Skip to content

Ascanio Cavallo: “Hoy más que nunca los periodistas deben cultivar el escepticismo” 

El Premio Nacional de Periodismo 2021, que por cinco décadas siguió las huellas del poder político, repasa los rumores que marcaron su carrera: algunos se convirtieron en grandes golpes noticiosos, mientras que otros quedaron en su memoria como errores dolorosos. A partir de esas experiencias, defiende una lección que, en estos tiempos de desinformación, cobra más vigencia que nunca: la verificación siempre debe estar en el corazón del ejercicio periodístico. 

Por Denisse Espinoza | Foto principal: Alejandra Fuenzalida

“Yo soy Liliana Walker”, fue el titular de la portada del 17 de abril de 1990 con el que La Época daba un golpe periodístico y terminaba con una década de rumores. Liliana Walker era la chapa de la misteriosa mujer que en agosto de 1976 viajó a Washington junto al oficial de la DINA Armando Fernández Lario con el objetivo de seducir al excanciller Orlando Letelier y así obtener información sobre sus hábitos previo al atentado en su contra perpetrado por Michael Townley. “Durante años circularon rumores sobre la verdadera identidad de esta mujer. Todo el mundo la imaginaba como una especie de Mata Hari, una mujer preciosa, elegante, rubia. Se pensó incluso que podía ser la hija de un médico bien conocido, pero al final nada resultaba cierto. Hasta que un día llegó un dato que parecía más fidedigno, una dirección donde supuestamente vivía y fuimos a verificarla”, recuerda el periodista Ascanio Cavallo (1957), quien en ese entonces era editor general del diario. 

La casa estaba en un tranquilo pasaje en Providencia. “Pusimos a un equipo de periodistas y un fotógrafo a vigilar durante 48 horas, esperando que la mujer apareciera. Recuerdo que siempre había una niña chica jugando afuera y suponíamos que era la hija de Liliana. También recuerdo que el lugar era perfecto para vigilar, porque tenía solo una salida, no podía escapar”. Pero la mujer no salió. Fue entonces que Manuel Salazar, el periodista y editor a cargo del caso, decidió ir a tocar la puerta. Después de insistir varias veces, fue recibido. “Apareció la mujer y su madre llorando, gritando. Ahí quedó en evidencia que el dato era real”, cuenta Cavallo. Luisa Mónica Lagos Aguirre era su verdadero nombre y su historia era menos glamorosa de lo que durante años se creyó. La mujer había sido una bailarina y escort pagada que trabajaba en varios locales manejados por la DINA, que la reclutó finalmente como agente civil.  

“Fue complejísimo. Tuvimos que esconderla por un tiempo porque ella pensaba que la iban a matar. Luego fue entregada a la justicia”, precisa el periodista. Además de consolidar el prestigio del diario, la historia escrita por Salazar y el testimonio de la mujer sobre los preparativos del crimen fueron clave para que la Corte Suprema reabriera el caso Letelier. Aunque ella fue investigada, logró evitar condenas mayores y más tarde se radicó en Estados Unidos. 

Para Cavallo, la historia no representó el triunfo del instinto periodístico, sino una lección sobre la paciencia. “Fue un rumor que se convirtió en verdad”, resume. Pero solo después de semanas de trabajo, de reunir fotografías, consultar fuentes y contrastar información; todo bajo una buena dosis de escepticismo. 

Periodista formado en la Universidad de Chile, Cavallo fue director de La Época (1993-1995) y de revista Hoy (1995-1997) y fue uno de los fundadores de la consultora Tironi. En 2021 recibió el Premio Nacional de Periodismo. Hoy sigue desempeñándose como docente, crítico de cine y columnista político en Tele13 Radio y La Tercera. Además, es autor de influyentes libros para comprender la historia reciente de Chile: la trilogía sobre el poder compuesta por La historia oculta del régimen militar (1988),escrito junto a Manuel Salazar y Óscar Sepúlveda; La historia oculta de la transición (1999) y La historia oculta de la década socialista (2022), junto a Rocío Montes. En ellos reconstruye cientos de episodios, como la noche del plebiscito de 1988, las tensas conversaciones privadas entre Patricio Aylwin y Augusto Pinochet, el día en que llegan al presidente los rumores sobre un acuartelamiento del Ejército en 1990, por nombrar algunos. 

“En los primeros años de la dictadura, a los militares les preocupaba que se difundieran rumores, incluso llegaron a crear un personaje animado que aparecía en televisión, al que llamaron Murmuro Rumor. Pensamos dedicar un capítulo a este tema en el libro La historia oculta del régimen militar, pero luego lo descartamos porque en general eran rumores sobre la Junta, personales y de poca monta. Nos daba mucha risa porque era como el régimen autodenunciándose”, cuenta el periodista sobre la poco recordada caricatura de un empleado público —bajo, moreno y de bigote— que propagaba rumores en la oficina y que terminaba con el mensaje: “¡No le crea a Murmuro Rumor!”. 

Cavallo cuenta que, para sus libros, contrastó un sinfín de informaciones que circulaban como rumor a partir de cientos de entrevistas realizadas bajo confidencialidad, pero siguiendo una regla intransable: nada se publicaba sin haber sido confirmado por al menos tres fuentes independientes. “Me da envidia cuando leo los libros de Bob Woodward [uno de los grandes periodistas de investigación de Estados Unidos] y cuenta que se juntó con el presidente y le contó tal cosa, porque acá funciona distinto. La política chilena tiene la regla no escrita de que para saber la verdad hay que hablar sin atribución de fuente”, dice Cavallo. 

Para combatir el chismoseo en el periodismo es fundamental la investigación, la que para Ascanio Cavallo nunca es individual. “No creo en la figura romántica del periodista como llanero solitario. El periodismo se hace en colectivo. Siempre existe un editor que pregunta, un colega que duda, alguien que obliga a revisar una cifra o volver a llamar a una fuente. Sin esa conversación permanente, el periodismo se parece más a la literatura que al oficio de informar”, dice. Por eso, observa con preocupación el debilitamiento actual de las redacciones: equipos más pequeños que significan menos tiempo y recursos para investigar y verificar. 

“En Chile se han ido acabando las revistas, y los diarios quedaron mermados muy tempranamente. Eso demoró mucho más en pasar en Estados Unidos, España o Argentina. Aquí ya no hay quioscos de revistas, y cualquier proyecto de prensa escrita que surge dura poco. Lo que ha tomado una fuerza impresionante es la radio y los pódcast, pero no creo que estos cambios hayan afectado la naturaleza de los rumores”, afirma el periodista. 

Ante el auge de distintos tipos de desinformación y su masificación, Cavallo insiste en que el problema de fondo sigue siendo el mismo de hace cincuenta años: el periodismo se trata sobre correr detrás de la información para distinguir los hechos reales de las versiones. 

“Cuando fue el accidente en que murió Sebastián Piñera, durante horas circularon audios de WhatsApp que aseguraban distintas versiones de la caída del helicóptero. Pero siempre hemos tenido que lidiar con ese tipo de rumores. En los 90, la agencia France-Presse dio por muerto seis veces al presidente electo de Brasil [Tancredo Neves] antesde que efectivamente falleciera. Nunca más le creímos a France-Presse, o al menos por un tiempo largo”, cuenta. “Con la tecnología, todo se propaga más rápido y por eso hoy más que nunca los periodistas deben cultivar el escepticismo. Una buena labor es la que está haciendo el equipo del sitio Fast Check para identificar la información falsa”, agrega. 

Según explica, el mayor enemigo del periodismo no son las redes sociales, sino el excesivo entusiasmo. “Una redacción entusiasmada es lo peor que hay: periodistas que quieren creer y golpear con una historia”, dice. “Uno de los ejemplos más espantosos fue el caso Spiniak. Era un hombre sexualmente enfermo, con manías bastante cochinas, por decirlo de algún modo, pero muchas de las cosas que se dijeron, por ejemplo sobre los políticos involucrados, nunca fueron ciertas. La principal testigo, Gema Bueno, era una mentirosa compulsiva y la prensa se lo creyó todo, fue impresionante”, dice sobre el escándalo que fue destapado en 2003 por Chilevisión. 

Tentación de creer 

Al comienzo de la transición democrática, los rumores sobre el paradero de los detenidos desaparecidos se imponían sobre cualquier otra información. Así lo recuerda Cavallo, quien como director de La Época recibía a diario ese tipo de llamadas. “Fue un periodo muy intenso, los militares estaban en retroceso y la oposición venía a hacerse cargo, entonces hubo tormenta de rumores sobre lugares en distintos puntos del país donde había osamentas de desaparecidos, pero casi nada era verdad”, cuenta el periodista, quien varias veces movilizó equipos de investigación para verificar los datos en terreno. “Siempre era en una cuesta, un río, una quebrada o cualquier lugar poco accesible. Una vez fuimos a chequear unos supuestos cuerpos atados a rieles que estarían bajo el mar a la altura de Iloca. Gastamos muchos recursos, contratamos buzos para que fueran a inspeccionar y nada”, cuenta. 

La experiencia le dejó una enseñanza que, con los años, se convirtió en un principio de trabajo: ningún rumor se descartaba de antemano, pero ninguno se publicaba sin antes someterlo a rigurosa verificación. A veces era imposible no caer en errores. 

El episodio que Cavallo recuerda como “el gran dolor” de su carrera ocurrió también mientras dirigía La Época. Recibió directamente un dato sobre una millonaria defraudación al interior del Hospital Militar, donde estarían involucrados altos mandatarios del Ejército, entre ellos, Jorge Lucar Figueroa, vicecomandante en ese momento. El caso, se suponía, ya estaba siendo investigado por la Fiscalía Militar. El dato, cuenta el periodista, “era tan confiable —porque venía de una de las mejores fuentes que se me podrían ocurrir—, que puse de inmediato a un equipo a investigar a fondo. Lo lideraba Alejandra Matus”, recuerda.  

Augusto Pinochet, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, conversa con el presidente Patricio Aylwin durante una
ceremonia de juramento de conscriptos del Ejército en julio de 1993. Crédito: Cris Bouroncle/AFP

Después de algunas semanas, Matus confirmó la información con otras “buenas fuentes”: un oficial del Ejército, fiscal de la justicia militar, quien le pidió reserva de su nombre; y el Consejo de Defensa del Estado, donde le confirmaron que había una investigación, pero no le entregaron el número del proceso. En paralelo, el editor Óscar Sepúlveda también confirmó los hechos con una fuente del Ministerio de Defensa.  

Con esos respaldos, y movidos por publicar antes que otro medio, la historia apareció en la edición del 12 de agosto de 1994 con un llamado en portada. De inmediato, el Ejército emitió un desmentido y los generales mencionados en la nota anunciaron querellas por injurias. Lucar Figueroa, en tanto, podía incluso acogerse a la Ley de Seguridad Interior del Estado, lo que le permitiría querellarse sin siquiera presentar pruebas. “El problema fue que publicamos la información sin suficiente verificación y una vez publicada, desaparecieron todas las fuentes”, admite Cavallo.  

La dirección de La Época decidió darle a Matus un mes de plazo para extender su investigación y así encontrar elementos que pudiesen respaldar lo publicado o nuevos antecedentes que clarificaran el origen del dato. Asimismo, otros editores, subeditores y el propio Cavallo buscarían confirmaciones con sus propias fuentes: “los mejores recursos del diario se dedicarían a esto por varias semanas”, detalla el periodista. 

En paralelo, el director debió negociar con la Fiscalía Militar para conocer su posición y demorar lo más posible la aplicación de la Ley de Seguridad Interior del Estado, mientras los abogados del diario evaluaban alternativas de salida. Todo falló. Tras un mes de indagaciones, no aparecieron nuevas evidencias que respaldaran lo publicado. “El punto de quiebre se produjo cuando el fiscal dijo que no le interesaba encarcelar al director, sino a la redactora, que ya era conocida por investigar delitos contra los derechos humanos. Ese costo nos pareció inaceptable, al equipo de la dirección, a los editores y a algunos miembros del directorio del diario. Eso fue el factor decisivo en la decisión de retractarse”, cuenta Cavallo. 

“Profesionalmente, es lo más duro que me ha pasado, porque afectó a los equipos. Todo el diario estaba comprometido y estaba esa sensación de que habíamos fracasado, que habíamos hecho las cosas mal”, agrega. 

Años después, la investigación judicial confirmó que la denuncia era verdadera, siendo considerado uno de los primeros fraudes económicos destapados al interior del Ejército tras el retorno a la democracia. Se trató de un millonario mecanismo de malversación de fondos públicos mediante la falsificación de adquisiciones médicas: compras fantasmas, sobreprecios y coimas. Finalmente, tras 18 años, en junio de 2012, la Corte Suprema dictó un fallo definitivo unánime que condenó a 12 personas, entre las que estaban los tres generales sindicados por La Época.  

Para Cavallo, todo esto no modificó su juicio sobre lo ocurrido: “No cabe alegar que después se demostró que todo era verdad. Cuando La Época lo publicó, no pudo demostrarlo, y eso es todo lo que importa para el desenlace”, sostiene el periodista. “Una fuente que pide reserva de identidad no es ‘sólida’; puede ser confiable, pero le traspasa toda la responsabilidad al reportero. Tampoco es ‘sólido’ carecer de documentos y de precisiones equivalentes. Todo el mundo nos decía: ‘tenían razón’. Pero ese nunca fue el punto. El punto era probarlo”.