El dominio que te concierne

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Tal vez en esa sensación de lo efímero, en ese arranque de vida que es un recuerdo, en esa cosa informe que es la memoria, se juegue esta permanencia en la inmovilidad. Todo pareciera mezclarse en la memoria caóticamente, como fragmentos de cuerpos entrelazados, como si también hubiese caído una bomba sobre Viña del Mar, y la vida se detuviese como lo ha hecho desde hace ya un año, situando a todos al borde de un cráter, arriba de escombros, copa en mano, dispuestos a brindar por la catástrofe que, pese a todo, aún los mantiene con vida.

Por Claudio Guerrero Valenzuela

Escrito está en tus páginas
que poesía y principio de propiedad
dos fuerzas son que se repelen,
pero escrito está también
que la poesía es infinita y divina,
no hay tiempo preciso ni lugar,
y el dominio que te concierne
verdadero, eterno, único es,
imperio sobre el universo todo.
Sergio Raimondi, Poesía civil

A nuestro alrededor los cuerpos se alzaban de la piedra
formando grupos compactos, enredados entre sí como
si una explosión los hubiera reducido a fragmentos.
Peter Weiss, La estética de la resistencia

No sé por qué, esos aviones me parecían más naturales
que las pequeñas luciérnagas volando a ras del piso las primeras noches calurosas de la última primavera.
Sergio Chejfec, Modo linterna

Llegue, pues, el oficio segundón, a la hora de la crisis, cuando el tedio
ya aparece en su fea desnudez; venga cualquier cosa nueva y fértil,
y ojalá ella sea pariente de la creación, a fin de que nos saque del atolladero.
Gabriela Mistral, El oficio lateral

Hay en alemán una palabra para designar este sentimiento de bienestar
que provoca el estar a salvo en un espacio cálido e inexpugnable: gemütlichkeit. La gemütlichkeit no es tan sólo confort o comodidad, es sobre todo refugio, depuración,
la sensación de hallarse en el propio nido, lejos de las complicaciones externas.
Fabio Morábito, También Berlín se olvida

Escucha a Sergio Raimondi en un podcast de la Deutshe Welle y le oye decir que ha escrito un poema a las grúas de Berlín como parte de su estancia en la ciudad durante un año, gracias a una beca de la DAAD. El entrevistado le sugiere a la entrevistadora, de acento rioplatense como él, que se fije en que en esta ciudad siempre hay un edificio en construcción. Ella pronuncia la palabra grúa en alemán, pero no alcanza a retenerla y prontamente lo olvida, mientras continúa con el aseo dominical de su casa en Viña del Mar, afanado en limpiar un WC que se propone dejar prístino, como recién comprado. En el último tiempo se ha habituado a cocinar o a realizar la limpieza con un parlante de mano que hace rebotar los sonidos de canciones, las noticias de la radio o podcast de todo tipo. En el último tiempo, la pandemia ha traído de vuelta la escucha.

Claudio Guerrero Valenzuela. Crédito: Josefina Rodríguez.

Prestar oído le ha devuelto algunas sensaciones, algunos silencios, algunas imágenes de aquella ciudad. Durante un tiempo pensó que tras los treinta días que duró su estadía en la capital alemana gracias a una beca bastante más modesta que la del poeta de Bahía Blanca, hace ya casi tres años, nada interesante podría escribir sobre ella más que anécdotas absurdas, detalles inoficiosos, impresiones sesgadas y comparaciones propias de turista latino habituado al caos de las sociedades del tercer mundo. Si traiciona ese imperativo soberanamente autoimpuesto se debe más a ciertos misterios difíciles de desentrañar que a una actitud lógica o extremadamente racional frente a la escritura. Esperanzado, también, en apuntar algo más que una simple idea del viaje, o motivado, quizá, por este encierro pandémico que revuelve los tiempos, diluye las acciones y confunde los espacios activando la imaginación, se atreve a ensayar algo, a retomar incluso un diálogo imaginario con el poeta argentino, continuación del comenzado hace unos años a partir de la lectura de su libro Poesía civil, y que ha girado particularmente en torno a las relaciones entre poesía, creación y comunidad, así como al lugar de la escritura en el contexto de una crisis continua que parece predominar hoy en todos los ámbitos de la vida.

Leyó hace poco un tratado sobre el pensamiento apocalíptico —si hay algo que la pandemia trae a escena es la posibilidad cierta de un final— donde el autor citaba un verso de Wallace Stevens, expresando algo así como lo que sigue: “La imaginación se encuentra siempre en el final de una era”. Si hay algo que ha aprendido a hacer en este último tiempo es a convivir con la incertidumbre, las urgencias y las necesarias propuestas tentativas para una pregunta que se ha hecho recurrente: cómo seguir viviendo juntos, cómo pensar un futuro distinto.

El virus mutante ha generado otro orden de cosas. Ha acelerado la exigencia de la escritura hasta un punto insospechadamente vital, como si escribir pudiera, en parte, apaciguar la angustia de las imprecisiones del tiempo presente. Pero también ha impuesto otra manera de comunicarse con las personas, quizás una más prístina, sincera y directa. En el último año ha conversado más seguido con sus antiguos amigos de colegio y de universidad que hasta antes del confinamiento. También, entremezclado con las labores de aseo, cocina, preparación y realización de clases, ha acompañado las tareas de la más pequeña o escuchado las hazañas acometidas en los juegos en línea por el más grande, y se da el tiempo para conversar por videollamada con uno de sus cuñados quien, literalmente, ha regresado de la muerte. Después de permanecer intubado por alrededor de un mes y medio, ha regresado a casa. Andrés le cuenta con detalle algunos de sus viajes alucinatorios, encuentros imposibles con su abuelita en una antigua mansión, la certeza de hallarse en Temuco y no en Santiago, paisajes eternos con gente caminando como zombies sin dirección alguna. Pero de todas esas pequeñas historias, una le ha quedado resonando: ha llegado hasta un lugar que parece registro civil y se siente compelido a mostrar su carnet de identidad. El funcionario que se lo exige le pregunta: ¿y usted qué hace aquí?, si usted está muerto.

……

Por aquel entonces hacía calor en Berlín. Un calor húmedo de verano que despertaba unas ganas tremendas de tomarse una cerveza diaria, o una Club Mate, siempre refrescante, que compraba al paquistaní del negocio de la esquina cada mañana, cuando salía en dirección a la estación de tren que lo llevaría hasta Postdamer Platz, donde se hallaba la biblioteca del Instituto Iberoamericano, lugar en que debía revisar una serie de documentos y papeles que no viene al caso mencionar y que solo le produce fatiga en este momento. Motivado por el entusiasmo de lo nuevo, los días debían ser intensos y solo debía agotarse por el extremo cansancio.

Extrema fascinación causaba la idea de un muro fantasma que dividía la ciudad en dos: pesquisar sus huellas, contrastar el Este con el Oeste, definir criterios arquitectónicos que separaban un lado del otro. Sumado a los bombardeos y destrucciones de antiguas guerras, cada rincón de la ciudad parecía un hecho histórico ineludible que causaba escozor descubrir: aquí en la Plaza de la Ópera fue la famosa quema de libros; por acá en un lugar difícil de precisar, muy cerca de la Puerta de Brandenburgo, se hallaba el búnker de Hitler; por este camino de Pankow ingresó el ejército ruso; en esta estación de trenes llamada Anhalter Banhof, que hoy conserva apenas su grandiosa puerta, deportaron a miles de judíos hacia la muerte; en la arquitectura del estadio Olímpico es posible observar gran parte de la megalómana estética nazi; en la cúpula del Reichstag los rusos izaron la bandera con la hoz y el martillo. Cada espacio contaba su propia historia, del mismo modo que lo haría La Moneda o el Estadio Nacional para un extranjero. Pero como espacios mentales visitados previamente por la lectura, el hecho de que ahora se erigieran como lugares reales, con volumen, olores y colores, le parecía un asunto estimulante.

Una ciudad habitada por estos espectros, construida en base a las vías ferroviarias que constituyen las venas de Europa, y que expresan una conciencia modernizadora voluntariosa, una ciudad que mezcla palacios con edificios de cristal, donde se pueden encontrar los centros corporativos de las empresas más grandes del mundo, rodeada de enormes parques y bosques, de sempiternos ciclistas que se desplazan de un lado a otro con ordenado frenesí, todo revuelto con la vocación de quien sabe habita un espacio único, todo eso le permitía figurársela como un teatro inacabable, imposible de cartografiar en tan solo un mes y al mismo tiempo como algo inútil de capturar.

Todas las ciudades conservan las huellas de un pasado horrible, aunque no se dejen ver con transparencia. Hace casi una década, cuando llegó a vivir a la costa desde la capital, entre las muchas cosas que le llamaron la atención del balneario que hasta entonces le parecía más conocido por su vocación turística, algo así como una Acapulco del Pacífico Sur, fue notar la casi total ausencia de centros de memoria que hablaran del pasado reciente. La dictadura, iniciada aquí y vigente apenas unas décadas atrás, había sido borrada por completo de la ciudad. Casi por casualidad descubrió que un edificio frente a la Estación Miramar ocupaba el mismo lugar de lo que fue un centro de tortura de la policía secreta. Cercano a su casa, también, tardíamente descubrió una casona, por Agua Santa arriba, que formó parte de la clandestinidad de la muerte y que ahora parece estar habitada por una familia. ¿Sabrán ellos de los gritos ahogados de los torturados que aún emergen de las habitaciones?

Algo similar pasaba con esta otra ciudad colmada de historia, donde la resonancia de antiguas bombas se mezclaba con otras historias cruzadas, tanto o más fascinantes: en esta casa que hoy es una farmacia pasó sus primeros años de infancia Walter Benjamin. En esta esquina mataron a Rosa Luxemburgo. La Alexanderplatz sigue siendo casi la misma que descubrió con emoción retratada en la película Goodbye Lenin. Junto al río Spree es dable sentarse a escuchar música y tomar cerveza después de visitar el Berliner Ensemble de Bertolt Brecht. Por otra parte, Jennifer, la anfitriona que le abre las puertas de su casa y le acoge con entusiasmo, le explica que en la ciudad todo está regulado, que cruzar la calle fuera del espacio peatonal destinado exclusivamente para aquello puede constituir la más terrible afrenta y una muestra de incivilidad, y que la ciudad está marcada por este tipo de actitudes y comportamientos que se deben aprender.

Conviven la historia y un presente que no exhibe huellas ni expresiones regulares de su pasado, pero que en ocasiones se percibe con una tensión contenida. Jennifer y su marido chileno, Tato, trabajan en una escuela con inmigrantes, con niños, niñas y adolescentes que generalmente han padecido las cosas más terribles antes de llegar hasta Alemania. Hacen notar que la inmigración es un problema importante para los alemanes. Ellos lo perciben a diario y forman parte de una primera línea de atención y contención, emocionalmente agotadora. No todos en el país están realmente abiertos a su acogida y, como en otras partes del continente, es en los espacios rurales donde existe mayor resistencia. Berlín es una Babilonia repleta de turcos, sirios y latinoamericanos, y a veces se tiene la impresión de estar en cualquier otra parte del mundo. En cierta oportunidad se dirigen a la piscina pública de Charlottenburg, construida, se enteró hace poco, hace ya más de un siglo. Una piscina enorme, profunda, donde los niños y jóvenes pueden lanzarse clavados desde tres o cinco metros de altura, con absoluto desenfado. Conforme transcurría la tarde, se producía un singular recambio en el color de la gente y en el ruido reinante: lo blanco y lo rubio que predominaba a primera hora daba paso a la tez morena de la inmigración del medio oriente. Y la tranquilidad y el silencio inicial era reemplazado por un bullicio de gritos, risas y discusiones en elevado tono que hacía pensar en una inminente gresca. Hermosas musulmanas con burkinis marca Adidas que cubrían todo su cuerpo, y enormes mocetones en zunga, de pronto se gritaban de un lado a otro y copaban el espacio. Se notaba cierta tensión en los guardias. Le pareció, en algún minuto, que la piscina municipal se parecía a cualquier otra piscina municipal en donde se expresa lo público en todo su esplendor, un lugar adonde llegan personas de toda clase, y donde la felicidad se manifiesta libremente, pero le sorprendió y le pareció simbólico que a determinada hora de la tarde lo germánico se hubiera retirado, haya abandonado el lugar de modo tal que la inmigración pudiera encontrarse de pronto a sus anchas, ya dueños del espacio. A la inversa, como muestra quizás de las relaciones transculturales siempre inciertas entre dos o más culturas, cuando se encuentra con Diego, un exalumno chileno que cursa un postgrado en la ciudad, y se dirige con él a los bares de Kreuzberg para beber cerveza y conversar durante horas acerca de la vida, la historia y la poesía, y se entera de que cierto puesto de dönner kebab es considerado el mejor de la ciudad, constata que este se llena de alemanes que no tienen problema en hacer una fila de media hora para atiborrarse gustosos con este plato foráneo, casi del mismo modo como en Viña del Mar los autos taconean la calle frente al Casino a la espera de una hamburguesa McDonald’s.

Hay un equipo de la Bundesliga en Berlín: el Hertha, de camiseta azul. El otro, el Unión Berlín, con indumentaria roja, juega en la segunda división. Los azules son del oeste y los rojos del este. Los primeros son más ricos y los segundos un club pequeño de la parte industrial de la ciudad, pero cuyo estadio se encuentra en medio de una zona boscosa, de esas que abundan por todas partes. Va a ver al Unión Berlín. Demora hora y media en atravesar la ciudad, combinando el tren con un tranvía repleto de hinchas cerveza en mano. Le parece que esto podría ser lo más cercano a una idea inconclusa y sinsentido de lo germano. La alegría desborda, un repertorio contagioso de canciones es entonado festivamente, enormes banderas que se doblan como mariposas, y como se diría en Latinoamérica, predomina el colorido de la fiesta futbolera. El estadio se encuentra repleto de gente, con veinte mil personas en las tribunas, todas de pie bien apretadas, porque no hay butacas. De pronto se ve compelido a saltar y a cantar también, aunque no entienda ni media letra de lo que se entona. Los coros resuenan fuertes, muy graves, y no sabe por qué piensa que las canciones del ejército alemán invadiendo terreno enemigo deben haber sonado parecido a esto. Antes, durante y después del partido, la gente toma cerveza y acompaña con una currywurst bien aliñada o una weisswurst generosa. Las familias van con sus niños en bicicleta; de hecho, hay un enorme aparcadero de bicicletas, casi no circulan autos, y todo le parece una hermosa fiesta de mediodía coronada con una victoria del local por dos a cero. De vuelta a su casa al otro lado de la ciudad, decide tomarse una última cerveza y caminar el trecho que antes realizó en tranvía. El paisaje de fábricas, de enormes bloques de edificios y calles desiertas de domingo se le aparece más real que el circuito próximo al casco histórico. A un costado, el enorme río se ha vuelto mucho más ancho y caudaloso, y un barco transita apacible llevando alguna carga cuyo destino ignora y que tampoco se da el trabajo de imaginar.

……

Todo se mezcla en la memoria, todo concurre simultáneamente en este tiempo detenido impuesto por el virus, en este día gris asolado por una vaguada costera que extiende una red durante días enteros, todas las imágenes se mezclan descentrando la experiencia, tanto, que podría dar casi lo mismo dónde tiene lugar, porque pareciera ser siempre una misma y única experiencia de asombro ante el silencio que impone la reclusión, la detención del tiempo que propone la lectura, o el mismo ritmo cotidiano de tareas hogareñas que sustentan la limpieza, la alimentación o el orden. Pero también cansado ya de los encuentros virtuales vía Zoom con familiares y amigos tanto o más cansados, de los chats por Whatsapp, o de las terapeúticas llamadas telefónicas que recuerdan que allá afuera existe otro, la escritura se vuelve un reservorio propicio para la contención, y un modo de encauzar el enorme tráfago de ideas que llega de todos lados como noticias de tristes presagios.

Tal vez en esa sensación de lo efímero, en ese arranque de vida que es un recuerdo, en esa cosa informe que es la memoria, se juegue esta permanencia en la inmovilidad, esta detención obligada que hace que todas las calles sean las mismas, más allá de la impertinencia de la comparación, y que todos los espacios parecieran confluir en uno solo y al mismo tiempo, en un punto concentrado del universo. Adónde lo llevan estos trenes de la S-Bahn que circulan hacia lo infinito, se pregunta, como en un eterno círculo que desvanece el tiempo. Los árboles del Tiegarten se podría decir que se asemejan a los de la Quinta Normal. Allí tomó de la mano a una ninfa esquiva, allí también el mármol emerge del pasto seco y proyecta sombras por todos lados. Bajo esta misma lógica, ya no sabe si a la salida de la estación del subterráneo se encontrará con un palacio cuyo invernadero es idéntico al que alguna vez observó en el Parque de Lota. Y las estatuas podrían ser las mismas del Parque Lezama de Buenos Aires, o del Parque Italia de Valparaíso. La calle de Viña del Mar donde vive, por su parte, se parece al camino que recorrieron a caballo los soldados libertadores bajando por Putaendo. Todo pareciera mezclarse en la memoria caóticamente, como fragmentos de cuerpos entrelazados, como restos de cuerpos destrozados y unidos unos a otros por costuras invisibles, como si también hubiese caído una bomba sobre Viña del Mar, y la vida se detuviese como lo ha hecho desde hace ya un año, situando a todos al borde de un cráter, arriba de escombros, copa en mano, dispuestos a brindar por la catástrofe que, pese a todo, aún los mantiene con vida.

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La bibliotecaria, una española algo mayor y que residía desde hace unas cuantas décadas en Alemania, intrigada y tal vez orientada por la lista de libros que a diario solicitaba revisar, un día le regala un libro: La estética de la resistencia, de Peter Weiss. Le dice que cuando tenía su edad leyó aquel libro con devoción, y que su lectura le había permitido una comprensión bien particular de lo que significa la creación artística en contextos históricos angustiantes. Entre otras cosas, el libro había significado un acompañamiento vital para sobrellevar, a través de la sublimación del arte, cierta distancia elitista que promueve el circuito de arte europeo, una cuestión muy lejana, casi inalcanzable para cualquiera que no contara con las credenciales sociales que como autor lo habilitaran para participar activamente de ese circuito. El libro le había entregado una dimensión ética de la creación que guardaba relación, además, con el compromiso con una época, con la pasión por cambiar un panorama establecido, cierto statu quo, al menos desde la comprensión de la propia subjetividad como ente creador, para desde allí resistir a todo tipo de hegemonía. Y le recalca esto último, como advirtiéndole que cada vez son más sustantivos los recortes a la cultura por parte del Estado benefactor, que ella lo ha constatado con su hijo violinista miembro de la Orquesta Filarmónica, y que el fantasma del neoliberalismo también acecha sobre Europa, que ya atraviesa a los países con vocación socialdemócrata, promoviendo las lógicas de la oferta y la demanda por sobre cualquier otra, aun en el espacio de la cultura.

Apremiado por otras lecturas que se le imponen, el libro no será leído sino bastante tiempo después, lejos de allí, bajo otras circunstancias, como si cada obra, como este mismo escrito, tuviera un propio tiempo que se debe respetar, como si no hubiese en verdad tiempo preciso ni lugar, como si su imperio estuviese fuera del tiempo. Por entonces, la urgencia investigadora lo situaba en revistas de principios de siglo veinte difíciles de hallar en otra parte, así como también en aquellas historias que intentaban articular el significante traumático constituido por el holocausto. La memoria circulaba por todas partes en una ciudad que aprendió a administrar la historia de manera culposa, después de haber desencadenado una de sus tragedias más grandes. Los museos, los memoriales, las placas recordatorias se le aparecían por todos lados como parte de un pasado todavía presente, todavía hiriente, recordándole al espectador que forma parte de una cadena ineludible de acontecimientos y que estos, a menudo, se presentan de manera circular, en algo así como un eterno retorno, pero del cual es imperativo extraer lecciones, modificando con variaciones el nuevo estatus del infinito. La imagen le recordó ciertas composiciones que atribuía a Johann Sebastian Bach: la idea de fugas y contrafugas, que en su modo alternado o trenzado de expresión constituían variaciones sobre un mismo tema, deformaciones de un objeto o simples desvíos que de todas formas impedían un extremo alejamiento de la nota detonante. La cultura de la memoria, siempre abierta, siempre en disputa, siempre conflictuada, se parecía en algo a eso: a un ir y venir, a un desplazamiento incierto sobre un campo más o menos delimitado, a un espacio restringido por la historia, dominado por la historia, marcado con sangre por la historia, que es el pie forzado, in media res, de todo comienzo. Pero al mismo tiempo la memoria se le imponía como un camino a desandar, un tránsito con lógicas propias, imprevisibles y a veces dolorosas. Un desplazamiento de signos que había que aprender a leer para estructurarla y darle forma.  

Cuando retoma la lectura de La estética de la resistencia, en la parte de abajo de la última página, como si fuese una continuidad de la historia, un más allá del punto final, lee, escrito con letra manuscrita, un nombre: Fca Roldan. Nada más. Sin punto, sin tilde, apenas un registro de una pertenencia que optó por diluirse para compartir, en otro tiempo, la experiencia de la memoria.

……

El silencio que se instala actualmente en las ciudades regidas por cuarentenas y restricciones de movimiento ha puesto frente a los ojos la idea de naturaleza, y una reflexión acerca de los alienantes modos de vida que predominan en las grandes urbes. Le pareció que Berlín tenía una extensión similar a la de Santiago. Se podría decir que su superficie, lo que se demoraba en recorrerla de un punto a otro era más o menos la misma, pero con una notable diferencia: tenía la mitad de los habitantes. Tal vez porque era verano y seguramente la gente migraba hacia diversos lugares de descanso, la ciudad le pareció muy silenciosa. Cómo será en invierno, entonces, cuando el frío y la nieve cubre todo como con un manto y la gente se manda a guardar. Ese silencio no lo volvió a sentir sino tiempo después, cuando obligados por la reclusión, el barrio viñamarino se volvió callado y los autos dejaron de pasar con la frecuencia acostumbrada, y las bocinas frenéticas de las micros, como de tren histérico, dejaron de sonar alarmantemente. El silencio impuesto en las noches ha opacado también las risas estruendosas que solían escucharse rebotando en la quebrada, esas cuya procedencia resultaba inoficiosa definir. El eco las hacía dirigirse de un lado a otro como una pelota sobre dos muros equidistantes, de acá para allá, envolviendo la quebrada donde vive en una atmósfera de alegría que no resultaba para nada molesto, en especial cuando las carcajadas se volvían contagiosas, o cuando dicho jolgorio se daba en el propio hogar. El toque de queda como excepción regularizada ya lleva más de un año, y a partir de las siete u ocho de la tarde se grava una quietud que transforma la ciudad en un pueblo, como cuando sus tías de Rengo, un poblado minúsculo situado a unos 120 kilómetros al sur de Santiago, sellaban las puertas de la casa con unas enormes vigas de madera que parecían durmientes arrancados de alguna vía férrea, clausurándola por completo para los asaltantes de gallinas y los borrachos impertinentes. Entonces solo cabía la posibilidad del peso de una noche densa e infranqueable.

El retorno a la naturaleza ha sido documentado con esperanza por ambientalistas, ecocríticos y algunos estudiosos del antropoceno. Dicho regreso ha morigerado el pesimismo frente al estado de destrucción del planeta, volviendo a poner en el tapete los efectos del cambio climático. Se han escuchado reportes de aves que volvieron a sus antiguos hábitats, de pumas y cóndores que bajaron de la precordillera y fueron vistos merodeando las casas del sector alto de Santiago, de los bajos niveles de smog de Beijing, de la mejor calidad de vida que llevan las mascotas gracias a los bajos índices de ruido en las grandes urbes, o de la caída en los niveles de emisión de carbono debido al menor volumen de vuelos comerciales. Como contrapartida, el encierro ha gatillado un aumento de la violencia intrafamiliar, y preocupantes indicadores de alteraciones en la salud mental de niñas y niños, entre otras muchas consecuencias respecto de las cuales habrá que indagar de qué modo y hasta cuándo perdurarán en el tiempo.

Llevar un huerto es algo que aprendió de Gabriela Mistral. Ella le llamaba el oficio lateral a esto de ser huertera: mantener una ocupación paralela al oficio principal. Ella se dirigía principalmente a los instructores, mal pagados, agobiados, y que pronto comenzaban a mirar con desdén su propio oficio. Pero también lo aplicaba para su propia labor principal: la escritura. Su oficio lateral le proporcionaba la energía renovadora, cierta suspensión de la temporalidad que le permitía mantenerse lo más alejada posible de la racionalidad y del trabajo físico que impone el escribir, de modo de llenar el alma con otra cosa, por el simple placer de hacerlo. Mistral eligió el huerto, el cuidado de plantas, frutas y arbustos, como cualquier otra persona elegiría la carpintería, la herrería o algún deporte. Mistral optó por el despeje mental que traen aparejados los tiempos de siembras y cosechas, que dan las podas y las manos con barro, las tijeras y el combate contra la hierba mala que quita fuerza y vigor a las plantas. El cuidado y el cariño por una pequeña porción de tierra que acompaña y nutre la actividad humana. Un cuarto propio afuera de la mesa de escritura. Un cuarto propio que es un afuera y al mismo tiempo una extensión del acto de creación.

El concepto utilizado por Mistral, vitalista y desalienante, cobró sentido para él cuando empezó a ejercer la pedagogía, hace dos décadas. Resultaba algo casi de vida o muerte, por propia sanidad mental, cultivar un pasatiempo que permitiese dejar de lado las presiones que supone la docencia. Pero cuando conoció en Berlín los kleingärten, unos pequeños jardines que los berlineses cultivaban lejos de sus hogares, a la vuelta de la esquina, cruzando la calle, a menudo próximos a la línea ferroviaria, y que resultaban ser jardines comunitarios muy cuidados, a veces con pequeñas casas en miniatura que ofrecían algo de sombra y hacían más agradable la estancia en verano, se le ocurrió, desde su ignorancia, que esta costumbre tal vez tuviera relación con una economía de guerra, de subsistencia, que permitiese asegurar una alimentación mínima cuando el trabajo agrícola tuviese que parar por razones de fuerza mayor. Se le figuró que aquellos kleingärten, que proliferaban por todas partes de la ciudad, constituían pequeños refugios para las atormentadas almas de los berlineses, agobiados por los escombros de su propia historia.

Estos jardines que a veces ocupaban una manzana entera, y a los que nunca se atrevió a entrar, proporcionaban un sustento seguro para las crisis, de allí saldría el tomate o la lechuga con que hacer frente a la fragilidad de la vida en guerra. En el oficio de cultivar estos pequeños terrenos, por tanto, también se jugaría de modo extremo una salida a lo precario, a cierta inestabilidad que entraña la vida moderna, una posibilidad de ponerle fin al quietismo improductivo, a la lasitud que conduce al nihilismo y al tedio, dando pie alegremente, de modo regenerador, como lo pensaba Mistral, a la posibilidad de crear un refugio, un espacio propio que resultase significativo, revitalizante y placentero, pariente de la creación como alternativa al atolladero. Pero no de manera individual, sino que en perspectiva comunitaria, como una opción a escala menor frente a las lógicas del capital, que promueve la competencia, la atomización y el debilitamiento de las redes organizativas sociales. Piensa que tampoco se trata de romantizar estos espacios, porque en verdad poco o nada sabe de ellos, pero le gusta la idea de imaginarlos como huertos comunitarios similares a los que existen en muchas ciudades latinoamericanas, al menos como potencia creativa, como posibilidad de un orden distinto que se pueda reproducir, aunque sea en el espacio de la miniatura micropolítica. Las pequeñas construcciones que acompañan estos huertos se le aparecían, por lo demás, como casitas de muñeca, pequeños palacios de descanso cuyo único horizonte es el bienestar y la posibilidad de realizar una quimérica vida imposible de vivir fuera de allí, una estancia utópica más allá del frenético paso de los trenes que remece las pequeñas estructuras. Esta idea se le ocurre ahora, con el encierro: los kleingärten como una puesta en abismo de una imposible realización mayor, nacida como resistencia ante el agobio de lo real, como nidos o bunkers a ras de suelo.

……

Hace muchos años había comenzado a llevar un huerto con cierta devoción, actividad que se intensificó durante el periodo de la pandemia. Ya no bastaban otros oficios paralelos igual de nutritivos como el fútbol, cada vez menos relevante desde que los clubes se habían vuelto sociedades anónimas, se había implementado la así llamada política vigilante de Estadio Seguro, y las butacas individuales con estándar FIFA habían terminado por borrar la antigua sociabilidad de la gradería popular, lugar de encuentro colectivo que también permitía una suspensión momentánea de la realidad. Poco a poco, guiado por el confinamiento obligado, de pronto la familia comenzó a nutrirse con mayor frecuencia de acelgas, tomates, cebollas y una que otra papa que surgía sin previo aviso. Lo demás consistía en cuidar el generoso limón que regularmente ofrecía sus frutos durante todo el año, en darle forma al jazmín que recordaba al de la casa de su infancia, en cuidar las rosas, o regar con abundante agua el helecho que la antigua dueña de la casa había hecho plantar, traído de no sabe dónde, aunque es un árbol que se da con frecuencia en el sur de Chile, en sectores como Valdivia o Puerto Montt. Cada fin de semana del último año destinaba parte importante de su tiempo a embellecer el jardín, que ahora había pasado a ser objeto de observación y cuidados cotidianos, que entregaba calma y tranquilidad en medio de las agobiantes noticias de muerte que diariamente transmitía la radio a la hora en que se dedicaba a preparar el almuerzo.

La tarea de embellecerlo todo de pronto se volvió moneda corriente. Para sobrellevar lo más amigablemente posible el encierro, ahora que pasaba todo el tiempo en casa, se hizo necesario preocuparse también por otros espacios cotidianos. Es así como el paisaje del patio trasero visto desde la cocina, donde la familia pasaba una gran parte del tiempo, le resultó cada vez más molesto, incluso insoportable. Bastó un movimiento de piezas para terminar con la molestia y el desagrado. Hizo traer un par de maceteros de gran tamaño desde el otro lado de la casa, unos hermosos maceteros de greda que habían comprado hace unos años en Pomaire, y el par de arbustos que contenían resultó suficiente para cambiar la fisonomía triste del paisaje, invadido por el muro de piedra que sostiene al cerro que irrumpe por detrás. Lo propio ocurrió con la tremenda pared blanca de la casa del vecino, que también se incriminaba como parte de la misma molestia, como una ominosa blancura insoportable. Una pareja de muralistas, cercanos a Crishea y Rosario, dos amigas del barrio que se dedican a la música y que también practican un oficio lateral, pintaron con motivos marinos ese espacio, y ahora todo lo invade un azul intenso que llena de vida y permite olvidar a menudo las amenazas del exterior.

La modificación del espacio cotidiano ha resultado un pasatiempo edificante, en el amplio sentido del término, en distintos sectores del barrio. La terapia ocupacional que se despliega trae consigo golpeteos de martillos y zumbidos de galletas. Muchos de los vecinos de la cuadra, con dineros frescos sustraídos a las pensiones de la futura jubilación, dada la posibilidad de retirar el 10% de lo acumulado, aprovechó de reparar algún techo, construir un nuevo baño, reponer el piso de la cocina o volver a pintar la fachada de su casa. El silencio cotidiano del encierro se ve interrumpido por este régimen de sonidos que de manera más o menos regular se despliega desde hace meses, de nueve de la mañana a seis de la tarde, como si la pandemia obligase a reparar el descuido cotidiano, como si de pronto los habitantes de la ciudad, en un acto trágico de reconocimiento, se hubiesen percatado de que algunas de sus condiciones materiales de existencia podían modificarse. Algunos, los que pudieron hacerlo, los que no estaban endeudados, tuvieron tiempo para fijarse en las manchas de la cocina, en lo sucia que estaba la pared, en lo bueno y sano que sería adquirir un living nuevo, sobre todo ahora que se pasará todo el tiempo en casa, en especial cuando el hogar es ahora el centro de todo, el refugio, el nido, lejos de las complicaciones externas. Un vecino que aprovechó de montar un gimnasio en la parte trasera de su vivienda comenta que los materiales de construcción se han encarecido y que son cada vez más escasos, que en una oportunidad tuvo que llegar hasta una ferretería de Concón para conseguir unos listones de madera, y que prácticamente fue él quien terminó por llevarse los últimos que quedaban. Su construcción está ahora detenida a la espera de los materiales que terminarán por darle forma a sus afanes deportivos.   

……

Si hay algo que quizás la pandemia ha acelerado irremediablemente es la añoranza por momentos de vida que ya no pueden reeditarse. Al recordarlos, trae de vuelta como bofetón en el rostro una realidad imposible de recuperar. Conectado a su computador en su escritorio de trabajo, asiste a la presentación de un libro de la poeta argentina Alicia Genovese, publicado en Chile por Ediciones Inubicalistas. Escucha atentamente sus poemas y luego se abre una conversación en base a preguntas, respuestas, contrapreguntas y apertura a nuevos aspectos de su poesía, diálogo que se interrumpe abruptamente cuando Alicia se va de la conexión y no vuelve más. Un compatriota de la poeta señala que una tormenta asola Buenos Aires en esos momentos, y que probablemente no regresará. De pronto, la gente de California, de Santiago o Talca se ve compelida al retiro, y esa charla que antes, en el tiempo de la presencialidad, se prolongaba largamente junto a un vaso de vino, termina fríamente cuando el retiro perfomático de la estrella principal del evento resulta como un imperativo de la huida, un triste sonido de trompetas que indica que todo debe llegar hasta ahí para retornar a las sombrías vidas del encierro. Con el sabor amargo de boca se retira de la conexión de Zoom, y el paisaje rutinario le cae encima para alejarlo, quizás por cuánto tiempo, de las amigas y amigos poetas con los que acostumbraba a compartir cada vez que un nuevo libro aparecía sobre el escenario de Valparaíso. El enclaustramiento se le vuelve otra vez algo insoportable, algo que debe ser contrarrestado, una angustia cada vez más difícil de sobrellevar.

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Día a día el periódico le trae las noticias que no quisiera leer ni escuchar. Con el paso del tiempo la segunda ola de la pandemia se ha vuelto una amenaza más real, y ahora no solo han subido considerablemente los contagios, sino que le pareciera que se acerca a su barrio, a su casa como un algo informe, ominoso, como la alegoría que expresa la película La cosa, de John Carpenter. A la espera, todavía, de una vacuna que no llega, se entera de gente cercana, de la misma edad, incluso niños, que han contraído el virus y que lo han pasado muy, pero muy mal. No quiere pasar por eso. No está preparado emocionalmente para ninguna enfermedad de este tipo. Los días se le figuran como un agotador acto de resistencia que comienza cada mañana a las ocho, cuando las labores escolares de los niños y las propias suyas obligan a un despertar rápido, ejecutivo, en la autoimpuesta economía de guerra y de supervivencia, que consiste en levantarse, ducharse, vestirse, tomar desayuno y tender las camas, todo en un razonable lapso de tiempo, y preocuparse de que todos cumplan con el régimen de sanidad mental, para luego comenzar las obligaciones propias que hacen el día amable y llevadero. Entonces cada uno se va a lo suyo, pero siempre alguien debe quedarse con la más pequeña, que con cinco años todavía requiere de gran atención por parte de sus padres. El sistema de turnos, al cabo de unas semanas, resulta bien aceitado, pero intenso. Oficiar de profesor o profesora de enseñanza básica no es algo para lo que se ha preparado, y a menudo, en mitad de la jornada, es como si ya hubiese transcurrido un día entero.

A veces se pregunta respecto de cómo afectará esto a los niños. Están felices de permanecer junto a sus padres todo el día, no cabe duda, pero el espacio de la adultez, cada vez más estrecho, a veces necesita de otro tipo de respiración. Cuando llega la noche y los niños se acuestan, es como si empezara otra vida, otra versión del día con una energía nueva, insospechada, que intenta poner en movimiento motores engrasados, demasiado usados. Con frecuencia, el cambio de foco resulta adecuado y así se puede esperar algo renovados los avatares del día siguiente. Pero también, como nunca, se ha visto a sí mismo implorando que pronto todo esto acabe, que los niños puedan volver al colegio y que cada uno pueda tener su espacio propio de soledad, por al menos dos o tres horas seguidas sin que nadie lo interrumpa.

Quizá los mejores momentos le resultan aquellos en que debe salir a la calle a comprar algo de primera mano, algo concreto como el pan, y la calle desierta y el sol y el aire viñamarino lo llena de vida, las casas relumbran y el cielo se muestra como si fuese descubierto por primera vez. Entonces, no debe soñar con ninguna otra ciudad, porque el presente se le muestra como algo verdadero, algo que se puede tocar. A menudo, estas breves salidas tienen por objeto llevar a la más pequeña a sus clases de música, en la academia situada a dos cuadras de su casa, porque se ha convenido que estas no serán suspendidas, porque es una necesidad del alma, tanto para Crishea y Rosario, las profesoras, como para la niña y sus padres. A veces va y vuelve, y en otras ocasiones se queda allí leyendo lo que dura la sesión. La alegría de la niña cuando sale de sus clases le devuelve el aire y piensa que con eso debiera ser suficiente. Crishea le cuenta que al terminar la clase acostumbran a tomar té juntas. Emilio, otro de los profes de la academia, poco antes de que termine la hora prepara una bandeja con sus respectivas tazas, y cuando la clase ya ha terminado les espera para que tutora y estudiante compartan un té de jazmín. La última vez que va para allá, presencia la escena. Crishea le sirve a la niña y la niña sorbetea gustosa, como si estuviese en el salón principal de algún palacio. Su mano toma con elegancia la taza y exige que el ritual se cumpla con el decoro necesario y la disposición de ánimo que el acto requiere. Pocas veces en el último tiempo le ha visto relumbrar el rostro como lo puede apreciar durante los cinco minutos que dura el ritual del té, antes de que Crishea se vaya a su próxima clase. Esos pocos minutos de felicidad son suficientes para volver a la vida.

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