de la lectura lineal de aquel párrafo. Hacernos cargo quizás de una inquietud personal, pero sobre todo como trabajadores de la poesía, revisitar colectivamente un emblema vilipendiado, darle una segunda y tercera lectura a la obra de un poeta que alzó por mundo a la poesía chilena, la llevó a lo más alto, vivió en ella, logró hacerlo y no dejó de ser hombre, para bien y para mal. ¿Cómo hay que leer a Neruda y por qué habría que leerlo? Era, es, la pregunta. La respuesta puede parecer elemental: leyéndolo. Hablar de poesía es hablar de la vida y hablar de la vida es hablar de sexo y para hablar de sexo hay que hablar sin pudores, a calzón quitado y de la cintura para abajo. Los genitales de Neruda eran parte de Neruda. Se me viene a la mente “El pene de papá” de Sharon Olds:

“Pende de lo profundo de su hábito, un delicado
badajo en el centro de una campana.
Se mueve acompañándolo, pececito espectral
en una aureola plateada, el pelo
que se mece al calor de la penumbra: y por las noches
cuando duermen sus ojos, se levanta
para alabar a Dios”.

Una de las preguntas que nos hicimos en este primer encuentro fue, también, por qué Neruda decidió escribir aquel párrafo que socavó irremediablemente su reputación, por qué decidió escribirlo, mantenerlo y publicarlo y no quedarse callado, como sabemos que lo hacen muchos colegas escritores que agreden y/o encubren a agresores de mujeres. ¿Por qué él lo cuenta? ¿Cómo lo cuenta? ¿Cómo podemos leer ese párrafo, como parte de un fragmento de una obra más extensa y compleja, pero sobre todo, como un texto literario?

“Biografía y contexto de producción no son sinónimos”, recalca Verónica en el debate, que no llega a ninguna sentencia unificada, pero logramos reconocer, al menos en mi caso, que: 1) No sé ni sabré nunca lo que realmente pasó, y 2) Que es complejo decidir desde un punto de vista externo, sin la acusación de la afectada, que lo que Pablo Neruda en su texto literario narró como la violación de un machito con poder a una pobre esclava, realmente lo fue. Me llamó la atención que hombres sobre todo hablaban por la “mujer”, condenando el hecho, atropellando la alteridad del personaje. Detrás de la condena moral tácita no podía dejar de pensar en mis amigas putas y el paternalismo abolicionista. Yo no puedo decirle a otra mujer “fuiste violada”, sin conocer lo que tiene que decir al respecto. No se trata de no condenar la violación, sino de observar que no estemos tomando la palabra por otra, victimizándola, sin preguntarnos si estamos dando espacio y voz a quien corresponde, y si eso no es posible, como en este caso, porque se trata de un personaje que no sabemos si es de ficción o no, no podemos dejar de tenerlo cuenta.

Isla Negra

“Quien huye del mal gusto cae en el hielo”.

Sobre una poesía sin pureza, Pablo Neruda.

El poeta más importante de la lengua española no es español sino chileno. Pero más que chileno, lo concibió esta tierra que nosotres también pisamos. Una voz gigante, trascendente, sobre humana, que halló en el cuerpo de un niño tímido, parralino, su casa. La escritura no mira el sexo al entrar a un cuerpo, pero se embadurna en la biografía. Erigir una “poesía sin pureza” es reconocer la belleza de una poesía roída por el efluvio humano. Por la saliva, por la sangre, por el sudor, por el roce de la materia. Por la transacción con el tiempo de lo que no tiene tiempo.

Sincronías y azares me conectan con el nombre y la imagen de un poeta rutilante y de mala reputación. Y me acercan a su faceta más humana, a sus odas, a su vida en Isla Negra, a su imagen colgada en un kiosko rodeada de paquetes de galletas y puzzles con la cara de famosas; a sus libros de ediciones ordinarias y piratas, envueltos plástico usado, dispuestos en el mesón hechizo de un artesano de la zona; a su nombre y su poesía hecha souvenir popular.

El 28 de noviembre, Sebastian (mi amado novio) recibe una invitación de su amigo Alexis para ir a visitarlo a El Tabito, una pequeña localidad del litoral central donde lleva un tiempo viviendo y pronto se mudará definitivamente. Llegamos a una casa azul de dos pisos, emplazada en una villa llamada Las Flores. Nos recibió contento, contándonos que estaba con su primo comiendo caldillo de congrio “nerudiano”, refiriéndose a la receta que lleva un chorro de crema en el caldo. En el bus ya había reparado que el lugar al que nos habían invitado quedaba a pocos kilómetros de Isla Negra. Se lo comenté a Sebastián, para considerar la posibilidad de ir, sólo si se daba. Y se dio. El día lunes 7, Alexis nos llevó por la playa caminando desde El Tabito a Isla Negra, prometiendo mostrarnos el lugar por el que se llamaba así: una roca, irrelevante a mi parecer de turista, que se levantaba a pocos metros de la orilla, y que era bastante oscura, digamos que negra. Un nombre literal, poco poético, si se piensa. Pero quizás qué misterios tiene la piedra.

Fueron casi 50 minutos de caminar por la arena, bajar y subir rocas, mirar casas de playa, nuevos departamentos, otras abandonadas, con forma de barco, oxidadas por la sal. Puro romanticismo. Flores rosadas que crecían en medio de la arena, escenas de familias en la playa, con mesas y colchones jugando a las cartas, niñitas morenas con sus canillitas estoicas resistiendo el mar helado del litoral.

En Isla Negra su presencia está por todo el lugar. Su cabeza con boina esculpida en una roca mirando el océano, poemas colgando de los árboles tallados en pedazos de madera. Pintado en un Guayasamin falso al lado de Mon Laferte en una sopa de letras; colgado en forma de suplementos escolares al lado de un Condorito. Compré las Odas elementales por 4.500 y una copa en miniatura pintada que dice “Isla Negra” en el kiosko de los souvenires nerudianos, abastecido por catorce artesanos de la zona, quienes elaboran artesanías en diferentes materiales, con y sin la cara o los versos de Neruda, escritos tal como los recuerdan: “El amor es tan corto y el olvido es tan largo”, reza uno. Me arrepiento tanto de no haber comprado una de las mascarillas con su poemas, o con su cara.

¿Qué poeta puede decir que sus versos o su imagen están impresos en una mascarilla?

Es fuerte. Y es raro que yo esté aquí. Caminando por esos pasajes de tierra me vino la idea de que lo que tenía que hacer era una crónica. Fuimos a reunirnos con los primos de Alexis, que ahora eran dos, más la polola de uno de ellos. Nos esperaban sentados en una mesa de comedor de casa, de vidrio, incrustada en un pedazo de tierra que sobresalía de las lomas. Cupimos bastante apretados, pero el patio florecido e inclinado pagaba la incomodidad. Me cuentan, mientras comemos papas fritas con ají, que los dueños del lugar trabajaron por años en la casa-museo. Asiento en silencio y me paro a mirar si lo que está en aquel macetero es o no hinojo. Saco una ramita y la huelo. Nunca me resultó el periodismo.


[1] “Odas elementales” se ha traducido al inglés, al menos el que referencia Olds como “Odes to common things”, desplazando el sentido que en el español tiene la palabra “elemental”, no como algo ordinario, o común necesariamente, sino como algo “esencial”.

Este es uno de los textos que surgió de las discusiones generadas en el taller “Cómo leer a Neruda y por qué”, convocado por la escritora y editora Verónica Jiménez. Las sesiones se realizaron de manera virtual entre el 11 y el 25 de noviembre de 2020, con participantes de Chile, Perú, Honduras y México. En el taller, se revisaron algunos poemas y prosas literarias de Pablo Neruda, así como textos periodísticos, testimonios y artículos provenientes del ámbito académico. El objetivo fue generar una reflexión a partir de ciertas lecturas literales que se hacen en la actualidad de parte de la obra del poeta y de algunas zonas de su biografía.  

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