Arte callejero sin calle

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The Art of Banksy: Without limits, la exposición que el GAM dedica a Banksy, el artista británico anónimo, hace pensar que quizá hay un malentendido en lo que respecta al estatuto del arte callejero, advierte el crítico Diego Parra: creer que acercarlo a la experiencia del museo es elevarlo a una categoría incuestionable. Lo que se deja de lado, dice, es el componente más importante: la propia calle y sus reglas.
Por Diego Parra Donoso

Banksy debe ser de los artistas más llamativos de las últimas décadas, junto con Tracey Emin o Maurizio Cattelan, ya que suele aparecer en la prensa por sus ocurrentes acciones, que van desde ironizar con la guerra como negocio global, burlarse de la policía o también, del propio mercado del arte que vive y muere por su trabajo. Sin ir más lejos, el año 2018 hizo viral el video donde una de sus obras, “Niña con globo”, se “autodestruía” mediante un mecanismo interno, que fue activado luego de que alguien se la adjudicase en un remate de Sotheby’s. La noticia era que un artista destruía su propio trabajo luego de ingresar al mercado con millonarias cifras para mofarse de galeristas y coleccionistas, pero al mismo tiempo, el mecanismo que tenía que destruir el papel se «atascó justo” a mitad de camino, dejando la pieza lo suficientemente intacta como para seguir siendo parte de la infinita circulación que las obras tienen (de hecho, se revendió luego por una cifra aún mayor que antes). Del asombro a un buen negocio hay un solo paso.

El 24 de mayo pasado abrió en el GAM la exposición The Art of Banksy: Without Limits, un blockbuster compuesto por 160 piezas que ha recorrido una serie de ciudades del mundo compitiendo con otros eventos como la exposición inmersiva de Van Gogh, de Rafael o la Capilla Sixtina, es decir, su objetivo es el más amplio público. La muestra cuenta con la curaduría del mexicano Guillermo Quintana, quien a lo largo de las actividades públicas ha portado siempre un visor que impide ver su rostro, donde se puede leer “orgullosamente feminista”. Esta negación del rostro es una emulación al propio Banksy, quien hasta el día de hoy permanece como un autor anónimo, a pesar de todas las teorías conspirativas que han tratado de adivinar quién es el sujeto detrás del artista. Que el curador coquetee con la idea de anonimato no deja de ser un tanto absurda, pues sabemos su nombre y es cosa de ponerlo en Google y ya, fin del misterio.

La exposición está ubicada en una gran carpa detrás del edificio del GAM, al lado de la Torre Villavicencio, cuya estructura se asemeja más a una feria de novios que a una exhibición. Pero más importante que esa cuestión estética es la primera barrera de acceso del propio evento: su costo. Esto ha sido lo más comentado en redes sociales, ya que las entradas para adultos cuestan entre $10.000 y $15.000 dependiendo del día de la semana, un valor alto para casi cualquier exposición (o para las propias producciones del GAM), y muy particularmente, para una institución financiada por el Estado, que se supone debería hacer primar el criterio de democratización cultural. Ahora, no podemos omitir que quien organiza la exposición es una productora de conciertos: Red Eyes, que también trajo “Meet Vincent van Gogh” hace unos meses. Claramente, los parámetros de viabilidad para una productora pasan por el éxito económico, no la difusión de contenidos artísticos en sí misma. Vale la pena de todos modos preguntarse: ¿qué hace una productora como esta metida con Banksy? No tengo una respuesta clara, pero seguro que los ingenieros comerciales que allí trabajan presupuestaron un éxito de ventas.

Imagen de la exposición. Crédito: GAM

El día de la inauguración fue particular, ya que aparte de los típicos discursos oficiales predecibles, apareció una persona que afirmó ser la “dueña” de la muestra, y del curador, ni siquiera una palabra. Después, el director del GAM, Felipe Mella, habló sobre la proliferación del “arte callejero” en el sector con posterioridad a la revuelta de octubre de 2019. Esto último puede ser entendido como un esfuerzo de marketing por validar la pertinencia de la exposición en ese lugar y no otro, ya que esta sería una forma de consagrar el “estallido gráfico” que llenó el barrio de stencil, grafitis y paste up (como los que realiza Caiozzama, colaborador en esta exposición), al mostrar que Banksy, perteneciendo a ese mundo, es uno de los artistas más influyentes en la actualidad. Curiosa manera de legitimar expresiones estéticas liberadas de cualquier costo, y que, además, se realizan sin permiso de nadie. Quizá hay un malentendido en lo que respecta al estatuto del arte callejero: pensar que acercarlo a la experiencia del museo es elevarlo a una categoría incuestionable, dejando de lado el componente más importante: la propia calle y sus reglas.

Esto último es el asunto más problemático de toda la muestra, que es muy extensa (1.200 m2 en total para recorrer), ya que promociona a un artista que ha hecho del trabajo callejero su mayor rasgo (es desde esa marginalidad que impugna al sistema, no solo en los mensajes que escribe), privándonos de dicho componente. Lo que vemos al ingresar a la carpa climatizada es una serie de trabajos gráficos (serigrafías en su mayoría), objetos y proyecciones que carecen de cualquier contexto. El espacio producido por la museografía es de un impoluto blanco, que recuerda más a una galería privada que a una calle, lo que produce una desconexión radical entre la contingencia y las obras. Dicha estrategia de higienización del arte es muy vieja, se le conoce como “cubo blanco” y tiende a depotenciar el carácter político de las obras, al instarnos como espectadores a tener una relación contemplativa con ellas. ¿Qué podría estar más lejos de la manera en que muchas de estas obras fueron concebidas, y además, vistas? La ciudad es un espacio de intenso movimiento, donde nadie tiene tiempo de mirar demasiado un grafiti o un mural, y además, es un lugar donde las distintas tensiones sociales tienden a manifestarse de maneras desreguladas y al filo de la ley (pensemos en los rayados contra determinados grupos que son intervenidas por los aludidos o borradas por las municipalidades).

Imagen de la exposición. Crédito: GAM

The Art of Banksy es una exposición domesticada y que va a la segura con las clásicas imágenes del artista inglés: las ratas, los policías besándose, el encapuchado que lanza flores, la Mona Lisa con un lanzacohetes, etcétera. Pero todas ellas contenidas en un tradicional marco moderno, propio del ámbito comercial al que toda la exposición pertenece. Ahora, algo que inquieta es que las piezas ni siquiera son las que el propio artista vende (suele hacer tiradas amplias de serigrafías para galerías), pues la mayoría de ellas son reproducciones de una calidad cuestionable, donde los propios sellos de autenticidad parecen haber sido replicados (incluso yo podía ver lo pixelado de algunas imágenes). Pero este comentario hecho sottovoce por distintos espectadores es airosamente respondido por el curador y el director del GAM, quienes primero afirman que la exposición es un “tributo” a Banksy, y luego, que cuentan con la venia de la empresa Pest Control, que se encarga de certificar las obras del artista callejero. Lo del tributo es tan inexacto que no vale la pena comentarlo, pero lo segundo, donde apelan a una vaga idea de “originalidad” sobre lo expuesto es sencillamente absurda: ¿qué originalidad podemos pedir a un tipo de arte que hace de dicho problema algo irrelevante? ¿Hay un original de un stencil? ¿Sería la plantilla que usan los artistas? ¿Sería la primera vez que se realizó? Si bien esta empresa es real y se encarga de la certificación, estamos a años luz de estar viendo una exposición que pueda ser considerada “original” por cualquiera sea la autoridad que designemos para tales efectos.

Y por último, el propio artista ha afirmado repetidas veces que no tiene nada que ver con la franquicia exhibitiva (porque así funciona realmente), llamando a la gente a juzgarla teniendo en cuenta dicho factor. No tiene sentido seguir dicha discusión, ya sea para atacar o defender a la muestra, pues todo lo que vemos es demasiado explícito en el modo en que contraviene la ética del propio artista. Sin ir más lejos, la salida del recorrido te obliga a pasar por un gift shop, pésima ironía con respecto a la película dirigida por Banksy,Exit though the gift shop, donde ilustra el proceso de comodificación del arte callejero.

Pasarse de listo a veces te hace hacer el ridículo.


The Art of Banksy: Without Limits
Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM)
Explanada Plaza Central
Hasta el 31 de julio de 2022

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