Símbolos

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La Convención Constitucional es, probablemente, el órgano más representativo de nuestra historia. El que más se aproxima al Chile real —como mucho se ha dicho— por la diversidad de sus integrantes, pero es también un Chile anhelado, la imagen proyectiva de una sociedad en la que los privilegios de cuna no signifiquen automáticamente protagonismos inmerecidos. Allí radica la potencia de su dimensión simbólica: en perturbar la realidad con acciones e imágenes de un futuro hasta ahora negado.

Por Claudia Zapata Silva

El miércoles 7 de julio a las diez de la mañana, en el Salón de Honor del exCongreso Nacional emplazado en el centro cívico de la ciudad de Santiago, tuvo lugar la primera sesión de la Convención Constitucional, cuya tarea es elaborar una nueva Constitución. La dirige la Dra. Elisa Loncon Antileo en su calidad de presidenta, cargo para el cual fue elegida democráticamente durante la ceremonia de instalación realizada tres días antes. Inició la jornada vestida con su indumentaria mapuche y saludando en todos los idiomas de los pueblos indígenas representados en el órgano constituyente. A su espalda, y de manera imponente, se podía observar el cuadro de Pedro Subercaseaux Descubrimiento de Chile por Almagro, de 1913.

La imagen causó impacto inmediato en la audiencia televisiva, sin ser necesarios los análisis sesudos para reconocer allí una escena singular, marcada por la presencia de elementos disonantes. Dicha disonancia era tan obvia como potente: de un lado, el cuadro —encargado especialmente para alhajar el Salón de Honor— representando el origen del país con un acto de conquista militar. La composición ubica en el centro al adelantado —como se denominaba a quienes lideraban una expedición marítima y conquistaban territorios en nombre del reino de Castilla— sobre su corcel, mientras que a sus pies fueron dispuestas las figuras indígenas —todas ellas masculinas—. Y, al otro lado, se desarrollaba la primera sesión que invertía radicalmente la disposición de esos elementos, con la figura de una mujer indígena en el centro, ejerciendo una función política nueva y fundamental para el futuro de nuestro ordenamiento jurídico. No había duda de que estábamos —guste o no— frente a un hecho inédito en la historia de la República, cuya trayectoria racista y colonial se vio simbólicamente interferida.

El poder, cualquiera que este sea, se exhibe por medio de escenificaciones y símbolos, y cuando la correlación de fuerzas de una sociedad se ha visto trastocada —o al menos remecida— esas transformaciones se expresan también en ese ámbito. El exCongreso Nacional es por estos días ejemplo de aquello y estamos siendo testigos en directo de esos despliegues, al punto de que lo notamos y casi lo palpamos en cuestión de segundos. Se trata de una instantaneidad que nos conecta con capas históricas más profundas que permiten comprender esos hechos como alteraciones del guion republicano en el que nos hemos formado, el único que conocíamos hasta ahora; una sensación de historicidad que invita a escarbar en el pasado y relacionarlo con esto que presenciamos día a día. Realizando ese ejercicio, me encuentro con que el primer discurso político relevante pronunciado en ese Salón fue el del presidente Federico Errázuriz Zañartu durante la inauguración del edificio, el 1 de junio de 1876, y que el último es el de Elisa Loncon Antileo dando inicio al trabajo de la Convención Constitucional. Un tránsito de la presencia y de la voz —desde esos liberales que no tuvieron contemplación con la sociedad mapuche y su territorio, hasta una de las líderes más importante del proceso organizativo contemporáneo de este pueblo— cuya importancia no puede ser minimizada.

La Convención se ha convertido en fuente inagotable de hechos, imágenes y escenas disruptivas.  Fue así desde el momento mismo en que sus integrantes fueron elegidas y elegidos: por su diversidad geográfica, cultural, social y de género, siendo un conjunto diverso y eminentemente plebeyo para representarnos en la tarea histórica de elaborar una nueva Constitución política, la primera con participación de la sociedad en todas sus etapas. Es también la expresión institucional más relevante, hasta ahora, del proceso de movilización que viene remeciendo al país desde hace casi dos años, el símbolo de ese poder plebeyo que se ha expresado en distintos ámbitos, con distintas intensidades y énfasis, pero preferentemente en las calles y en las urnas.

También es, probablemente, el órgano más representativo de nuestra historia. El que más se aproxima al Chile real —como mucho se ha dicho— por la diversidad de sus integrantes, pero es también un Chile anhelado, la imagen proyectiva de una sociedad en la que los privilegios de cuna no signifiquen automáticamente protagonismos inmerecidos. Allí radica la potencia de la dimensión simbólica de la Convención: en perturbar la realidad con acciones e imágenes de un futuro hasta ahora negado.

La fuerza con la cual se ha expresado esa dimensión simbólica tiene su origen en un poder concreto en el aquí y el ahora, que recae en la presencia de sectores sociales y pueblos históricamente excluidos en una instancia resolutiva en la que tienen la posibilidad de actuar como mayoría. La elección de Elisa Loncon como presidenta de la Convención fue resultado de la articulación de esa mayoría heterogénea y ampliamente favorable a la profundización democrática, para la cual una mujer indígena representa ese espíritu, de allí que se erija como símbolo de una unidad que deberá ser cultivada por las y los constituyentes mientras permanezcan en sus funciones.

La intensidad del proceso que estamos viviendo produce la sensación de que el tiempo pasa demasiado rápido, pero conviene recordar que hasta antes de la elección de las y los constituyentes, se hablaba en esa esfera pública elitista encabezada por la prensa hegemónica, de una presidencia acorde al espíritu republicano tradicional, lanzando nombres de figuras liberales —y masculinas— que calzaban con ese molde. A nadie se le habría ocurrido entonces que una mujer mapuche con una importante trayectoria en las organizaciones más disidentes de su pueblo, pudiera ocupar dicha función. Que ese hecho se haya producido es un indicador elocuente de lo mucho y de lo rápido que están cambiando las cosas, a tal punto que parecemos vivir en un estado de sorpresa permanente al que no estábamos acostumbrados. Pero sobre todo, hemos visto acelerarse de manera notable el ritmo soporífero que nos imponía esa convicción heredada de que las lógicas sociales que marcan nuestro ordenamiento político no se pueden cambiar; que la República es ordenada, predecible y dirigida por “gente de bien”.

Crédito: Cristina Dorador

Por su parte, los representantes de la derecha también han escenificado la correlación que existe entre su opción ideológica y la posición que ocupan en la sociedad, y lo han hecho mostrando apego irrestricto por el nacionalismo autoritario de viejo cuño que no reconoce la pluralidad de territorios, pueblos, lenguas y culturas; que tiene como referente la cultura latifundista del Chile central y la tierra apropiada por medio de la colonización en la Araucanía. El constituyente Alfredo Moreno Echeverría, presidente de la Federación de Criadores de Caballos Chilenos, vestido como patrón de fundo en la ceremonia de instalación, y el exintendente de la Araucanía, líder del gremio de los agricultores desde comienzos de la dictadura y candidato para presidir la Convención, Harry Jürgensen, asomaron como personajes centrales de la escenificación oligarca.

Los representantes de esta élite han tenido que escuchar, desde sus disminuidas butacas, palabras que hasta ahora estuvieron vedadas en la esfera republicana pulcra y bien portada, entre ellas las de plurinacionalidad y refundación, pronunciadas por la presidenta en su discurso de aceptación del cargo el pasado 4 de julio —en medio de otra escena que quedará en los anales de la República plebeya—: la de Loncon pronunciando estas palabras acompañada por la machi Francisca Linconao Huircapan, autoridad ancestral del pueblo mapuche, la primera en doblarle la mano al poder forestal en los tribunales de justicia y posteriormente prisionera política por haber sido involucrada en el caso Luchsinger-Mackay. La machi Linconao se ha instalado desde entonces como una figura por completo disruptiva, que no ha perdido oportunidad para perturbar la homogeneidad cultural y lingüística de la república oligárquica.

¿Qué resultará de todo esto? Imposible saberlo por ahora, pero lo que de allí emane será más legítimo y nuestro que cualquier texto constitucional de los que nos han regido hasta ahora y, por cierto, más convocante que el cuadro que acompaña las sesiones plenarias, donde se hace una representación épica de la violencia sobre los pueblos. De momento podemos constatar que ese poder constituyente es real, resolutivo y vinculante; que interrumpe dos siglos de participación social subordinada, meramente consultiva, de palabra mediada y presencia decorativa para el goce oportunista de las élites. Y si algo queda mal, o a medias, podremos hacerlo de nuevo cuando las condiciones históricas impongan nuevas necesidades. Ese convencimiento también es parte del poder constituyente, en cuyo ejercicio se despliegan conflictivamente lo antiguo, lo nuevo y lo posible.

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