Marco Avilés, periodista peruano: “La columna vertebral de América Latina es el racismo”

Share

Eso y “no el idioma ni el fútbol” es lo que nos define, opina el escritor y editor, quien ha estado a la cabeza de importantes medios de comunicación en su país —entre ellos, la revista Etiqueta Negra— y conoce de primera fuente los avatares de la vida política peruana. Sin embargo, lo que más le preocupa por estos días no es el resultado largamente disputado de las elecciones presidenciales, sino el racismo que a su juicio se desató sin control en la campaña, uno de raíces atávicas que se expanden a lo largo de toda América Latina.

Por Jennifer Abate C.

Marco Avilés (Abancay, 1978) reside hoy en Estados Unidos, donde cursa un doctorado en Estudios Hispanos en la Universidad de Pennsylvania, pero durante toda su vida profesional ha estado íntimamente vinculado a la historia pública peruana. Consultor en temas de racismo, equidad y comunicación, dirigió la prestigiosa revista de periodismo narrativo Etiqueta Negra entre 2006 y 2010, fue editor de la revista Cosas y ha colaborado en medios como The Washington Post, Gatopardo, El País Semanal y The New York Times. El autor de los libros No soy tu cholo (2017), De dónde venimos los cholos (2016) y Día de visita (2012) analiza los resultados de la ajustada elección presidencial de su país (que al cierre de esta edición sigue bajo el escrutinio del Jurado Nacional de Elecciones), en la que Pedro Castillo se impuso sobre Keiko Fujimori por un poco más de 44 mil votos, pero, sobre todo, ahonda en la discriminación que a su juicio visibilizó este proceso.

Marco Avilés. Foto: Ann S. Kim.

¿Qué tanto escaló la tensión en la vida cotidiana de los peruanos luego de una elección con resultados tan apretados?

—En 2016 tuvimos una segunda vuelta bastante parecida, cuando el candidato ganador [Pedro Pablo] Kuczynski ganó por 40 mil votos a Keiko Fujimori, pero en ese momento ambos eran candidatos de derecha, entonces no hubo una polarización como la que estamos viendo ahora, en que lo que tenemos es el fujimorismo, que está aglutinando a todas las fuerzas políticas de la derecha, versus un candidato de izquierda, una izquierda bastante conservadora en cuanto a derechos de las comunidades LGBTI, pero una izquierda de un partido de los Andes. El candidato Castillo es un campesino, una persona arraigada en su comunidad, alguien a quien, en el lenguaje cotidiano del Perú, se calificaría de manera despectiva como un indio, un cholo. Lo que ha pasado en las familias y grupos de amigos es como una batalla campal. Por ejemplo, había grupos de WhatsApp, grupos de amigos, colegas, donde la gente terminaba insultando, y quienes iban a votar por Castillo eran calificados como comunistas o terroristas, mientras que los que iban a votar por Fujimori aparecían como corruptos o defensores de la derecha bruta. En el caso de mi familia, por ejemplo, tenemos un chat familiar donde compartimos parientes de todas las ideas y llegamos a un acuerdo de paz: “mejor no hablemos de política y de esa manera no terminamos peleando”.

En Perú los votos se distribuyeron muy marcadamente de acuerdo al sector geográfico y la clase social. Los datos dicen que un 88% de los residentes de San Isidro, el barrio más rico de la capital, votó por Fujimori, mientras que en la región andina más pobre de Perú, Huancavelica, el 85% apoyó a Castillo. ¿Cuál es tu análisis de esa composición de la votación?

—Por un lado, hay un componente ideológico, sin duda: los sectores andinos son zonas donde se ha apoyado continuamente a proyectos de izquierda. El Perú es un país que se piensa a sí mismo como exportador de materias primas. Lo que ese modelo plantea es que, en las zonas andinas, de donde se sacan los recursos naturales, se continúe con ese modelo que retorna dinero a esas zonas con una retribución que siempre pasa por Lima, un centro muy alejado de esas comunidades. Lo que la gente en esos lugares ha manifestado es un hartazgo por ese modelo, de un capitalismo ultra, ultracentralista, que beneficia principalmente a los sectores acomodados de la ciudad. En Lima son cuatro, cinco o seis distritos en los que uno puede ver claramente esta bonanza en los edificios, parques, restaurantes, el boom de la gastronomía; los restaurantes que todo el mundo quiere conocer en el Perú están concentrados solamente allí. Entonces hay un rechazo a este modelo económico. Castillo encarna a ese sector del Perú absolutamente marginalizado de manera sistemática y estructural, que es el peruano y peruana campesino, indígena. En Perú, como en otros países, la élite, la clase política, es bastante blanca, mestiza y urbana.

Hemos sabido que la élite limeña está asustada, que muchos están retirando su dinero de los bancos y que eso está empezando a tener un impacto sobre la economía. ¿Cuáles son las raíces históricas del temor de esa parte del país?

—Pues yo creo que es un terror sumamente orgánico, es un terror que a las élites les llega hasta la médula espinal. Ese terror, en estas elecciones, se graficaba en la posibilidad de que Perú se convirtiera en Venezuela, ese era el discurso e incluso había paneles gigantescos en la calle, de esos paneles que se usan para publicitar Coca-Cola, pero que anunciaban que el pollo iba a subir seis veces. Eso está fuera de toda lógica, o sea, analistas de todos los sectores han explicado que Perú no se va a encaminar a lo que es Venezuela por diferentes razones: Castillo no es Chávez, no tiene el poder militar; Perú no tiene esa bonanza vinculada al petróleo, tampoco tiene control del Parlamento. Pero el terror estaba instalado allí. Históricamente, esto está asociado a terrores parecidos, como cuando a fines del siglo XVIII Túpac Amaru II le declaró la guerra al rey e hizo una revolución. Eso generó terror en ese sector que controlaba el virreinato. Era un terror a la reversión y por eso a Túpac Amaru II lo castigaron en una plaza pública, descuartizándolo de una manera terrorífica, fue una cuestión aleccionadora. Después de eso, tanto el virreinato como la república marginaron y aislaron a los pueblos indígenas, sobre todo a los quechua, para reducir su posibilidad política. Si uno revisa la literatura y los discursos políticos durante la república, hay un discurso contenido de control hacia el indígena. El indígena tiene que estar en el campo, en los Andes. Cuando el indígena quiere hacer política, se trata de evitar.

Recientemente escribiste una columna en el Washington Post y en ella señalaste que “en el Perú normalizamos el racismo antindígena al mismo tiempo que evadimos toda posibilidad de aceptarlo como lo que es: nuestra institución más fuerte y duradera, aquella que toca y estructura todas las dimensiones de la vida social, incluida la política”. ¿Cómo se manifestó ese racismo en las elecciones presidenciales?

—En el Perú hemos estado desde hace bastantes años hablando sobre el racismo y siempre ha habido denuncias de insultos, exabruptos que uno ve en las calles. Pero lo que hemos visto en esta campaña política ha sido una exposición sin ningún tipo de control de racismo a nivel verbal. Cuando Castillo fue a una clínica durante la campaña, porque se descompensó, el exministro Carlos Bruce, que ahora está trabajando con Fujimori, dijo: “esperamos que se recupere muy pronto, seguramente lo que le hizo daño fue que, al llegar a Lima, se expuso al abundante oxígeno que hay en la costa, porque en la sierra hay poco oxígeno”. Eso da la idea de que la gente en los Andes no piensa bien porque el oxígeno no le llega al cerebro, pero además aparece esta idea que te comentaba antes, de que el indio no puede llegar a la capital a hacer política, y entonces hay que controlarlo mediante todos estos mecanismos verbales. Lo que vino después de eso en redes sociales fue espantoso, se hablaba del indio ignorante, serrano. Por ejemplo, hay una denuncia ahora contra un grupo de hombres que en WhatsApp estuvo discutiendo en estos términos: “yo, lo que voy a hacer es ir a Ayacucho (la zona de los Andes que votó mayoritariamente por Castillo), voy a ir a escupir en sus calles y a violar a esas mujeres”. Esa es una violencia que vivimos. El acto de violar a las mujeres de ese sector ocurrió en los años 80 y 90 durante el conflicto interno entre Sendero Luminoso y el Estado. Una de las principales víctimas de esos hechos de violencia fueron los hombres y mujeres quechua, y una de las violencias que se ejerció contra las mujeres fue esa.

¿De qué otras formas se manifiesta el racismo en la sociedad peruana?

—Pues mira, en las familias existen todas estas ideas, mecanismos de “mejora de la raza”, de blanqueamiento. Uno se puede blanquear si se casa con una persona más blanca; tus hijos van a ser quizás más blancos. Es una idea colonial, la gente negra e indígena pensaba en esos términos su ascenso social. Pero también hay un blanqueamiento a través de la educación, de la migración. Por ejemplo, cuando vives en las zonas andinas o en la Amazonía, quieres ascender socialmente y te mudas, te trasladas de los Andes a la ciudad, y en vez de reconocerte como indígena, te reconoces como alguien mestizo. Desde el lado de las élites, cuando alguien va ascendiendo, emerge la necesidad de control. Tú estás arriba mientras más gente tienes abajo, y si alguien va ascendiendo, sigues necesitando gente abajo en ese sistema piramidal: a los indios, los cholos. En la vida cotidiana hay mucha violencia verbal dentro de las empresas, pero también estructural. La Universidad del Pacífico en Lima hizo un estudio en que creó currículum ficticios y los mandó a empresas que estaban buscando personal. En los currículum pusieron la foto de la persona que estaba buscando trabajo y los apellidos, y lo que quisieron medir fue con qué frecuencia llamaban a las personas blancas con apellidos anglosajones comparada con la frecuencia con la que llamaban a personas de piel más oscura y con apellidos indígenas. A las personas blancas las llamaban el doble. 

¿De qué manera afecta a la sociedad en su conjunto este tipo de discriminación?

—Creo que es una de las cosas que nos une. La columna vertebral de América Latina no es el idioma, no es el fútbol; es el racismo, porque es el lenguaje común.  Tú te mueves a cualquier país y encuentras las mismas dinámicas con otros nombres, otras excusas. Finalmente es el resultado de una historia común de colonización, estamos jugando con las mismas reglas. Y lo más peligroso en esos términos, para mí, es el genocidio indígena, que es una historia larguísima que continuamos y normalizamos hasta este momento. En Guatemala, a fines de los años 70 y principios de los 80, en esa guerra civil espantosa, hubo genocidio antindígena brutal, y continúa. En el Perú, las noticias sobre muertes de líderes en la Amazonía son como leer el reporte del clima: “ah, hoy también murieron, hoy también los mataron”. Por otro lado, hay una normalización de la desaparición de la América indígena fruto del genocidio y de otro tipo de mecanismos, como el mestizaje, y esa desaparición es relacionada con el progreso. Mientras los indígenas desaparezcan, está desapareciendo ese atraso, ese mundo arcaico. Me parece terriblemente peligroso, porque esta normalización es parte de la forma en que nos educamos, y cuando nos volvemos ciudadanos nos volvemos insensibles a ese dolor en el continente. Los pueblos indígenas no son atrasados, son pueblos violentados y marginados de la misma manera que los pueblos afrodescendientes en nuestra región.

A propósito de grupos marginalizados, en Chile despertó bastante alarma entre los movimientos feministas y grupos LGBTI el triunfo de una candidatura como la de Castillo, que no ofrece un programa que promueva el respeto de esas comunidades. ¿Preocupa en Perú esa ausencia de discurso en esta materia?

—Sí, totalmente, de hecho, creo que fue uno de los puntos débiles de su plataforma, dentro de otros tantos. Muchos analistas y periodistas atacaron bastante esa parte de su discurso. Gahela Cari es una mujer trans que apoyó a Castillo, y ella planteó la idea del voto crítico. Pero hay una cosa que ha demostrado Castillo en otros aspectos, que es una cierta apertura al diálogo. Hay una cosa que me sirvió para entender esto, que es lo que dijo Josué Parodi, que también es un activista gay y afroperuano: “si nosotros tuviéramos que votar por candidatos o candidatas que tienen plataformas a favor de nosotros, no votaríamos nunca por nadie, porque nadie tiene nunca una plataforma para nosotros”. Por ejemplo, Keiko Fujimori y su partido reivindicaron el programa de esterilización forzada del primer fujimorismo y le llamaron “planeación familiar”. Ella también está en contra de la educación de género. O sea, es un escenario donde ninguno de los dos es ideal, pero ante estos dos abismos, digamos, yo considero que es preferible un abismo donde hay una cierta apertura al diálogo y es menos preferible un abismo como el fujimorismo, que simplemente normaliza el genocidio y la esterilización forzada.

Related Posts